Instrucciones a mis hijos

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Jamás un conato de daros la vuelta.
Jamás una huida, por muchos que sean.
Jamás ningún miedo, y si acaso hubiera, jamás os lo noten.
Que no se den cuenta.
Jamás un “me rindo” si no tenéis fuerzas:
aunque fuese a gatas, llegad a la meta.
Que nadie os acuse,
miradme a la cara.

Que nadie os acuse de dejar a medias un sueño imposible
(si es que los hubiera),
yo no los conozco
y miren que llevo yo sueños a cuestas…

Jamás, y os lo digo como una sentencia, miradme a la cara,
jamás en la vida paséis por el lado de cualquier persona
sin una sonrisa.
No hay nadie en el mundo que no la merezca.
Hacedle la vida más fácil,
miradme,
a cada ser vivo que habita en la tierra.

Jamás se os olvide que en el mundo hay guerra
por pasar de largo sin gloria ni pena
por delante de un hombre y no preguntarnos
qué sueño le inquieta,
qué historia le empuja,
qué pena lo envuelve,
qué miedo lo para,
qué madre lo tuvo,
qué abrazo le falta,
qué rabia le ronda,
qué envidia lo apresa.

Jamás, yo os lo digo, faltándome fuerzas,
si el mundo se para,
os quedéis sentados viendo la manera
de que otro lo empuje,
¡arremangaos el alma!
¡sed palanca y rueda!
¡tirad de la vida vuestra y de quién sea!
Que os falte camino,
perder la pelea contra los enanos,
no ser los primeros
que están en los hombres que no tienen piernas,
no saberlo todo,
dejad que contesten los que menos sepan.

¿Las manos? Bien grandes.
¿Las puertas? Abiertas.
Anchos los abrazos, fuera las fronteras.
Hablar un idioma claro, que se entienda.
Si estrechas la mano, hazlo con fuerza,
mirando a los ojos, dejando una huella.

Prestad vuestra vida, regalarla entera,
que a nadie le falte ni una gota de ella.

Cantad.
Que cantando la vida es más bella.
Y jamás, os hablo desde donde nazca
el último soplo de vida que tenga,
jamás una huida,
por muchos que sean.

Magdalena Sánchez Blesa
España

Dame la mano

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Dame la mano y danzaremos;
dame la mano y me amarás.
Como una flor seremos,
como una flor, y nada más.

El mismo verso cantaremos,
al mismo paso bailarás.
Como una espiga ondularemos,
como una espiga, y nada más.

Te llamas Rosa y yo Esperanza;
pero tu nombre olvidarás,
porque seremos una danza
en la colina y nada más.

Gabriela Mistral
(Chile, 1889-1957)

Corderito

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Corderito mío,
suavidad callada:
mi pecho es tu gruta
de musgo afelpada.

Carnecita blanca,
tajada de luna:
lo he olvidado todo
por hacerme cuna.

Me olvidé del mundo
y de mí no siento
más que el pecho vivo
con que te sustento.

Y sé de mí solo
que en mí te recuestas.
Tu fiesta, hijo mío,
apagó las fiestas.

Gabriela Mistral
(Chile, 1889-1957)

Hay un día feliz

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A recorrer me dediqué esta tarde
las solitarias calles de mi aldea
acompañado por el buen crepúsculo
que es el único amigo que me queda.

Todo está como entonces, el otoño
y su difusa lámpara de niebla,
solo que el tiempo lo ha invadido todo
con su pálido manto de tristeza.

Nunca pensé, creédmelo, un instante
volver a ver esta querida tierra,
pero ahora que he vuelto no comprendo
cómo pude alejarme de su puerta.
Nada ha cambiado, ni sus casas blancas
ni sus viejos portones de madera.
Todo está en su lugar; las golondrinas
en la torre más alta de la iglesia;
el caracol en su jardín, y el musgo
en las húmedas manos de las piedras.

No se puede dudar, éste es el reino
del cielo azul y de las hojas secas
en donde todo y cada cosa tiene
su singular y plácida leyenda:
hasta en la propia sombra reconozco
la mirada celeste de mi abuela.

Estos fueron los hechos memorables
que presenció mi juventud primera,
el correo en la esquina de la plaza
y la humedad en las murallas viejas.
¡Buena cosa, Dios mío! nunca sabe
uno apreciar la dicha verdadera,
cuando la imaginamos más lejana
es justamente cuando está más cerca.

Ay de mí, ¡ay de mí!, algo me dice
que la vida no es más que una quimera;
una ilusión, un sueño sin orillas,
una pequeña nube pasajera.

Vamos por todas partes, no sé bien qué digo,
la emoción se me sube a la cabeza.
Como ya era la hora del silencio
cuando emprendí mi singular empresa,
una tras otra, en oleaje mudo,
al establo volvían las ovejas.

Las saludé personalmente a todas
y cuando estuve frente a la arboleda
que alimenta el oído del viajero
con su inefable música secreta
recordé el mar y enumeré las hojas
en homenaje a mis hermanas muertas.

Perfectamente bien. Seguí mi viaje
como quien de la vida nada espera.

Pasé frente a la rueda del molino,
me detuve delante de una tienda:
el olor del café siempre es el mismo,
siempre la misma luna en mi cabeza;
entre el río de entonces y el de ahora
no distingo ninguna diferencia.

Lo reconozco bien, éste es el árbol
que mi padre plantó frente a la puerta
(ilustre padre que en sus buenos tiempos
fuera mejor que una ventana abierta).
Yo me atrevo a afirmar que su conducta
era un trasunto fiel de la Edad Media
cuando el perro dormía dulcemente
bajo el ángulo recto de una estrella.

A estas alturas siento que me envuelve
el delicado olor de las violetas
que mi amorosa madre cultivaba
para curar la tos y la tristeza.

Cuánto tiempo ha pasado desde entonces
no podría decirlo con certeza;
todo está igual, seguramente,
el vino y el ruiseñor encima de la mesa,
mis hermanos menores a esta hora
deben venir de vuelta de la escuela:
¡solo que el tiempo lo ha borrado todo
como una blanca tempestad de arena!

Nicanor Parra
Chile (1914-?)

Te quiero

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Tus manos son mi caricia,
mis acordes cotidianos, te quiero
porque tus manos trabajan por la justicia.

Si te quiero
es porque sos
mi amor, mi cómplice y todo
y en la calle, codo a codo,
somos mucho más que dos.

Tus ojos son mi conjuro
contra la mala jornada, te quiero
por tu mirada
que mira y siembra futuro.

Tu boca que es tuya y mía,
tu boca no se equivoca, te quiero
porque tu boca sabe gritar rebeldía.

Si te quiero
es porque sos
mi amor, mi cómplice y todo
y en la calle, codo a codo,
somos mucho más que dos.

Y por tu rostro sincero
y tu paso vagabundo
y tu llanto por el mundo,
porque sos pueblo te quiero.
Y porque amor no es aureola,
ni cándida moraleja
y porque somos pareja
que sabe que no está sola.

Te quiero en mi paraíso,
es decir que en mi país
la gente viva feliz
aunque no tenga permiso.

Si te quiero
es porque sos
mi amor, mi cómplice y todo
y en la calle, codo a codo,
somos mucho más que dos.

Mario Benedetti
Uruguay (1920-2009)

Piedritas en la ventana

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De vez en cuando la alegría
tira piedritas contra mi ventana.

Quiere avisarme
que está ahí esperando,
pero me siento calmo
casi diría ecuánime.
Voy a guardar la angustia
en un escondite
y luego a tenderme
cara al techo,
que es una posición gallarda
y cómoda
para filtrar noticias y creerlas.

Quién sabe
dónde quedan
mis próximas huellas
ni cuando mi historia va a ser
computada,
quién sabe qué consejos
voy a inventar aún
y que atajo
hallaré para no seguirlos.

Está bien
no jugaré al desahucio,
no tatuaré
el recuerdo con olvidos,
mucho queda por decir y callar
y también quedan uvas
para llenar la boca.

Está bien
me doy por persuadido
que la alegría
no tire más piedritas,
abriré la ventana,
abriré la ventana.

Mario Benedetti
Uruguay (1920-2009)

No te rindas

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No te rindas,
aún estás a tiempo de alcanzar
y comenzar de nuevo,
aceptar tus sombras,
enterrar tus miedos,
liberar el lastre,
retomar el vuelo.

No te rindas que la vida es eso,
continuar el viaje,
perseguir tus sueños,
destrabar el tiempo,
correr los escombros y destapar el cielo.

No te rindas,
por favor no cedas,
aunque el frío queme,
aunque el miedo muerda,
aunque el sol se esconda
y se calle el viento.

Aún hay fuego en tu alma,
aún hay vida en tus sueños,
porque la vida es tuya y
tuyo también el deseo,
porque lo has querido
y porque te quiero.

Porque existe el vino
y el amor,
es cierto,
porque no hay heridas
que no cure el tiempo,
abrir las puertas
quitar los cerrojos,
abandonar las murallas
que te protegieron.

Vivir la vida y aceptar el reto,
recuperar la risa,
ensayar el canto,
bajar la guardia y extender las manos,
desplegar las alas e intentar de nuevo,
celebrar la vida y retomar
los cielos.

No te rindas por favor
no cedas,
aunque el frío queme,
aunque el miedo muerda,
aunque el sol se ponga
y se calle el viento.
Aún hay fuego en tu alma,
aún hay vida en tus sueños,
porque cada día es un comienzo,
porque esta es la hora
y el mejor momento,
porque no estás sola,
porque yo te quiero.

Mario Benedetti
Uruguay (1920-2009)