Génesis 25:31-34

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Y Jacob respondió: Véndeme en este día tu primogenitura. Entonces dijo Esaú: He aquí yo me voy a morir; ¿para qué, pues, me servirá la primogenitura? Y dijo Jacob: Júramelo en este día. Y él le juró, y vendió a Jacob su primogenitura. Entonces Jacob dio a Esaú pan y del guisado de las lentejas; y él comió y bebió, y se levantó y se fue. Así menospreció Esaú la primogenitura.

La lectura de hoy cuenta la historia de dos hermanos, uno de los cuales estuvo dispuesto a vender su primogenitura (la doble parte de la herencia de su padre) por un plato de sopa de lentejas.

¿Por qué Esaú quiso renunciar a una posesión tan valiosa por satisfacer una necesidad temporal? Según Hebreos, su insensata decisión surgió de un corazón impío, «no sea que haya algún fornicario, o profano, como Esaú, que por una sola comida vendió su primogenitura.» (Hebreos 12:16). Esaú no valoraba lo que Dios le había dado, pues solo se preocupaba por sus necesidades inmediatas.

El problema con esta mentalidad es que no deja espacio para lo que tiene valor eterno, es decir, los asuntos de Dios. Por supuesto, a todos nos gusta pensar que tenemos suficiente sentido común e inteligencia para tomar buenas decisiones. Pero, como seguidores de Cristo, debemos confiar en la sabiduría del Señor en lugar de la nuestra.

Si para usted lo más importante son sus necesidades y los deseos inmediatos, pídale al Señor que le ayude a entender lo que quiere para su futuro. Lea su Palabra y pídale que le guíe hacia una senda que glorifique a Dios por la eternidad. Como le ocurrió a Esaú, ciertas decisiones que usted tome tendrán consecuencias a largo plazo. Así que, confíe en el Señor y considere con cuidado el resultado eterno antes de dar un mal paso.

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Efesios 4:28

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El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad.

El robo es un problema común en nuestro mundo. El robo en los centros comerciales ha llegado a convertirse en un problema tan grande que un porcentaje del precio de los artículos cubre la cantidad perdida por los bienes robados. Sea un gran robo o de tonterías, el robar de la tienda, robar dinero de un rico o de un miembro de la familia, todo es robo.

Que el cristiano “trabaje”, se refiere a trabajo de esfuerzo físico. El trabajo arduo es honorable. Los cristianos debemos esforzarnos en el trabajo para que tengamos lo suficiente para dar a los necesitados, no para que tengamos más de lo que necesitamos. «Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe.» (Gálatas 6:10). El enfoque mundano de la riqueza es acumular lo que adquirimos. Pero el principio neotestamentario es trabajar duro para que podamos hacer el bien y dar a los necesitados.

«y que procuréis tener tranquilidad, y ocuparos en vuestros negocios, y trabajar con vuestras manos de la manera que os hemos mandado, a fin de que os conduzcáis honradamente para con los de afuera, y no tengáis necesidad de nada.» (1 Tesalonicenses 4:11-12).

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Efesios 4:15

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Siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo,

El crecimiento espiritual es sencillamente cuestión de aplicar los principios Bíblicos, pero hay muchos que creen que solamente los gigantes espirituales experimentan un gran aumento de fe.

El crecimiento espiritual no es una proeza mística por un grupo selecto que está en un plano espiritual superior. Es, sencillamente, cuestión de glorificar a Dios con el estudio de su Palabra, confesando el pecado, confiando en Él, llevando fruto, alabándolo, obedeciendo y proclamando su Palabra, orando y guiando a otros a Cristo. Esas son las características que todo cristiano necesita a fin de crecer en la fe. Cuando se concentre en ellas, el Espíritu de Dios lo transformará a usted a la imagen de Cristo, de un nivel de gloria al siguiente. 

«Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.» (2 Corintios 3:18).

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Salmo 105:4-5

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Buscad a Jehová y su poder; Buscad siempre su rostro. Acordaos de las maravillas que él ha hecho, De sus prodigios y de los juicios de su boca,

Agradecer a Dios lo glorifica y magnifica, pero ¿sabía usted que hacerlo también nos beneficia? El Señor no necesita nuestra gratitud, pero al darle gracias nos volvemos menos egoístas.

Expresar agradecimiento…

REENFOCA NUESTRA ATENCIÓN: La vida está llena de distracciones que pueden hacer que sea más difícil notar todo lo que Dios ha hecho por nosotros. En vez de vivir con el peso del mundo sobre nuestros hombros, es bueno tratar de reenfocarnos en el Señor dándole gracias por su fidelidad.

REDUCE NUESTRA ANSIEDAD: Muchas personas en nuestra sociedad viven con una preocupación constante. Pero cuando traemos nuestras ansiedades al Señor con acción de gracias, la carga se traslada a Él y su paz viene a nosotros. 

RENUEVA NUESTRA RELACIÓN: La gratitud nos impide pensar que la vida cristiana tiene solo que ver con nosotros y con nuestras necesidades. Nuestra comunión con Dios mejora cuando nos enfocamos en Él.

REFUERZA NUESTRA FE: Dar gracias nos ayuda a salir del pozo del desánimo y nos fortalece espiritualmente.

Cuando usted está abrumado, es probable que no piense en dar gracias a Dios. Pero he aprendido por experiencia que reconocer todo lo que el Señor ha hecho es una forma segura de cambiar de actitud y de revigorizarse.

«fortalecidos con todo poder, conforme a la potencia de su gloria, para toda paciencia y longanimidad; con gozo dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz; el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo,» (Colosenses 1:11-13).

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Colosenses 3:12-14

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Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto.

A menudo intentamos justificar un corazón resentido, pensando: Bueno, el Señor sabe lo que esa persona me hizo. Así que Él entiende por qué me siento así. Sin duda, el Señor Jesús, quien es Dios y hombre por completo, conoce nuestras emociones humanas. De hecho, Él mismo experimentó la traición y el abandono, así que entiende nuestro dolor. Sin embargo, no aprueba que nos neguemos a perdonar.

A través del Salvador, vemos cómo Dios ve el perdón, incluso cuando se trata de las ofensas más viles. Considere el hecho de que somos nosotros quienes lo traicionamos continuamente. ¿De qué manera? Le hemos negado el lugar que le corresponde en nuestra vida, hemos dudado de su Palabra e ignorado sus instrucciones. Hay momentos en que lo echamos de nuestras actividades y decisiones diarias para poder perseguir las cosas más a nuestro gusto. Además, hemos pecado contra Él y también contra otras personas.

¿Y cuál es la actitud del Señor hacia nosotros? “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11.28). Ahora bien, ¿de verdad cree que Él justificará nuestra falta de perdón? No. «Jehová, tardo para la ira y grande en misericordia, que perdona la iniquidad y la rebelión, aunque de ningún modo tendrá por inocente al culpable…» (Números 14:18)

Él quiere que miremos la cruz. Allí descubriremos el precio que pagó por nuestro perdón. Así como hemos sido perdonados, nosotros debemos perdonar a los que nos han herido, «Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.» (Efesios 4:32).

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Isaías 30:1,9

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¡Ay de los hijos rebeldes -declara el Señor- que ejecutan planes, pero no los míos, y hacen alianza, pero no según mi Espíritu, para añadir pecado sobre pecado! …Porque este es un pueblo rebelde, hijos falsos, hijos que no quieren escuchar la instrucción del Señor.

Todos queremos lo mejor del Padre celestial para nuestra vida, pero a veces nos interponemos en su camino. Ese fue ciertamente el caso de Israel. El pasaje de hoy de Isaías comienza diciendo: «¡Ay de los hijos rebeldes!’ —declara el Señor—‘que ejecutan planes, pero no los míos’” (Isaías 30.1).

En vez de confiar en las promesas y el poder de Dios, Israel se centró en la amenaza de un enemigo. Decidieron que lo más seguro era confiar en la ayuda de Egipto, aunque el Señor les había dicho que la solución era arrepentirse y confiar en Él. Al sustituir el plan de Dios por el de ellos, se perdieron lo mejor de Dios para la nación y sufrieron las consecuencias.

«El amparo de Faraón será vuestra vergüenza, y el abrigo a la sombra de Egipto, vuestra humillación.»(Isaías 30:3).

Cuando usted tiene que tomar una decisión, ¿se enfoca en el Señor y en su Palabra o en el problema que está enfrentando? ¿Se apresura a aceptar el consejo de otras personas antes de buscar dirección en las Sagradas Escrituras? Aunque su plan pueda parecer la opción más prometedora, si ha dejado a Dios fuera, es muy posible que se haya convertido en un obstáculo para lo que Él desea para usted.

Cuando se sienta tentado a tomar los asuntos en sus propias manos, recuerde la guía del Señor: «Porque así ha dicho el Señor Dios, el Santo de Israel: En arrepentimiento y en reposo seréis salvos; en quietud y confianza está vuestro poder…» (Isaías 30:15). Cuando lo siga, Él le guiará hacia el mejor camino para su vida.

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Hechos 6:3

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Buscad, pues, hermanos, de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes encarguemos de este trabajo.

Un testimonio es la expresión pública de fe en Cristo de una persona. Pero nuestra declaración de fe es mucho más que la historia que contamos. Un buen testigo para el Señor consiste en tres partes: carácter, conducta y conversación.

Como cristianos, ponemos un gran énfasis en la elaboración de un relato personal sólido de la obra del Señor en nuestra vida. También hablamos de las maneras en que podemos mostrar a Jesucristo a nuestros amigos, familiares y compañeros de trabajo a través de nuestras acciones. Pero el carácter es la parte del testimonio de cada creyente que subyace (que no se percibe a simple vista), tanto en la conducta cristiana como en la historia de una vida transparente.

No podemos engañar a Dios ni fingir ante el mundo por mucho tiempo. Tarde o temprano, el orgullo, el resentimiento y la hostilidad producirá acciones y palabras contrarias al mensaje de Cristo; no obstante, la santidad producirá verdadero fruto espiritual.

«Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos.» (Mateo 7:16-17).

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Efesios 4:31-32

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Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.

Una de las actitudes más destructivas que puede mostrar un creyente es el odio. Piénselo: ¿qué tan bien puede brillar la luz de Cristo a través de una vida que está envuelta en ira, amargura y malevolencia? Tal comportamiento no refleja una imagen positiva del Señor Jesucristo a los no cristianos. Pero el problema afecta a más que nuestro testimonio al mundo incrédulo. Incluso en las iglesias, no es difícil encontrar personas que rebosan de hostilidad. ¿De dónde viene esta actitud?

Una razón por la que algunos creyentes batallan con el odio es la incapacidad de perdonar una herida. ¿Es ese su caso? Piense en alguien que le haya hecho daño en el pasado. Hágase estas tres preguntas:

  1. ¿La escena se reproduce en su mente una y otra vez? Si odia a alguien, no puede deshacerse del recuerdo.
  2. ¿Quiere lo mejor para una persona que le ha lastimado? Si odia a alguien, no puede desearle lo mejor.
  3. ¿Desea que ella experimente el dolor que usted sufrió? Si odia a alguien, quiere que esa persona también sufra.

¿Han revelado estas preguntas alguna animosidad, enemistad o rencor oculto en su corazón? Si es así, no deje esta página sin meditar en Efesios 4.31, 32. Lea el pasaje en voz alta. Luego, personalícelo en una oración y deje que el Espíritu Santo le mueva a perdonar una vieja herida.

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Efesios 4:24

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Vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad.

Cuando usted se entregó a Cristo, reconoció que era pecador y decidió abandonar su pecado y las cosas malvadas de este mundo. Pero Satanás hará brillar al mundo y su pecado delante de usted para tentarlo a que regrese a él. Pablo nos advierte que no volvamos al mundo, sino que más bien nos vistamos de la justicia y santidad de la verdad.

Eso no es algo que se hace una sola vez; es algo que se hace cada día. Una manera de hacerlo se describe en 2 Timoteo 3:16, que dice: “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia”.

Si quiere vivir rectamente, lea, medite y aplique la Palabra de Dios. Lo ayudará a enfrentarse a los vestigios del mundo todavía presentes en su vida.

«No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.» (1 Juan 2:15-17).

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Mateo 5:14-16

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Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud,sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.

El apóstol Pablo observó al mundo pagano y llegó a la conclusión de que su manera egoísta e inútil de pensar entenebrece el entendimiento y endurece el corazón. Eso, a su vez, lleva a la insensibilidad al pecado y a la conducta sin pudor, que entonces lleva a la obscenidad desvergonzada. 

«Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido.» (Romanos 1:21).

Y no es en realidad muy diferente en la actualidad.

Los creyentes ni siquiera hemos de tener el mínimo interés en alguna de las malvadas características de los incrédulos. Debemos ser una luz sobre un monte, separados del mal que nos rodea. Debemos ser diferentes. No puede esconderse una ciudad sobre un monte. Debemos levantarnos como sal y luz. Pero si somos corrompidos por el sistema, nos volvemos inservibles.

Nuestro bendito Señor Jesucristo nos compró a costa de su propia vida. Nos dio una nueva naturaleza que es santa, sin mancha y santificada para siempre. Solo nos pide que vivamos conforme a lo que nos ha dado abandonando nuestra vieja manera de vivir y adoptando la nueva.

«Vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad.» (Efesios 4:24).

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