Adolescentes.4

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Tedd Tripp es Senior Pastor of Grace Fellowship Church in Hazleton, Pennsylvania. Este artí­culo apareció en Journal of Biblical Counseling, Volume 23 Number 3, Summer 2005. Por su relevancia publicaremos algunos extractos como una pequeña serie. El artículo completo lo encontrarán en la dirección de la página web. ¡Gracias!
© 2005, 2010 – The Christian Counseling and Educational Foundation.
http://www.ccef.org/communicate-teens

3. Disociación de los Malvados
“Hijo mío, si los pecadores te quisieran engañar, no consientas (Proverbios 1:10).

Nuestros jóvenes enfrentarán engaños de pecadores. Gentes malvadas tratarán de alejar tus hijos y llevarlos a toda clase de mal: abandono sexual y perversión, uso de drogas, falta de respeto a las autoridades, manejo descuidado de vehículos, mentiras, y más.
Necesitamos preparar a nuestros hijos, que sepan reconocer y responder a tal peligro.
Crea escenas, pregunta “¿Cómo escapas de una conversación a todas luces peligrosa? ¿Cómo le dices a tus amigos que no, o te sales del carro si te das cuenta que se dirigen a lugares o a hacer cosas en las que no debieras participar? ¿Cómo escapas de situaciones así y dices ‘déjenme aquí. Voy a llamar a mis papás. Me iré en taxi. Los veré después.”
Ayuda a tus hijos a desarrollar convicciones y estrategias que puedan usar para salir de situaciones peligrosas.

Ojo: no se trata de viejos hombres o mujeres malvados en abrigos raídos. Serán los mismos jóvenes de su propia generación: jóvenes que visitan tu casa y te dicen Don o Doñita; jóvenes de la misma escuela cristiana o del mismo grupo escolar de tarea o del mismo equipo deportivo o del mismo vecindario. Crees que la mayoría de estos adolescentes están bien. No asumas que siempre serás capaz de distinguir quién es de peligro para tus adolescentes.

En cierta ocasión, mi hermano Paul y su esposa viajaron un fin de semana. Hicieron arreglos para que sus hijos permanecieran con algunas familias de la iglesia. Su hijo mayor iría a la casa de su mejor amigo. Pero cuando llegó el viernes, tal parece que había una grieta en la planificación: los padres del mejor amigo también habían salido de viaje, de modo que el muchacho de la casa había invitado a otros amigos más. La casa entera en manos de adolescentes durante todo el fin de semana. Lo primero que habían hecho era alquilar unos cuantos vídeos pornográficos. Ahora bien, el hijo de Pablo ama al Señor. Les rogó a los amigos que no los pusieran. Por supuesto ninguno hizo caso.
Pablo preguntó a su hijo qué había hecho cuando los otros veían los vídeos. El dijo “me senté en la cocina y me comí un saco de papitas, cuando terminaron entonces re reuní con ellos.” Tuvo la sabiduría para escapar de la situación. Necesitamos entrenar a nuestros hijos.

¿En qué consiste el engaño -la seducción- de estar con pecadores? ¿Qué ofrecen a tus adolescentes? Estudia el pasaje.

Si dicen “ven con nosotros; pongamos acechanzas para derramar sangre, acechemos sin motivo al inocente; los tragaremos vivos como el Seol, y enteros, como los que caen en un abismo; hallaremos riquezas de toda clase, llenaremos nuestras casas de despojos; echa tu suerte entre nosotros; tengamos todos una bolsa.
Hijo mío, no andes en camino con ellos. Aparta tu pie de sus veredas. (Proverbios 1:11-15)

¿Te das cuenta? Es camaradería. Es pertenecer al grupo. Es promesa de buenas cosas.
Necesitamos ofrecer una alternativa -hacer que nuestro hogar sea el lugar donde quieran estar. Abrir la puerta a sus amigos y entender e involucrarnos con sus intereses tanto como podamos.
Necesitamos momentos donde podamos también ser de influencia sobre los amigos. Hay tantos niños desplazados en la sociedad. ¡Ten la seguridad que vendrán muchos adolescentes a tu casa!
Cuando otros jóvenes visiten tu casa, será inevitable que alguno patee una lata de refresco en tu sala, o que otro suba los pies sobre la mesa. Romperán algunos adornos. ¿Qué diferencia hace esto? Algún día tus hijos llenarán un camión con tus cosas y tirarán tus “tesoros” a la basura. ¡Solo guardarán unas pocas cosas que les recuerden su niñez!
¿Cuál es la diferencia si tus cosas son usadas para el reino de Dios? Es un precio pequeño a pagar ante el privilegio de influir en tus adolescentes y sus amigos.

Más allá de nuestra casa hay una caída de agua. Cuando eran adolescentes, hacíamos antorchas de latas vacías, algunas sogas, un poco de keroseno y estopa y caminábamos hasta la cascada. Los niños se sentían héroes con antorchas. Durante muchos años dimos la bienvenida al año nuevo con un montón de adolescentes cerca de la cascada, tocando música, cantando, leyendo pasajes de la Escritura y discutiendo sobre ellos. Nunca estuvimos solos. Influimos en muchos más que nuestros propios adolescentes.

Temor a Dios, recordar las palabras de los padres, saber escoger amigos. ¿Para qué? ¿Qué atraerá esto?
Necesitamos crear un fuerte sentido de pertenencia. Necesitamos hogares que sean lugares de refugio donde nuestros hijos tienen aceptación garantizada, donde los abrazamos, estimulamos, interactuamos con ellos. No podemos permitir que obtengan sentido de identidad de otras personas o de lugares fuera del hogar.

Necesitamos organizar la vida y tener tiempo para nuestros hijos en sus años de adolescencia. Es tiempo que pasará volando. No te permitas estar tan ocupado con tus propias búsquedas que no tengas tiempo para estar y conectarte con tus hijos.

Si hemos de crear este sentido de pertenencia, necesitamos establecer comunicación. La mayoría piensa que comunicar se refiere a la capacidad de expresar ideas con palabras. Pero el fino arte de la comunicación es ser capaz de obtener las ideas de otra persona. “No toma placer el necio en la inteligencia, sino en que su corazón se descubra” (Proverbios 18:2).
¿Cuántas veces hemos sido necios en nuestras conversaciones? Hallamos placer en proclamar nuestra propia opinión más que en entender a la otra persona.

Una noche tuve una conversación con uno de mis hijos que me dejó corto. Yo tenía algo qué decirle. Fui a su habitación y sin más le solté lo que había. Luego dije “ahora voy a orar por ti, me alegro que tengamos la oportunidad de hablar juntos; luego me iré a dormir.” Oré por él. Me fui a mi habitación. Unos minutos después él tocó la puerta: “Papá, sólo quiero decirte que cuando saliste de mi cuarto dijiste que estabas contento de que habláramos. Sólo quiero decirte que yo no hablé ni una palabra.” En ese momento le pedí perdón. Dije “perdóname, yo hice la charla, tú supiste escuchar.” El me contestó “sí, algo así.” Hijo -continué- ¿si hubieras podido, qué me habrías dicho?” “No sé -fue su respuesta. Ya no importa. Sólo quería decirte que yo no hablé.”

Comunicarse con adolescentes no será fácil siempre. Hay que trabajar duro para hacerlo bien. Yo fui un necio esa noche. Pude haber dicho todo lo que tenía en un contexto de participación, pero en lugar de ello simplemente saqué de mi pecho lo que tenía lo más rápido posible e irme a la cama. No fui cruel o abusivo, pero sí un necio. Le recité un monólogo en lugar de establecer un diálogo.

Al que responde palabra antes de oír, le es fatuidad y oprobio” (Proverbios 18:13). ¿Cuántas veces hemos caído en esto?
Le decimos al muchacho: “Ya sé lo que vas a preguntar. La respuesta es ‘No!” “Pero Papá, ni siquiera he hecho la pregunta”
-”No tienes qué hacerla! ‘antes que la palabra esté en tu lengua, ya la sabes toda’ -¿no dice la Biblia eso?”
¿Saben algo? Luego de conversaciones así ninguno de nuestros hijos piensa “¡wow! qué bueno es tener un papá lector de mente!. Debiera jugar béisbol conmigo”
La realidad es que el muchacho se siente alienado, como si no fuera capaz nunca de alcanzar o romper la barrera con sus padres.
Un hogar así es un sitio muy peligroso.
Haz lo opuesto con tus hijos. Abre canales de comunicación. Abre puertas de interacción. “Como aguas profundas es el consejo en el corazón del hombre; mas el hombre entendido lo alcanzará” (Proverbios 20:5). Algunas veces parecerán vacíos, pero los adolescentes poseen aguas profundas también. Aprende a rescatarlos.

Es como en la encarnación. Lo que Dios hace en ella es asombroso. Pudo haberse quedado en los cielos y hablarnos en nubes, truenos, fuegos y relámpagos. En lugar de ello vino y se involucró con nosotros. Tomó forma de hombre, carne como nuestra carne. Vivió en un cuerpo como el nuestro, con las mismas limitaciones que tenemos. Experimentó lo mismo que nosotros. Hambre y sed y cansancio como en el pozo de Jacob en Juan 4. Lloró frente a la tumba de Lázaro. Fue tentado -dice Hebreos- igual que nosotros, pero sin pecado. Por eso dice “Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados” (Hebreos 2:18).
En un sentido, la capacidad de Cristo para entender y ayudarnos está ligada al hecho de su experiencia de vida tal como nosotros la vivimos. Vió al mundo a través de nuestros ojos. Más todavía, hizo muchas preguntas (docenas de ellas registradas en la Escritura). Y escuchó y respondió las preguntas de muchos (de nuevo, docenas). No pontificó. Interactuó. Se encontró con la gente donde ella estaba.

Hagamos lo mismo con nuestros adolescentes. Seamos capaces de entender a ese joven que piensa es atractivo llenarse el cuerpo de aretes. Hemos de ser capaces de ver su mundo a través de los ojos suyos si queremos aprender a saber cómo hablarle verdades que necesita escuchar. La encarnación es una maravillosa ilustración. Uno cuyo amor es infinito vino y nos entendió. Esto es lo que necesitamos hacer con nuestros hijos.

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