Mientras escribo

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Cuando sobre el papel la pluma escribe,
a cualquier hora solitaria,
¿quién la guía?

¿A quien escribe el que escribe por mí,
orilla hecha de labios y de sueño,
quieta colina, golfo,
hombro para olvidar al mundo para siempre?

Alguien escribe en mí, mueve mi mano,
escoge una palabra, se detiene,
duda entre el mar azul y el monte verde.
Con un ardor helado
contempla lo que escribo.
Todo lo quema, fuego justiciero.

Pero este juez también es víctima
y al condenarme, se condena:
no escribe a nadie, a nadie llama,
a sí mismo se escribe, en sí se olvida,
y se rescata, y vuelve a ser yo mismo.

Octavio Paz
México (1914-1998)

Somos mortales

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Percibo lo secreto, lo oculto:
¡Oh vosotros señores!
Así somos,
somos mortales,
de cuatro en cuatro nosotros los hombres,
todos habremos de irnos,
todos habremos de morir en la tierra.

Como una pintura
nos iremos borrando.
Como una flor
nos iremos secando
aquí sobre la tierra.

Como vestidura de plumaje de ave zacuán,
de la preciosa ave de cuello de hule,
nos iremos acabando.
Meditadlo, señores,
águilas y tigres,
aunque fuerais de jade,
aunque fuerais de oro
también allá iréis,
al lugar de los descarnados.

Tendremos que desaparecer,
nadie habrá de quedar.

Netzahualcóyotl
(México, 1402-1472)
Traducción del náhuatl al español
de Miguel Lzeón Portilla.

Contemplo una flor

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Por fin lo comprende mi corazón:
escucho un canto,
contemplo una flor.
¡Ojalá no se marchiten!

Netzahualcóyotl
(México, 1402-1472)
Traducción del náhuatl al español
de Miguel León Portilla.

El ciudadano

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Entré en las ferreterías
con mi corazón inocente
a comprar un simple martillo
o unas tijeras abstractas:
nunca debiera haberlo hecho,
desde entonces y sin reposo
dedico mi tiempo al acero,
a las más vagas herramientas:
los azadones me someten,
me avasallan las herraduras.

Me inquieto toda la semana
buscando nubes de aluminio,
tornillos atormentados,
barras de níquel taciturno,
innecesarios aldabones,
y ya las ferreterías
conocen mi deslumbramiento:
me ven entrar con ojos locos
de maniático en su caverna
y se ve que acaricio cosas
tan enigmáticas y ahumadas
que nadie podría comprar
y que sólo miro y admiro.

Porque en el sueño del injusto
surgen flores inoxidables,
innúmeras palas de hierro,
cuentagotas para el aceite,
fluviales cucharas de zinc,
serruchos de estirpe marina.

Es como el interior de una estrella
la luz de las ferreterías:
allí con sus propios fulgores
están los clavos esenciales,
los invencibles picaportes,
la burbuja de los niveles
y los enredos del alambre.

Tienen corazón de ballena
las ferreterías del puerto:
se tragaron todos los mares,
todos los huesos del navío.
Allí se reúnen las olas,
la antigüedad de las mareas,
y depositan en su estómago
barriles que rodaron mucho,
cuerdas como arterias de oro,
anclas de peso planetario,
largas cadenas complicadas
como intestinos de la Bestia
y arpones que tragó nadando
al este del Golfo de Penas.

Cuando entré ya no salí más,
ya nunca dejé de volver
y nunca me dejó de envolver
un olor de ferreterías:
me llama como mi provincia,
me aconseja inútiles cosas,
me cubre como la nostalgia.

¡Qué voy a hacerle! Hay hombres solos
de hotel, de habitación soltera,
hay otros con patria y tambor,
hay infinitos aviadores
que suben y bajan del aire.

Estoy perdido para ustedes.
Yo soy ciudadano profundo,
patriota de ferreterías.

Pablo Neruda
Chile (1904-1973)

No me hagan caso

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Entre las cosas que echa el mar
busquemos las más calcinadas,
patas violetas de cangrejos,
cabecitas de pez difunto,
sílabas suaves de madera,
pequeños países de nácar,
busquemos lo que el mar deshizo
con insistencia y sin lograrlo,
lo que rompió y abandonó
y lo dejó para nosotros.

Hay pétalos ensortijados,
algodones de la tormenta,
inútiles joyas del agua,
y dulces huesos de pájaro
en aún actitud de vuelo.

El mar arrojó su abandono,
el aire jugó con las cosas,
el sol abrazó cuanto había,
y el tiempo vive junto al mar
y cuenta y toca lo que existe.

Yo conozco todas las algas,
los ojos blancos de la arena,
las pequeñas mercaderías
de las mareas en otoño
y ando como grueso pelícano
levantando nidos mojados,
esponjas que adoran el viento,
labios de sombra submarina,
pero nada más desgarrador
que el síntoma de los naufragios:
el suave madero perdido
que fue mordido por las olas
y desdeñado por la muerte.

Hay que buscar cosas oscuras
en alguna parte en la tierra,
a la orilla azul del silencio
o donde pasó como un tren
la tempestad arrolladora:
allí quedan signos delgados,
monedas del tiempo y del agua,
detritus, ceniza celeste
y la embriaguez intransferible
de tomar parte en los trabajos
de la soledad y la arena.

Pablo Neruda
Chile (1904-1973)

Unicornio

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Mi unicornio azul ayer se me perdió,
pastando lo dejé
y desapareció.
Cualquier información bien la voy a pagar,
las flores que dejó
no me han querido hablar.

Mi unicornio azul ayer se me perdió,
no sé si se me fue,
no sé si se extravió.
Y yo no tengo más
que un unicornio azul,
si alguien sabe de él,
le ruego información,
cien mil o un millón
yo pagaré…
mi unicornio azul
se me ha perdido ayer,
se fue.

Mi unicornio y yo hicimos amistad,
un poco con amor,
un poco con verdad,
con su cuerno de añil
pescaba una canción
saberla compartir
era su vocación.

Mi unicornio azul ayer se me perdió,
y puede parecer
acaso una obsesión,
pero no tengo más que un unicornio azul
y, aunque tuviera dos,
yo solo quiero aquél,
cualquier información
la pagaré.

Mi unicornio azul,
se me ha perdido ayer,
se fue.

Silvio Rodríguez
Cuba (1946 – )
Del álbum “Unicornio”, 1982

Banquete de tiranos

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Hay una raza vil de hombres tenaces,
de sí propios e inflados y hechos todos,
todos del pelo al pie
de garra y diente,
y hay otros
como flor que al viento exhalan
en el amor del hombre
su perfume.

Como en el bosque hay tórtolas y fieras,
y plantas insectívoras y puras,
sensitivas y claveles en los jardines,
de alma de hombres
los unos se alimentan,
los otros,
su alma dan a que se nutran
y perfumen su diente los glotones
tal como el hierro frío en las entrañas
de la virgen que mata,
se calientan.

A un banquete se sientan los tiranos
pero cuando la mano ensangrentada
hunden en el manjar del mártir muerto
surge una luz que les aterra:
flores, grandes como una cruz,
súbitos surgen y huyen
rojo el hocico y pavoridos
a sus negras entrañas los tiranos.

Los que se aman así,
los que la augusta razón
a su avaricia y gula pone,
los que no ostentan en la frente honrada
ese cinto de luz
que en el yugo funde
como el inmenso sol que en ascuas
quiebra los astros
que a su seno se abalanzan,
los que no llevan del decoro humano
ornado el sano pecho,
los menores y los segundones
de la vida,
solo son ruin y medro atentos
y no al concierto universal

Danzas,
comidas,
músicas,
areles,
jamás la aprobación de un hombre honrado;
y si acaso sin sangre hacer se puede,
hágase,
clávalos,
¡clávalos en el horcón más alto del camino!
por la mitad de la villana frente,
a la grandiosa humanidad traidores,
como implacable obrero
que a un féretro de bronce
clavetea,
los que contigo
se parten la nación a dentelladas.

José Martí
Cuba (1853-1895)
[Pablo Milanés Canta a José Martí, Album]