Gálatas 5:16-18

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Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis. Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley.

Cristo dijo que los dos mandamientos más grandes son estos: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente” y “…Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22.37-39). ¡Qué tarea tan abrumadora!

Con nuestras propias fuerzas, encontraremos que tener éxito está más allá de nuestro alcance, pero el Señor ha provisto una manera para que los cristianos logremos lo imposible. El Espíritu Santo que habita en nosotros obra para producir su fruto, «Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.» (Gálatas 5:22-23). La primera cualidad mencionada es el amor, y las ocho restantes son, en realidad, descripciones de cómo se expresa.

El amor no se produce esforzándose más por mostrar buena voluntad hacia alguien que es irritante o con quien es difícil llevarse bien. En vez de eso, piense más en el proceso como si fuera la savia que corre a través de una rama en una vid. De manera similar, el Espíritu fluye a través de nosotros, produciendo el amor de Dios, para que podamos expresarlo a Él y a los demás.

Cada vez que demostramos bondad, paciencia o gentileza es obra de Dios, no nuestra. Incluso la adoración que ofrecemos no es algo que producimos en nuestro corazón sin su ayuda. Aunque el mandato de amar es abrumador, la gracia de Dios lo hace posible. 

«…Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios.» (Lucas 18:27).

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Romanos 15:1-2

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Así que, los que somos fuertes debemos soportar las flaquezas de los débiles, y no agradarnos a nosotros mismos. Cada uno de nosotros agrade a su prójimo en lo que es bueno, para edificación.

Cada semana, las iglesias se llenan de personas que experimentan una amplia gama de problemas y, como creyentes, hemos de llevar las cargas los unos de los otros, «Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo.» (Gálatas 6:2). No es solo el trabajo del pastor, él no puede estar al tanto de todas las necesidades de la congregación. Por eso todos estamos llamados a ayudarnos unos a otros. Sin embargo, lograrlo requiere algunos cambios de nuestra parte.

SENSIBILIDAD: Si no somos sensibles a lo que las personas enfrentan, ¿cómo podemos orar por ellas u ofrecerles apoyo? Pídale al Espíritu Santo que le ayude a sensibilizarse con las luchas de los demás.

ACEPTACIÓN: Debemos aceptar a los demás creyentes como Cristo nos ha aceptado a nosotros. Eso significa estar dispuestos a compartir las cargas de los demás, sin importar quiénes sean.

DISPOSICIÓN: Ayudar a la gente puede resultar inconveniente, pero una comunidad de fe prospera cuando auxiliamos a quienes nos rodean.

El Señor es quien consuela a los que sufren y ayuda a los débiles, pero a menudo lo hace por medio de su pueblo. La Biblia nos dice que toda la ley se cumple en un solo mandamiento: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Gálatas 5.14). Y usted, ¿apoya solo a sus seres queridos, o le demuestra amor a todo el que le rodea?

«Hermanos míos, que vuestra fe en nuestro glorioso Señor Jesucristo sea sin acepción de personas.» (Santiago 2:1).

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Filipenses 3:17

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Hermanos, sed imitadores de mí, y mirad a los que así se conducen según el ejemplo que tenéis en nosotros.

Los guías espirituales son esenciales para la iglesia: necesitamos ver vivir el cristianismo delante de nosotros. Pablo le dijo a Timoteo: “…Sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza” (1 Timoteo 4:12). Un guía espiritual debe llevar una vida ejemplar porque debe mostrarles a otros la senda. Las personas pueden ver la perfección en Cristo y pueden leer acerca de Pablo, pero también necesitan a alguien a quien puedan observar y con quien puedan hablar. Necesitan ver la virtud, la humildad, el servicio altruista, la disposición a sufrir, la devoción a Cristo, el valor y el crecimiento espiritual en la vida de alguien cerca de ellas.

Una gran carga en mi corazón es que los pastores y ancianos de todas las iglesias sean el tipo de ejemplos que Dios les ordena que sean. Es muy importante enseñar la verdad, pero es igualmente importante que esa verdad sea apuntalada por una vida virtuosa.

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1 Tesalonicenses 5:14-15

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También os rogamos, hermanos, que amonestéis a los ociosos, que alentéis a los de poco ánimo, que sostengáis a los débiles, que seáis pacientes para con todos. Mirad que ninguno pague a otro mal por mal; antes seguid siempre lo bueno unos para con otros, y para con todos.

Es interesante que los mandamientos en el versículo 14 del pasaje de hoy no están dirigidos a los líderes de la iglesia sino a los “hermanos”, un término que se usa para referirse a otros cristianos. ¿Hasta qué punto se siente usted adecuado para “amonestar a los ociosos, alentar a los de poco ánimo, sostener a los débiles y ser paciente para con todos”?

Nuestra vida en la comunidad de la fe no se trata solo de asistir a un servicio de adoración cada domingo. No pensemos en la iglesia como un lugar, sino como un grupo de creyentes a quienes “…se nos dio a beber de un mismo Espíritu” (1 Corintios 12.13). Eso significa estar allí para consolar a los afligidos, guiar a los descarriados y animar a los cansados.

Para lograrlo, debemos estar dispuestos a escuchar. Es fácil dar una respuesta rápida antes de entender la situación de alguien. Pero dado que el problema externo puede ser solo un síntoma de una lucha espiritual interna, es prudente ser paciente. Cuando a otros se les da la oportunidad de compartir, podemos discernir mejor cómo quiere Dios que respondamos.

Siempre debemos buscar lo que es mejor para los demás. En algunos casos, se requiere ayuda práctica o material; en otras ocasiones, podría significar oración o la disposición de ayudar a una persona a crecer espiritualmente. Pídale al Espíritu Santo que le muestre cuál es su papel.

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Romanos 5:3-5

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Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.

Dios utiliza el sufrimiento para quitar el pecado de nuestras vidas, fortalecer nuestro compromiso con Él, forzarnos a depender de su gracia, unirnos a otros creyentes, producir discernimiento, promover sensibilidad, disciplinar nuestras mentes, impartir sabiduría, ensanchar nuestra esperanza, hacer que conozcamos mejor a Cristo, hacernos anhelar la verdad, guiarnos al arrepentimiento del pecado, enseñarnos a dar gracias en tiempos de dolor, aumentar nuestra fe y fortalecer nuestro carácter. Y una vez logra tales cosas, a menudo podemos ver que nuestro sufrimiento valió la pena. Dios no quiere que simplemente nos sintamos bien. Quiere que seamos santificados. Y frecuentemente, el camino para ser santificados incluye el que no nos sintamos bien. 

«Mientras callé, se envejecieron mis huesos En mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; Se volvió mi verdor en sequedades de verano. Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad.Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; Y tú perdonaste la maldad de mi pecado.»(Salmos 32:3-5). 

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Juan 1:16-17

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Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia. Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.

Para tener un mayor entendimiento de la gracia de Dios, solo necesitamos mirar a Cristo, quien es la personificación de la gracia y la verdad. Ambas son evidentes en Él, y ninguna de ellas se ve comprometida en lo más mínimo. Con la verdad, Cristo hizo que las personas se dieran cuenta de su condición pecaminosa; con gracia ofreció perdón a todos los que se acercaran a Él con fe.

Esto se ve con toda claridad en las interacciones del Señor. Las personas dispuestas a reconocer sus pecados se sentían atraídas por Cristo y su ofrecimiento de perdón. Pero los fariseos, que se consideraban justos, no creían que necesitaban la gracia del Señor. Así que la rechazaron, creyendo erróneamente que sus prácticas los hacían merecedores de la aceptación de Dios, «¿Por qué? Porque iban tras ella no por fe, sino como por obras de la ley, pues tropezaron en la piedra de tropiezo,» (Romanos 9:32).

«Ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado.» (Romanos 3:20).

Para encontrar la demostración más grande de gracia debemos mirar el sacrificio que fue hecho en la cruz. Allí, nuestro Salvador sufrió el castigo por nuestros pecados para que Dios-Padre pudiera extender la gracia a quienes creen en su Hijo Jesucristo. Ahora, la bondad, el amor y la misericordia divinas se derraman sobre nosotros en un suministro interminable de “gracia sobre gracia” (Juan 1.16).

Tener tal abundancia del favor de Dios debe llenarnos de gratitud y de deseo por demostrar la misma clase de gracia a los demás.

«…de gracia recibisteis, dad de gracia.» (Mateo 10:8).

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1 Corintios 9:26-27

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Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado.

La cultura actual está obsesionada con la diversión, los deportes, el materialismo y el placer emocional. En realidad, esas preocupaciones excesivas se han convertido en las características de nuestra superficial, amoral y a veces inmoral, sociedad.

Un antídoto seguro para semejante manera de vivir es la autodisciplina que se muestra en la vida cristiana genuina. Su dirección y poder espiritual vienen del Señor, pero necesita la autodisciplina si Él va a obrar con eficiencia por medio de usted.

Pablo le escribió a Timoteo: “Porque el ejercicio corporal para poco es provechoso, pero la piedad para todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente, y de la venidera” (1 Timoteo 4:8). Pablo también dijo lo siguiente con relación a cualquier logro o mérito personal que pudiera tener; «Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo,» (Filipenses 3:7-8). Pídale a Dios de corazón que haga eso una realidad en su vida. 

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