Mateo 7:25

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Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca (Mateo 7:25).

La casa fundada sobre la roca representa la vida de obediencia espiritual. Es la vida que tiene una perspectiva bíblica de sí mismo y del mundo, como se describe en las bienaventuranzas del Sermón del Monte en Mateo capítulo 5. Es la vida que se preocupa más por la justicia interna que por la forma externa. Es una vida de autenticidad y no de hipocresía, y de justicia de Dios en vez de justicia propia.

La casa fundada sobre la roca describe la vida que se deshace del orgullo y de las buenas obras humanas y es humilde y contrita debida a su propio pecado. Tal vida procura, con la ayuda del Espíritu, entrar por la puerta estrecha de la salvación y ser fiel al camino angosto de Cristo y de su Palabra. La vida edificada sobre la roca confía en la voluntad de Dios y espera en su Palabra por encima de todo. ¡Hágase un auto examen! ¿Dónde descansa su esperanza y dónde radica su confianza?

«Alma mía, en Dios solamente reposa, Porque de él es mi esperanza. El solamente es mi roca y mi salvación. Es mi refugio, no resbalaré.» (Salmos 62:5-6).

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Anónimo

Mateo 18:3

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Si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos (Mateo 18:3).

Mientras hablaba de la genuina salvación, Jesús hizo una apropiada comparación con las características de los niños. Para ser salvo, es necesario ir a Cristo con la actitud dependiente y la perspectiva de un niño: sencillo, indefenso, confiado, sincero, sin pretensiones y sin ambiciones.

No es que los niños no tengan pecado, sino que son cándidos y modestos, dependientes de los demás y libres de egoístas reclamos de grandeza. Se someten al cuidado de sus padres y de otros seres queridos, dependiendo de ellos para que satisfagan todas sus necesidades. Esa es la actitud humilde y dependiente que ha de perseguir quien procure entrar en el reino de Jesucristo.

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Anónimo

El Espejo y la Verdad

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En uno de sus viajes que tuvo la mala idea

de hacer no sé con qué objeto

la Verdad sobre la tierra,

oyó de un espejo amigo sentidas y amargas quejas.

“¿De qué me sirve -decía- 

que, fiel a tus advertencias,

repita forma y colores con semejanza perfecta,

lo mismo al pobre mendigo

y al que nada en la opulencia,

al labrador y al herrero 

como a los reyes y reinas,

y diga la verdad pura

sin rodeos ni cautelas?

Vanse de mí satisfechos, aunque increíble parezca,

igualmente los hermosos que los de horrible presencia.

Digo a un viejo: “esa peluca se ve desde media legua”

y él va muy hueco pensando

“nadie que es peluca acierta”.

Pónese el chato narices, otro va y se las cercena,

el gordo se quita carnes, el que es flaco las aumenta.

Multiplícase el pequeño,

el que es muy alto se resta,

y, en fin, a ninguno he oído:

“¡Qué feo soy!” o “¡Qué fea!”.

Si algún remedio eficaz no buscas de esta epidemia,

teme que tu santo imperio del mundo desaparezca.”

“No, respondió la Verdad con la faz grave y serena,

mi dominación es justa y será por eso eterna.

Si tal vez por excepción se sustrae el hombre a ella,

esta excepción que te irrita casos hay en que aprovecha.

Di: ¿si sordo el amor propio a tus verdades no fuera, 

cómo se consolarían los horribles y las feas?

¿Qué mal hay si va una joven,

muy erguida y satisfecha,

su fealdad ostentado

como si fuera belleza?

¡Es ridícula! ¿Qué importa siempre que dichosa sea?

Abunda la vanidad porque el mérito escasea,

y en paz vive cada cual ignorando su miseria.”

«

Al ver un ente risible

que hueco se pavonea,

más vano por sus defectos

que otros hay con sus bellezas,

los sabios de brocha gorda

el absurdo cacarean,

y el hombre bueno y prudente

bendice a la Providencia.

Concepción Arenal. España (1820-1893)

Hechos 6:3

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Buscad, pues, hermanos, de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes encarguemos de este trabajo (Hechos 6:3).

Un testimonio es la expresión pública de fe en Cristo de una persona. Ahora bien, nuestra declaración de fe es mucho más que la historia que contamos. Un buen testimonio para el Señor consiste en tres partes: carácter, conducta y conversación.

Como cristianos, ponemos un gran énfasis en la elaboración de un relato personal sólido de la obra del Señor en nuestra vida. También hablamos de las maneras en que podemos mostrar a Jesucristo a nuestros amigos, familiares y compañeros de trabajo a través de nuestras acciones. Pero el carácter es la parte del testimonio de cada creyente que subyace (que no se percibe a simple vista), tanto en la conducta cristiana como en la historia de una vida transparente.

No podemos engañar a Dios ni fingir ante el mundo por mucho tiempo. Tarde o temprano, el orgullo, el resentimiento y la hostilidad producirá acciones y palabras contrarias al mensaje de Cristo; no obstante, la santidad producirá verdadero fruto espiritual. 

«No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna.» (Gálatas 6:7-8).

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Anónimo

Colosenses 3:12

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Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia (Colosenses 3:12)

La compasión solo es posible cuando pensamos en los demás antes que en nosotros. El egocentrismo (pensar sólo en nosotros) nos impide ver las necesidades y las heridas de quienes nos rodean y actuar en beneficio de ellos. Necesitamos una mente renovada.

Todos nacemos con una naturaleza egoísta y pecaminosa, conocida como el “viejo yo”. Pero cuando una persona pone su confianza en Cristo, recibe un “nuevo yo” creado en justicia por Dios. A medida que nuestra mente se renueva con la Palabra de Dios y crecemos en obediencia, el amor y la compasión de Cristo comienzan a fluir a través de nosotros. En vez de ser ajenos al sufrimiento que nos rodea, Dios nos abrirá los ojos y nos usará para consolar a los necesitados.

Un corazón compasivo no se logra por medio del esfuerzo propio sino mediante una vida enfocada en Dios. Cuando nos acercamos a Él por medio de su Palabra y su Hijo, transforma nuestro enfoque, pensamientos y sentimientos. ¡Qué alivio saber que Dios ha provisto todo lo que necesitamos para imitar a Cristo! Él siempre nos capacita para obedecer. 

«Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia,» (2 Pedro 1:3).

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Anónimo

La pera verde y podrida

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Iba un día con su abuelo paseando un colegial

y debajo de un peral halló una pera en el suelo.

Mírala, cógela, muerde…

mas presto arroja el bocado,

que muy podrida de un lado

estaba y del otro verde.

Abuelo, ¿cómo será -decía el chico escupiendo-

que esta pera que estoy viendo podrida, aunque verde, está?

El anciano con dulzura dijo:

vínole ese mal por caerse del peral 

sin que estuviera madura.

Lo propio sucede al necio

que, estando en la adolescencia,

desatiende la prudencia

de sus padres con desprecio.

Al que en sí propio confía como en recurso fecundo

e ignorando lo que es el mundo

engólfase en él sin guía,

quien así intenta negar la veneración debida

en el campo de la vida

se pudre sin madurar.

Concepción Arenal. España (1820-1893)

2 Corintios 11:24-25

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De los judíos cinco veces he recibido cuarenta azotes menos uno. Tres veces he sido azotado con varas; una vez apedreado; tres veces he padecido naufragio; una noche y un día he estado como náufrago en alta mar (2 Corintios 11:24-25).

Pablo pasó años al servicio de Cristo, pero experimentó un sufrimiento continuo. No parece justo, ¿verdad? ¿Por qué Dios le permitió sufrir? La pregunta que muchos nos hacemos hoy en día en cuanto a nosotros mismos. Pensamos que el Señor debería protegernos del sufrimiento y las aflicciones, pero no siempre lo hace.

Quizás se deba a que razonamos al revés. Creemos que los cristianos fieles no merecen sufrir, pero desde la perspectiva de Dios el sufrimiento es parte de seguirlo. Si todos tuviéramos vidas fáciles, sin dolor, nunca conoceríamos al Señor, porque nunca lo necesitaríamos. Nos guste o no, la adversidad nos enseña lo que leer la Biblia por sí sola nunca nos enseñará.

No estoy diciendo que no necesitemos conocer la Palabra de Dios, ella es nuestro fundamento para la fe. Pero si lo que creemos nunca se pone a prueba, sigue siendo conocimiento intelectual. ¿Cómo llegar a saber que se puede confiar en el Señor en medio de los problemas si nunca los hemos tenido? Dios nos da oportunidades para aplicar las verdades bíblicas a los problemas que enfrentamos y, al hacerlo, nos damos cuenta de que Él es fiel.

Las pruebas pueden ser un medio para edificar la fe o una vía para el desánimo y la autocompasión; eso dependerá de usted. Pero si aplica la Palabra de Dios a su situación, su confianza en el Señor y su fe se fortalecerán por medio de la adversidad.

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Anónimo