Colosenses 4:5-6

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Andad sabiamente para con los de afuera, redimiendo el tiempo. Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno.

Al final de su carta a los colosenses, el apóstol Pablo destacó algunos aspectos esenciales de la vida cristiana: la devoción a la oración, una actitud de agradecimiento y el trato sabio con los incrédulos. Y nuestras palabras siempre deben ser un reflejo de nuestro Salvador.

Pablo entendía el poder de hablar con misericordia. Eso no solo agrada a Dios, sino que también beneficia a quienes escuchan. En contraste, Santiago describe el daño que puede causar una lengua fuera de control. La comparó con las chispas que incendian un bosque o con que la maldad impetuosa puede envenenar, «Así también la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. He aquí, ¡cuán grande bosque enciende un pequeño fuego! Y la lengua es un fuego, un mundo de maldad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, y contamina todo el cuerpo, e inflama la rueda de la creación, y ella misma es inflamada por el infierno.” (Santiago 3:5-6). Lamentablemente, vemos esta verdad en las redes sociales, los lugares de trabajo, las familias e incluso las iglesias.

¿Qué retrato de Cristo muestran sus palabras para los demás? ¿Su conversación es sazonada con gracia, o habla sin pensar y con dureza? ¿Es rápido para criticar y juzgar a los demás, o habla con compasión a quienes están atrapados en el pecado?

Como representantes de Jesucristo, debemos aprender a hablar con su gracia. Lo logramos al cultivar humildad y demostrar cortesía y amabilidad hacia quienes no tienen a Cristo, ofreciéndoles al mismo tiempo el evangelio, que puede liberarles del pecado y del infierno.»

Lee, Medita y Aplica!

Anónimo

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