Salmo 97:10-12

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Los que amáis a Jehová, aborreced el mal; El guarda las almas de sus santos; De mano de los impíos los libra. Luz está sembrada para el justo, y alegría para los rectos de corazón. Alegraos, justos, en Jehová, y alabad la memoria de su santidad.

Puede ser que usted sea reacio o se resista a usar la palabra odiar en alguna situación, pero hay momentos en que es apropiado. Como hijos de Dios, debemos amar lo que Él ama y odiar lo que Él odia. Por eso el versículo 10 del pasaje de hoy nos dice: “Los que amáis a Jehová, aborreced el mal”.

Pero muchos cristianos no adoptan esta actitud con regularidad. En vez de eso, a menudo hay la tendencia a jugar con el mal, manteniéndolo cerca para divertirse e incluso inventando excusas por su presencia. Algunos pueden decir: “¡Bueno, no puedo escapar del mal, ya que está a mi alrededor. Así que lo mejor que puedo hacer es tratar de manejarlo de manera adecuada!”.

¡Qué engaño es este! No podemos manejar el mal, «Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí.» (Romanos 7:19-21). Tan pronto como tengamos un solo pensamiento malo, ya hemos pecado. El Salmo 37.27 dice: “Apártate del mal y haz el bien…” En otras palabras, la rectitud requiere un cambio radical completo para que nos dirijamos en la dirección opuesta al mal.

Vivimos en un mundo que está impregnado de pecado, que es imposible evitarlo por completo. Pero podemos alejarnos de situaciones particularmente tentadoras. Pídale al Señor hoy la sabiduría para reconocer las trampas pecaminosas y la resistencia para hacer lo correcto.

«.…Aborreced lo malo, seguid lo bueno.» (Romanos 12:9).

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1 Corintios 13:3-6

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Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve. El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad.

El pasaje bíblico de hoy se conoce como el capítulo del amor. Es interesante que Pablo no haya dado una definición del amor, sino descrito su importancia y su expresión.

Este tipo de amor no es de origen humano; viene de nuestro Padre celestial y es parte de su naturaleza, «…Dios es amor; y el que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él.» (1 Juan 4:16). Lo que describe el apóstol es un amor altruista que actúa a favor de otra persona. El deseo de Dios es transformar a todos los creyentes a la imagen de Cristo, «Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo…» (Romanos 8:29). Y somos más como Él cuando cuidamos los unos de los otros.

Los primeros tres versículos de 1 Corintios 13 son una advertencia. Sin la motivación del amor, todas nuestras buenas obras, incluyendo el servicio al Señor, no nos beneficiarán en nada. A los ojos de Dios, un espíritu amoroso es más importante que palabras impresionantes, conocimiento, fe, generosidad y sacrificio. Cuando nos presentemos ante Cristo para ser juzgados por nuestras obras, cualquier acción realizada por razones egocéntricas no será considerada digna de recompensa. 

Todos estamos ciegos hasta cierto punto con respecto a nuestros motivos, por lo que puede ser difícil discernir por qué servimos a Dios o hacemos buenas obras. Ore para conocer las intenciones ocultas de su corazón, y pídale al Señor que sustituya cualquier motivación egocéntrica con la manera en que Él ama.

«Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; Pruébame y conoce mis pensamientos; Y ve si hay en mí camino de perversidad, Y guíame en el camino eterno.» (Salmos 139:23-24).

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Gálatas 5:16-18

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Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis. Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley.

Cristo dijo que los dos mandamientos más grandes son estos: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente” y “…Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22.37-39). ¡Qué tarea tan abrumadora!

Con nuestras propias fuerzas, encontraremos que tener éxito está más allá de nuestro alcance, pero el Señor ha provisto una manera para que los cristianos logremos lo imposible. El Espíritu Santo que habita en nosotros obra para producir su fruto, «Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.» (Gálatas 5:22-23). La primera cualidad mencionada es el amor, y las ocho restantes son, en realidad, descripciones de cómo se expresa.

El amor no se produce esforzándose más por mostrar buena voluntad hacia alguien que es irritante o con quien es difícil llevarse bien. En vez de eso, piense más en el proceso como si fuera la savia que corre a través de una rama en una vid. De manera similar, el Espíritu fluye a través de nosotros, produciendo el amor de Dios, para que podamos expresarlo a Él y a los demás.

Cada vez que demostramos bondad, paciencia o gentileza es obra de Dios, no nuestra. Incluso la adoración que ofrecemos no es algo que producimos en nuestro corazón sin su ayuda. Aunque el mandato de amar es abrumador, la gracia de Dios lo hace posible. 

«…Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios.» (Lucas 18:27).

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Romanos 15:1-2

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Así que, los que somos fuertes debemos soportar las flaquezas de los débiles, y no agradarnos a nosotros mismos. Cada uno de nosotros agrade a su prójimo en lo que es bueno, para edificación.

Cada semana, las iglesias se llenan de personas que experimentan una amplia gama de problemas y, como creyentes, hemos de llevar las cargas los unos de los otros, «Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo.» (Gálatas 6:2). No es solo el trabajo del pastor, él no puede estar al tanto de todas las necesidades de la congregación. Por eso todos estamos llamados a ayudarnos unos a otros. Sin embargo, lograrlo requiere algunos cambios de nuestra parte.

SENSIBILIDAD: Si no somos sensibles a lo que las personas enfrentan, ¿cómo podemos orar por ellas u ofrecerles apoyo? Pídale al Espíritu Santo que le ayude a sensibilizarse con las luchas de los demás.

ACEPTACIÓN: Debemos aceptar a los demás creyentes como Cristo nos ha aceptado a nosotros. Eso significa estar dispuestos a compartir las cargas de los demás, sin importar quiénes sean.

DISPOSICIÓN: Ayudar a la gente puede resultar inconveniente, pero una comunidad de fe prospera cuando auxiliamos a quienes nos rodean.

El Señor es quien consuela a los que sufren y ayuda a los débiles, pero a menudo lo hace por medio de su pueblo. La Biblia nos dice que toda la ley se cumple en un solo mandamiento: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Gálatas 5.14). Y usted, ¿apoya solo a sus seres queridos, o le demuestra amor a todo el que le rodea?

«Hermanos míos, que vuestra fe en nuestro glorioso Señor Jesucristo sea sin acepción de personas.» (Santiago 2:1).

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Filipenses 3:17

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Hermanos, sed imitadores de mí, y mirad a los que así se conducen según el ejemplo que tenéis en nosotros.

Los guías espirituales son esenciales para la iglesia: necesitamos ver vivir el cristianismo delante de nosotros. Pablo le dijo a Timoteo: “…Sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza” (1 Timoteo 4:12). Un guía espiritual debe llevar una vida ejemplar porque debe mostrarles a otros la senda. Las personas pueden ver la perfección en Cristo y pueden leer acerca de Pablo, pero también necesitan a alguien a quien puedan observar y con quien puedan hablar. Necesitan ver la virtud, la humildad, el servicio altruista, la disposición a sufrir, la devoción a Cristo, el valor y el crecimiento espiritual en la vida de alguien cerca de ellas.

Una gran carga en mi corazón es que los pastores y ancianos de todas las iglesias sean el tipo de ejemplos que Dios les ordena que sean. Es muy importante enseñar la verdad, pero es igualmente importante que esa verdad sea apuntalada por una vida virtuosa.

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1 Tesalonicenses 5:14-15

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También os rogamos, hermanos, que amonestéis a los ociosos, que alentéis a los de poco ánimo, que sostengáis a los débiles, que seáis pacientes para con todos. Mirad que ninguno pague a otro mal por mal; antes seguid siempre lo bueno unos para con otros, y para con todos.

Es interesante que los mandamientos en el versículo 14 del pasaje de hoy no están dirigidos a los líderes de la iglesia sino a los “hermanos”, un término que se usa para referirse a otros cristianos. ¿Hasta qué punto se siente usted adecuado para “amonestar a los ociosos, alentar a los de poco ánimo, sostener a los débiles y ser paciente para con todos”?

Nuestra vida en la comunidad de la fe no se trata solo de asistir a un servicio de adoración cada domingo. No pensemos en la iglesia como un lugar, sino como un grupo de creyentes a quienes “…se nos dio a beber de un mismo Espíritu” (1 Corintios 12.13). Eso significa estar allí para consolar a los afligidos, guiar a los descarriados y animar a los cansados.

Para lograrlo, debemos estar dispuestos a escuchar. Es fácil dar una respuesta rápida antes de entender la situación de alguien. Pero dado que el problema externo puede ser solo un síntoma de una lucha espiritual interna, es prudente ser paciente. Cuando a otros se les da la oportunidad de compartir, podemos discernir mejor cómo quiere Dios que respondamos.

Siempre debemos buscar lo que es mejor para los demás. En algunos casos, se requiere ayuda práctica o material; en otras ocasiones, podría significar oración o la disposición de ayudar a una persona a crecer espiritualmente. Pídale al Espíritu Santo que le muestre cuál es su papel.

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Romanos 5:3-5

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Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.

Dios utiliza el sufrimiento para quitar el pecado de nuestras vidas, fortalecer nuestro compromiso con Él, forzarnos a depender de su gracia, unirnos a otros creyentes, producir discernimiento, promover sensibilidad, disciplinar nuestras mentes, impartir sabiduría, ensanchar nuestra esperanza, hacer que conozcamos mejor a Cristo, hacernos anhelar la verdad, guiarnos al arrepentimiento del pecado, enseñarnos a dar gracias en tiempos de dolor, aumentar nuestra fe y fortalecer nuestro carácter. Y una vez logra tales cosas, a menudo podemos ver que nuestro sufrimiento valió la pena. Dios no quiere que simplemente nos sintamos bien. Quiere que seamos santificados. Y frecuentemente, el camino para ser santificados incluye el que no nos sintamos bien. 

«Mientras callé, se envejecieron mis huesos En mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; Se volvió mi verdor en sequedades de verano. Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad.Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; Y tú perdonaste la maldad de mi pecado.»(Salmos 32:3-5). 

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Juan 1:16-17

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Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia. Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.

Para tener un mayor entendimiento de la gracia de Dios, solo necesitamos mirar a Cristo, quien es la personificación de la gracia y la verdad. Ambas son evidentes en Él, y ninguna de ellas se ve comprometida en lo más mínimo. Con la verdad, Cristo hizo que las personas se dieran cuenta de su condición pecaminosa; con gracia ofreció perdón a todos los que se acercaran a Él con fe.

Esto se ve con toda claridad en las interacciones del Señor. Las personas dispuestas a reconocer sus pecados se sentían atraídas por Cristo y su ofrecimiento de perdón. Pero los fariseos, que se consideraban justos, no creían que necesitaban la gracia del Señor. Así que la rechazaron, creyendo erróneamente que sus prácticas los hacían merecedores de la aceptación de Dios, «¿Por qué? Porque iban tras ella no por fe, sino como por obras de la ley, pues tropezaron en la piedra de tropiezo,» (Romanos 9:32).

«Ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado.» (Romanos 3:20).

Para encontrar la demostración más grande de gracia debemos mirar el sacrificio que fue hecho en la cruz. Allí, nuestro Salvador sufrió el castigo por nuestros pecados para que Dios-Padre pudiera extender la gracia a quienes creen en su Hijo Jesucristo. Ahora, la bondad, el amor y la misericordia divinas se derraman sobre nosotros en un suministro interminable de “gracia sobre gracia” (Juan 1.16).

Tener tal abundancia del favor de Dios debe llenarnos de gratitud y de deseo por demostrar la misma clase de gracia a los demás.

«…de gracia recibisteis, dad de gracia.» (Mateo 10:8).

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1 Corintios 9:26-27

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Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado.

La cultura actual está obsesionada con la diversión, los deportes, el materialismo y el placer emocional. En realidad, esas preocupaciones excesivas se han convertido en las características de nuestra superficial, amoral y a veces inmoral, sociedad.

Un antídoto seguro para semejante manera de vivir es la autodisciplina que se muestra en la vida cristiana genuina. Su dirección y poder espiritual vienen del Señor, pero necesita la autodisciplina si Él va a obrar con eficiencia por medio de usted.

Pablo le escribió a Timoteo: “Porque el ejercicio corporal para poco es provechoso, pero la piedad para todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente, y de la venidera” (1 Timoteo 4:8). Pablo también dijo lo siguiente con relación a cualquier logro o mérito personal que pudiera tener; «Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo,» (Filipenses 3:7-8). Pídale a Dios de corazón que haga eso una realidad en su vida. 

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Mateo 14:22-24

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En seguida Jesús hizo a sus discípulos entrar en la barca e ir delante de él a la otra ribera, entre tanto que él despedía a la multitud. Despedida la multitud, subió al monte a orar aparte; y cuando llegó la noche, estaba allí solo. Y ya la barca estaba en medio del mar, azotada por las olas; porque el viento era contrario.

Cuando surgen dificultades, ¿se sorprende de que el Señor las permita? Tal pensamiento presupone que ser un creyente obediente nos exime de problemas. Considere el pasaje de hoy: los discípulos hicieron justo lo que Cristo dijo al entrar en la barca y zarpar hacia el otro lado. Sin embargo, en poco tiempo, se encontraron golpeados y sacudidos por una poderosa tormenta.

También están los creyentes que asumen de manera automática que si surgen dificultades, ellos son el problema. Aunque Dios usa de vez en cuando las pruebas para corregirnos, no todas las dificultades son el resultado de nuestros pecados y fracasos. Pero Él puede usar todas las situaciones para que maduremos y nos transformemos a la semejanza de Cristo.

Y eso es lo que estaba pasando en Mateo 14 con los discípulos. Cristo sabía lo que estaba por venir, y los estaba entrenando para el trabajo al que los estaba llamando. En este caso, los azotadores vientos crearon una situación que los ayudaría a aprender lecciones importantes acerca de la confianza, que serían de un valor incalculable para su futuro ministerio.

Dios usa una gran variedad de medios para ayudarnos a ser siervos fuertes y eficaces de Jesucristo. En lugar de agachar la cabeza ante las luchas de la vida, miremos al Señor y busquemos su poder y sus propósitos.

«Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo; echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros.» (1 Pedro 5:6-7).

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