Juan 1:16-17

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Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia. Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.

Para tener un mayor entendimiento de la gracia de Dios, solo necesitamos mirar a Cristo, quien es la personificación de la gracia y la verdad. Ambas son evidentes en Él, y ninguna de ellas se ve comprometida en lo más mínimo. Con la verdad, Cristo hizo que las personas se dieran cuenta de su condición pecaminosa; con gracia ofreció perdón a todos los que se acercaran a Él con fe.

Esto se ve con toda claridad en las interacciones del Señor. Las personas dispuestas a reconocer sus pecados se sentían atraídas por Cristo y su ofrecimiento de perdón. Pero los fariseos, que se consideraban justos, no creían que necesitaban la gracia del Señor. Así que la rechazaron, creyendo erróneamente que sus prácticas los hacían merecedores de la aceptación de Dios, «¿Por qué? Porque iban tras ella no por fe, sino como por obras de la ley, pues tropezaron en la piedra de tropiezo,» (Romanos 9:32).

«Ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado.» (Romanos 3:20).

Para encontrar la demostración más grande de gracia debemos mirar el sacrificio que fue hecho en la cruz. Allí, nuestro Salvador sufrió el castigo por nuestros pecados para que Dios-Padre pudiera extender la gracia a quienes creen en su Hijo Jesucristo. Ahora, la bondad, el amor y la misericordia divinas se derraman sobre nosotros en un suministro interminable de “gracia sobre gracia” (Juan 1.16).

Tener tal abundancia del favor de Dios debe llenarnos de gratitud y de deseo por demostrar la misma clase de gracia a los demás.

«…de gracia recibisteis, dad de gracia.» (Mateo 10:8).

Lee, Medita y Aplica!

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