La Biblia está llena de innumerables promesas de Dios, pero no todas son para nosotros. Piense en cómo el Señor prometió que Jericó caería después de que los israelitas marcharan alrededor de la ciudad siete veces, «Mas Jehová dijo a Josué: Mira, yo he entregado en tu mano a Jericó y a su rey, con sus varones de guerra. Rodearéis, pues, la ciudad todos los hombres de guerra, yendo alrededor de la ciudad una vez; y esto haréis durante seis días.» (Josué 6:2-3), o cómo Dios le dijo a Elías que los cuervos le traerían comida cada día, «Y vino a él palabra de Jehová, diciendo: Apártate de aquí, y vuélvete al oriente, y escóndete en el arroyo de Querit, que está frente al Jordán. Beberás del arroyo; y yo he mandado a los cuervos que te den allí de comer.» (1 Reyes 17:2-4). Cada una de estas promesas estaba destinada a una persona específica, en una situación específica.
Pero aunque estas palabras no se apliquen a nosotros, sí cumplen un propósito divino en nuestras vidas. Las promesas de Dios a Josué y a Elías (y a muchos otros a lo largo de la Biblia) dan testimonio de su relación con sus hijos: Él no cambia, y la fidelidad que mostró en el Antiguo Testamento es la misma que experimentamos hoy. Cada vez que leemos que Dios cumplió una promesa específica, recordamos que también cumplirá lo que nos ha prometido, incluso la eternidad con Él para quienes crean en la muerte y resurrección de su Hijo, «Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él.» (1 Tesalonicenses 4:13-14)
PIENSE EN ESTO:
¿Se ha preguntado alguna vez si una de las promesas de Dios estaba dirigida a usted? ¿En qué puede afirmar con confianza que Él se ha comprometido con usted?
Lee, Medita y Aplica!