El peatón

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Se dice, se rumora, afirman en los salones,

en las fiestas alguien o algunos enterados,

que Jaime Sabines es un gran poeta. 

O cuando menos un buen poeta. O un poeta decente,

valioso. O simplemente, 

pero realmente, un poeta.

 

Le llega la noticia a Jaime y éste se alegra:

¡qué maravilla! ¡Soy un poeta!

¡Soy un poeta importante! 

¡Soy un gran poeta!

 

Convencido, sale a la calle, o llega a la casa, convencido.

Pero en la calle nadie, 

y en la casa menos:

nadie se da cuenta de que es un poeta.

¿Por qué los poetas no tienen una estrella en la frente,

o un resplandor visible,

o un rayo que les salga de las orejas?

 

¡Dios mío!, dice Jaime.

Tengo que ser papá o marido, o trabajar 

en la fábrica como otro cualquiera,

o andar, como cualquiera, de peatón.

 

¡Eso es!, dice Jaime. No soy un poeta: soy un peatón.

Y esta vez se queda echado en la cama con una alegría dulce y tranquila.

 

Jaime Sabines. México (1926-1999)

Lied

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La mañana está de fiesta

porque me has besado tú

y al contacto de tu boca

todo el cielo se hace azul.

 

El arroyo está cantando

porque me has mirado tú

y en el sol de tu mirada

toda el agua se hace azul.

 

El pinar está de luto

porque me has dejado tú…

y la noche está llorando,

noche pálida y azul,

 

noche azul de fin de otoño

y de adiós de juventud,

noche en que murió la luna,

¡noche en que me has dejado tú!

 

Jaime Torres Bodet. México (1902-1974)

La noria

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He tocado los límites del tiempo.
Y vuelvo del dolor como de un viaje

alrededor del mundo…

Pero siento

que no salí jamás, mientras viajaba,

de un pobre aduar perdido en el desierto.

 

Caminé largamente, ansiosamente,

en torno de mi sombra.

Y los meses giraban y los años

como giran las ruedas de una noria

bajo el cielo de hierro del desierto.

¿Fue inútil ese viaje imaginario?

Lo pienso, a veces, aunque no lo creo.

Porque la gota de piedad que moja

mi corazón sediento

y la paz que me une a los que sufren

son el premio del tiempo en el desierto.

 

Pasaron caravanas al lado de la noria

y junto a la noria durmieron los camellos.

Cargaban los camellos las alforjas de diamantes.

Diamantes con el alba, rodaban por el suelo…

 

Pero en ninguna alforja

vi nunca lo que tengo:

una lágrima honrada, un perdón justo,

una piedad real frente al esfuerzo

de todos los que viven como yo

en el sol, en la noche, bajo el cielo de hierro

caminando sin tregua en torno de la noria

para beber, un día,

el agua lenta y dura del desierto.

Jaime Torres Bodet. México (1902-1974)

S,H,C espirituales

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Jehová es mi pastor; nada me faltará.

En lugares de delicados pastos me hará descansar, junto a aguas de reposo me pastoreará. Confortará mi alma; me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre.

Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo. Tu vara y tu cayado me infundirán aliento.

Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores, unges mi cabeza con aceite, mi copa está rebosando. Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, y en la casa de Jehová moraré por largos días.

La primavera de la aldea

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La primavera de la aldea

bajó esta tarde a la ciudad,

con su cara de niña fea

y su vestido de percal.

 

Traía nidos en las manos

y le temblaba el corazón

como en los últimos manzanos

el trino del primer gorrión.

 

A la ciudad la primavera

trajo del campo un suave olor

en las tinas de la lechera

y las jarras del agüador…

 

Jaime Torres Bodet. México (1902-1974)

El lagarto está llorando

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El lagarto está llorando.

La lagarta está llorando.

El lagarto y la lagarta

con delantalitos blancos.

Han perdido sin querer

su anillo de desposados.

¡Ay, su anillito de plomo,

ay, su anillito plomado!

Un cielo grande y sin gente

monta en su globo a los pájaros.

El sol, capitán redondo,

lleva un chaleco de raso.

¡Miradlos qué viejos son!

¡Qué viejos son los lagartos!

¡Ay, cómo lloran y lloran,

¡ay!, ¡ay! cómo están llorando!

Federico García Lorca. España (1898-1936)