1 Juan 1:5-6

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Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él. Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad;

El sacrificio de Cristo en la cruz pagó por todos nuestros pecados, pero seguimos siendo susceptibles a la tentación y la desobediencia. Por tanto, debemos entender qué hacer cuando cedemos a nuestros deseos pecaminosos. Dios conoce nuestra lucha, y nos ha dado por su gracia una manera de ser limpios, para que podamos seguir creciendo en santidad. Para ello, debemos…

VER EL PECADO COMO LO VE DIOS. Nuestro Padre celestial es puro y, para Él, cada pecado es una ofensa que viola su ley, entristece al Espíritu Santo y menosprecia el sacrificio de Cristo.

ASUMIR LA RESPONSABILIDAD POR UNO MISMO. Tratar de suavizar la naturaleza atroz del pecado llamándolo error, debilidad o defecto es inaceptable. Debemos reconocer nuestra culpa y desobediencia, en vez de poner excusas o culpar a otros.

CONFESARLO. Estar de acuerdo con Dios en cuanto a nuestro pecado es un privilegio bendito, por medio del cual Él nos limpia de la culpa. El Señor nos capacita para alejarnos del pecado en arrepentimiento, y así podamos andar de nuevo en santidad.

«Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.» (1 Juan 1:9)

Aunque Juan explicó cómo debemos lidiar con el pecado, su propósito principal era animarnos a dejar de pecar y vivir en obediencia a Dios. Cuanto más tiempo seamos cristianos, menos pecado debe caracterizar nuestra vida.

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Juan 4:13-14

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Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.

¿Qué le proporciona sensación de satisfacción y propósito? ¿Su familia, trabajo, aficiones o relaciones con otras personas? Nada de ello está mal, pero pueden decepcionarle si buscar al Señor no es prioridad.

Mientras el Señor Jesús estaba sentado junto a un pozo en la región de Samaria, conoció a una mujer que buscaba en vano sentirse satisfecha. Se había casado cinco veces, y lo más probable es que cada relación rota la dejara sintiéndose menos amada.

«Jesús le dijo: Ve, llama a tu marido, y ven acá. Respondió la mujer y dijo: No tengo marido. Jesús le dijo: Bien has dicho: No tengo marido; porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; esto has dicho con verdad.» (Juan 4:16-18).

Mientras hablaban, el Señor le señaló su pecado al decirle que ella estaba viviendo ahora con un hombre que no era su esposo. Él no estaba siendo cruel, sino que la estaba ayudando a reconocer que necesitaba al Salvador. Todos los intentos anteriores de llenar su vida habían sido inútiles, y ahora Él le ofrecía la única solución que de verdad satisface: Él mismo. Ofreció darle el “agua viva”, que elimina la sed de quien de ella beba. 

¿Alguna vez se ha sentido como la mujer samaritana: insatisfecha de la vida y sedienta de amor, propósito o realización? Entréguese al Señor Jesucristo y permita que su vida y su amor fluyan a través de usted. Solo entonces experimentará la satisfacción que Él promete.

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1 Pedro 4:1

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Puesto que Cristo ha padecido por nosotros en la carne, vosotros también armaos del mismo pensamiento…

Una de las bendiciones de ser cristiano es nuestra identificación con Cristo y sus privilegios resultantes. Sin embargo, para que no demos por sentado esas bendiciones, suponiendo que resultarán en que seamos amados y respetados por el mundo, Dios también permite que suframos. En realidad, el apóstol Pedro en su primera epístola muestra con toda claridad que quienes son más bendecidos en la fe sufren más.

La vida cristiana es un llamado a la gloria a través del sufrimiento. Eso es porque quienes están en Cristo están inevitablemente en pugna (oposición) con su cultura y su sociedad. Todos los sistemas estimulados por Satanás están en pugna con las cosas de Cristo. El apóstol Juan dijo que una persona no puede amar a Dios y al mundo al mismo tiempo, «No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo.» (1 Juan 2:15-16). Y Santiago dijo: «¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios.» (Santiago 4:4)

«Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.» (1 Juan 2:17)

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Daniel 6:9-11

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Firmó, pues, el rey Darío el edicto y la prohibición. Cuando Daniel supo que el edicto había sido firmado, entró en su casa, y abiertas las ventanas de su cámara que daban hacia Jerusalén, se arrodillaba tres veces al día, y oraba y daba gracias delante de su Dios, como lo solía hacer antes. Entonces se juntaron aquellos hombres, y hallaron a Daniel orando y rogando en presencia de su Dios.

Vivimos en un mundo que rehúye la perseverancia, un mundo en el cual la capacidad de seguir adelante en la adversidad es poco frecuente. Por ejemplo, si un trabajo es difícil o aburrido es muy común que las personas renuncien y busquen otro. O cuando un matrimonio se vuelve estresante e infeliz, a menudo parece más fácil darse por vencido.

Lamentablemente, esta falta de compromiso es evidente incluso entre los creyentes. A muchos no les resulta fácil mantener un tiempo de quietud con el Señor. El agotamiento, las ocupaciones y las prioridades incorrectas hacen que dejen pasar ese tiempo.

Daniel era un hombre de lealtad firme. Incluso la amenaza de muerte no interfirió con su práctica de orar tres veces al día. Sátrapas y comisionados celosos vieron esta devoción constante a Dios como una oportunidad para tenderle una trampa. Pero las palabras del rey muestran que él creía que esa sería la clave para la salvación de Daniel: «Entonces el rey mandó, y trajeron a Daniel, y le echaron en el foso de los leones. Y el rey dijo a Daniel: El Dios tuyo, a quien tú continuamente sirves, él te libre.» (Daniel 6:16).

Las descripciones de Daniel que leemos en la Biblia son impresionantes: influyó en naciones y líderes poderosos. Pero ¿ha considerado que Dios utilizó a Daniel gracias a su inquebrantable obediencia y adoración? Si usted se compromete con Dios, imagínese lo que Dios hará por medio de su vida.

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Salmo 37:7

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Guarda silencio ante Jehová, y espera en él. No te alteres…

¿Alguna vez ha escuchado la frase “Dios dice: Ayúdate que yo te ayudaré?”. Esta suena responsable y admirable, y la mayoría de los cristianos creen que se encuentra en la Biblia, pero no lo está. Con demasiada frecuencia, ya sea que expresemos esa creencia o no, actuamos como si el Todopoderoso necesitara nuestra ayuda.

En realidad, esta afirmación es contraria a lo que nos dice la Biblia: «Estad quietos, y conoced que yo soy Dios…» (Salmos 46:10). «Jehová de los ejércitos está con nosotros; Nuestro refugio es el Dios de Jacob.» (Salmos 46:11) El Padre sabe que no podemos ayudarnos a nosotros mismos. Esa es la razón por la que envió a su Hijo a morir por nosotros, ya que estábamos indefensos del todo para mejorar nuestra condición pecaminosa, «Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.» (Romanos 5:8).

La voluntad del Señor para nosotros incluye su llamado fundamental a la quietud. Cuando nos quedamos quietos en su presencia, nos volvemos más fáciles de enseñar, pues así podemos discernir su Espíritu mejor.

¿Está demasiado ocupado para escuchar a Dios? Recuerde que Él puede lograr mucho más a través de un espíritu rendido, que nosotros en veinticuatro horas de actividad frenética, incluso cuando nuestros esfuerzos estén destinados a contribuir al bien del reino de Dios. Reconozca su dependencia del Señor, y descanse. Lo que descubrirá en la quietud es a un Salvador que promete ser el único al que necesitamos. 

«…Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.» (Juan 6:68)

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Santiago 1:22-25

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Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos. Porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era. Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace.

La diferencia entre escuchar y hacer parece obvia y, sin embargo, muchas personas no reconocen la diferencia, o el hecho de que ambas deberían estar más relacionadas. Por ejemplo, la relación entre padres e hijos. Los padres dan instrucciones y esperan que sus hijos las cumplan. Sin embargo, todos sabemos que esas instrucciones a menudo no se escuchan o se ignoran.

Piense en cómo se aplica esto a lo que nuestro Padre celestial nos dice. Él nos ha dado su Palabra no solo para que la escuchemos, sino también para que la obedezcamos. No obstante, ¿con qué frecuencia escuchamos sus instrucciones o advertencias, pero no hacemos lo que dice la Biblia? En algunos casos, se trata de que no nos importa lo suficiente como para obedecer; en otras ocasiones, nuestros propios intereses nos alejan de los mandamientos de Dios y nos llevan a nuestros propios deseos.

¿Se limita usted a oír la Palabra, o también hace lo que ella dice? El peligro es que, al no aplicar las palabras de sabiduría de Dios, podemos caer fácilmente en toda clase de búsquedas insensatas. «Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino…» (Isaías 53:6) este texto advierte que nuestra tendencia natural es volvernos a nuestro propio camino y extraviarnos como ovejas perdidas. Por eso es esencial escuchar y obedecer a nuestro Buen Pastor cuando nos guía con su Palabra.

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Salmo 145:18-19

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Cercano está Jehová a todos los que le invocan, A todos los que le invocan de veras. Cumplirá el deseo de los que le temen; Oirá asimismo el clamor de ellos, y los salvará.

Si usted pudiera tener cualquier cosa que quisiera, ¿qué sería? La respuesta revelará mucho acerca de quién es usted. El salmista escribe: “Deléitate asimismo en Jehová, y él te concederá las peticiones de tu corazón” (Salmos 37.4). No hay nada malo en tener anhelos; ellos nos motivan a lograr grandes cosas. Pero no todos nuestros deseos proceden de Dios. 

Si el Señor no da una respuesta afirmativa a sus oraciones, pida que los deseos suyos sean conformes a la voluntad de Él. No haga nada por su propia cuenta tratando de lograr lo que quiere. Siempre hay un alto precio que pagar por rebelarse contra Dios. «Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites.» (Santiago 4:3).

Dios cuida de nosotros generosamente, pero eso no significa que podamos esperar que nos dé todo lo que queramos. Solo cuando nuestros sueños se alinean con su plan, Él los realiza.» 

Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. (1 Juan 5:14).

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Proverbios 3:1-3

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Hijo mío, no te olvides de mi ley, Y tu corazón guarde mis mandamientos; Porque largura de días y años de vida Y paz te aumentarán. Nunca se aparten de ti la misericordia y la verdad; Atalas a tu cuello, Escríbelas en la tabla de tu corazón;

Jesús dijo a sus discípulos: “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer.» (Juan 15:5).

A medida que llevemos a cabo los planes de Dios por medio del poder de su Espíritu, nuestra vida tendrá significado y sentido.

Cuando valoramos algo, pensamos en ello a menudo, lo estudiamos con regularidad y aprendemos lo más que podemos del mismo. Al estudiar la Biblia aprendemos muchas cosas importantes acerca de nuestro Dios, entre ellas su identidad, su plan y sus promesas. La meditación habitual en las Sagradas Escrituras desarrolla nuestra capacidad de pensar bíblicamente, y profundiza nuestra relación con el Señor. 

Una de las señales de que atesoramos su Palabra es un cambio de conducta; nuestras decisiones serán guiadas cada vez más por sus preceptos, y nuestras acciones reflejarán el fruto del Espíritu, «Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.» (Gálatas 5:22-23).

El cristianismo genuino y verdadero, no sólo se basa en teoría (conocimiento), más bien se refleja en la práctica, de modo que su vida es coherente con lo que dice ser. 

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Isaías 6:8

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Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí.

Dios quiere un corazón dispuesto en el momento y en el lugar señalado que escuche sus órdenes. También quiere un corazón lleno de verdadera adoración. Todo el afecto y el pensamiento del creyente deben ponerse en Cristo. Todas sus metas, propósitos y proyectos se dirigen a Él. Él es suyo en definitiva.

«Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios.» (1 Corintios 10:31).

¿Está dispuesto? ¿Es un adorador? ¿Es su propósito en la vida concentrarse en la persona de Cristo? ¿Es Él causa de su deleite? El tener esa actitud significa estar controlado por el Espíritu Santo, que es el único que puede hacer que usted llame a Jesús Señor; «…Nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo.» (1 Corintios 12:3). Todos sus bienes y recursos, todo su tiempo, toda su energía, todo su talento y todos sus dones deben estar controlados por Él, y centrados en Él.

Eso también significa estar concentrado en la Palabra (la Biblia) porque es en la Palabra donde se ve a Cristo. Se mira su Gloria en la Palabra. Así como Cristo vino al mundo para dar su vida a fin de atraer a las personas hacia sí mismo, usted debe hacer lo mismo.

¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado? Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.» (Romanos 11:33-36).

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Romanos 12:17-18

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No paguéis a nadie mal por mal; procurad lo bueno delante de todos los hombres. Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres.

Por definición, una relación apacible no tiene un solo lado. Usted debe hacer su parte para cerciorarse de que su lado es correcto. Su deseo interior, con la ayuda de Dios, debe estar en paz con todo el mundo, aun con las personas más pecadoras y con quienes es más difícil llevarse bien.

«No devolviendo mal por mal, ni maldición por maldición, sino por el contrario, bendiciendo, sabiendo que fuisteis llamados para que heredaseis bendición.» (1 Pedro 3:9).

Sin comprometer la Palabra de Dios, usted debe extenderse hasta edificar puentes de paz hacia quienes lo persiguen y lo odian. Si usted pone a un lado toda murmuración o cualquier amargura y con sinceridad de corazón perdona a sus enemigos, puede buscar sinceramente la reconciliación con ellos, para poder abordarlos con la verdad del Evangelio.

«Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos…»  (Mateo 5:44-45).

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