La flor del aire

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(fragmento)

Yo la encontré por mi destino,

de pie a mitad de la pradera,

gobernadora del que pase,

del que le hable y que la vea.

Y ella me dijo: “Sube al monte.

Yo nunca dejo la pradera,

y me cortas las flores blancas

como nieves, duras y tiernas.”

Me subí a la ácida montaña,

busqué las flores donde albean,

entre las rocas existiendo

medio dormidas y despiertas.

Cuando bajé, con carga mía,

la hallé a mitad de la pradera,

y fui cubriéndola frenética,

con un torrente de azucenas.

Y sin mirarse la blancura,

ella me dijo: “Tú acarrea

ahora solo flores rojas.

Yo no puedo pasar la pradera.”

Trepé las peñas con el venado,

y busqué flores de demencia,

las que rojean y parecen

que de rojez vivan y mueran.

Gabriela Mistral. Chile (1889-1957)

Preludio de primavera

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Ya viene la galana primavera

con su séquito de aves y flores

anunciando a la lívida pradera

blando entramado y música de amores.

Deja ¡oh amiga! el nido acostumbrado

enfrente de la inútil chimenea;

ve a mirar el sol resucitado 

y el milagro de luz que nos rodea.

Deja ese hogar, nuestra invención mezquina:

ven a este cielo, al inmortal brasero;

con el amor de Dios nos ilumina

y abrasa como padre al mundo entero.

Ven a este mirador, ven y presencia

la primera entrevista cariñosa

tras largo tedio y dolorosa ausencia

del rubio sol y su morena esposa;

ella no ha desceñido todavía

su sayal melancólico de duelo,

y en su primer sonrisa de alegría

con llanto de dolor empapa el suelo.

No esperaba tan pronto al tierno amante,

y recelosa en su contento llora,

y parece decirle sollozante:

¿por qué si te has de ir vienes ahora?

Ya se oye palpitar bajo esa nieve

tu noble pecho maternal, Natura,

y el sol palpita enamorado 

y bebe el llanto postrimer de tu amargura.

“¡Oh qué brisa tan dulce -va diciendo-.

Yo traeré miel cáliz de las flores,

y a su rico festín ya irán viniendo

mis veraneros huéspedes cantores”

¡Qué luz tan deliciosa! es cada rayo,

larga mirada intensa de cariño,

sacude el cuerpo su letal desmayo

y el corazón se siente otra vez niño.

Esta es la luz que rompe generosa

sus cadenas de hielo a los torrentes

y devuelve su plática armoniosa

y su alba espuma a las dormidas fuentes.

Esta es la luz que pinta los jardines

y en ricas tintas la creación retoca;

la que devuelve al rostro los carmines

y las francas sonrisas a la boca.

Múdanse el cierzo el ábrego enojosos

y andan auras y céfiros

triscando como enjambre de niños bulliciosos

que salen de su escuela retozando.

Naturaleza entera estremecida

comienza a preludiar la grande orquesta,

y hospitalaria, a todos nos convida

a disfrutar su regalada fiesta.

Y todos le responden,

toda casa ábrese al sol bebiéndolo a torrentes,

y cada boca al céfiro que pasa,

y al cielo azul los ojos y las frentes.

Al fin soltó su garra áspera y fría

el concentrado y taciturno invierno

y entran en comunión de simpatía

nuestro mundo interior y el mundo externo.

Rafael Pombo. Colombia (1833-1912)

Canto de primavera

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En la casa de las pinturas

comienza a cantar,

ensaya el canto,

derrama flores,

alegra el canto.

Resuena el canto,

los cascabeles se hacen oír,

a ellos responden

nuestras sonajas floridas.

Derrama flores,

alegra el canto.

Sobre las flores canta

el hermoso faisán,

su canto despliega

en el interior de las aguas.

A él responden

variados pájaros rojos.

Netzahualcóyotl. (México, 1402-1472)

Remordimiento

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Era muy dulce, angelical y breve.

Era como un botón de amanecer,

sutil y casta, diminuta y leve,

pero yo…no la supe comprender.

 

Era un lirio prendido en la reseda,

una canción de amor hecha mujer.

Rasgué su carne de alabastro y nieve

pero yo…no la supe comprender.

 

Me dio el nirvana de su seno amante,

el éter blando de su adormecer,

el leit motiv para que vibre y cante

pero yo…no la supe comprender.

 

Y ahora, dos paralelos nuestras vidas

siempre hasta el infinito desunidas

y siempre indiferentes se han de ver.

 

Mientras en lo hondo de mi pensamiento

muerde el fantasma del remordimiento

porque yo…no la supe comprender.

 

Héctor José de Regla Díaz. República Dominicana (1910-1950)

Los inmigrantes

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Aún no se ha escrito la historia de su congoja.

Su viejo dolor unido unido al nuestro.

 

 

No tuvieron tiempo -de niños- para asir entre sus dedos

los múltiples colores de las mariposas.

Atar en la mirada los paisajes del archipiélago.

Conocer el canto húmedo de los ríos.

No tuvieron tiempo de decir:

-Esta tierra es nuestra.

Juntaremos colores.

Haremos bandera.

La defenderemos.

Hubo un tiempo

-no lo conocí-

en que la caña

los millones

y la provincia de nombre indígena

de salobre y húmedo apellido

tenían música propia

y desde los más remotos lugares

llegaban los danzantes.

Por la caña.

Por la mar.

Por el raíl ondulante y frío

muchos quedaron atrapados.

Tras la alegre fuga de otros

quedó el simple sonido del apellido adulterado

difícil de pronunciar.

La vetusta ciudad.

El polvoriento barrio

cayéndose sin ruido.

La pereza lastimosa del caballo de coche.

El apaleado joven

requiriendo la tibieza de su patria verdadera.

Los que quedan. Estos.

Los de borrosa sonrisa.

Lengua perezosa

para hilvanar los sonidos de nuestro idioma

son la segunda raíz de mi estirpe.

Vieja roca

donde crece y arde furioso

el odio antiguo a la corona.

A la mar.

A esta horrible oscuridad

plagada de monstruos.

Oyeme viejo Willy cochero

fiel enamorado de la masonería.

Oyeme tú George Jones

ciclista infatigable.

John Thomas predicador.

Winston Brodie maestro.

Prudy Ferdinand trompetista.

Cyril Chalanger ferrocarrilero

Aubrey James químico.

Violeta Stephen soprano.

Chico Conton pelotero.

Vengo con todos los viejos tambores

arcos y flechas

espadas y hachas de madera

pintadas a todo color ataviado

de la multicolor vestimenta de “Primo”

el Guloya enfermero.

Vengo a escribir vuestros nombres

junto al de los sencillos.

Ofrendaros

esta Patria mía y vuestra

porque os la ganáis

junto a nosotros

en la brega diaria

por el pan y la paz.

Por la luz y el amor.

Porque cada día que pasa

cada día que cae

sobre vuestra fatigada sal de obreros

construimos 

la luz que nos deseáis.

Aseguramos

la posibilidad del canto

para todos.

Norberto James Rawlings. República Dominicana (1945-2021)

El encuentro

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Le he encontrado en el sendero.

No turbó su ensueño el agua

ni se abrieron más las rosas.

Abrió el asombro mi alma.

¡Y una pobre mujer tiene

su cara llena de lágrimas!

Llevaba un canto ligero

en la boca descuidada,

y al mirarme se le ha vuelto

grave el canto que entonaba.

Miré la senda, la hallé

extraña y como soñada.

¡Y en el alba de diamante

tuve mi cara con lágrimas!

Siguió su marcha cantando

y se llevó mis miradas

Detrás de él no fueron más

azules y altas las salvias.

¡No importa! Quedó en el aire

estremecida mi alma.

¡Y aunque ninguno me ha herido

tengo la cara con lágrimas!

Esta noche no ha velado

como yo junto a la lámpara;

como él ignora, no punza

su pecho de nardo mi ansia;

pero tal vez por su sueño

pase un olor de retamas,

¡porque una pobre mujer

tiene su cara con lágrimas!

Iba sola y no temía;

con hambre y sed y no lloraba;

desde que lo vi cruzar,

mi Dios me vistió de llagas.

Mi madre en su lecho reza

por mí su oración confiada.

¡Pero yo tal vez por siempre

tendré mi cara con lágrimas!

Gabriela Mistral. Chile (1889-1957)

¿Que cuántos años tengo?

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¿Que cuántos años tengo? 

¡Qué importa eso!

¡Tengo la edad que quiero y siento!

La edad en que puedo gritar sin miedo lo que pienso.

Hacer lo que deseo, sin miedo al fracaso o lo desconocido…

 

Pues tengo la experiencia de los años vividos

y la fuerza de la convicción de mis deseos.

¡Qué importa cuántos años tengo! 

¡No quiero pensar en ello!

Pues unos dicen que ya soy viejo

otros que “estoy en el apogeo.”

Pero no es la edad que tengo,

ni lo que la gente dice,

sino lo que mi corazón siente y mi cerebro dicte.

Tengo los años necesarios para gritar lo que pienso,

para hacer lo que quiero,

para reconocer yerros viejos,

rectificar caminos y atesorar éxitos.

Ahora no tienen por qué decir: 

¡estás muy joven, no lo lograrás!

¡estás muy viejo, ya no podrás!

 

Tengo la edad en que las cosas se miran con más calma,

pero con el interés de seguir creciendo.

Tengo los años en que los sueños,

se empiezan a acariciar con los dedos,

las ilusiones se convierten en esperanza.

Tengo los años en que el amor, 

a veces es una loca llamarada,

ansiosa de consumirse en el fuego de una pasión deseada, 

y otras, es un remanso de paz, como el atardecer en la playa.

 

¿Que cuántos años tengo?

No necesito marcarlos con un número,

pues mis anhelos alcanzados,

mis triunfos obtenidos,

las lágrimas que por el camino derramé

al ver mis ilusiones truncadas

¡valen mucho más que eso!

¡Qué importa si cumplo cincuenta, sesenta o más!

Pues lo que importa ¡es la edad que siento!

Tengo los años que necesito para vivir libre y sin miedos.

Para seguir sin temor por el sendero,

pues llevo conmigo la experiencia adquirida

y la fuerza de mis anhelos.

¿Que cuántos años tengo?

¡Eso! ¿A quién le importa?

¡Tengo los años necesarios para perder ya el miedo

y hacer lo que quiero y siento!

Qué importa cuántos años tengo

o cuántos espero,

si con los años que tengo

¡aprendí a querer lo necesario

y a tomar, solo lo bueno!

José Saramago. Portugal (1922-2010)

Amor de ciudad grande

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¡De gorja son y rapidez los tiempos!

Corre cual luz la voz; en alta aguja,

cual nave despeñada en sirte horrenda,

húndese el rayo, y en ligera barca

el hombre, como alado, el aire hiende.

 

¡Así el amor, sin pompa ni misterio

muere, apenas nacido, de saciado!

¡Jaula es la villa de palomas muertas

y ávidos cazadores!

Si los pechos se rompen de los hombres,

y las carnes rotas por tierra ruedan,

¡no han de verse dentro más que

frutillas estrujadas!

 

¡De gorja son y rapidez los tiempos!

Se ama de pie, en las calles, entre el polvo

de los salones y plazas; muere

la flor el día en que nace.

Aquella virgen trémula que antes a la muerte daba

la mano pura que a ignorado mozo;

el goce de temer, aquel salirse del pecho el corazón; el inefable placer de merecer;

el grato susto de caminar de prisa en derechura

del hogar de la amada, y a sus puertas

como un niño feliz romper en llanto.

 

Y aquel mirar, de nuestro amor al fuego,

irse tiñendo de color las rosas.

 

¡Ea, que son patrañas! Pues ¿quién tiene

tiempo de ser hidalgo? ¡Bien que se sienta,

cual áureo vaso o lienzo suntuoso,

dama gentil en casa de magnate!

¡O si se tiene sed, se alarga el brazo

y a la copa que pasa se la apura!

Luego, la copa turbia al polvo rueda

¡y el hábil catador -manchado el pecho

de una sangre invisible- sigue alegre,

coronado de mirtos, su camino!

No son los cuerpos ya sino deshechos,

y fosas. y jirones. Y las almas

no son como en el árbol, fruta rica

en cuya blanda piel la almíbar dulce

en su sazón de madurez rebosa,

sino fruta de plaza que a brutales

golpes el rudo labrador madura.

¡La edad es ésta de los labios secos!

¡De las noches sin sueño! 

¡De la vida estrujada en agraz!

¿Qué es lo que falta que la ventura falta?

Como liebre azorada, el espíritu se esconde,

trémulo huyendo al cazador que ríe,

cual en soto selvoso, en nuestro pecho.

Y el deseo, del brazo de la fiebre,

cual rico cazador recorre el soto.

¡Me espanta la ciudad!

¡Toda está llena de copas por vaciar, o huecas copas!

Tengo miedo !ay de mí! de que este vino

tósigo sea, y en mis venas luego

cual duende vengador los dientes clave.

¡Tengo sed, mas de un vino que en la tierra

no se sabe beber! 

No he padecido bastante aún, para romper el muro

que me aparta ¡oh dolor! de mi viñedo.

¡Tomad vosotros, catadores ruines

de vinillos humanos, esos vasos

donde el jugo de lirio a grandes sorbos

sin compasión y sin temor se bebe!

¡Tomad!

¡Yo soy honrado, y tengo miedo!

José Martí. Cuba (1853-1895)

Ancianidad

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Deseáis, señor Sarmiento, saber en estos mis años

sujetos a tantos daños,

cómo me porto y sustento,

yo os lo diré en brevedad,

porque la historia es bien breve,

y el daros gusto se os debe con toda puntualidad.

Salido el sol por oriente de rayos acompañado,

me dan un huevo pasado

por agua, blando y caliente.

Con dos tragos del que suelo llamar yo néctar divino,

y a quien otros llaman vino

porque nos vino del cielo.

Cuando el luminoso vaso toca en la meridional,

distando por un igual

del Oriente y del ocaso,

me dan asada y cocida una gruesa y gentil ave,

con tres veces del suave 

licor que alarga la vida.

Después que cayendo, viene

a dar en el mar Hesperio,

desamparado el imperio

que en este horizonte tiene;

me suelen dar a comer tostadas en vino mulso,

que el enflaquecido pulso

restituyen a su ser.

Luego me cierran la puerta,

yo me entrego al dulce sueño,

dormido soy de otro dueño;

no sé de mi nueva cierta.

Hasta que, habiendo sol nuevo

me cuentan cómo he dormido:

y así de nuevo les pido

que me den néctar y huevo.

Ser vieja la casa es esto:

veo que se va cayendo,

vóile puntales poniendo

porque no caiga tan presto.

Más todo es vano artificio;

presto me dicen mis males

que han de faltar los puntales 

y allanarse el edificio.

Baltasar del Alcázar. España (1530-1606)