Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.
Una de las actitudes más destructivas que puede mostrar un creyente es el odio. Piénselo: ¿qué tan bien puede brillar la luz de Cristo a través de una vida que está envuelta en ira, amargura y malevolencia? Tal comportamiento no refleja una imagen positiva del Señor Jesucristo a los no cristianos. Pero el problema afecta a más que nuestro testimonio al mundo incrédulo. Incluso en las iglesias, no es difícil encontrar personas que rebosan de hostilidad. ¿De dónde viene esta actitud?
Una razón por la que algunos creyentes batallan con el odio es la incapacidad de perdonar una herida. ¿Es ese su caso? Piense en alguien que le haya hecho daño en el pasado. Hágase estas tres preguntas:
- ¿La escena se reproduce en su mente una y otra vez? Si odia a alguien, no puede deshacerse del recuerdo.
- ¿Quiere lo mejor para una persona que le ha lastimado? Si odia a alguien, no puede desearle lo mejor.
- ¿Desea que ella experimente el dolor que usted sufrió? Si odia a alguien, quiere que esa persona también sufra.
¿Han revelado estas preguntas alguna animosidad, enemistad o rencor oculto en su corazón? Si es así, no deje esta página sin meditar en Efesios 4.31, 32. Lea el pasaje en voz alta. Luego, personalícelo en una oración y deje que el Espíritu Santo le mueva a perdonar una vieja herida.
Lee, Medita y Aplica!