Juan 10:27

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Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen (Juan 10:27).

El apóstol Pablo enseñó a los efesios que una de las funciones de la iglesia es preparar a las personas en el “conocimiento del Hijo de Dios” (4:13). Lo expresó de la siguiente manera; «hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo;» (Efesios 4:13) Aquí la palabra conocimiento se refiere al conocimiento pleno, correcto y preciso. Ese es el conocimiento del que Jesús habló. No se refería al simple conocimiento de sus identidades, sino a conocerlos íntimamente, y esa es la manera en la que Él quiere que las personas lo conozcan.

El deseo de Pablo es que todos los creyentes desarrollen ese profundo conocimiento de Cristo al establecer una relación con Él mediante la oración y el fiel estudio de la Palabra de Dios y la obediencia a ella. El crecer en ese mayor conocimiento de Cristo es un proceso de toda la vida que no terminará hasta que veamos al Señor cara a cara.

«Revestido del nuevo (hombre), el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno,» (Colosenses 3:10).

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Filipenses 1:27

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Estáis firmes en un mismo espíritu, combatiendo unánimes por la fe del evangelio. Filipenses 1:27.

La estabilidad espiritual depende del amor mutuo, la armonía y la paz entre los creyentes. Nuestra vida ha de estar entretejida para poder soportarnos y sustentarnos los unos a los otros.

En el versículo de hoy, leemos que Pablo quería que hubiera esa clase de armonía en la iglesia de Filipos, pero en su lugar había una gran desavenencia entre dos mujeres que amenazaban la vida de la iglesia, «Ruego a Evodia y a Síntique, que sean de un mismo sentir en el Señor.» (Filipenses 4:2). Pablo procuraba que no se extendieran por toda la iglesia pecados como la parcialidad, la crítica, la amargura, la falta de perdón y el orgullo.

A fin de evitar tales problemas, es necesario que los creyentes velen y oren los unos por los otros. El amor mutuo produce la armonía que lleva a la estabilidad espiritual y que muestra lo que ha de hacer la iglesia: ayudar a los débiles, levantar a los caídos y restaurar a los quebrantados.

«También os rogamos, hermanos, que amonestéis a los ociosos, que alentéis a los de poco ánimo, que sostengáis a los débiles, que seáis pacientes para con todos. Mirad que ninguno pague a otro mal por mal; antes seguid siempre lo bueno unos para con otros, y para con todos

(1 Tesalonicenses 5:14-15).

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Anónimo

Filipenses 4:4

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Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos! (Filipenses 4:4).

Muchos creyentes se convierten en víctima de sus circunstancias y en consecuencia viven en altibajos espirituales. Para ellos, una orden de que se regocijen parece irracional. Pero la orden del versículo es regocijarse “en el Señor”.

No siempre podemos regocijarnos en nuestras circunstancias o en las de otras personas porque ambas pueden ser malas. Sin embargo, podemos regocijarnos en el Señor porque Él es siempre bueno y sabemos que nunca cambia. De modo que nuestra estabilidad espiritual se relaciona directamente con nuestro conocimiento de Dios. El conocerlo nos ayuda a vivir por encima de nuestras circunstancias y nos da estabilidad. Por eso se escribieron los Salmos en forma poética y se les puso música, para que el pueblo de Israel pudiera memorizar las Escrituras y cantar himnos a fin de profundizar su conocimiento de Dios. El conocerlo hace que todo lo demás parezca menos importante.

«Acuérdate de la palabra dada a tu siervo, En la cual me has hecho esperar. Ella es mi consuelo en mi aflicción, Porque tu dicho me ha vivificado.» (Salmos 119:49-50).

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Colosenses 3:10

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Revestido del nuevo [hombre], el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno (Colosenses 3:10).

Vivimos en un mundo caído, nuestra mente necesita constante limpieza y renovación. El agente principal de Dios para purificar nuestro pensamiento es su Palabra “Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado” (Juan 15:3).

El Nuevo Testamento nos llama a la disciplina mental de pensar debidamente. Colosenses 3:2 dice: “Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra”. 1 Pedro 1:13 dice: “Ceñid los lomos de vuestro entendimiento, sed sobrios, y esperad por completo en la gracia… cuando Jesucristo sea manifestado”. Y a menudo Pablo les dijo a sus oyentes que pensaran debidamente y no fueran ignorantes.

También el Antiguo Testamento nos llama a pensar debidamente. Salomón dijo: “Si inclinares tu corazón a la prudencia, si clamares a la inteligencia, y a la prudencia dieres tu voz… Entonces entenderás el temor de Jehová, y hallarás el conocimiento de Dios” (Proverbios 2:2-5).

El conocimiento de lo bueno requiere iniciativa y esfuerzo. Pero si usted es fiel haciendo el mayor esfuerzo, Dios le dará entendimiento, “Dame entendimiento, y guardaré tu ley, Y la cumpliré de todo corazón.” (Salmos 119:34).» 

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Filipenses 1:27

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Estáis firmes en un mismo espíritu, combatiendo unánimes por la fe del evangelio (Filipenses 1:27).

La estabilidad espiritual depende del amor mutuo, la armonía y la paz entre los creyentes. Nuestra vida debe estar entretejida para que podamos soportarnos y sustentarnos los unos a los otros.

En el versículo de hoy, leemos que Pablo quería que hubiera esa clase de armonía en la iglesia de Filipos, pero en su lugar había una gran desavenencia entre dos mujeres que amenazaban la vida de la iglesia, «Ruego a Evodia y a Síntique, que sean de un mismo sentir en el Señor.» (Filipenses 4:2). Pablo procuraba que no se extendieran por toda la iglesia pecados como la parcialidad, la crítica, la amargura, la falta de perdón y el orgullo.

A fin de evitar tales problemas, es necesario que los creyentes velen y oren los unos por los otros. El amor mutuo produce la armonía que lleva a la estabilidad espiritual y que muestra lo que ha de hacer la iglesia: ayudar a los débiles, levantar a los caídos y restaurar a los quebrantados.

«También os rogamos, hermanos, que amonestéis a los ociosos, que alentéis a los de poco ánimo, que sostengáis a los débiles, que seáis pacientes para con todos. Mirad que ninguno pague a otro mal por mal; antes seguid siempre lo bueno unos para con otros, y para con todos

(1 Tesalonicenses 5:14-15).

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Filipenses 4:11-13

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No lo digo porque tenga escasez, pues he aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación. Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece (Filipenses 4:11-13).

Aunque la carta de Pablo a los filipenses fue escrita durante un largo e injusto encarcelamiento, dicha epístola estaba llena de gozo. El apóstol nunca se quejó, culpó a otros, o sintió lástima de sí mismo —al contrario, se regocijaba en medio del sufrimiento porque conocía a Dios y confiaba en Él. Al mantener sus ojos fijos en el Señor en vez de en los problemas, Pablo era capaz de mirar más allá de sus cadenas para ver cómo la situación estaba siendo utilizada para enseñarle contentamiento.

Es difícil cambiar nuestro enfoque en tiempos de dificultades agobiantes y de sufrimiento intenso. El dolor pide a gritos nuestra atención, y los problemas bombardean nuestra mente y emociones con ansiedad. Pero ahí es cuando más necesitamos sentarnos con las Sagradas Escrituras y derramar nuestro corazón a Dios. El Padre celestial nos invita a echar todas nuestras preocupaciones sobre Él porque Él tiene cuidado de nosotros, «echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros.» (1 Pedro 5:7).

¿Cree que Dios se preocupa por usted? Cada prueba que experimenta es una oportunidad para creer lo que la Biblia dice acerca del Señor, y mirar más allá de sus circunstancias su amorosa sabiduría y buen propósito. Y cuanto más aprenda a conocer a su Padre celestial, más contentamiento tendrá.

«Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos!» (Filipenses 4:4).

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Anónimo

Romanos 8:1

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 Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu (Romanos 8:1).

Nuestro Padre celestial desea que caminemos cerca con Él. Para ayudarnos, el Espíritu Santo nos guía en el camino correcto y nos redirige cuando vamos en la dirección equivocada. En otras palabras, nos convence cuando estamos en peligro de extraviarnos.

La convicción es la mano amorosa de Dios que nos trae de regreso al camino que lleva a la vida. Para comprender mejor el concepto, imagínese a un padre cuyo hijo pequeño comienza a perseguir una pelota en una calle muy transitada. El joven solo tiene un deseo en ese momento: recuperar el juguete. Sin embargo, el padre, sería negligente si no detiene al niño.

Nosotros, como el niño pequeño en este ejemplo, vemos nuestra vida desde una perspectiva limitada. Si nuestro Padre celestial nos impide alcanzar un deseo, debemos recordar que lo hace por el amor que nos tiene.

La convicción comienza incluso antes de la salvación. El Espíritu Santo revela nuestros errores para ayudarnos a reconocer que necesitamos el perdón. Cuando aceptamos el sacrificio que hizo Jesucristo por nosotros y decidimos seguirlo, nacemos de nuevo. Solo entonces somos libres del castigo del pecado. Al mismo tiempo, seguimos siendo humanos y tomaremos decisiones equivocadas. Por tanto, aun después de que somos sus hijos, Dios continúa redirigiéndonos. 

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Anónimo

Filipenses 1:13

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...Mis prisiones se han hecho patentes en Cristo en todo el pretorio, y a todos los demás (Filipenses 1:13).

El apóstol Pablo siempre se consideró un preso por la causa de Cristo; nunca por un delito. Estaba encadenado porque creía en Cristo, lo predicaba y lo representaba.

Desde el punto de vista de Roma, Pablo era un preso encadenado a un guarda romano. Pero desde la perspectiva de Pablo, los guardas romanos eran esclavos cautivos encadenados a él. El resultado de tal confinamiento fue que la causa de Cristo se había llegado a conocer “en todo el pretorio”. Lejos de ser una condición opresiva, a Pablo se le había dado la oportunidad de dar testimonio de Cristo a cada guardia asignado a él, cada seis horas.

¿Qué veían los soldados? Veían el carácter santo de Pablo, su misericordia, su paciencia, su amor, su sabiduría y su convicción. Al convertirse algunos miembros de la guardia del palacio, se difundía la salvación más allá de ellos hasta “…los de la casa de César” (Filisenses 4:22).

Por muy difícil que pueda parecer a primera vista, nadie es demasiado difícil de evangelizar. Sólo se necesita compromiso, valentía, dedicación y sobre todo la guía del Espíritu Santo. 

«que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina.«

(2 Timoteo 4:2).

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Anónimo

Romanos 6:22

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Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna (Romanos 6:22).

¿En qué piensa cuando escucha la palabra libertad? Por lo general, pensamos en el derecho a vivir como nos plazca e ir en pos de ambiciones y sueños. Sin embargo, vivir para uno mismo nunca es libertad. Cuando el apóstol Pablo dijo: «¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia?» (Romanos 6:16), estaba señalando que podemos elegir entre el pecado o la justicia. Si no vivimos para Cristo, nos encontraremos esclavizados a los deseos y hábitos pecaminosos.

Dios quiere liberarnos de toda forma de esclavitud que nos impida llegar a ser quienes El quiso que fuéramos cuando nos creó. Este tipo de libertad no se logra mediante la guerra, ni de hacer lo que querramos, sino por medio del conocimiento de la verdad y la sumisión a Cristo.

Si tiene dificultad para vencer un pecado en particular, a pesar de haberlo confesado y haberse arrepentido, busque la raíz subyacente (lo que está por debajo de algo o permanece oculto) que alimenta ese pecado como la ira, orgullo, envidia, amargura, rencor, la lujuria o la preocupación y salga de eso.

En vez de permitir que esas emociones nos controlen, hemos de permitir que las verdades de Dios llenen nuestra mente e influyan en nuestro comportamiento. Cuando fuimos salvos, Cristo nos liberó del dominio del pecado y nos dio el Espíritu Santo para que podamos vivir en obediencia. Además, Dios nos ha dado una nueva naturaleza creada a la semejanza de Cristo, Pablo lo explica; «Vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad.» (Efesios 4:24).

Él nos ha dado todo lo que necesitamos para vivir en obediencia, de manera que los creyentes nunca somos víctimas indefensas del pecado. 

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Anónimo

Romanos 7:21

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Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí (Romanos 7:21).

Porque nacimos pecadores. El salmista escribe que «...en pecado lo concibió su madre» (Salmo 51:5). El pecado de Adán y sus consecuencias cayeron sobre nosotros. La segunda razón es porque, aunque recibimos el regalo de la salvación, el pecado sigue en nosotros, por eso para vivir en victoria sobre él hemos de reconocerlo, crucificarlo y trabajar con Dios para encontrar la raíz y extirparla. Por último, hacemos lo que hacemos por las conductas aprendidas en casa; no es que heredemos los particulares pecados de nuestros papás, más bien los imitamos. 

Los pensamientos conscientes son aquellos que decidimos tener, no siempre buenos, pero somos responsables de ellos. Sin embargo, el problema está en los inconscientes; no sabemos que están allí y controlan nuestro comportamiento; son el fruto de malas experiencias, traumas, abusos físicos, verbales o sexuales. Eso trae fortalezas de resentimiento, temor, inseguridad, complejos, malicias y desconfianza.

Construimos fortalezas mentales también cuando creemos las mentiras que el diablo nos pone acerca de Dios, de nosotros mismos o de los demás, en ese punto es difícil renovar nuestra mente. Para destruir tales fortalezas y no creer esas mentiras, hemos de revestirnos con el cinturón de la verdad que Dios nos da. En Efesios 6:11 en adelante, Pablo habla de la guerra espiritual que tenemos contra el enemigo y nos anima a usar la armadura de Dios: el yelmo de la salvación, la coraza de justicia, el escudo de la fe, la espada del Espíritu y el cinturón de la verdad. Creer esa verdad significa vivir en ella y no en suposiciones, perspectivas, temores, rumores, amarguras o sentimientos. La Biblia habla de conocer la verdad porque ella nos hace libres. «y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.» (Juan 8:32.)» 

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Anónimo