El célebre océano

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El mar decía a sus olas

“hijas mías volved pronto.”

 

Yo veo desde aquí las esfinges en equilibrio sobre el alambre,

veo una calle perdida en el ojo del muerto.

Hijas mías llevad vuestras cartas y no tardéis,

cada vez más rápidos los árboles crecen,

cada vez más rápidas las olas mueren.

Los récords de la cabeza son batidos por los brazos,

los ojos son batidos por las orejas

solo las voces luchan todavía contra el día.

 

Creéis que oye nuestras voces,

el día tan maltratado por el océano.

Creéis que comprende la plegaria inmensa

de esta agua que cruje sobre sus huesos.

 

Mirad el cielo mugiente y las virutas del mar,

mirad la luz vacía como aquel que abandonó su casa.

El océano se fatiga de cepillas las playas,

de mirar con un ojo los bajos relieves del cielo,

con un ojo tan casto como la muerte que lo aduerme

y se aduerme en su vientre.

 

El océano ha crecido de algunas olas,

seca su barba,

estruja su casaca confortable,

saluda al sol en el mismo idioma,

ha crecido de cien olas.

 

Esto se debe a su inclinación natural,

tan natural como su verde.

Más verde que los ojos que miran la hierba

la hierba de conducta ejemplar.

 

El mar ríe y bate la cola.

Ha crecido de mil olas.

 

Vicente Huidobro. Chile (1893-1948)

La tarde clara

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En el jagüel, más trémulo, la rana

repercute sus teclas cristalinas.

La noche, por detrás de las colinas,

su ala de torvo azul tiende cercana.

No acaban de decir hasta mañana,

locas de inmensidad las golondrinas.

 

Leopoldo Lugones. Argentina (1874-1938)

When I am dead, my dearest

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When I am dead, my dearest,

sing no sad songs for me;

plant thou no roses at my head,

nor shady cypress tree:

be the green grass above me

with showers and dewdrops wet;

and if thou wilt, remember,

and if thou wilt, forget.

I shall not see the shadows,

I shall not feel the rain

I shall not hear the nightingale

sing on, as if in pain:

and dreaming through the twilight

that doth not rise nor set,

haply I may remember

and haply may forget. 

 

Christina Rossetti. (England, 1830-1894)

The offering of the new law, the One Oblation once offered

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Once I thought to sit so high

in the palace of the sky;

now, I thank God for His grace,

if I may fill the lowest place.

 

Once I thought to scale so soon

heights above the changing moon;

now, I thank God for delay

to-day, it yet is called to-day.

 

While I stumble, halt and blind,

lo! He waiteth to be kind;

bless me soon, or bless me slow,

except He bless, I let not go.

 

Once for earth I laid my plan,

once I leaned on strength of man,

when my hope was swept aside,

I stayed my broken heart on pride:

broken reed hath pierced my hand;

fell my house I built on sand;

roofless, wounded, maimed by sin,

fightings without and fears within:

Yet, a tree, He feeds my root;

yet, a branch, He prunes for fruit;

 

Yet, a tree, He feeds my root;

yet, a branch, He prunes for fruit;

yet, a sheep, these eves and morns,

He seeks for me among the thorns.

 

With Thine image stamped of old,

find Thy coin more choice than gold;

known to Thee by name, recall

to Thee Thy home-sick prodigal.

 

Sacrifice and offering

none there is that I can bring,

none, save what is Thine alone:

I bring Thee, Lord, but of Thine own-

broken body, blood outpoured,

these I bring, my God, my Lord;

wine of life, and living bread,

with these for me Thy board is spread.

 

Christina Rossetti. (England, 1830-1894)

El día que me quieras

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El día que me quieras tendrá más luz que junio;

la noche que me quieras será de plenilunio, 

con notas de Beethoven vibrando en cada rayo

sus inefables cosas, y habrá juntas más rosas

que en todo el mes de mayo.

 

Las fuentes cristalinas 

irán por las laderas

saltando cristalinas

el día que me quieras.

 

El día que me quieras, los sotos escondidos

resonarán arpegios nunca jamás oídos.

Extasis de tus ojos, todas las primaveras

que hubo y habrá en el mundo serán cuando me quieras.

 

Cogidas de la mano cual rubias hermanitas,

luciendo golas cándidas, irán las margaritas por montes y praderas,

delante de tus pasos, el día que me quieras.

Y si deshojas una, te dirá su inocente

postrer pétalo blanco: ¡apasionadamente!

 

Al reventar el alba del día que me quieras,

tendrán todos los árboles cuatro hojas agoreras,

y en el estanque, nido de gérmenes ignotos,

florecerán las místicas corolas de los lotos.

 

El día que me quieras será cada celaje

ala maravillosa; cada arrebol, miraje

de las mil y una noches; cada brisa un cantar,

cada árbol una lira, cada monte un altar.

 

El día que me quieras, para nosotros dos

cabrá en un solo beso la beatitud de Dios.

 

Amado Nervo. (México, 1870-1919)

Desde la ventana

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– Mi niño ¿qué miras por la ventana?

-Miro el sol que ya se va

y me dice “hasta mañana.”

Di, madre, ¿si volverá?

 

-Volverá, niño querido,

y hasta tu cuna entrará,

mas, ¿si te encuentra dormido

todavía? ¿qué dirá?

 

-¡No me ha de encontrar dormido!

¡Bien despierto me hallará!

-Niño, si te encuentra vestido

¡qué contento se pondrá!

 

Amado Nervo. (México, 1870-1919)

El humo

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El humo

de las chimeneas

se va de viaje

y por eso se pone su mejor traje.

 

Para 

no perderse

deja sus huellas

por toda

la escalera

de las estrellas.

 

Elsa Isabel Bornemann, (Argentina, 1952-2013).