Hebreos 5:12-14

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Porque debiendo ser ya maestros, después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos de las palabras de Dios; y habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad de leche, y no de alimento sólido. Y todo aquel que participa de la leche es inexperto en la palabra de justicia, porque es niño; pero el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal.

Aprendimos que el discernimiento espiritual se desarrolla de manera progresiva con el tiempo. Es importante buscar con frecuencia su voluntad y estudiar la Palabra para conocerlo mejor. También, pedir al Espíritu Santo que nos ayude a entender las Sagradas Escrituras y obedecer su guía.

La iglesia es otra vía de instrucción. A medida que la Biblia es enseñada y explicada, obtenemos una base de verdad sobre la cual edificar nuestra vida. Pero no nos conformemos con simplemente conocer los fundamentos de la fe. Al profundizar en la Palabra y luchar con asuntos más importantes, adquiriremos un entendimiento más amplio de lo que el Señor desea y espera.

Pero no importa cuánta información acumulemos, el discernimiento se produce poniendo en práctica lo que hemos aprendido. No sirve de nada sentarse en la iglesia semana tras semana sin aplicar nunca los principios bíblicos que allí se enseñan. 

La madurez espiritual se mide, no por lo que sabemos, sino por la fidelidad con que aplicamos lo que sabemos. Es a través de nuestra obediencia que Dios nos capacita para discernir el bien y el mal; entonces podemos vivir con sabiduría y rectitud.

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Santiago 1:5

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Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada.

Cuando se le esté probando, reconozca que necesita fortaleza, y buscar un mayor recurso para resistir en medio de la prueba: Dios mismo. La búsqueda de la sabiduría es la búsqueda suprema del hombre. A quienes conocen y aman al Señor, Él provee de esa sabiduría.

Esa sabiduría no es especulación filosófica, sino los absolutos de la voluntad de Dios; la sabiduría divina que es pura y pacífica, «Pero la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía.» (Santiago 3:17). La sabiduría divina da por resultado la debida conducta en todos los asuntos de la vida. Cuando algunos cristianos tienen problemas, su primera reacción es acudir de inmediato a algún otro recurso humano. Aunque Dios puede obrar por medio de otros creyentes, su reacción inicial ante las pruebas debe ser pedirle a Dios directamente la sabiduría que le permitirá a usted sentir gozo y ser obediente en la búsqueda y el cumplimiento de la voluntad de Dios.

El versículo de hoy es una orden de orar. Es tan obligatoria como la orden de Pablo de “Orad sin cesar” (1 Tesalonicenses 5:17). Las pruebas tienen el propósito de que seamos más dependientes de Dios al hacernos comprender que no tenemos suficientes recursos humanos. 

«Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer.» (Juan 15:4-5).

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Mateo 20:26-28

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Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo; como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.

Como creyentes, rara vez nos reconocemos como “siervos de Cristo”, pero eso es justo lo que el Señor nos dice que somos. Después de que sus discípulos discutieron sobre quién era el más grande entre ellos, el Señor los sorprendió con un llamado a convertirse en el siervo de todos. Cristo no es solo nuestro Salvador, sino también nuestro Señor, Rey y Maestro. Así como Él sirvió a su Padre preocupándose por las personas, también servimos a Dios al interesarnos por las necesidades temporales y espirituales de quienes nos rodean.

EL SERVICIO PRODUCE CRECIMIENTO ESPIRITUAL. Dios está transformando continuamente a los creyentes a la imagen de Cristo, «Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo…» (Romanos 8:29), pero nuestro egocentrismo es a menudo un estorbo. Servir a los demás es un medio que el Señor usa para hacernos libres del egoísmo.

EL SERVICIO LOGRA EL PROPÓSITO DE DIOS PARA NUESTRA VIDA. El Señor tiene un trabajo para cada uno de nosotros, «Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.» (Efesios 2:10). Si solo recibimos y nunca damos, perderemos mucho de lo que ha dispuesto para nosotros.

Como hijo de Dios, usted tiene un llamado supremo que solo puede realizarse descendiendo al nivel de un siervo. Busque oportunidades hoy para servir a alguien y tome su lugar junto a Cristo, quien fue el mejor siervo de todos. 

«el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres.» (Filipenses 2:6-7). 

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1 Corintios 2:13-14

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Lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual. Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente.

Con tantas mentiras en este mundo, necesitamos discernimiento espiritual. Aunque tenemos acceso a la sabiduría de Dios, no es algo que poseemos de forma automática. Más bien, hay que buscarla con diligencia. Y su Palabra es el lugar para comenzar, porque el discernimiento espiritual se obtiene solo al conocer la verdad y pensar bíblicamente en cada situación.

Es una tontería pensar que nuestra propia sabiduría es suficiente para guiarnos. La mente humana, aunque racional, no es capaz de ver la verdadera naturaleza de muchas situaciones y acontecimientos. Lo que es bueno puede que no siempre sea lo mejor, y lo que se presenta como verdad, a veces es una mentira. El orgullo en nuestro propio juicio impide el acceso a la sabiduría divina.

Por el contrario, alimentarse con regularidad de la Palabra de Dios desarrolla nuestra percepción. A medida que el Espíritu Santo ilumine nuestra mente e interprete las Sagradas Escrituras, veremos cada vez más la vida desde la perspectiva de Dios. A través del Espíritu y la Palabra, tenemos un vínculo directo con la mente misma de Cristo,  «…Mas nosotros tenemos la mente de Cristo.»(1 Corintios 2:16). Desde Génesis hasta Apocalipsis, Dios nos revela sus pensamientos, principios y sabiduría para que podamos vivir conforme a ellos en cualquier situación.

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Lucas 6:38

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Dad, y se os dará; medida buena, apretada, remecida y rebosando darán en vuestro regazo; porque con la misma medida con que medís, os volverán a medir.

Compartir significa ‘partir con alguien’. Compartir genera un ciclo de ida y vuelta. Cuando decidimos hacerlo, ponemos a disposición de alguien algún bien tangible o intangible, como los sentimientos, el tiempo, las palabras, los aprendizajes, los espacios, los objetos y el dinero. Es dar de lo que tenemos. Pero… ¿Cómo lo hacemos? ¿Cómo logramos compartir?

Reconocer que todos los seres humanos tenemos una naturaleza egoísta. Siempre miramos por nosotros primero, luego por nosotros y después, por nosotros otra vez. El compartir aparece en escena para romper estructuras internas. Es un proceso completo de quiebre del egoísmo para que aparezca la palabra “nosotros”. Nos equivocamos cuando el énfasis lo fijamos en nuestra propia persona, ignorando al que nos rodea, nuestro prójimo.

Cuando compartimos todo cambia. Nuestra realidad cambia: el día a día se convierte en un yo, tú, él, nosotros, ustedes. Juntos. Si compartimos la vida con alguien más, habrá un intercambio, una convivencia. 

Al enviar a su único hijo para salvarnos, Dios nos hace copartícipes de la gracia de Cristo. Además, nos constituye en Su Cuerpo, Su Iglesia, Su novia. Dios no tiene planes para Él sólo. Sus planes son para bendecir a todos. Nuestra vida cambia al compartir tiempo con Él. 

¿Qué es lo más valioso que posees? ¿Crees que puedas compartirlo con alguien? 

«Hay quienes reparten, y les es añadido más; Y hay quienes retienen más de lo que es justo, pero vienen a pobreza. El alma generosa será prosperada; Y el que saciare, él también será saciado.» (Proverbios 11:24-25).

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Efesios 2:8-10

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Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.

¿Cuál es mi propósito en la vida? Muchas personas se hacen esta pregunta, pero solo quienes han confiado en Cristo como Salvador y Señor descubren la verdadera respuesta. El pasaje de hoy nos dice que nuestra salvación es un acto de Dios, y que ahora somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para lograr lo que Él ha preparado para que hagamos. Ese es nuestro propósito en la vida, y tiene tres componentes.

La santificación es un proceso estático y a la vez continuo. Somos hechos santos al ser justificados, pero a medida que cooperamos con la obra del Espíritu Santo en nuestra vida, Él transforma nuestro carácter para que sea más parecido al del Señor, y renueva nuestra mente con la verdad bíblica.

La mayordomía es el manejo fiel del tiempo, los talentos, los recursos, los dones espirituales y los tesoros que Dios nos ha dado. Deben ser usados conforme a sus prioridades y su dirección, no para nuestro beneficio.

El servicio incluye estimular el crecimiento espiritual, satisfacer las necesidades materiales y animarse unos a otros con la Palabra de Dios. Servimos al Señor ministrando a otros.

Todo esto es su propósito en la vida. Pero recuerde, esto no se trata de un esfuerzo propio; es Dios quien le usa. Su parte es aprovechar todos los medios que Él utiliza para lograr sus objetivos: su Palabra, su Espíritu y su Iglesia.

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Josué 1:9

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Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas.

El temor y la ansiedad pueden esclavizarnos y afectar nuestra perspectiva hasta el punto de vivir en un estado constante de inquietud. Pero como cristianos, tenemos un Padre celestial que ha prometido cuidarnos y hacer que todo sea para nuestro bien. Cristo dijo que si permanecemos en su Palabra, conoceremos la verdad, y ella nos hará libres, «…Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.»  (Juan 8:31-32). Hablando en términos prácticos, para ponerle fin al temor, debemos…

 1ro. Identificar la raíz básica de nuestros temores. Es fácil reconocer las causas superficiales, pero la raíz de nuestra aprensión es la desconfianza en Dios. Sin embargo, la verdad de su constante protección y de su soberanía sobre cada situación de nuestra vida puede disipar por completo nuestra ansiedad.

 2do. Enfocarnos en el Señor en vez de en nuestros temores. Cada vez que el temor entre en nuestro corazón, debemos recordar que estamos en la mano de nuestro todopoderoso, omnisciente y amoroso Padre celestial.

«En el día que temo, Yo en ti confío.» (Salmos 56:3).

 3ro. Meditar en la Palabra de Dios. Este es un paso poderoso para superar la ansiedad, ya que la Biblia es el ancla de nuestra vida.

«Ella es mi consuelo en mi aflicción, Porque tu dicho me ha vivificado.» (Salmos 119:50).

En tiempos de dificultad, aferrémonos a la Palabra de Dios, pues su verdad le pone fin al temor. Al reaccionar ante la inquietud de estas tres maneras, viviremos libres de temor, tal como lo anhela nuestro Padre celestial.

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1 Reyes 18:17-18

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Cuando Acab vio a Elías, le dijo: ¿Eres tú el que turbas a Israel?

Y él respondió: Yo no he turbado a Israel, sino tú y la casa de tu padre, dejando los mandamientos de Jehová, y siguiendo a los baales.

…¿Hasta cuándo claudicaréis vosotros entre dos pensamientos? Si Jehová es Dios, seguidle; y si Baal, id en pos de él. Y el pueblo no respondió palabra. 1 Reyes 18:21.

Durante los días del rey Acab, el pueblo de Israel fue arrastrado en dos direcciones. Acab había instituido la adoración de Baal, pero Elías desafió a Israel a seguir a Dios. Cuando presionó al pueblo para que decidieran a quién servir, no supieron qué decir.

El Antiguo Testamento presenta a la idolatría como un problema serio, pero en este civilizado mundo moderno, la adoración de ídolos parece arcaica e irrelevante. En realidad, a veces somos como los israelitas: no podemos decidir a quién servir.

Cuando algo o alguien tiene mayor valor y prioridad para nosotros que Cristo, tratamos de servir a dos señores, lo cual Jesucristo dice que es imposible. Terminaremos amando a uno y menospreciando al otro, «Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas.» (Mateo 6:24). Los regalos generosos de Dios, tales como nuestros seres queridos, posesiones materiales y buenos trabajos nunca deben ser más apreciados que el Dador.

La manera en que usted utiliza su tiempo,  revela las prioridades de su corazón. ¿Una parte de cada día está dedicada al Señor o cada minuto es consumido por las demandas de la vida? ¿Existe alguien o algo en lo que confíe más que en Dios? Si es así, es hora de que le ponga fin a su indecisión y entregue su vida por completo a Jesucristo. 

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Tito 2:11-12

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Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente.

Hay quienes creen que el comportamiento ético y el carácter moral los llevarán al cielo. Otros piensan que un plan de superación personal es la solución. Incluso hay quienes suponen que serán excluidos debido a pecados del pasado.

Lo cierto es que las obras no determinan nuestro estado eterno. Más bien, la barrera entre nosotros y el Dios santo es nuestra naturaleza pecaminosa. El pecado de Adán y Eva hizo que toda la humanidad comenzara su vida espiritualmente muerta y bajo sentencia de juicio, «Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.» (Romanos 5:12). Ninguna cantidad de buenas obras puede cambiar nuestra naturaleza impía, ni las malas decisiones la hacen peor.

Sin la ayuda del Señor, la entrada al cielo estaría cerrada para todos, y todos enfrentaríamos la eternidad separados de Dios. Pero nuestro Padre celestial tenía un plan para que pudiéramos vivir con Él para siempre: envió a su Hijo Jesús para que tomara nuestros pecados sobre sí mismo y recibiera el castigo que merecíamos. Lo que nosotros no podíamos hacer, Cristo lo hizo por nosotros. A través de la fe en Él, recibimos una naturaleza nueva, y llegamos a vivir en la presencia de Dios para siempre.

No tenemos que preocuparnos por ganarnos un lugar en el cielo. Gracias a Cristo, nuestro futuro está garantizado allí, lo que le da esperanza y sentido a nuestra vida en este mundo.

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Efesios 4:12-13

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A fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo;

La Iglesia es un solo cuerpo, formado por todos los creyentes en el cielo y en la Tierra. Hay muchas denominaciones y enfoques teológicos, pero los cristianos estamos unidos por un mismo mensaje, misión y motivo.

El mensaje. La doctrina de la Iglesia tiene tres fundamentos. Primero, el hombre es pecador e incapaz de aliviar la pena del pecado. Segundo, Cristo murió en la cruz para pagar nuestra deuda, fue sepultado, pero resucitó y ascendió al cielo. Tercero, todo el mundo se presentará delante Dios y dará cuenta de su vida. En ese momento los creyentes asumiremos la responsabilidad de lo que hicimos con la verdad que conocimos, y los incrédulos rendirán cuentas por rechazar a Cristo.

La misión. La Iglesia también está unida por su objetivo de difundir el mensaje del evangelio y enseñar a los nuevos creyentes cómo crecer en la fe. Lo hacemos al testificar las experiencias que hemos tenido con Dios y su Palabra.

El motivo. La razón de la Iglesia es exaltar a Cristo y glorificar a Dios el Padre. Esto debe ser la fuerza impulsora detrás de todo lo que un cuerpo de creyentes se propone hacer. La Iglesia no es un lugar donde vayamos a escondernos del mundo —nuestra misión es difundir el evangelio para glorificar a Dios.

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