Colosenses 3:1-2

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Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra.

¿Dónde están sus prioridades? ¿Se está concentrando en las cosas de este mundo o en las cosas espirituales? ¿Si Cristo viniera mañana se estropearían los planes de usted? Tristemente, muchos cristianos esperan que Él no se aparezca por algún tiempo.

¡Qué comentario! Si prefiere estar en la tierra que estar en el glorioso hogar de Cristo en el cielo, entonces usted no ama Su venida. Dios se aflige cuando no vivimos esperando su gloriosa presencia y estamos más interesados en las cosas efímeras y pasajeras de este mundo. Jesucristo habló claro sobre esto, y es fácil de identificar, Él dijo; «Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.» (Mateo 6:21).

¿Dónde está su corazón? ¿Valoras las cosas triviales de esta vida más que las celestiales? ¿Le cuesta trabajo estár presente y ser puntual en las actividades de su Iglesia local? ¿Anhela encontrarse con sus hermanos en cada reunión que convoca la Iglesia? ¿Se ha vuelto experto en buscar excusas baratas para faltar a los cultos y reuniones de la Iglesia? Es tiempo de hacer un examen minucioso y profundo de sus prioridades. Cuando verdaderamente se está agradecido por la salvación que Dios le ha dado, se vive centrado y enfocado en Él, se le disfruta a Él, y con la esperanza de la plenitud de esa salvación aun por consumarse a plenitud, en la segunda venida del Señor Jesucristo. Haga suyo el deseo de Juan: “…Sí, ven, Señor Jesús” (Apocalipsis 22:20).» 

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1 Pedro 1:24-25

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Porque: Toda carne es como hierba, y toda la gloria del hombre como flor de la hierba. La hierba se seca, y la flor se cae; mas la palabra del Señor permanece para siempre. Y esta es la palabra que por el evangelio os ha sido anunciada.

Como una de las muchas advertencias de la Biblia, Proverbios 28.13 insta al pueblo de Dios a arrepentirse, ya que “el que encubre sus pecados no prosperará”. Pero muchos dudan en hacerlo ya que no es fácil mirar nuestro pecado, renunciar a él y llenarnos de valor para dejarlo.

La buena noticia es que el proverbio termina prometiendo que, “el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia”. Dios no espera que hagamos el trabajo sin Él, su presencia y compasión siempre están a nuestro alcance, «No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia.» (Isaías 41:10).

En otras palabras, al sentir por primera vez un indicio de culpa, pidamos al Señor la gracia para arrepentirnos. O, cada vez que sintamos miedo de enfrentarnos al pecado, pidamos la valentía para mirar nuestro interior. Y si no estamos listos para dejar algún pecado, podemos orar para que Él nos prepare para abandonarlo. 

Dios está presente en todos los aspectos del arrepentimiento y quiere que acudamos a Él en cada paso.

PIENSE EN ESTO:

¿Existe algo de lo que necesite arrepentirse? ¿Cómo puede invitar a Dios a que le ayude a dar ese paso?»

«Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.» (1 Juan 1:9)

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2 Corintios 5:10

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Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo.

La Palabra de Dios revela que Jesucristo juzgará un día a toda persona que haya vivido en este mundo, «…Él (Jesucristo) es el que Dios ha puesto por Juez de vivos y muertos.» (Hechos 10:42). «en el día en que Dios juzgará por Jesucristo los secretos de los hombres…» (Romanos 2:16). Ese día, los incrédulos serán exiliados, apartados de la presencia de Dios, y los creyentes se presentarán delante del Señor Jesús con la plena comprensión de su gracia desbordante.

«Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios, el cual pagará a cada uno conforme a sus obras: vida eterna a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad, pero ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia;»(Romanos 2:5-8).

Los verdaderos seguidores del Salvador no tienen nada que temer, ya que este juicio no tiene el propósito de determinar la salvación, que ya fue resuelta en el momento en que pusieron su fe por primera vez en el Hijo de Dios. Y como nos asegura (Romanos 8.1) «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.» Por el contrario, el Señor juzgará a los suyos con el propósito de dar recompensas.

En otras palabras, aunque ninguno de nosotros pueda tener una vida intachable, no temeremos ese día ante nuestro Salvador. La comparecencia ante Cristo no es un castigo; es un recordatorio de que hemos sido perdonados.

Ese día, estaremos delante del Señor, vestidos con la justicia de Cristo y perdonados de todos los pecados. Y al fin comprenderemos por completo la profundidad y la amplitud de su gracia y de su amor por nosotros. Y todo esto será posible; «…Por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.» (Hebreos 13:21).

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Santiago 1:5-8

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Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada. Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra. No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor. El hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos.

¿Lucha usted con la ansiedad, la frustración y el miedo? A veces, estos sentimientos surgen cuando dudamos de la capacidad de Dios para solucionar un problema o para protegernos a nosotros o a un ser querido. En otras ocasiones, nos angustiamos porque cuestionamos Su voluntad. Tales incertidumbres pueden surgir por falta de conocimiento de la naturaleza de Dios, de la confusión respecto a sus promesas o de no entender sus planes. Por eso es importante llenar nuestra mente de las verdades de la Biblia. Centrarnos en la suficiencia del Señor, en vez de en nuestras circunstancias, nos da esperanza y fuerza.

Hay muchas situaciones que pueden hacer vacilar nuestra fe. Puede ser que nuestro propio pecado nos lleve a cuestionar la verdad de las Sagradas Escrituras. O los fracasos pueden llevarnos a tener una visión pesimista de las situaciones actuales y futuras. Además, tenemos un enemigo que nos recuerda nuestros pecados y los momentos en los que nuestras oraciones parecían no tener respuesta. La antigua técnica de Satanás de cuestionar la fiabilidad de Dios puede hacer que nos preguntemos si el Señor es digno de confianza.

Cuando surjan dudas, confiéselas al Padre celestial. Después recuerde los muchos momentos en que Dios ha sido fiel en el pasado y medite en sus promesas. Deje que el Espíritu Santo le guíe hacia la verdad, para que pueda mantenerse firme. 

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Juan 1:16

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 Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia.

¿Es la experiencia de la gracia de Dios en su vida algo emocionante? ¡Lo es para mí! Es conmovedor el solo pensar en el hecho de que Dios, por su propio plan soberano, decidió tener misericordia conmigo.

Él derramó su gracia sobre mí. Él perdonó todos mis pecados. Me dio la presencia interior del Espíritu Santo. Me dio el entendimiento de su Palabra. Me llamó al ministerio espiritual. Todos los días me da abundante comunión con los santos, y me gozo en ser parte de su pueblo redimido. Él me permite ver el mundo como la obra de sus manos. Soy su hijo, y Él me ama de una forma personal.

No hay nada mejor que recibir gracia sobre gracia. Pido a Dios que esa sea la experiencia de usted.

«Porque Dios sujetó a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos. ¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!» (Romanos 11:32-33)

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1 Corintios 10:31

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 Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios.

Cuando usted confesó a Jesucristo como Señor, lo hizo para la gloria de Dios. Ahora, cualquier otra cosa que usted haga, aun las funciones más comunes de la vida como comer y beber, han de enfocarse en la gloria de Dios. Esa debe ser la actitud fundamental de su vida.

Jesús presentó ese enfoque de esta manera: “…Honro a mi Padre… no busco mi gloria…” (Juan 8:49, 50). Usted crecerá espiritualmente cuando siga el ejemplo de Cristo de someter su vida al Señorío de Cristo, usted se caracterizará por su humilde deseo de glorificar al Padre. 

«Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios.» (Colosenses 3:1-3)

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Hebreos 13:20-21

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Y el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas, por la sangre del pacto eterno, os haga aptos en toda obra buena para que hagáis su voluntad, haciendo él en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

La Biblia enseña que Dios escucha y responde nuestras oraciones cuando pedimos aquello que esté de acuerdo con su voluntad, «Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho.» (1 Juan 5:14-15). Aunque nuestro Padre celestial siempre es fiel para guiarnos en situaciones específicas, también quiere que conozcamos sus grandes propósitos para nosotros, que están descritos a lo largo de su Palabra.

Con respecto tanto al carácter como a las obras, el propósito de Dios para los creyentes puede resumirse en estas dos peticiones del versículo 21:

SU OBJETIVO ES “[CAPACITARNOS] EN TODO LO BUENO PARA HACER SU VOLUNTAD”. Quiere que dependamos por completo de Él para llevar a cabo las buenas obras que dispuso de antemano para nosotros, «Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.» (Efesios 2:10). Estas incluyen la vida justa en obediencia a su Palabra, así como el servicio fructífero en su nombre y a su pueblo.

DIOS ESTÁ “[CUMPLIENDO] EN NOSOTROS LO QUE LE AGRADA”. A medida que el Padre nos moldea a la imagen de su Hijo, está transformando nuestro carácter para que tengamos un corazón inclinado a complacerlo. De lo contrario, todas nuestras buenas obras son inútiles. 

Al pedirle a Dios que realice estas dos cosas en su vida, puede tener la plena seguridad de que Él lo hará.

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1 Juan 1:5-6

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Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él. Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad;

El sacrificio de Cristo en la cruz pagó por todos nuestros pecados, pero seguimos siendo susceptibles a la tentación y la desobediencia. Por tanto, debemos entender qué hacer cuando cedemos a nuestros deseos pecaminosos. Dios conoce nuestra lucha, y nos ha dado por su gracia una manera de ser limpios, para que podamos seguir creciendo en santidad. Para ello, debemos…

VER EL PECADO COMO LO VE DIOS. Nuestro Padre celestial es puro y, para Él, cada pecado es una ofensa que viola su ley, entristece al Espíritu Santo y menosprecia el sacrificio de Cristo.

ASUMIR LA RESPONSABILIDAD POR UNO MISMO. Tratar de suavizar la naturaleza atroz del pecado llamándolo error, debilidad o defecto es inaceptable. Debemos reconocer nuestra culpa y desobediencia, en vez de poner excusas o culpar a otros.

CONFESARLO. Estar de acuerdo con Dios en cuanto a nuestro pecado es un privilegio bendito, por medio del cual Él nos limpia de la culpa. El Señor nos capacita para alejarnos del pecado en arrepentimiento, y así podamos andar de nuevo en santidad.

«Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.» (1 Juan 1:9)

Aunque Juan explicó cómo debemos lidiar con el pecado, su propósito principal era animarnos a dejar de pecar y vivir en obediencia a Dios. Cuanto más tiempo seamos cristianos, menos pecado debe caracterizar nuestra vida.

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Juan 4:13-14

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Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.

¿Qué le proporciona sensación de satisfacción y propósito? ¿Su familia, trabajo, aficiones o relaciones con otras personas? Nada de ello está mal, pero pueden decepcionarle si buscar al Señor no es prioridad.

Mientras el Señor Jesús estaba sentado junto a un pozo en la región de Samaria, conoció a una mujer que buscaba en vano sentirse satisfecha. Se había casado cinco veces, y lo más probable es que cada relación rota la dejara sintiéndose menos amada.

«Jesús le dijo: Ve, llama a tu marido, y ven acá. Respondió la mujer y dijo: No tengo marido. Jesús le dijo: Bien has dicho: No tengo marido; porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; esto has dicho con verdad.» (Juan 4:16-18).

Mientras hablaban, el Señor le señaló su pecado al decirle que ella estaba viviendo ahora con un hombre que no era su esposo. Él no estaba siendo cruel, sino que la estaba ayudando a reconocer que necesitaba al Salvador. Todos los intentos anteriores de llenar su vida habían sido inútiles, y ahora Él le ofrecía la única solución que de verdad satisface: Él mismo. Ofreció darle el “agua viva”, que elimina la sed de quien de ella beba. 

¿Alguna vez se ha sentido como la mujer samaritana: insatisfecha de la vida y sedienta de amor, propósito o realización? Entréguese al Señor Jesucristo y permita que su vida y su amor fluyan a través de usted. Solo entonces experimentará la satisfacción que Él promete.

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1 Pedro 4:1

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Puesto que Cristo ha padecido por nosotros en la carne, vosotros también armaos del mismo pensamiento…

Una de las bendiciones de ser cristiano es nuestra identificación con Cristo y sus privilegios resultantes. Sin embargo, para que no demos por sentado esas bendiciones, suponiendo que resultarán en que seamos amados y respetados por el mundo, Dios también permite que suframos. En realidad, el apóstol Pedro en su primera epístola muestra con toda claridad que quienes son más bendecidos en la fe sufren más.

La vida cristiana es un llamado a la gloria a través del sufrimiento. Eso es porque quienes están en Cristo están inevitablemente en pugna (oposición) con su cultura y su sociedad. Todos los sistemas estimulados por Satanás están en pugna con las cosas de Cristo. El apóstol Juan dijo que una persona no puede amar a Dios y al mundo al mismo tiempo, «No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo.» (1 Juan 2:15-16). Y Santiago dijo: «¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios.» (Santiago 4:4)

«Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.» (1 Juan 2:17)

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