Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse; porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios.
La ira es una emoción poderosa que a menudo causa un gran daño. Alimenta el resentimiento y la amargura, bloquea la comunicación y destruye las relaciones. Si no se controla, se convierte en una furia explosiva que daña no solo al objetivo previsto, sino también a otros.
Aunque a menudo tratamos de justificar nuestra ira, rara vez puede calificarse de justa. Rara vez nos ofendemos por la honra de Dios. Nuestros motivos suelen nacer de estar a la defensiva, de los deseos frustrados o de la indignación por los agravios percibidos contra nosotros. Santiago escribió que nuestra ira no produce la vida justa que Dios desea que tengamos.
El libro de Proverbios ofrece la perspectiva de Dios sobre el tema. Las personas iracundas hacen locuras, «El que fácilmente se enoja hará locuras; y el hombre perverso será aborrecido.» (Proverbios 14:17), levantan contiendas y muchas veces pecan, «El hombre iracundo levanta contiendas, y el furioso muchas veces peca.” (Proverbios 29:22). Este libro nos advierte de no asociarnos con tales personas para no volvernos como ellas, «No te entremetas con el iracundo, Ni te acompañes con el hombre de enojos, No sea que aprendas sus maneras, y tomes lazo para tu alma.” (Proverbios 22:24-25).
Mientras que, quienes no pierden los estribos tienen un gran entendimiento, «El que tarda en airarse es grande de entendimiento; Mas el que es impaciente de espíritu enaltece la necedad.” (Proverbios 14:29) y demuestran sabiduría al controlar su ira, «El necio da rienda suelta a toda su ira, Mas el sabio al fin la sosiega.” (Proverbios 29:11).
Cristo pagó nuestra deuda de pecado con su vida para liberarnos del pecado, y eso incluye la ira incontrolada. Si Dios le ha convencido de que su ira es injusta, confiésela como pecado y pídale que reproduzca el carácter de Cristo en usted.
Lee, Medita y Aplica!
Anónimo