CARTA A LAS ANCIANAS DE LA IGLESIA

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Comienzo esta carta con una historia triste. Las primeras dos mujeres a quienes les pedí ayuda -tutoría- me respondieron “no.” Me sentí morir.

Conocía bien a ambas mujeres. Servíamos en la misma iglesia y disfrutábamos la misma dulce comunión como hermanas en Cristo, y ambas eran mujeres que tenían el título de “Tito 2” escrito en la frente: modelos de reverencia, dominio propio, amantes de sus esposos e hijos, etc., etc.
Se preguntarán “si ya aprendía de ellas, ¿qué más andaba buscando?

Yo era muy joven, recién llegada al cristianismo; anhelaba relacionarme con una mujer con la que pudiera ser un libro abierto, alguien que me tomara de la mano en mi caminar de fe y en mis inicios como esposa y madre. Necesitaba una madre espiritual, alguien que me enseñara y entrenara a vivir para la gloria de Dios en todo.

Años después, en conversación con una de estas mujeres, hubo un momento en que se tocó el tema del discipulado femenino. Ella se quedó quieta, y luego me dijo “sabes, he pensado mucho en aquella vez que solicitaste, la verdad nadie me lo había pedido antes y no supe qué decir; yo no estaba tan ocupada para ti. Pero tuve miedo porque me sentí incapaz de hacer lo que me pedías. Querida te ruego que me perdones por cómo te respondí aquella vez.

Caray, esto me hizo pensar y orar mucho por las mujeres ancianas, ¿cómo alentarles a abrazar el llamado de entrenar jóvenes de acuerdo al mandato de Tito 2?

Pero, ¿quiénes son mujeres mayores? Hay al menos tres propuestas para definir quién debiera considerarse “mayor [o anciana].” Algunos dicen que la marca es ser madura. Otros dicen que siempre habrá alguien más joven que uno, es decir que, en un sentido, siempre seremos mayores. Otros dicen que es asunto de edad (¡pero nadie se atreve a poner un número!).

De la Escritura sabemos que los 50 años de edad eran la edad límite para los levitas servir en labores manuales del Tabernáculo, pasaban entonces a supervisar hombres jóvenes que realizaban las areas pesadas (Números 8:25-26). Noemí tenía edad pasada para tener hijos, Ruth fue la encargada de ir a cosechar en los campos de Booz (Ruth 1:1-4,12; 2:2). La Biblia alaba las canas y la ancianidad (Proverbios 16:31; 20:29; Isaías 46:4). Elizabeth estaba en la edad madura cuando concibió, y aunque embarazada, hizo tiempo para la joven María (Lucas 1:36,39-45,56). También sabemos que las mujeres solo recibían soporte de la iglesia si eran mayores de 60 años (1 Timoteo 5:9-10).

Por lo tanto, estos breves pasajes me llevan a escribir a mujeres de fe, experimentadas, que están más allá de los años casaderos o de tener hijos, que son elegibles para retiro de labores diarias, y que tendrían más libertad para sostener e instruir mujeres jóvenes.
Quiero señalar tres cosas a estas mujeres: (1) no permitas que te desanimen expectativas super altas, (2) necesitamos más instrucción práctica, (3) anticipa ganar más de lo que des.

Sí, amada hermana, quiero decirte que nuestras expectativas son altas. No es para desanimarte. Piensa más bien que tú tienes la sabiduría y experiencia para hablar directo a las necesidades, heridas, deseos, de jóvenes mujeres. Es verdad que algunas luego tenemos expectativas inflexibles, no bíblicas, egoístas, irreales, de las ancianas. Pero ¡precisamente por ello es que te necesitamos!
Necesitamos aprender a enraizar nuestras amistades, consejos, conocimiento, feminidad, en la obra terminada de Cristo a nuestro favor. Cristo hizo lo que nunca haríamos por nosotras mismas. Ninguno de nuestros esfuerzos tiene mérito alguno. Tú puedes ayudarnos a balancear las expectativas, dirigiéndonos a Cristo y recordándonos que la esperanza está en El.

Déjame decirte cuatro maneras donde no tenemos balance, y cómo puedes ayudar:
Figura materna. Las voces de la cultura que nos rodea son muy drásticas, distorsionando lo que significa ser mujer. Algunas no hemos tenido influencia piadosa, espiritual, de las madres que tuvimos. Nunca recibimos guía práctica femenina. Queremos aprender de ti a perdonar, femineidad bíblica, y cómo criar a nuestros hijos.

Teóloga residente. Algunas queremos una mujer que conteste todas las preguntas difíciles, que nos enseñe teología, que sea nuestra Concordancia y Diccionario Bíblico andante. Queremos aprender de ti cómo buscar a Dios nosotras mismas, cómo profundizar en la Palabra de Dios y obtener conocimiento que alimente nuestra fe y dependencia en el Señor.

Consejera pro bono/casi Espíritu Santo. Algunas buscamos una mujer que resuelva problemas, que haga llover sus años de experiencia y sabiduría, que nos diga cómo responder a cada obstáculo encontrado como cristianas. Queremos aprender de ti cómo apoyarnos en el Espíritu Santo como nuestro consejero y cómo buscar a Dios en oración y en Su Palabra por sabiduría para navegar las dificultades de la vida.

Amiga/compañía social. Algunas solo queremos una amiga. Alguien con quien hablar, cocinar, ir de compras, pasar un rato juntas. De ti, necesitamos aprender que hay amigas más cercanas que hermanos o hermanas; entender cómo divertirnos para la gloria de Dios y cómo vivir de manera práctica y sabia en un mundo caído.

Pero necesitamos mucho más que instrucción práctica. Luego se lee Tito 2:1-5 como instrucciones muy prácticas que el Señor da vía pastores a mujeres ancianas para que instruyan a las jóvenes. Es verdad que sí importa cómo vivimos delante de Dios y de los hombres, es decir las que somos casadas cómo tratamos a esposos e hijos, algo crucial al amor, gozo y paz de nuestros hogares.
Pablo enseña que ser fieles en estos puntos prácticos honra la Escritura y la vuelve más atractiva -evidencia de la obra divina en nosotros. “El evangelio apodera y nos compele a vivir nuestro diseño, el evangelio provee el contexto en el cual tiene sentido el diseño de ayuda idónea.”
Sin embargo, si nos dedicamos solo a lo práctico, solo a roles y conductas, dejaremos de percibir el propósito redentor en nuestro quehacer. Los esfuerzos no tendrán raíz en el evangelio. Nuestro carácter no estará moldeado por el Espíritu. Todo esto disminuirá nuestro llamado como redimidas mujeres de Dios.

Al ayudarnos a vivir Tito 2:3-5, reconoceremos que el asunto principal no es si la mujer debiera trabajar fuera del hogar, por ejemplo, sino si la mujer demuestra santidad en su trabajo dentro o fuera del hogar.
Lo más importante es exhibir el fruto del Espíritu -amor, dominio propio, pureza, diligencia, gentileza, sumisión, reverencia. La atención centrada en la santidad, demostrada por el fruto del Espíritu, permite que cualquier mujer -casada o soltera- lleve a cabo y reciba enseñanza e instrucción. Limitar el pasaje a lo doméstico es restringirlo.
Tito 2 no es meramente sobre lo doméstico; es sobre la santidad que adorna al evangelio.

Finalmente, pienso que debieras anticipar ganar más de lo que das. Las jóvenes queremos aprender de ti. Anhelamos ser estimuladas por ti, equipadas por ti, y corregidas por ti (bueno, casi siempre, ejem). Queremos crecer en fe.

Pero te ruego que veas lo que el Señor quiere que tú ganes con la inversión en nuestras vidas. Pienso que el Señor continuará alentando y equipándote a vivir para Su gloria. En mi limitada experiencia con mujeres más jóvenes que yo he aprendido muchas cosas. Algunas veces me siento totalmente incapaz en mis intentos de ministrar. ¡El Señor me recuerda que ciertamente soy incapaz! El me fortalece y permite que otras vean mis tribulaciones y pecados pero sobre todo mi respuesta a lo que Dios trae.
Mediante esta clase de vulnerabilidad he aprendido que mi vida es un libro abierto a las mujeres que discipulo. He aprendido a confiar en los buenos propósitos de Dios para mis luchas y a recibir consuelo de modo que pueda consolar a otros.

Luego pienso en la petición que hice a aquellas dos mujeres piadosas. Aun cuando su negativa me decepcionó, nunca pensé que fueran menos piadosas.

Me doy cuenta que muchas ancianas nunca han recibido y más bien necesitan y desean entrenamiento intencional para ser madres espirituales. Mucha de esta enseñanza se recibe en iglesias locales que enseñan buena doctrina por hombres fieles.

Pienso que puede hacerse más para ayudar a las ancianas a que articulen la sabiduría que han obtenido a lo largo de años de vivir como mujeres que siguen a Cristo, y que puedan pasarla a la siguiente generación. Si esto no sucede, las jóvenes continuarán aprendiendo de las ancianas pero a distancia.
Amada hermana, quizás no tengas todo el entrenamiento y las herramientas, pero tienes una vida que otras pueden mirar e imitar. Dios obró en mi corazón a través del “no.” Quiera el Señor obrar en tu corazón para decir “sí.”

Tomado de “Older and Younger: Taking Titus Seriously” by Susan Hunt and Kristie Anyabwile in Word-Filled Women’s Ministry: Loving and Serving the Church edited by Gloria Furman and Kathleen B. Nielson, © 2015, pp. 158-170. Used by permission of Crossway, a publishing ministry of Good News Publishers, Wheaton, IL 60187, http://www.crossway.org.

Un comentario en “CARTA A LAS ANCIANAS DE LA IGLESIA

  1. Altagracia Corona

    Pienso que muchas mujeres necesitamos soltar un poco la timidez, y atrevernos a comentar en las clases de tal manera que vayamos perdiendo el miedo. Hay muchas mujeres que tienen mucho conocimiento del evangelio y hablan y las demás pensamos que como se dice vulgarmente “no queremos meter la pata”. Ojalá Dios ponga en cada mujer ser una anciana en la fe con conocimiento amplio de su palabra y seamos luz para las mujeres jóvenes, así como lo es usted hermana Estela. Gracias por dedicarse a enseñarnos, que Dios la cuide y le de largos años.

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