A mis cretinos

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(fragmento)

Largamente vibradas

por sus rayos de estrellas,

cantan mis noches bellas

como liras sagradas.

 

Pero trae el encanto

lunar que las dilata,

un silencio de plata

más lírico que el canto.

 

Y en mi triste persona,

palpita, grave y tierno,

el himno del eterno

ruiseñor de Verona.

 

El tiene en su riqueza

de musical estuche,

lleno de luna el buche

como yo la cabeza.

 

Así, en astral fortuna,

por mayor regocijo,

para mi pena elijo,

como celda, la luna.

 

Allá, en vida rechoncha

y a vuestras dogmas sordo,

lo pasaré cual gordo

caracol en su concha.

 

Y agriando los reproches

de vuestro real concilio,

os doy por domicilio 

la luna.

 

Leopoldo Lugones. Argentina (1874-1938)

León cautivo

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Grave en la decadencia de su prez soberana,

sobrelleva la aleve clausura de las rejas,

y en el ocio reumático de sus garras ya viejas

la ignominia de un sordo lumbago lo amilana.

 

Mas a veces el ímpetu de su sangre africana

repliega un arrogante fruncimiento de cejas,

y entre el huracanado tumulto de guedejas

ennoblece su rostro la vertical humana.

 

Es la hora en que hacia el vado, con nerviosas cautelas,

desciende el azorado trote de las gacelas.

Bajo la tiranía de atávicos misterios,

 

la fiera siente un lúgubre influjo de destino,

y en el oro nictálope de su ojo mortecino

se hastía una magnánima desilusión de imperios.

 

Leopoldo Lugones. Argentina (1874-1938)

Si Tú me dices “¡Ven!”

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Si Tú me dices “¡Ven!”, lo dejo todo.

No volveré siquiera la mirada

para mirar a la mujer amada…

Pero dímelo fuerte, de tal modo,

 

que tu voz, como toque de llamada,

vibre hasta en el más íntimo recodo

del ser, levante el alma de su lodo

y hiera el corazón como una espada.

 

Si Tú me dices “¡Ven!”, todo lo dejo.

Llegaré a tu santuario casi viejo,

y al fulgor de la luz crepuscular;

 

mas de he compensarte mi retardo,

difundiéndome, ¡oh Cristo! como un nardo

de perfume sutil, ante tu altar.

 

Amado Nervo. México (1870-1919)

Vieja llave

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Esta llave cincelada

que en un tiempo fue, colgada

(del estrado a la cancela,

de la despensa al granero),

del llavero

de la abuela,

y continuo repicar

inundaba de rumores

los vetustos corredores;

esta llave cincelada,

si no cierra ni abre nada,

¿para qué la he de guardar?

 

Ya no existe el gran ropero,

la gran arca se vendió:

solo en un baúl de cuero,

desprendida del llavero,

esta llave se quedó.

 

Herrumbrosa, orinecida,

como el metal de mi vida,

como el hierro de mi fe,

como mi querer de acero,

esta llave sin llavero

nada es ya de lo que fue.

 

Me parece un amuleto

sin virtud y sin respeto;

nada abre, no resuena…

¡me parece un alma en pena!

Pobre llave sin fortuna…

y sin dientes, como una

vieja boca: si en mi hogar

ya no cierras ni abres nada,

pobre llave desdentada,

¿para qué te he de guardar?

 

Sin embargo, tú sabías

de las glorias de otros días:

del mantón de seda fina

que nos trajo de la China

la gallarda, la ligera

española nao fiera.

 

Tú sabías de atiborres

donde pájaros y flores

confundían sus colores;

tú, de lacas, de marfiles

y de perfumes sutiles

de otros tiempos; tu cautela

conservaba la canela,

el cacao, la vainilla,

la suave mantequilla,

los grandes quesos frescales

y la miel de los panales,

tentación del paladar;

mas si hoy, abandonada,

ya no cierras ni abres nada,

pobre llave desdentada,

¿para qué te he de guardar?

 

Tu torcida arquitectura

es la misma del portal

de mi antigua casa oscura

(que en un día de premura

fue preciso vender mal).

Es la misma de la ufana

y luminosa ventana

donde Inés, mi prima, y yo

nos dijimos tantas cosas

en las tardes misteriosas

del buen tiempo que pasó…

Me recuerdas mi morada,

me retratas mi solar;

mas si hoy, abandonada,

ya no cierras ni abres nada,

pobre llave desdentada,

¿para qué te he de guardar?

 

Amado Nervo. México (1870-1919)

 

Paisaje de verano

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Polvo y moscas. Atmósfera plomiza

donde retumba el tabletear del trueno

y, como cisnes entre inmundo cieno,

nubes blancas en cielo de ceniza.

 

El mar sus ondas glaucas paraliza,

y el relámpago, encima de su seno,

del horizonte en el confín sereno

traza su rauda exhalación rojiza.

 

El árbol soñoliento cabecea,

honda calma se cierne largo instante,

hienden el aire rápidas gaviotas,

 

el rayo en el espacio centellea,

y sobre el dorso de la tierra humeante

baja la lluvia en crepitantes gotas.

 

Julián del Casal. Cuba (1863-1893)

Versos sencillos. XVII.

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Es rubia: el cabello suelto

da más luz al ojo moro.

Voy, desde entonces, envuelto

en un torbellino de oro.

 

La abeja estival que zuma

más ágil por la flor nueva,

no dice, como antes, “tumba,”

“Eva” dice: todo es “Eva.”

 

Bajo, en lo oscuro, al temido

raudal de la catarata

¡y brilla el iris, tendido

sobre las hojas de plata!

 

Miro, ceñudo, la agreste

pompa del monte irritado

¡y en el alma azul celeste

brota un jacinto rosado!

 

Voy, por el bosque, a paseo

a la laguna vecina

y entre las ramas la veo,

y por el agua camina.

 

La serpiente del jardín

silba, escupe y se resbala

por su agujero: el clarín

me tiende, trinando, el ala.

 

¡Arpa soy, salterio soy

donde vibra el universo:

vengo del sol y al sol voy!

¡Soy el amor, soy el verso!

 

José Martí. Cuba (1853-1895)

Mi reyecillo

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Los persas tienen un rey sombrío;

los hunos foscos

un rey altivo;

un rey ameno

tienen los íberos;

rey tiene el hombre, rey amarillo:

¡mal van los hombres

con su dominio!

 

Mas yo vasallo de otro rey vivo,

un rey desnudo,

blanco y rollizo:

su cetro -¡un beso!

mi premio -¡un mimo!

 

¡Oh! Cual los áureos reyes divinos

de tierras muertas,

de pueblos idos

-¡Cuando te vayas, llévame, hijo!

Toca en mi frente

tu cetro omnímodo;

úngeme siervo, siervo sumiso:

¡No he de cansarme de verme ungido!

¡Lealtad te juro, mi reyecillo!

Sea mi espalda

pavés de mi hijo:

pasa en mis hombros

el mar sombrío,

muera al ponerte

en tierra vivo:

mas si amar piensas

el amarillo

rey de los hombres,

¡muere conmigo!

¿Vivir impuro?

¡No vivas, hijo!

 

José Martí. Cuba (1853-1895)