Arbol

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Este es un árbol de pie quieto

que mece la cabeza

porque así debe ser.

 

Creció alto, muy alto

mientras hundía el pie

en un suelo firme,

tan firme

como un suelo firme suele ser.

 

Y al crecer

sintió lo débil de su tronco

contra la grandeza del aire

y le dio por mecer la cabeza,

porque así debe ser.

 

Dolores Castro. México (1923- )

A la sombra de las palabras

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A la sombra de las palabras

que se aduermen en la lengua

oigo correr el agua

que se recoge en cada cosa 

y pasa.

 

A la sombra de las palabras

que se aduermen en la lengua

bebo hieles colmadas

como fuentes pasajeras.

 

A la sombra de las palabras

crezco como la luz

que de la noche despierta.

 

A la sombra de las palabras

encuentro mi ascendencia.

 

Dolores Castro. México (1923- )

Job

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El fue quien vino en soledad callada,

y moviendo sus huestes al acecho

puso lazo a mis pies, fuego a mi techo

y cerco a mi ciudad amurallada.

 

Como lluvia en el monte desatada

sus saetas bajaron a mi pecho;

El mató los amores de mi lecho

y cubrió de tinieblas mi morada.

 

Trocó la blanda risa en triste duelo,

convirtió los deleites en despojos,

ensordeció mi voz, ligó mi vuelo,

 

hirió la tierra, la ciñó de abrojos,

y no dejó encendida bajo el cielo

más que la obscura lumbre de sus ojos.

 

Concha Urquiza. México (1910-1945)

Las piedras del camino

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Las piedras del camino se llenan de ternura

y de musgos; los cielos contemplan con dulzura

los senos azulosos del agua que se estanca.

 

Clareando entre los charcos de sol todos deshechos,

se hinchan de luz las agrias venas de los helechos

tendidos sobre el fresco terror de la barranca.

 

Concha Urquiza. México (1910-1945)

Poema de la amistad

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No puedo darte soluciones para todos los problemas de la vida, ni tengo respuestas para tus dudas o temores, pero puedo escucharte y compartirlo contigo.

No puedo cambiar tu pasado ni tu futuro. Pero cuando me necesites estaré junto a ti.

No puedo evitar que tropieces. Solamente puedo ofrecerte mi mano para que te sujetes y no caigas. Tus alegrías, tus triunfos y tus éxitos no son míos. Pero disfruto sinceramente cuando te veo feliz. 

No juzgo las decisiones que tomas en la vida. Me limito a apoyarte, a estimularte y a responderte si me lo pides.

No puedo trazarte límites dentro de los cuales debes actuar, pero sí te ofrezco el espacio necesario para crecer.

No puedo evitar tus sufrimientos cuando alguna pena te parta el corazón, pero puedo llorar contigo y recoger los pedazos para armarlo de nuevo.

No puedo decirte quién eres ni quién deberías ser. Solamente puedo quererte como eres y ser tu amigo. En estos días oraré por ti.

En estos días me puse a recordar a mis amistades más preciosas. Soy una persona feliz: tengo más amigos de lo que imaginaba. 

Eso es lo que ellos me dicen, me lo demuestran. Es lo que siento por todos ellos.

Veo el brillo en sus ojos, la sonrisa espontánea y la alegría que sienten al verme.

Y yo también siento paz y alegría cuando los veo y cuando hablamos, sea en la alegría o sea en la serenidad, en estos días pensé en mis amigos y amigas, entre ellos, apareciste tú.

No estabas arriba, ni abajo ni en medio. No encabezabas ni concluías la lista. No eras el número uno ni el número final.

Lo que sí sé es que te destacabas por alguna cualidad que transmitías y con la cual desde hace tiempo se ennoblece mi vida. Y tampoco tengo la pretensión de ser el primero, el segundo o el tercero de tu lista.

Basta que me quieras como amigo.

Entonces entendí que realmente somos amigos.

Gracias por ser si amigo.

Jorge Luis Borges. Argentina (1899-1986)