La oración de la tarde

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Tiende la tarde el silencioso manto

de albos vapores y húmidas neblinas,

y los valles y lagos y colinas

mudos deponen su divino encanto.

 

Las estrellas en solio de amaranto

al horizonte yérguese vecinas,

salpicando de gotas cristalinas

las negras hojas del dormido acanto.

 

De un árbol a otro en verberar se afana

nocturna el ave con pesado vuelo

las auras leves y la sombra vana;

 

y presa el alma de pavor y duelo,

el místico rumor de la campana

se encoge, y treme, y se remonta al cielo.

 

Joaquín A. Pagaza. México (1839-1918)

La razón contra el gusto

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Al que ingrato me deja, busco amante;

al que amante me sigue, dejo ingrata;

constante adoro a quien mi amor maltrata;

maltrato a quien mi amor busca constante.

Al que trato de amor, hallo diamante,

y soy diamante al que de amor me trata;

triunfante quiero ver al que me mata,

y mato al que me quiere ver triunfante.

Si a éste pago, padece mi deseo;

si ruego a aquél, mi pundonor enojo:

de entrambos modos infeliz me veo.

Pero yo, por mejor partido, escojo

de quien no quiero, ser violento empleo,

que, de quien no me quiere, vil despojo.

 

Sor Juana Inés de la Cruz. México (1648-1695)

Recelo y retórica

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Esta tarde, mi bien, cuanto te hablaba,

como en tu rostro y tus acciones vía

que con palabras no te persuadía,

que el corazón me vieses deseaba;

y Amor, que mis intentos ayudaba,

venció lo que imposible parecía:

pues entre el llanto, que el dolor vertía,

el corazón deshecho destilaba.

Baste ya de rigores, mi bien, baste;

no te atormenten más celos tiranos,

ni el vil recelo tu quietud contraste

con sombras necias, con indicios vanos,

pues ya en líquido humor viste y tocaste

mi corazón deshecho entre tus manos.

 

Sor Juana Inés de la Cruz. México (1648-1695)

Prólogo

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Estos versos, lector mío, que a tu deleite consagro, y solo tienen de buenos conocer yo que son malos, ni disputártelos quiero ni quiero recomendarlos, porque eso fuera querer hacer de ellos mucho caso.

No agradecido te busco: pues no debes, bien mirado, estimar lo que yo nunca juzgué que fuera a tus manos. En tu libertad te pongo, si quisieres censurarlos; pues de que, al cabo, te estás en ella, estoy muy al cabo.

No hay cosa más libre que el entendimiento humano; ¿pues lo que Dios no violenta, por qué yo he de violentarlo? Di cuanto quisieres de ellos, que, cuando más inhumano me los mordieres, entonces me quedas más obligado, pues le debes a mi Musa el más sazonado plato (que es el murmurar), según un adagio cortesano. Y siempre te sirvo, pues o te agrado, o no te agrado: si te agrado, te diviertes; murmuras, si no te cuadro.

Bien pudiera yo decirte por disculpa, que no ha dado lugar para corregirlos la prisa de los traslados; que van de diversas letras, y que algunas, de muchachos, matan de suerte el sentido que es cadáver el vocablo; y que,  cuando los he hecho, ha sido en el corto espacio que ferian al ocio las precisiones de mi estado; que tengo poca salud y continuos embarazos, tales, que aun diciendo, llevo la pluma trotando.

Pero todo eso no sirve, pues pensarás que me jacto de que quizás fueran buenos a haberlos hecho despacio; y no quiero que tal creas, sino solo que es el darlos a la luz, tan solo por obedecer un mandato. Esto es, si gustas creerlo, que sobre eso no me mato, pues al cabo harás lo que se te pusiere en los cascos.

Y a Dios, que esto no es más que darte la muestra del paño: si no te agrada la pieza, no desenvuelvas el fardo.

Sor Juana Inés de la Cruz. México (1648-1695)

No me mueve, mi Dios, para quererte

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No me mueve, mi Dios, para quererte,

el cielo que me tienes prometido;

ni me mueve el infierno tan temido

para dejar por eso de ofenderte.

 

Tú me mueves, Señor; muéveme el verte

clavado en una cruz y escarnecido;

muéveme el ver tu cuerpo tan herido;

muévenme tus afrentas y tu muerte.

 

Muéveme, en fin, tu amor, en tal manera

que aunque no hubiera cielo, yo te amara,

y aunque no hubiera infierno, te temiera.

 

No me tienes que dar porque te quiera;

porque aunque lo que espero no esperara

lo mismo que te quiero te quisiera.

 

Fray Miguel de Guevara, 

España (1585-1646)

Aunque sea de jade

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Yo Netzahualcóyotl lo pregunto: ¿acaso de veras se vive con raíz en la tierra?

No para siempre en la tierra: solo un poco aquí.

Aunque sea de jade se parte, aunque sea de oro se rompe, aunque sea plumaje de quetzal se desgarra. No para siempre en la tierra: solo un poco aquí.

Netzahualcóyotl (México, 1402-1472)

Traducción del náhuatl al español de Miguel León Portilla.

Ala de colibrí

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Hoy me propongo fundar un partido de sueños,

talleres donde reparar alas de colibríes.

Se admiten tarados, enfermos, gordos sin amor, tullidos, enanos, vampiros y días sin sol.

Hoy voy a patrocinar el candor desahuciado,

esa crítica masa de Dios que no es pos ni moderna.

Se admiten proscritos, rabiosos, pueblos sin hogar, desaparecidos deudores del banco mundial.

 

Por una calle descascarada, 

por una mano bien apretada.

 

Hoy voy a hacer asamblea de flores marchitas, de deshechos de fiesta infantil, de piñatas usadas, 

de sombras en pena -del reino de lo natural-

que otorgan licencia a cualquier artefacto de amar.

 

Por el levante, por el poniente, por el deseo, por la simiente, por tanta noche, por el sol diario,

en compañía y en solitario.

Ala de colibrí, liviana y pura.

Ala de colibrí para la cura.

Silvio Rodríguez

Cuba (1946 – )

Del álbum “Domínguez”, 1996