1 Timoteo 6:7-9

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Porque nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar. Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto. Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición

Todos necesitamos cierta cantidad de dinero para satisfacer las necesidades básicas, como la comida, la vivienda y el vestido. Pero son pocas las personas que se conforman con lo más esencial. Muchos de nosotros hemos sido bendecidos con mucho más de lo que necesitamos, gracias a Dios, «A los ricos de este siglo manda que no sean altivos, ni pongan la esperanza en las riquezas, las cuales son inciertas, sino en el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos.» (1 Timoteo 6:17). Sin embargo, debemos evitar que nuestros corazones, mentes y esperanzas concentren su atención en las posesiones terrenales y no en el Señor. «porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores.» (1 Timoteo 6:10)

Ganar dinero para mantener el estilo de vida que deseamos puede parecer una idea razonable, pero vivir para maximizar el poder adquisitivo es una filosofía egocéntrica, no centrada en Dios. Mientras que el mundo aboga por acumular más riquezas, el Señor nos instruye para que hagamos el bien con nuestro dinero y lo compartamos con los demás.

En vez de centrarnos en cuánto podemos conservar, es mejor pensar en cuánto podemos dar. Dios ha prometido suplir nuestras necesidades, «Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús.«(Filipenses 4:19), pero se complace en ver a sus hijos compartiendo con alegría lo que Él les ha dado, «Pero esto digo: El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará. Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre.» (2 Corintios 9:6-7).

Para el hombre natural, negarse a sí mismo y tener menos dinero parece ilógico. Pero para los hijos de Dios ocurre lo contrario. Cuanto más obedezcamos su dirección en cuanto a la administración del dinero, mayor será nuestra satisfacción y sensación de seguridad.

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Proverbios 11:24-25

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Hay quienes reparten, y les es añadido más; Y hay quienes retienen más de lo que es justo, pero vienen a pobreza. El alma generosa será prosperada; Y el que saciare, él también será saciado.

Dios es el dador supremo, y por gratitud debemos imitarlo. Cuando Él nos proporciona bienes y riqueza material, nos convertimos en canales a través de los cuales Él bendice a otros y lleva a cabo su obra en este mundo. Convertirse en una persona generosa comienza con la mentalidad bíblica:

    ■ Recuerde la bondad y el amor de nuestro Padre celestial, que lo llevó a enviar a su Hijo a morir en nuestro lugar. Lo hizo para proporcionarnos la riqueza de la vida eterna.

    ■ Reconozca que Dios es el dueño de todo lo que existe, y que todo lo que tenemos proviene de Él.

    ■ Deje de aferrarse a la prosperidad material. Así que, comparta con generosidad y confíe en que el Señor proveerá para todas sus necesidades.

    ■ Dese cuenta de que la Iglesia es un medio no solo para difundir el evangelio, sino también para ayudar a los necesitados y apoyar a los que sirven en la obra de Dios.

    ■ Invierta su tiempo, talento y capital en el reino de Dios.

«…Pues todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos.» (1 Crónicas 29:14).

Como seguidores de Cristo, debemos apoyar a la iglesia local y a los necesitados. Al devolver con generosidad al Señor una porción de todo lo que nos ha dado, experimentaremos alegría genuina, paz y seguridad. Estas bendiciones tienen más valor que cualquier cosa que el mundo pueda ofrecer.

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Isaías 45:9

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 ¡Ay del que pleitea con su Hacedor! ¡el tiesto con los tiestos de la tierra! ¿Dirá el barro al que lo labra: ¿qué haces?; o tu obra: ¿no tiene manos?

Hay varios pasajes de las Sagradas Escrituras que comparan a Dios con un alfarero y a nosotros con la arcilla. El Creador tiene derecho a transformar y moldear la vida de sus hijos como le parezca, y nos está conformando a la imagen de su Hijo, «Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo…» (Romanos 8:29). En otras palabras, nos está ayudando a no conformarnos al mundo o a ceder a nuestros antiguos deseos, «No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.» (Romanos 12:2)

«Como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia; sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo.» (1 Pedro 1:14-16).

El problema surge cuando no nos gusta el proceso de moldeo. Entonces discutimos con nuestro Alfarero y nos quejamos de las dificultades y aflicciones que a veces resultan cuando Él nos moldea. Isaías 45.9 lo expresa de esta manera: “¿Dirá el barro al que lo labra: ‘Qué haces?’”. A nosotros nos corresponde al igual que la arcilla, permanecer flexibles y someternos a los propósitos del Señor, no dejar que partes de nuestra vida se endurezcan y se resistan a sus intentos de moldearnos.

Dios obrará para eliminar esos bultos duros con el fin de moldearnos como vasos que sean útiles y agradables a Él. Nuestra responsabilidad es aceptar cualquier cambio del Maestro Alfarero. Podemos hacerlo con confianza porque estamos en sus competentes, hábiles y amorosas manos. Y esa es la situación más segura y satisfactoria en la que podemos estar.

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Romanos 11:33-36

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¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado? Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.

¿Qué situaciones le hacen dudar de Dios? ¿Le teme al futuro porque le parece incierto? ¿Las dificultades hacen que el Señor le parezca cruel? O tal vez sus expectativas y sueños se han derrumbado, y parece que Dios no se encuentra en ninguna parte.

Como nuestro Padre celestial es omnisciente (todo lo conoce), soberano y amoroso, tenemos todas las razones para confiar en Él, a pesar de las circunstancias.

DIOS ES INFINITAMENTE SABIO: Es posible que tengamos toda la información que sea posible recopilar desde el punto de vista humano, pero solo Dios conoce el futuro, los detalles de cada situación y qué es lo mejor para nuestra vida.

EL SEÑOR TIENE AUTORIDAD PLENA SOBRE TODO: Aunque los caminos de Dios están más allá de nuestra comprensión, podemos confiar en Él, con la seguridad de que tiene el control a la perfección conforme a su conocimiento pleno y gran amor.

EL AMOR DE DIOS ES INAGOTABLE: No importa a lo que nos enfrentamos, nada puede separarnos de su amor, que es en Cristo Jesús, “…Ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.» (Romanos 8:39).

Tomemos un tiempo hoy para reflexionar acerca del amor, la sabiduría y la soberanía sin límites de Dios.

Cuando su confianza está puesta en Él, usted podrá seguir la senda que Él trace para su vida, y su corazón no se turbará, «No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios…»(Juan 14:1).»

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Colosenses 3:17

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Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.

Los incrédulos prestarían más atención a nuestro mensaje evangélico si les diéramos algo especial a observar. Pudiéramos comenzar por no mentir y por decir siempre la verdad. ¿Qué sucedería si nunca nos enojáramos hasta pecar, sino que obráramos con amor; que nunca robáramos, sino que siempre compartiéramos lo nuestro; y que nunca dijéramos vulgaridades, sino que siempre pronunciáramos palabras edificantes? ¿Puede imaginarse cómo reaccionarían los perdidos si nunca nos amargáramos, ni enojáramos, ni mostráramos resentimiento, ni fuéramos violentos, ni calumniadores, sino que siempre nos caracterizara la bondad, la compasión y el perdón? Tal vez entonces prestarían más atención.

Examine su conducta. ¿Dice usted la verdad? ¿Controla usted su enojo de tal modo que solo actúa con justicia? ¿Comparte con otros lo que tiene? ¿Habla con misericordia? ¿Es usted bondadoso, compasivo y clemente? Si usted es un nuevo hombre o una nueva mujer en Cristo, vivirá de esa manera.»

«Porque en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz (porque el fruto del Espíritu es en toda bondad, justicia y verdad)» (Efesios 5:8-9).

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Salmo 138:8

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La Biblia está llena de innumerables promesas de Dios, pero no todas son para nosotros. Piense en cómo el Señor prometió que Jericó caería después de que los israelitas marcharan alrededor de la ciudad siete veces, «Mas Jehová dijo a Josué: Mira, yo he entregado en tu mano a Jericó y a su rey, con sus varones de guerra. Rodearéis, pues, la ciudad todos los hombres de guerra, yendo alrededor de la ciudad una vez; y esto haréis durante seis días.» (Josué 6:2-3), o cómo Dios le dijo a Elías que los cuervos le traerían comida cada día, «Y vino a él palabra de Jehová, diciendo: Apártate de aquí, y vuélvete al oriente, y escóndete en el arroyo de Querit, que está frente al Jordán. Beberás del arroyo; y yo he mandado a los cuervos que te den allí de comer.» (1 Reyes 17:2-4). Cada una de estas promesas estaba destinada a una persona específica, en una situación específica.

Pero aunque estas palabras no se apliquen a nosotros, sí cumplen un propósito divino en nuestras vidas. Las promesas de Dios a Josué y a Elías (y a muchos otros a lo largo de la Biblia) dan testimonio de su relación con sus hijos: Él no cambia, y la fidelidad que mostró en el Antiguo Testamento es la misma que experimentamos hoy. Cada vez que leemos que Dios cumplió una promesa específica, recordamos que también cumplirá lo que nos ha prometido, incluso la eternidad con Él para quienes crean en la muerte y resurrección de su Hijo, «Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él.» (1 Tesalonicenses 4:13-14)

PIENSE EN ESTO:

¿Se ha preguntado alguna vez si una de las promesas de Dios estaba dirigida a usted? ¿En qué puede afirmar con confianza que Él se ha comprometido con usted?

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Efesios 4:29-32

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Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes. Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención. Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.

El Espíritu Santo se entristece cuando los creyentes no cambian su antigua manera de vivir. Siente dolor cuando los creyentes mienten y ocultan la verdad, cuando se enojan y son implacables (inexorables, vengativos, crueles, empedernidos, despiadados, duros o inflexibles), cuando se niegan a compartir con los necesitados, cuando roban, cuando dicen palabras obscenas y no tienen un espíritu misericordioso.

Cuando usted fue salvo, el Espíritu de Dios puso en usted un sello que declara que usted es de Dios para siempre. Como Él ha sido tan misericordioso que le dio salvación eterna, lo selló para siempre, y ha guardado su salvación hasta el día de la redención, ¿cómo es posible que lo contriste? Él ha hecho tanto por usted que, como muestra de gratitud, no debiera contristarlo.

«De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.» (2 Corintios 5:17).

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Tito 3:4-5

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Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia…

Intentar ganarse el favor del Señor sería como correr un maratón sin una meta, escalar una montaña interminable o remar frenéticamente en los rápidos sin llegar a ninguna parte. Tales intentos de abrirnos pasos hacia Dios son agotadores e infructuosos, porque nunca podremos ser lo bastante buenos o hacer lo suficiente para ganar su aceptación. Solo hay una manera de recibir el favor de nuestro Padre celestial, y es a través de la fe en su Hijo, quien hizo todo el trabajo por nosotros.

El Todopoderoso nos buscó cuando todavía éramos pecadores, y envió a su Hijo a vivir una vida perfecta y morir una muerte sustitutiva por nosotros. Cristo tomó nuestros pecados y nos ofrece su justicia; lo único que tenemos que hacer es creer y recibir su regalo de perdón y vida eterna.

El favor del Señor es inmerecido y no puede ser ganado. Se da libremente a quienes no lo merecen, a través de la fe en Cristo, y continúa a lo largo de la vida del creyente. Da poder para obedecer, da la victoria sobre el pecado y proporciona acceso abierto al Padre por la oración. El rico y abundante favor de Dios está disponible para todos los que quieran recibirlo por fe. «…¿qué debo hacer para ser salvo? Ellos dijeron: Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo…»  (Hechos 16:30-31). «Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre,» (1 Timoteo 2:5).

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Génesis 25:31-34

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Y Jacob respondió: Véndeme en este día tu primogenitura. Entonces dijo Esaú: He aquí yo me voy a morir; ¿para qué, pues, me servirá la primogenitura? Y dijo Jacob: Júramelo en este día. Y él le juró, y vendió a Jacob su primogenitura. Entonces Jacob dio a Esaú pan y del guisado de las lentejas; y él comió y bebió, y se levantó y se fue. Así menospreció Esaú la primogenitura.

La lectura de hoy cuenta la historia de dos hermanos, uno de los cuales estuvo dispuesto a vender su primogenitura (la doble parte de la herencia de su padre) por un plato de sopa de lentejas.

¿Por qué Esaú quiso renunciar a una posesión tan valiosa por satisfacer una necesidad temporal? Según Hebreos, su insensata decisión surgió de un corazón impío, «no sea que haya algún fornicario, o profano, como Esaú, que por una sola comida vendió su primogenitura.» (Hebreos 12:16). Esaú no valoraba lo que Dios le había dado, pues solo se preocupaba por sus necesidades inmediatas.

El problema con esta mentalidad es que no deja espacio para lo que tiene valor eterno, es decir, los asuntos de Dios. Por supuesto, a todos nos gusta pensar que tenemos suficiente sentido común e inteligencia para tomar buenas decisiones. Pero, como seguidores de Cristo, debemos confiar en la sabiduría del Señor en lugar de la nuestra.

Si para usted lo más importante son sus necesidades y los deseos inmediatos, pídale al Señor que le ayude a entender lo que quiere para su futuro. Lea su Palabra y pídale que le guíe hacia una senda que glorifique a Dios por la eternidad. Como le ocurrió a Esaú, ciertas decisiones que usted tome tendrán consecuencias a largo plazo. Así que, confíe en el Señor y considere con cuidado el resultado eterno antes de dar un mal paso.

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Efesios 4:28

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El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad.

El robo es un problema común en nuestro mundo. El robo en los centros comerciales ha llegado a convertirse en un problema tan grande que un porcentaje del precio de los artículos cubre la cantidad perdida por los bienes robados. Sea un gran robo o de tonterías, el robar de la tienda, robar dinero de un rico o de un miembro de la familia, todo es robo.

Que el cristiano “trabaje”, se refiere a trabajo de esfuerzo físico. El trabajo arduo es honorable. Los cristianos debemos esforzarnos en el trabajo para que tengamos lo suficiente para dar a los necesitados, no para que tengamos más de lo que necesitamos. «Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe.» (Gálatas 6:10). El enfoque mundano de la riqueza es acumular lo que adquirimos. Pero el principio neotestamentario es trabajar duro para que podamos hacer el bien y dar a los necesitados.

«y que procuréis tener tranquilidad, y ocuparos en vuestros negocios, y trabajar con vuestras manos de la manera que os hemos mandado, a fin de que os conduzcáis honradamente para con los de afuera, y no tengáis necesidad de nada.» (1 Tesalonicenses 4:11-12).

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