Salmo 62:5-7

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Alma mía, en Dios solamente reposa, Porque de él es mi esperanza. El solamente es mi roca y mi salvación. Es mi refugio, no resbalaré. En Dios está mi salvación y mi gloria; En Dios está mi roca fuerte, y mi refugio.

En un mundo agitado, ¿dónde se puede encontrar estabilidad? No podemos contar con los líderes políticos, las instituciones financieras, los proveedores de salud o cualquier otra institución humana para mantenernos seguros y protegidos. Solo hay un fundamento seguro, y ese es el Señor, nuestro Dios.

David, quien escribió el salmo de hoy, enfrentó muchos peligros y pruebas a lo largo de su vida. Pero sabía que con Dios como su fortaleza, no sería sacudido seriamente por los acontecimientos terrenales; lo cual también es cierto para cualquiera que conozca a Jesucristo como Señor y Salvador. Él se caracteriza por el amor, la justicia y la fidelidad en sus interacciones con nosotros. Podemos tener una gran confianza porque nuestro Dios es autoexistente e inmutable. Él sabe todas las cosas, tiene todo el poder y está presente en todas partes. 

¿Está su fe basada en estas verdades? ¿Cree de corazón que puede confiar en Dios cuando se trata de usted? ¿Puede confiar en que Él le ama durante los momentos difíciles, cuando todavía está esperando que las oraciones sean respondidas? ¿Acepta que la manera en que le dirige se basa en su conocimiento y amor ilimitados por usted, incluso cuando no entiende o no le agrada lo que haya decidido para usted? Esto es lo que constituye un fundamento sólido de fe.

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Juan 8:43-44

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¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi palabra. Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. El ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira.

El engaño es el distintivo de Satanás, algo nada nuevo. El primer libro de la Biblia cuenta su engaño a Eva en el huerto del Edén: plantó semillas de dudas sobre las palabras de Dios al preguntar: “… ¿Conque Dios os ha dicho…?” (Génesis 3.1).

Si alguna vez usted ha aceptado una creencia falsa o ha sido engañado, sabe lo devastador que es sentirse traicionado. Ahora imagínese la ruina que Satanás causa al cegar a las personas a la verdad del evangelio. Es difícil imaginar las innumerables almas que sufrirán por la eternidad debido a su engaño.

El diablo no limita sus esfuerzos a poner obstáculos a la fe. Trabaja con afán para alimentarnos con pensamientos de desaliento: insinúa que Dios no nos ayuda cuando estamos pasando por dificultades y nos hace creer que es injusto por permitir nuestro sufrimiento. Nuestro enemigo también nos incita a pensar en los agravios que nos han hecho, o en las cosas que Dios no nos ha dado, para que guardemos rencor, nos quejemos y estemos descontentos.

Todo esto nos roba el gozo, la gratitud y la paz que tenemos en Cristo. Nuestra primera defensa contra el engaño es tener una mente llena de la verdad de la Palabra de Dios, para que podamos discernir las mentiras antes de que ellas envenenen nuestras emociones y contaminen nuestra conducta. 

«La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales.» (Colosenses 3:16).

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Lucas 14:33

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 Cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo.

Pocos en la iglesia actual están consagrados a Jesucristo como lo estuvo el apóstol Pablo. Pablo ejemplifica lo que hablaba Cristo cuando dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” (Lucas 9:23).

Pablo vivía tan entregado a nuestro Señor que no le importaba si vivía o moría. Esa es una actitud de la que prácticamente no se oye en nuestra época materialista y ególatra. La mayoría de las personas hoy viven para todo menos para lo que Pablo vivía.

Pablo seguía sintiendo gozo siempre que su Señor fuera glorificado, aun cuando él mismo fuera amenazado de muerte. Lo único que le importaba era que se siguiera difundiendo el evangelio, que se predicara a Cristo y que se exaltara al Señor. La fuente de su gozo estaba totalmente relacionada con el reino de Dios. 

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Mateo 6:19-21

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No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.

Dejar esta tierra e ir al cielo no es un pensamiento popular en la iglesia contemporánea. El énfasis cada vez mayor en el éxito, la prosperidad y la solución de los problemas personales, refleja nuestra perspectiva terrenal.

También es difícil para nosotros concebir una futura recompensa celestial. En esta época materialista, rara vez sentimos satisfacción en lo que se demora. Casi todo lo que deseamos lo podemos tener de inmediato. Ni siquiera necesitamos dinero; podemos usar una tarjeta de crédito. No tenemos que construir nada; podemos comprarlo todo. Y no tenemos que ir muy lejos para obtenerlo.

La falta de interés en el cielo es la otra cara del interés en este mundo. Los evangélicos modernos prácticamente se olvidan del cielo. Se predica y se enseña poco sobre el tema, pero hay una cantidad colosal de material disponible sobre la prosperidad en esta vida. Para buscar a Cristo con la misma pasión que Pablo debemos concentrar nuestra atención en el mundo venidero, rechazando y estimando como basura todo en ésta vida.

«Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo,»(Filipenses 3:7-8).

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Romanos 12:10

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Amaos los unos a los otros con amor fraternal…

El amor fraternal revela el carácter de los cristianos. Por eso Pablo recuerda a los creyentes que pongan en práctica esa virtud: “Acerca del amor fraternal no tenéis necesidad de que os escriba, porque vosotros mismos habéis aprendido de Dios que os améis unos a otros” (1 Tesalonicenses 4:9).

El verdadero discípulo de Jesucristo intuitivamente sabe que debe amar a sus hermanos y hermanas en Cristo. Como tienen el mismo Padre celestial, el amor entre los creyentes es tan normal como el afecto entre los miembros de una familia. Si es un verdadero discípulo, tal amor será verdaderamente suyo, y será evidente el testimonio al mundo acerca de Jesucristo.»

El mismo Jesús dijo;

«Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.» (Juan 13:34-35).

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Hechos 20:30

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De vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos.

Muchas fuerzas impiden que comprendamos esta verdad fundamental: “La meta de vida de todo cristiano es ser más semejante a Cristo”.

La psicología humanista es una de esas fuerzas que obstaculizan. Enseña que el hombre existe para su propia satisfacción: debe tener todo lo que cree que necesita y debe satisfacer sus deseos para ser feliz. Como resultado, en muchas iglesias el crecimiento espiritual se iguala a menudo con allanar los problemas de la vida y hallar satisfacción personal.

Esa clase de mentalidad que finalmente lleva a una teología centrada en el hombre, es diametralmente opuesta a lo que la Biblia enseña. La meta de la salvación y de la santificación es que seamos hechos conformes a la imagen de Cristo, «Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo…» (Romanos 8:29).

Se ha dicho muy bien que la fe mira hacia afuera y no hacia adentro, y que toda la vida está en esa esfera. Cuanto más conoce a Cristo y se concentra en Él, tanto más el Espíritu lo hará semejante a Él. Pero cuanto más se concentra usted en sí mismo, tanto más se distraerá usted de la senda correcta.

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Hebreos 7:22-25

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Por tanto, Jesús es hecho fiador de un mejor pacto. Y los otros sacerdotes llegaron a ser muchos, debido a que por la muerte no podían continuar; mas éste, por cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable; por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos.

La oración es un privilegio admirable, sin duda, y debemos tratarla como tal. ¿Alguna vez se ha detenido a considerar por qué el Dios santo se digna escuchar nuestras peticiones y, además, responderlas? El Señor es tan perfecto que el más mínimo indicio de pecado es incompatible con su presencia. Los seres humanos, en cambio, son inherentemente pecaminosos. Sin embargo, Dios quiere tener comunión con nosotros, por lo que creó un medio para que eso fuera posible.

Antes de la muerte y resurrección de Cristo, los sacerdotes ofrecían una y otra vez sacrificios para cubrir las transgresiones del pueblo. No obstante, la sangre animal nunca eliminaba el pecado de forma permanente. Por eso, Dios envió a su Hijo para ser el sacrificio expiatorio perfecto “una vez para siempre” para todos los que han puesto su fe en el Salvador, «… porque esto lo hizo una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo.» (Hebreos 7:27). Debido a que Jesucristo pagó toda nuestra deuda con su preciosa sangre, ahora podemos entrar en la santa presencia de Dios.

No subestimes la importancia de poder hablar con el Señor. Por el hecho de haber sido perdonados de todo pecado, ahora somos bienvenidos a acercarnos al Padre en oración, porque su Hijo es nuestro sumo sacerdote que nos cubre para siempre con el velo de su justicia.

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Mateo 13:44-46

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Además, el reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo, el cual un hombre halla, y lo esconde de nuevo; y gozoso por ello va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo. También el reino de los cielos es semejante a un mercader que busca buenas perlas, que habiendo hallado una perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía, y la compró.

El apóstol Pablo tuvo una vida compleja antes de ser cristiano, «Aunque yo tengo también de qué confiar en la carne. Si alguno piensa que tiene de qué confiar en la carne, yo más: circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; en cuanto a celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible.» (Filipenses 3:4-6).

Trató de cumplir todas las leyes y tradiciones del judaísmo. Trató de hacer varias obras que esperaba se le acreditaran a su cuenta. Pero en todas sus búsquedas, buscaba algo que no podía encontrar. Entonces un día, en el camino hacia Damasco, fue confrontado por el Cristo vivo y comprendió que Él era todo lo que Pablo había estado buscando.

Pablo describe el cambio que hizo: «Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe;» (Filipenses 3:7-9).

Cuando Pablo conoció a Cristo, comprendió que todo lo que estaba en su balance como activo era en realidad pasivo. Halló que Cristo era todo lo que necesitaba. Haga un autoexamen a su propia vida y evalúe, ¿es Jesucristo su tesoro más preciado?

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1 Juan 2:16-17

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Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.

Muchas personas pueden parecer estar bien, pero si pudiéramos mirar bajo la superficie, veríamos otra cosa: lugares en sus almas que han tratado de llenar con éxito mundano, posesiones o popularidad. Pero la verdad es que esas cosas nunca satisfacen. Solo Dios puede darnos satisfacción y paz genuinas. «Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás.» (Juan 6:35).

Ahora bien, esto no significa que la vida siempre será perfecta u ordenada a nuestro gusto. De hecho, el Señor Jesús nos dijo que en este mundo tendremos dificultades, «Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.» (Juan 16:33). Si estamos en Él, experimentaremos una sensación de plenitud que nunca podrá ser quitada. Es posible que sigamos deseando otras cosas, pero debido a que estamos completos en Cristo, esos deseos no ejercerán una atracción tan fuerte sobre nosotros. Ya sea que se nos presenten o no, podemos permanecer verdaderamente satisfechos con Aquel que nos llama sus hijos amados, 

«Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él.» (1 Juan 3:1). Podemos descansar en la suficiencia de su amor y en el gozo de la vida en Él.

PIENSE EN ESTO;

¿Siente usted alguna carencia en su interior? ¿Cómo ha tratado de llenarla a lo largo de los años? ¿Todavía sigue sin lograrlo?»

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1 Corintios 4:16

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Por tanto, os ruego que me imitéis.

Como todos los cristianos son imperfectos, necesitamos el ejemplo de alguien que también sea imperfecto, pero que sepa cómo resolver la imperfección. Tal vez sirva esta ilustración. Supongamos que decido participar en una peligrosa expedición de alpinismo. Un helicóptero deja caer a un guía en la cumbre de la montaña, y este mira hacia abajo y me dice: “Esta es la cumbre. Sube hasta aquí; este es el lugar donde quieres estar”. Este guía no sería de tanta ayuda como alguien que vaya subiendo delante de mí y me diga: “Sígueme. Conozco el camino hacia la cumbre”.

Cristo nos muestra la meta que debemos alcanzar, pero también necesitamos a alguien que sea ejemplo del proceso de alcanzar la meta. Solo venciendo el pecado podemos ser más semejantes a Cristo, de modo que necesitamos hallar a otro cristiano que también esté luchando para vencer el pecado. Un ejemplo humano y espiritual puede mostrarle cómo afrontar todas las consecuencias de nuestra condición pecaminosa. Comience a buscar y a seguir a un guía espiritual.

«Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo.» (1 Corintios 11:1).

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