Salmo 138:8

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La Biblia está llena de innumerables promesas de Dios, pero no todas son para nosotros. Piense en cómo el Señor prometió que Jericó caería después de que los israelitas marcharan alrededor de la ciudad siete veces, «Mas Jehová dijo a Josué: Mira, yo he entregado en tu mano a Jericó y a su rey, con sus varones de guerra. Rodearéis, pues, la ciudad todos los hombres de guerra, yendo alrededor de la ciudad una vez; y esto haréis durante seis días.» (Josué 6:2-3), o cómo Dios le dijo a Elías que los cuervos le traerían comida cada día, «Y vino a él palabra de Jehová, diciendo: Apártate de aquí, y vuélvete al oriente, y escóndete en el arroyo de Querit, que está frente al Jordán. Beberás del arroyo; y yo he mandado a los cuervos que te den allí de comer.» (1 Reyes 17:2-4). Cada una de estas promesas estaba destinada a una persona específica, en una situación específica.

Pero aunque estas palabras no se apliquen a nosotros, sí cumplen un propósito divino en nuestras vidas. Las promesas de Dios a Josué y a Elías (y a muchos otros a lo largo de la Biblia) dan testimonio de su relación con sus hijos: Él no cambia, y la fidelidad que mostró en el Antiguo Testamento es la misma que experimentamos hoy. Cada vez que leemos que Dios cumplió una promesa específica, recordamos que también cumplirá lo que nos ha prometido, incluso la eternidad con Él para quienes crean en la muerte y resurrección de su Hijo, «Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él.» (1 Tesalonicenses 4:13-14)

PIENSE EN ESTO:

¿Se ha preguntado alguna vez si una de las promesas de Dios estaba dirigida a usted? ¿En qué puede afirmar con confianza que Él se ha comprometido con usted?

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Efesios 4:29-32

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Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes. Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención. Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.

El Espíritu Santo se entristece cuando los creyentes no cambian su antigua manera de vivir. Siente dolor cuando los creyentes mienten y ocultan la verdad, cuando se enojan y son implacables (inexorables, vengativos, crueles, empedernidos, despiadados, duros o inflexibles), cuando se niegan a compartir con los necesitados, cuando roban, cuando dicen palabras obscenas y no tienen un espíritu misericordioso.

Cuando usted fue salvo, el Espíritu de Dios puso en usted un sello que declara que usted es de Dios para siempre. Como Él ha sido tan misericordioso que le dio salvación eterna, lo selló para siempre, y ha guardado su salvación hasta el día de la redención, ¿cómo es posible que lo contriste? Él ha hecho tanto por usted que, como muestra de gratitud, no debiera contristarlo.

«De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.» (2 Corintios 5:17).

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Tito 3:4-5

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Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia…

Intentar ganarse el favor del Señor sería como correr un maratón sin una meta, escalar una montaña interminable o remar frenéticamente en los rápidos sin llegar a ninguna parte. Tales intentos de abrirnos pasos hacia Dios son agotadores e infructuosos, porque nunca podremos ser lo bastante buenos o hacer lo suficiente para ganar su aceptación. Solo hay una manera de recibir el favor de nuestro Padre celestial, y es a través de la fe en su Hijo, quien hizo todo el trabajo por nosotros.

El Todopoderoso nos buscó cuando todavía éramos pecadores, y envió a su Hijo a vivir una vida perfecta y morir una muerte sustitutiva por nosotros. Cristo tomó nuestros pecados y nos ofrece su justicia; lo único que tenemos que hacer es creer y recibir su regalo de perdón y vida eterna.

El favor del Señor es inmerecido y no puede ser ganado. Se da libremente a quienes no lo merecen, a través de la fe en Cristo, y continúa a lo largo de la vida del creyente. Da poder para obedecer, da la victoria sobre el pecado y proporciona acceso abierto al Padre por la oración. El rico y abundante favor de Dios está disponible para todos los que quieran recibirlo por fe. «…¿qué debo hacer para ser salvo? Ellos dijeron: Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo…»  (Hechos 16:30-31). «Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre,» (1 Timoteo 2:5).

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Génesis 25:31-34

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Y Jacob respondió: Véndeme en este día tu primogenitura. Entonces dijo Esaú: He aquí yo me voy a morir; ¿para qué, pues, me servirá la primogenitura? Y dijo Jacob: Júramelo en este día. Y él le juró, y vendió a Jacob su primogenitura. Entonces Jacob dio a Esaú pan y del guisado de las lentejas; y él comió y bebió, y se levantó y se fue. Así menospreció Esaú la primogenitura.

La lectura de hoy cuenta la historia de dos hermanos, uno de los cuales estuvo dispuesto a vender su primogenitura (la doble parte de la herencia de su padre) por un plato de sopa de lentejas.

¿Por qué Esaú quiso renunciar a una posesión tan valiosa por satisfacer una necesidad temporal? Según Hebreos, su insensata decisión surgió de un corazón impío, «no sea que haya algún fornicario, o profano, como Esaú, que por una sola comida vendió su primogenitura.» (Hebreos 12:16). Esaú no valoraba lo que Dios le había dado, pues solo se preocupaba por sus necesidades inmediatas.

El problema con esta mentalidad es que no deja espacio para lo que tiene valor eterno, es decir, los asuntos de Dios. Por supuesto, a todos nos gusta pensar que tenemos suficiente sentido común e inteligencia para tomar buenas decisiones. Pero, como seguidores de Cristo, debemos confiar en la sabiduría del Señor en lugar de la nuestra.

Si para usted lo más importante son sus necesidades y los deseos inmediatos, pídale al Señor que le ayude a entender lo que quiere para su futuro. Lea su Palabra y pídale que le guíe hacia una senda que glorifique a Dios por la eternidad. Como le ocurrió a Esaú, ciertas decisiones que usted tome tendrán consecuencias a largo plazo. Así que, confíe en el Señor y considere con cuidado el resultado eterno antes de dar un mal paso.

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Efesios 4:28

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El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad.

El robo es un problema común en nuestro mundo. El robo en los centros comerciales ha llegado a convertirse en un problema tan grande que un porcentaje del precio de los artículos cubre la cantidad perdida por los bienes robados. Sea un gran robo o de tonterías, el robar de la tienda, robar dinero de un rico o de un miembro de la familia, todo es robo.

Que el cristiano “trabaje”, se refiere a trabajo de esfuerzo físico. El trabajo arduo es honorable. Los cristianos debemos esforzarnos en el trabajo para que tengamos lo suficiente para dar a los necesitados, no para que tengamos más de lo que necesitamos. «Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe.» (Gálatas 6:10). El enfoque mundano de la riqueza es acumular lo que adquirimos. Pero el principio neotestamentario es trabajar duro para que podamos hacer el bien y dar a los necesitados.

«y que procuréis tener tranquilidad, y ocuparos en vuestros negocios, y trabajar con vuestras manos de la manera que os hemos mandado, a fin de que os conduzcáis honradamente para con los de afuera, y no tengáis necesidad de nada.» (1 Tesalonicenses 4:11-12).

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Efesios 4:15

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Siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo,

El crecimiento espiritual es sencillamente cuestión de aplicar los principios Bíblicos, pero hay muchos que creen que solamente los gigantes espirituales experimentan un gran aumento de fe.

El crecimiento espiritual no es una proeza mística por un grupo selecto que está en un plano espiritual superior. Es, sencillamente, cuestión de glorificar a Dios con el estudio de su Palabra, confesando el pecado, confiando en Él, llevando fruto, alabándolo, obedeciendo y proclamando su Palabra, orando y guiando a otros a Cristo. Esas son las características que todo cristiano necesita a fin de crecer en la fe. Cuando se concentre en ellas, el Espíritu de Dios lo transformará a usted a la imagen de Cristo, de un nivel de gloria al siguiente. 

«Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.» (2 Corintios 3:18).

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Salmo 105:4-5

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Buscad a Jehová y su poder; Buscad siempre su rostro. Acordaos de las maravillas que él ha hecho, De sus prodigios y de los juicios de su boca,

Agradecer a Dios lo glorifica y magnifica, pero ¿sabía usted que hacerlo también nos beneficia? El Señor no necesita nuestra gratitud, pero al darle gracias nos volvemos menos egoístas.

Expresar agradecimiento…

REENFOCA NUESTRA ATENCIÓN: La vida está llena de distracciones que pueden hacer que sea más difícil notar todo lo que Dios ha hecho por nosotros. En vez de vivir con el peso del mundo sobre nuestros hombros, es bueno tratar de reenfocarnos en el Señor dándole gracias por su fidelidad.

REDUCE NUESTRA ANSIEDAD: Muchas personas en nuestra sociedad viven con una preocupación constante. Pero cuando traemos nuestras ansiedades al Señor con acción de gracias, la carga se traslada a Él y su paz viene a nosotros. 

RENUEVA NUESTRA RELACIÓN: La gratitud nos impide pensar que la vida cristiana tiene solo que ver con nosotros y con nuestras necesidades. Nuestra comunión con Dios mejora cuando nos enfocamos en Él.

REFUERZA NUESTRA FE: Dar gracias nos ayuda a salir del pozo del desánimo y nos fortalece espiritualmente.

Cuando usted está abrumado, es probable que no piense en dar gracias a Dios. Pero he aprendido por experiencia que reconocer todo lo que el Señor ha hecho es una forma segura de cambiar de actitud y de revigorizarse.

«fortalecidos con todo poder, conforme a la potencia de su gloria, para toda paciencia y longanimidad; con gozo dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz; el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo,» (Colosenses 1:11-13).

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Colosenses 3:12-14

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Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto.

A menudo intentamos justificar un corazón resentido, pensando: Bueno, el Señor sabe lo que esa persona me hizo. Así que Él entiende por qué me siento así. Sin duda, el Señor Jesús, quien es Dios y hombre por completo, conoce nuestras emociones humanas. De hecho, Él mismo experimentó la traición y el abandono, así que entiende nuestro dolor. Sin embargo, no aprueba que nos neguemos a perdonar.

A través del Salvador, vemos cómo Dios ve el perdón, incluso cuando se trata de las ofensas más viles. Considere el hecho de que somos nosotros quienes lo traicionamos continuamente. ¿De qué manera? Le hemos negado el lugar que le corresponde en nuestra vida, hemos dudado de su Palabra e ignorado sus instrucciones. Hay momentos en que lo echamos de nuestras actividades y decisiones diarias para poder perseguir las cosas más a nuestro gusto. Además, hemos pecado contra Él y también contra otras personas.

¿Y cuál es la actitud del Señor hacia nosotros? “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11.28). Ahora bien, ¿de verdad cree que Él justificará nuestra falta de perdón? No. «Jehová, tardo para la ira y grande en misericordia, que perdona la iniquidad y la rebelión, aunque de ningún modo tendrá por inocente al culpable…» (Números 14:18)

Él quiere que miremos la cruz. Allí descubriremos el precio que pagó por nuestro perdón. Así como hemos sido perdonados, nosotros debemos perdonar a los que nos han herido, «Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.» (Efesios 4:32).

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Isaías 30:1,9

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¡Ay de los hijos rebeldes -declara el Señor- que ejecutan planes, pero no los míos, y hacen alianza, pero no según mi Espíritu, para añadir pecado sobre pecado! …Porque este es un pueblo rebelde, hijos falsos, hijos que no quieren escuchar la instrucción del Señor.

Todos queremos lo mejor del Padre celestial para nuestra vida, pero a veces nos interponemos en su camino. Ese fue ciertamente el caso de Israel. El pasaje de hoy de Isaías comienza diciendo: «¡Ay de los hijos rebeldes!’ —declara el Señor—‘que ejecutan planes, pero no los míos’” (Isaías 30.1).

En vez de confiar en las promesas y el poder de Dios, Israel se centró en la amenaza de un enemigo. Decidieron que lo más seguro era confiar en la ayuda de Egipto, aunque el Señor les había dicho que la solución era arrepentirse y confiar en Él. Al sustituir el plan de Dios por el de ellos, se perdieron lo mejor de Dios para la nación y sufrieron las consecuencias.

«El amparo de Faraón será vuestra vergüenza, y el abrigo a la sombra de Egipto, vuestra humillación.»(Isaías 30:3).

Cuando usted tiene que tomar una decisión, ¿se enfoca en el Señor y en su Palabra o en el problema que está enfrentando? ¿Se apresura a aceptar el consejo de otras personas antes de buscar dirección en las Sagradas Escrituras? Aunque su plan pueda parecer la opción más prometedora, si ha dejado a Dios fuera, es muy posible que se haya convertido en un obstáculo para lo que Él desea para usted.

Cuando se sienta tentado a tomar los asuntos en sus propias manos, recuerde la guía del Señor: «Porque así ha dicho el Señor Dios, el Santo de Israel: En arrepentimiento y en reposo seréis salvos; en quietud y confianza está vuestro poder…» (Isaías 30:15). Cuando lo siga, Él le guiará hacia el mejor camino para su vida.

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Hechos 6:3

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Buscad, pues, hermanos, de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes encarguemos de este trabajo.

Un testimonio es la expresión pública de fe en Cristo de una persona. Pero nuestra declaración de fe es mucho más que la historia que contamos. Un buen testigo para el Señor consiste en tres partes: carácter, conducta y conversación.

Como cristianos, ponemos un gran énfasis en la elaboración de un relato personal sólido de la obra del Señor en nuestra vida. También hablamos de las maneras en que podemos mostrar a Jesucristo a nuestros amigos, familiares y compañeros de trabajo a través de nuestras acciones. Pero el carácter es la parte del testimonio de cada creyente que subyace (que no se percibe a simple vista), tanto en la conducta cristiana como en la historia de una vida transparente.

No podemos engañar a Dios ni fingir ante el mundo por mucho tiempo. Tarde o temprano, el orgullo, el resentimiento y la hostilidad producirá acciones y palabras contrarias al mensaje de Cristo; no obstante, la santidad producirá verdadero fruto espiritual.

«Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos.» (Mateo 7:16-17).

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