Canción del sembrador de voces

Estándar

Caminando al azar por los caminos,

por los muchos caminos distintos de la vida,

voy tirando palabras desnudas en el viento,

como quien va tirando, distraído,

semillas de naranja sobre el agua de un río.

*

Son palabras dispersas, acaso sin sentido,

palabras misteriosas que afluyen a mi boca,

cuyo origen ignoro.

*

Algunas veces pienso que es otro quien las pone

sobre mis propios labios para que yo las diga.

Y yo las digo; pero, tan displicentemente,

como quien va tirando, distraído,

semillas de naranja sobre el agua de un río.

*

La multitud que pasa me mira y se sonríe

y yo también sonrío; pero sé lo que piensa.

*

En cambio ella no sabe que yo estoy construyendo

con esas simples voces salidas de mis labios,

la estatua de mí mismo sobre el tiempo.

Franklin Mieses Burgos. República Dominicana (1907-1976)

Primera evasión

Estándar

Lo redondo es un ángel caído en el vacío

de su propio universo,

donde la oscura voz de su verdad resuena

llena de eternidad cerrada y de infinito.

*

Lo redondo es un río que sale y que torna

de nuevo hacia sí mismo, hacia la hueca nada

donde su ser gravita.

*

Por su forma la lengua de Dios está explicando

su gracia preferida,

la imagen con que muestra la sombra de su rostro

desnuda sobre el mundo.

¿No es su ley la que esculpe la manzana del orbe,

el anillo que muerde el pedestal del árbol,

la cabeza del hombre?

*

Lo redondo es un ángel cautivo que no sueña,

que no se translimita de su cerrado cielo;

un ángel prisionero

que está sujeto a Dios como un objeto más

de amor entre sus dedos.

Franklin Mieses Burgos. República Dominicana (1907-1976)

El salto de Jimenoa

Estándar

¡Cabellera de los siglos:

destrenzada en una salvaje cólera de espumas!

¡Que en un prisma del iris,

matizada, soberbiamente tu coraje empinas!

-Tras los cielos de brumas-

mientras dejas correr tranquilamente,

con el zigzag de una serpiente

tus sinfónicas aguas cristalinas.

*

¡Cabellera de los siglos!

¡Cabellera iluminada, tal como si fuera

barnizada en sus rostros vagabundos,

que la mañana dora,

con la sangre divina de los astros

y el oro enrojecido de la aurora!

*

¡Cabellera de los siglos!

¡Hirsuta, como el sinuoso doblez de una viruta

arrancada del pecho de un diamante!

Y colgada después

sobre la cresta inaccesible,

colosal, enhiesta de un altivo peñón,

donde los pinos ¡tus cantores hermanos!

se alargan en un ansia delirante

como brazos humanos,

florecidos de pájaros y trinos.

¡Cabellera de los siglos!

¡Cabellera que te descuelgas airadamente

fiera sobre un hombro colosal de rocas vivas!

Para caer pesadamente,

en un diluvio de gotas fugitivas

que te nimban la frente.

*

¡Cabellera de los siglos!

¡Cabellera que al aire flotas

igual que en una bandera!

Cuando de ti se eleva como un canto

la divina soberbia del paisaje:

eres entonces toda como un manto,

bordado en la blancura de un encaje.

Y desde tu andamiaje de basalto,

cayendo eternamente de lo alto, ruges, ruges.

Y tu rugir retumba profundamente lejos,

como una catedral que se derrumba,

entre una hecatombe de reflejos.

*

¡Cabellera de los siglos!

¡Cabellera: que si el hombre quisiera

se la enroscara al cuello a una turbina!

Para trocar en realidad potente

la maravilla de las maravillas: el Jimenoa

con su voz rugiente ¡dándole luz

a todas las Antillas!

Franklin Mieses Burgos. República Dominicana (1907-1976)

El gato, el lagarto y el grillo

Estándar

Ello es que hay animales muy científicos

en curarse con varios específicos,

y en conservar su construcción orgánica

como hábiles que son en la botánica,

pues conocen las hierbas diuréticas,

catárticas, narcóticas, eméticas,

febrífugas, estíplicas, prolíficas,

cefálicas también y sudoríficas.

*

En esto era tan práctico y teórico

un gato pedantísimo, retórico,

que hablaba en un estilo tan enfático

como el más estirado catedrático.

Yendo a caza de plantas salutíferas,

dijo a un lagarto: ¡qué ansias tan mortíferas!

*

Quiero, por mis turgentes semihidrópicas,

chupar el zumo de hojas heliotrópicas.

*

Atónito el lagarto con lo exótico

de todo aquel preámbulo estrambótico,

no entendió más la frase macarrónica

que si le hablasen lengua babilónica.

Pero notó que el charlatán ridículo

de hojas de girasol llenó el ventrículo,

y le dijo, ya en fin: 

-Señor hidrópico,

he entendido lo que es zumo heliotrópico.

*

¡Y no es bueno que un grillo, oyendo el diálogo,

aunque se fue en ayunas del catálogo

de términos tan raros y magníficos,

hizo del gato elogios honoríficos!

*

Sí, que hay quien tiene la hinchazón por mérito,

y el hablar liso y llano por demérito.

Mas ya que esos amantes de hiperbólicas

cláusulas y metáforas diabólicas,

de retumbantes voces el depósito

apuran, aunque salga un despropósito,

caiga sobre su estilo problemático

este apólogo esdrújulo enigmático.

Tomás de Iriarte. España (1750-1791)

El gusano de seda y la araña

Estándar

Trabajando un gusano su capullo,

la araña, que tejía a toda prisa,

de esta suerte le habló con falsa risa,

muy propia de su orgullo:

-¿Qué dice de mi tela el señor gusano?

Esta mañana la empecé temprano,

y ya estará acabada al mediodía.

Mire qué sutil es, mire qué bella…

El gusano, con sorna respondía:

-Usted tiene razón, así sale ella.

Tomás de Iriarte. España (1750-1791)

La barca de Simón

Estándar

Tuvo Simón una barca

no más que de pescador,

y no más que como barca,

a sus hijos la dejó.

Mas ellos tanto pescaron

e hicieron tanto doblón

que ya tuvieron a menos

no mandar buque mayor.

La barca pasó a jabeque,

luego a fragata pasó;

de aquí a navío de guerra,

y asustó con su cañón.

Mas ya roto y viejo el casco

de tormentas que sufrió,

se va pudriendo en el puerto.

¡Lo que va de ayer a hoy!

Mil veces lo han carenado,

y al cabo será mejor

desecharle, y contentarnos

con la barca de Simón.

Tomás de Iriarte. España (1750-1791)

Háblame del mar

Estándar

Dicen que hay toros azules

en la primavera del mar.

El sol es el caporal

y las mantillas las nubes

que las mueve el temporal.

Dicen que hay toros azules

en la primavera del mar.

Háblame del mar, marinero.

Dime si es verdad

lo que dicen de él.

Desde mi ventana

no puedo yo verlo.

Desde mi ventana

el mar no se ve.

Háblame del mar, marinero.

Cuéntame lo que sientes

allí, junto a él.

Desde mi ventana

el mar no se ve.

Dicen que el barco navega

enamorado del mar.

Buscándooslos sirenas va,

Buscando sirenas nuevas

que le canten al pasar.

Dicen que el barco navega

enamorado del mar.

Háblame del mar, marinero.

Háblame del mar, háblame.

Rafael Alberti. (España, 1902-1999)

Doña Primavera

Estándar

Doña Primavera viste que es primor,

viste en limonero y en naranjo en flor.

Lleva por sandalias unas anchas hojas,

y por caravanas unas fucsias rojas.

*

Salid a encontrarla por esos caminos.

¡Va loca de soles y loca de trinos!

*

Doña Primavera de aliento fecundo,

se ríe de todas las penas del mundo…

No cree al que le hable de las vidas ruines.

¿Cómo va a toparlas entre los jazmines?

¿Cómo va a encontrarlas junto de las fuentes

de espejos dorados y cantos ardientes?

*

De la tierra enferma en las pardas grietas,

enciende rosales de rojas piruetas.

Pone sus encajes, prende sus verduras,

en la piedra triste de las sepulturas…

*

Doña Primavera de manos gloriosas,

haz que por la vida derramemos rosas:

rosas de alegría,

rosas de perdón,

rosas de cariño,

y de exultación.

Gabriela Mistral (Chile, 1889-1957)

Con dos años, dos flores

Estándar

Con dos años, dos flores

cumples ahora.

Dos alondras llenando 

toda tu aurora.

Niño radiante:

va mi sangre contigo

siempre adelante.

Sangre mía, adelante,

no retrocedas.

La luz rueda en el mundo,

mientras tú ruedas.

Todo te mueve,

universo de un cuerpo

dorado y leve.

Herramienta es tu risa,

luz que proclama

la victoria del trigo

sobre la grama.

Ríe. Contigo

venceré siempre al tiempo

que es mi enemigo.

Miguel Hernández. España (1910-1942)

Esto es cantar

Estándar

Cantar es más que hablar.

Cantar es alabar y abrir con un ¡oh! el mundo.

Cantar es admirar, no explicar, no decir.

Cantar es saludar lo que no es explicable,

mostrar la maravilla de la realidad,

vivir en el asombro del mundo de los dioses

que es también nuestro mundo, según vemos de pronto:

el que descubrimos, como tontos con amor, al desear.

Cantar es percibir y quedar fulminado,

y dar con las palabras que, al decir, son lo que es

sin charlatanerías, ni adornos de oropel.

Cantar es descubrir el misterio del hecho

que aunque está ante nosotros, no sabemos ver.

Cantar no es hablar, es ganar y perder,

es abrir lo celeste y encontrar, ciego, en él,

al Dios que espera al hombre para poder creer.

Gabriel Celaya. España (1911-1991)