Romanos 16:26

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por las Escrituras de los profetas, según el mandamiento del Dios eterno, se ha dado a conocer a todas las gentes para que obedezcan a la fe, Romanos 16:26.

¿Sabía usted que no es fe más obediencia lo equivalente a salvación, sino fe obediente la que es igual a salvación? Se comprueba la verdadera fe en su obediencia a Dios.

Como Jesucristo es el Señor, Él exige obediencia. No hay fe sin obediencia. Pablo dijo a los cristianos de Roma: “Doy gracias a mi Dios mediante Jesucristo con respecto a todos vosotros, de que vuestra fe se divulga por todo el mundo” (Romanos 1:8). ¿Y por qué se divulgaba su fe en todo el mundo? (Romanos 16:19) explica: “Vuestra obediencia ha venido a ser notoria a todos…” Al principio, es su fe la que se divulga, pero al final es su obediencia.

La fe que excluye la obediencia no salvará a nadie. Tal engaño hace que muchos entren por el camino espacioso que lleva a la destrucción, «…Porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella;» (Mateo 7:13). Eso es como edificar una superestructura religiosa sobre la arena, «Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena; y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina.» (Mateo 7:26-27).

Fundamente su vida de fe en la obediencia a Cristo. Entonces sabrá que pertenece a Él.» 

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Romanos 1:4

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Declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de ­santidad, por la resurrección de entre los muertos. Romanos 1:4.

Jesucristo tenía que ser más que hombre; tenía que ser también Dios. Si Jesucristo fuera solo hombre, aun el mejor de los hombres, no podía haber salvado a los creyentes de su pecado. Si fuera incluso el hombre justo de la simiente de David, pero no Dios, no podía haber soportado el castigo de Dios el Padre en la cruz y haber resucitado de los muertos. No podía haber vencido a Satanás y al mundo, sino que habría sido vencido como son vencidos todos los hombres.

Si hubo alguna duda de que Jesucristo era el Hijo de Dios, su resurrección de los muertos debiera eliminarla. Tenía que ser hombre para llegar a nosotros, pero tenía que ser Dios para resucitarnos.  Cuando Dios resucitó a Cristo de los muertos, confirmó que era verdad lo que él dijo.

Tan claro como el horizonte separa la tierra del cielo, así la resurrección separa a Jesucristo del resto de la humanidad. Jesucristo es Dios encarnado. Gloria a nuestro Salvador! 

«En estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas,» (Hebreos 1:2-3).

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Mateo 7:20-21

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Así que, por sus frutos los conoceréis. No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Mateo 7:20-21

Lo peor que puede sucederle a una persona es pensar que ha sido salva de la condenación, para descubrir después de la muerte que no es así. A todos nos gustaría creer que son ciertas las aseveraciones o afirmaciones de quienes aseguran ser cristianos, pero Jesús hace una dura advertencia porque sabe que muchos serán engañados. Se sentarán en la iglesia semana tras semana, asegurando que Jesús es el Hijo de Dios, pero sin nunca involucrarse en una relación personal con Él.

Fe intelectual no es lo mismo que fe salvadora. No es suficiente creer que Jesús murió y resucitó. Hasta los demonios creen eso «…También los demonios creen, y tiemblan.» (Santiago 2:19).

La salvación implica más que conocimiento: requiere confiar en que Jesús pagó el castigo por nuestros pecados, recibir su perdón, dejar el pecado y establecer una relación con Él. Lo que identifica a un cristiano no es lo que dice ser, sino más bien los frutos que lo identifican con el Señor. 

«Así, todo buen árbol da buenos frutos…» (Mateo 7:17)

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Deuteronomio 6:1-2

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Estos, pues, son los mandamientos, estatutos y decretos que Jehová vuestro Dios mandó que os enseñase, para que los pongáis por obra en la tierra a la cual pasáis vosotros para tomarla; para que temas a Jehová tu Dios, guardando todos sus estatutos y sus mandamientos que yo te mando, tú, tu hijo, y el hijo de tu hijo, todos los días de tu vida, para que tus días sean prolongados. Deuteronomio 6:1-2.

¿Es usted buen oyente? 

Saber escuchar es una cualidad muy necesaria en toda relación, incluso en nuestra comunión con Dios. La mayoría de nosotros somos mejores hablando que escuchándolo a El. Nos apresuramos a expresarle nuestras necesidades y peticiones, pero luego tenemos tanta prisa que pasamos por alto el consultar su Palabra para ver lo que quiere decirnos.

La triste verdad es que muchos cristianos preferirían no leer la Biblia antes que dejar de hacer cualquier otra cosa de su rutina diaria. Sin embargo, la Palabra de Dios es el fundamento de nuestra fe, y necesitamos deleitarnos en ella con regularidad si queremos prosperar espiritualmente. El alimento diario de las Sagradas Escrituras restaura nuestra mente, que a su vez alinea nuestra perspectiva, deseos, actitudes, palabras y decisiones con la voluntad del Señor.

Aunque cada versículo de la Biblia es inspirado por Dios y nos ha sido dado para nuestro beneficio, no escucharemos su voz a menos que hagamos de su Palabra una prioridad. 

Si le pedimos, Él nos enseñará a escuchar y nos ayudará a entender lo que está diciendo en las Sagradas Escrituras. Nuestro espíritu necesita estar sintonizado con el Padre, y esta sensibilidad se desarrolla a través de la oración, la meditación en su Palabra y un corazón dócil que obedezca sus mandatos.»

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Juan 4:9-10

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La mujer samaritana le dijo: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí. Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva. Juan 4:9-10.

El encuentro del Señor con la mujer samaritana es un maravilloso ejemplo de su amoroso cuidado de las personas que sufren. Aunque este encuentro pareciera accidental, en realidad fue una cita providencial con el Mesías.

Cuando la mujer se acercó al pozo, el Señor Jesús inició la conversación pidiéndole que le diera un trago de agua. Como los judíos y los samaritanos no fraternizaban entre sí, su acercamiento directo la sorprendió. Pero abrió la puerta para el diálogo.

Durante todo el intercambio, el Señor quiso ayudar a la mujer a reconocer su mayor necesidad, para poder satisfacerla: la salvación. Al parecer ella había estado buscando amor y aceptación, pero ahora Cristo le ofrecía el agua viva del Espíritu Santo, lo único que podría saciar su sed espiritual.

Al igual que la mujer samaritana, nosotros a veces podemos estar tan concentrados en satisfacer nuestras necesidades inmediatas, que no vemos la mano de Dios extendida con amor, ofreciendo satisfacción verdadera. El mundo hace todo tipo de promesas de amor, aceptación y autoestima, pero estas nunca duran. Solo el Señor Jesús puede llenar nuestras almas vacías para la eternidad. Así que, cuando su pozo se seque, busque a Cristo y deje que Él sacie su sed con su Espíritu.

«Mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.» (Juan 4:14).

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Mateo 7:28-29

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Y cuando terminó Jesús estas palabras, la gente se admiraba de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas. Mateo 7:28-29.

Algo que influyó sobremanera en los oyentes de Jesús es que enseñaba con autoridad. La palabra más empleada en el Nuevo Testamento para referirse a la autoridad pertenece al poder y al privilegio, y muestra la soberanía de Cristo.

A diferencia de Jesús, los escribas judíos citaban a otros para darles autoridad a sus enseñanzas. El Señor tenía que citar solamente la Palabra de Dios y podía hablar como la autoridad suprema sobre la verdad. Habló la verdad eterna sencilla, directa y poderosamente, pero con amor y compasión. Eso asombraba a sus oyentes, y debiera también impresionarnos profundamente a nosotros. Ya que la autoridad de Jesucristo es tan sorprendente, que aún la naturaleza se le somete al escuchar su Voz.

«El les dijo: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe? Entonces, levantándose, reprendió a los vientos y al mar; y se hizo grande bonanza. Y los hombres se maravillaron, diciendo: ¿Qué hombre es éste, que aun los vientos y el mar le obedecen?» (Mateo 8:26-27).

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Lucas 11:9-11

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…Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. ¿Qué padre de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿o si pescado, en lugar de pescado, le dará una serpiente? Lucas 11:9-11.

Cuando usted fue niño, ¿a dónde iba cuando necesitaba una merienda, reparar la bicicleta, limpiar una rodilla raspada o encontrar un árbitro por una disputa con un hermano? 

Lo más probable es que buscara a su mamá o a su papá, o a un adulto de confianza, porque Dios les dio a estos la responsabilidad de atender sus necesidades. Pero ningún ser humano puede ser un padre perfecto, ya que toda la humanidad es pecadora. No obstante, si usted ha puesto su confianza en Jesucristo como su Salvador, entonces es hijo de Dios. De manera que, cuando ora, está llevando al Padre celestial lo que tiene en su mente, quien siempre da lo que es correcto y mejor.

¿Qué tanto confía usted, de verdad, en Dios para todas sus necesidades? 

Cuando se siente solo, rechazado o desanimado, ¿su primer impulso es leer la Biblia y derramar su corazón al Señor? 

En vez de angustiarse por las dificultades económicas, ¿pide usted a Jehová-Jireh (el Dios que provee) que le dé lo que necesita? (Génesis 22.14) «Y llamó Abraham el nombre de aquel lugar, Jehová proveerá. Por tanto se dice hoy: En el monte de Jehová será provisto.» 

Si sufre un problema de salud, ¿clama a Jehová-Rapha (el Dios que sana)? (Éxodo 15.26) «Si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios, e hicieres lo recto delante de sus ojos, y dieres oído a sus mandamientos, y guardares todos sus estatutos, ninguna enfermedad de las que envié a los egipcios te enviaré a ti; porque yo soy Jehová tu sanador.» 

Puesto que Dios el Padre le dio a usted el mayor regalo, su Hijo Jesucristo, con toda seguridad le dará también todo lo demás que Él entienda necesite. Así que, acérquese a Él y pídale.

«El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?» (Romanos 8:32).

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Filipenses 1:12

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Quiero que sepáis, hermanos, que las cosas que me han sucedido, han redundado más bien para el progreso del evangelio, Filipenses 1:12

El apóstol Pablo escribió su carta a la iglesia de Filipos mientras estaba preso en Roma. Aunque confinado y bajo vigilancia mientras esperaba ser enjuiciado, escribió para animar a los filipenses, asegurándoles que su situación estaba siendo utilizada por Dios. 

Les dijo: “…He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación” (Filipenses 4.11).

Pablo no se consideraba una víctima. Estaba convencido de que se encontraba bajo la mano soberana del Dios viviente. Esta era la situación ordenada para él en ese momento, de acuerdo con el propósito divino del Señor.

Es más, el apóstol vio frutos de su tiempo en prisión. Toda la guardia imperial escuchó de Cristo por el testimonio constante del apóstol. Su confinamiento tuvo el efecto opuesto de lo que sus enemigos habían planeado. En vez de llevar a los cristianos a esconderse, la demostración de contentamiento de Pablo frente a las dificultades los hizo más osados «Y la mayoría de los hermanos, cobrando ánimo en el Señor con mis prisiones, se atreven mucho más a hablar la palabra sin temor.» (Filipenses 1:14).

Al igual que Pablo, podemos escoger la manera de actuar ante el dolor y las dificultades. Si optamos por el resentimiento y la amargura, nuestro sufrimiento será en vano. Pero si vemos cada situación como una oportunidad para crecer espiritualmente, podremos regocijarnos en el Señor a pesar de todo.

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