Juan 3:16

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Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.

Nueva vida en Jesucristo:

¿Dónde pasaré la eternidad? ¿Qué sucederá después de que mi vida termine? ¿Hay alguna esperanza para la humanidad? Estos son temas extremadamente importantes y Dios tiene una respuesta para ellos. ¡Él nos ama tanto que dio a su Hijo Jesús para que nos salvara y nos diera la oportunidad de disfrutar de una vida abundante y la eternidad con Él!

Sin embargo, para salvarnos, Dios primero tuvo que tratar con nuestros pecados. Los pecados son las decisiones equivocadas que nos separan de Dios, y todos nosotros tomamos decisiones así. ¿Alguna vez ha dicho una mentira o recogido algo que no es suyo? ¿Alguna vez ha mirado a alguien con lujuria o actuado con motivos egoístas? Cualquier persona honesta admitirá que ya cometió pecado.

La cuestión es que, cada vez que elegimos al pecado, elegimos la separación de Dios. Él es absolutamente Santo y Bueno. No hay ninguna maldad en Él y Él nunca aceptará el pecado, «Jehová, tardo para la ira y grande en misericordia, que perdona la iniquidad y la rebelión, aunque de ningún modo tendrá por inocente al culpable…» (Números 14:18). Como es imposible que alguien pueda vivir las normas de perfección de Dios, necesitamos desesperadamente la salvación y el nuevo nacimiento que Jesús vino a traer.

Un día, un líder respetado llamado Nicodemo vino a ver a Jesús con muchas preguntas intrigantes. Jesús le dijo claramente: «…De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.» (Juan 3:3).

Nicodemo pensó que estaba bien con Dios porque era una persona religiosa y buena, pero Jesús dejó claro que nadie puede ser salvo por su religión o buenas obras. ¡Quien no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios!

Nicodemo estaba perplejo por la respuesta de Jesús. ¿Cómo puede alguien nacer de nuevo? Jesús explicó que no se refería a un nuevo nacimiento físico, sino espiritual: «Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es.» (Juan 3:6).

El evangelio de Juan explica que cuando ponemos nuestra fe en Jesús, Dios nos da poder para nacer de nuevo en nuestro espíritu y nos volvemos hijos de Dios, concebidos por la voluntad de nuestro Padre Celestial; «Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.» (Juan 1:12-13). ¡Simplemente maravilloso! Sólo a Dios la Gloria por siempre. 

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Isaías 8:12-13

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Ni temáis lo que ellos temen, ni tengáis miedo. A Jehová de los ejércitos, a él santificad; sea él vuestro temor, y él sea vuestro miedo.

En la época del profeta Isaías, Acaz rey de Judá se enfrentó a una crisis en la inminente invasión del ejército asirio. Cuando Acaz se negó a hacer alianza con los reyes de Israel y Siria contra Asiria, estos también amenazaron con invadir Judá. Entre bastidores Acaz se había aliado con Asiria. Isaías advirtió a Acaz contra esa alianza impía, pero le dijo que no temiera. El rey solamente debía temer al Señor.

En igual sentido, un cristiano no ha de estremecerse por ninguna hostilidad que lo amenace. El temor al Señor lo ayudará a afrontar con valor la oposición y a ver el sufrimiento como una oportunidad de bendiciones espirituales, no como una oportunidad de comprometer su fe delante del mundo que cree.

Consagrarse al Señor ante la persecución exige que la mente y los afectos se concentren en los valores eternos, no en los terrenales. Si usted se preocupa por los bienes, los placeres y la popularidad, temerá los ataques del enemigo. Pero si tiene puesta su mirada en el cielo, se regocijará cuando tenga que pasar por pruebas.

«Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse.» (Romanos 8:18).

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Juan 11:3-6

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Enviaron, pues, las hermanas para decir a Jesús: Señor, he aquí el que amas está enfermo. Oyéndolo Jesús, dijo: Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella. Y amaba Jesús a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando oyó, pues, que estaba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba.

La decepción es una respuesta emocional ante los objetivos y deseos frustrados. A veces, es el resultado de circunstancias fuera de nuestro control, pero cuando otros están involucrados es fácil culparlos por la situación. Incluso podríamos perder la fe en la persona que creemos que nos defraudó.

Marta y María podrían estar de acuerdo con esto. El Evangelio de Juan nos dice que Cristo amaba a Marta, María y Lázaro. Debido a esto, esperaban que viniera de inmediato después de enterarse de que Lázaro estaba enfermo. Pero el Señor no vino sino hasta después de la muerte de Lázaro.

Nosotros somos, a menudo, como Marta y María. Oramos para que Dios intervenga en una situación de la manera que deseamos. Pero si no lo hace, nos quedamos perplejos y decepcionados de Él. Ahora bien, tal vez no expresamos estos sentimientos, pero nos sentimos defraudados.

El pasaje de hoy nos recuerda que el Señor tiene propósitos más elevados de lo que nosotros somos capaces de percibir. No deje que su decepción moldee su visión de Dios. En vez de eso, confíe en la verdad: Que el amor de Dios por usted nunca falla y que Él dispone todos los acontecimientos de su vida para la gloria de Él y el mayor beneficio para usted. Cuando se sienta decepcionado, la mejor respuesta es confiar en Él.

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Romanos 8:28

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Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.¿Alguna vez ha consolado a alguien que estaba pasando por momentos difíciles, recordándole la maravillosa verdad de Romanos 8.28? La mayoría de nosotros citamos este versículo para animar a los demás, pero ¿con qué frecuencia lo aplicamos a nuestra vida? ¿Qué sucede cuando somos nosotros quienes estamos pasando por un momento difícil de la vida?

No es lo mismo proclamar la fe en las verdades y las promesas de la Biblia, que aplicarlas a nuestra vida en medio de tiempos difíciles. Una cosa es conocer las Sagradas Escrituras, y otra es vivir por fe. Por tanto, las decepciones son grandes oportunidades para poner nuestra fe en acción. Dado que Dios siempre las permite para nuestro beneficio, en realidad son una evidencia de que Él nos ama. Nuestro Padre celestial usa las dificultades para hacernos más como Cristo.

Podemos sacar provecho de las circunstancias difíciles al crecer en fe, sabiduría, comprensión del carácter del Señor y en el conocimiento de Él. Aunque es posible que lo mejor de Dios no resulte ser lo que esperábamos o queríamos, Él ha prometido hacer que todo obre para nuestro bien. Es útil recordar que Él está más interesado en el valor eterno de nuestro crecimiento espiritual, que en nuestro alivio temporal de las dificultades.

«Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse.» (Romanos 8:18).

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Salmo 92:4-5

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Por cuanto me has alegrado, oh Jehová, con tus obras; En las obras de tus manos me gozo. ¡Cuán grandes son tus obras, oh Jehová! Muy profundos son tus pensamientos. 

¿Alguna vez se ha preguntado por qué la Biblia nos dice una y otra vez que demos gracias al Señor?

La razón principal es porque Él lo merece. Dios le creó a usted y mantiene su corazón latiendo; por tanto, tratar de reclamar su vida como propia es una ingratitud. Dios le creó para que le ame, y también sacrificó mucho para hacerle libre de su pecado. Expresar gratitud honra al Señor, al reconocer todo lo que Él ha hecho.

La mayoría de nosotros admitiría que nuestras oraciones son egocéntricas. Venimos con nuestras peticiones, pero ¿cuánto tiempo pasamos dando gracias a Dios por lo que Él ya ha hecho? El salmista en la lectura de hoy nos aconseja que comencemos y terminemos cada día enfocándonos en la misericordia y fidelidad del Señor. Incluso si las últimas 24 horas trajeron algún dolor o sufrimiento, podemos expresar agradecimiento por la presencia de Dios.

Aparte tiempo para recordar lo que el Señor ha hecho por usted y exprese agradecimiento. Sea creativo y pruebe diferentes maneras de demostrar su gratitud: cante, alabe y adore con alegría a Dios. Cuando mantenemos el enfoque en Él, su benevolencia puede sostenernos todo el día. 

«Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús.» (1 Tesalonicenses 5:18).

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Lamentaciones 3:24-26

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Mi porción es Jehová, dijo mi alma; por tanto, en él esperaré. Bueno es Jehová a los que en él esperan, al alma que le busca. Bueno es esperar en silencio la salvación de Jehová.

Muchos cristianos luchan con la espera. Hay un montón de cosas que queremos ahora mismo, y con frecuencia tenemos la capacidad de hacer realidad nuestros deseos. Pero los bienes materiales no son lo único por lo que tenemos prisa. Algunas personas están tan deseosas por casarse que toman una decisión imprudente con respecto a la pareja. Otras tienen tanta prisa por tener éxito y ser respetadas en su carrera, que buscan atajos para salir adelante.

¿Por qué el Señor quiere que esperemos? Una de las razones es para protegernos. Quienes no pueden decir «no» a sus propios deseos terminan esclavizados por ellos. Dios quiere que seamos creyentes maduros que tengamos el carácter y el autocontrol para esperar que Él provea en su tiempo perfecto. Debido a que nuestro Padre celestial es omnisciente (conoce todas las cosas, aún el futuro), solo Él sabe lo que es mejor. Usted puede confiar en que si le pide que espere, es porque tiene algo más maravilloso en mente de lo que usted podría lograr por sí solo.

¿Hay algo que parece tener poder sobre usted? Si es así, puede ser un área que requiera la práctica del autocontrol. Ríndase al Señor y someta sus deseos a Él. Luego, comience a decirle que no a las tentaciones, mientras espera que Dios le revele su voluntad.

«Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye.» (1 Juan 5:14).

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Romanos 6:4

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…Así también nosotros andemos en vida nueva. 

El propósito del sacrificio expiatorio de Cristo fue que “…nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia…” (1 Pedro 2:24). Pedro (no) dice que Cristo murió para que pudiéramos ir al cielo, tener paz o experimentar el amor (aunque es parte de los beneficios que recibimos). Él murió para efectuar una transformación: Hacer santos de pecadores. La obra expiatoria de Cristo permite que una persona se aparte del pecado y que entre en una nueva forma de vida: Una vida de justicia.

El apóstol Pablo dijo: “…Nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado” (Romanos 6:6). Hemos muerto al pecado, de modo que ya no tiene poder sobre nosotros. Nuestra identificación con Cristo en su muerte es un abandono del pecado y una nueva dirección en la vida. 

«De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.» (2 Corintios 5:17).

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Proverbios 16:6-7

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Con misericordia y verdad se corrige el pecado, Y con el temor de Jehová los hombres se apartan del mal. Cuando los caminos del hombre son agradables a Jehová, Aun a sus enemigos hace estar en paz con él.

Dios puede constreñir al enemigo a desistir de hacerme daño, aunque tenga la intención de hacerlo. Esto hizo con Labán, que persiguió a Jacob, pero no se atrevió a tocarlo. O puede dominar la ira del enemigo, y volverlo amigable, como lo hizo con Esaú, que se reunió con Jacob de una manera hermanable, aunque Jacob había temido que lo hiriera a él y a su familia con la espada. El Señor puede también convertir a un furioso adversario en un hermano en Cristo, en un compañero obrero, como lo hizo con Saulo de Tarso.  ¡Oh, que hiciera esto en cada instancia en que aparezca un espíritu perseguidor! Bienaventurado es el hombre cuyos enemigos son reducidos a ser lo que los leones fueron con Daniel en el foso: ¡tranquilos y amigables!

«Guárdame, oh Jehová, de manos del impío; Líbrame de hombres injuriosos, Que han pensado trastornar mis pasos.» (Salmos 140:4).

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Lucas 6:36-37

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Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso (…) perdonad, y seréis perdonados.

¿Cómo puede usted anular la deuda de sus deudores si no comprende su propia deuda? ¿Cómo puede ofrecer libertad si usted nunca la ha recibido? Uno de los mayores obstáculos para perdonar a los demás es nuestra incapacidad de comprender la profundidad del perdón de Dios para con nosotros. Hasta que acepte que el Señor ha pagado la pena por su deuda, no pondrá fin a sus esfuerzos para cobrar a los demás.

«soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros.» (Colosenses 3:13)

Si usted cree lo que Dios dice, esta gloriosa libertad puede comenzar a hacerse clara en su conciencia. Entonces será capaz de comenzar el proceso de ofrecer el perdón total a quienes le hayan agraviado. Debe decidir dejar todo castigo o represalia al Señor. Es vital que renuncie a sus “derechos”, ya sea de desquitarse o de que se haga justicia. Recuerde que podemos confiar por completo en que Dios manejará como corresponde toda injusticia que hayamos sufrido, porque Él es el juez final. 

«No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor.» (Romanos 12:19).

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Apocalipsis 5:11-12

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Y miré, y oí la voz de muchos ángeles alrededor del trono, y de los seres vivientes, y de los ancianos; y su número era millones de millones, que decían a gran voz: El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza.

La revelación que hace Juan del trono celestial, es una imagen de alabanza verdadera. Describe el lugar lleno de adoración y glorificación a Cristo. Los presentes están motivados a cantar su amor por Cristo porque saben quién es Él. Es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo, «…He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.» (Juan 1:29). Él es el León de Judá, «…He aquí que el León de la tribu de Judá, la raíz de David, ha vencido para abrir el libro y desatar sus siete sellos.» (Apocalipsis 5:5), el único digno de juzgar la Tierra y lograr su renovación. «…Porque vino a juzgar la tierra. Juzgará al mundo con justicia, Y a los pueblos con su verdad.» (Salmos 96:13).

¿Qué motiva a los creyentes a levantar las manos y la voz en adoración? ¿No debería ser la razón para alabar al Salvador por quién es? Para hacerlo, debemos tomarnos el tiempo para saber todo lo que podamos acerca del Señor. Esto se consigue mediante el estudio constante de la Biblia y al orar con menos énfasis en las necesidades personales.

Una vez que vislumbramos una faceta del carácter de Cristo, que es más grande y sorprendente de lo que creíamos, anhelamos saber más. Tenemos hambre y sed de Dios porque solo Él puede satisfacernos de verdad, «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.» (Mateo 5:6).

La alabanza es parte de un ciclo: aprender más del carácter de Dios, amarlo con más profundidad, adorarlo, servirle mejor y recibir plenitud espiritual. Incluso cuando estamos satisfechos, anhelamos más de su presencia en nuestra vida. Y entonces profundizamos en su Palabra y nos enriquecemos más y más en el Señor.

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