La higuera

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Porque es áspera y fea, porque todas sus ramas son grises, yo le tengo piedad a la higuera.

En mi quinta hay cien árboles bellos, ciruelos redondos, limoneros rectos y naranjos de brotes lustrosos.

En las primaveras, todos ellos se cubren de flores en torno a la higuera.

Y la pobre parece tan triste con sus gajos torcidos que nunca de apretados capullos se viste…

Por eso, cada vez que yo paso a su lado, digo, procurando hacer dulce y alegre mi acento: “Es la higuera el más bello de los árboles todos del huerto.”

Si ella escucha, si comprende el idioma en que hablo, ¡qué dulzura tan honda hará nido en su alma sensible de árbol!

Y tal vez, a la noche, cuando el viento abanique su copa, embriagada de gozo le cuente:

¡Hoy a mí me dijeron hermosa!

Juana de Ibarbourou. Uruguay (1892-1979)

Melancolía

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La sutil hilandera teje su encaje oscuro

con ansiedad extraña, con paciencia amorosa.

¡Qué prodigio si fuera hecho de lino puro

y fuera, en vez de negra, la araña, color rosa!

 

En un rincón del huerto amoroso y sombrío

la velluda hilandera teje su tela leve.

En ella sus diamantes suspenderá el rocío

y la amarán la luna, el alba, el sol, la nieve.

 

Amiga araña: hilo cual tú mi velo de oro

y en medio del silencio mis joyas elaboro.

Nos une, pues, la angustia de un idéntico afán.

 

Mas pagan tu desvelo la luna y el rocío.

¡Dios sabe, amiga araña, qué hallaré por el mío!

¡Dios sabe, amiga araña, qué premio me darán!

 

Juana de Ibarbourou. Uruguay (1892-1979)

La oración de la tarde

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Tiende la tarde el silencioso manto

de albos vapores y húmidas neblinas,

y los valles y lagos y colinas

mudos deponen su divino encanto.

 

Las estrellas en solio de amaranto

al horizonte yérguese vecinas,

salpicando de gotas cristalinas

las negras hojas del dormido acanto.

 

De un árbol a otro en verberar se afana

nocturna el ave con pesado vuelo

las auras leves y la sombra vana;

 

y presa el alma de pavor y duelo,

el místico rumor de la campana

se encoge, y treme, y se remonta al cielo.

 

Joaquín A. Pagaza. México (1839-1918)

La razón contra el gusto

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Al que ingrato me deja, busco amante;

al que amante me sigue, dejo ingrata;

constante adoro a quien mi amor maltrata;

maltrato a quien mi amor busca constante.

Al que trato de amor, hallo diamante,

y soy diamante al que de amor me trata;

triunfante quiero ver al que me mata,

y mato al que me quiere ver triunfante.

Si a éste pago, padece mi deseo;

si ruego a aquél, mi pundonor enojo:

de entrambos modos infeliz me veo.

Pero yo, por mejor partido, escojo

de quien no quiero, ser violento empleo,

que, de quien no me quiere, vil despojo.

 

Sor Juana Inés de la Cruz. México (1648-1695)

Recelo y retórica

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Esta tarde, mi bien, cuanto te hablaba,

como en tu rostro y tus acciones vía

que con palabras no te persuadía,

que el corazón me vieses deseaba;

y Amor, que mis intentos ayudaba,

venció lo que imposible parecía:

pues entre el llanto, que el dolor vertía,

el corazón deshecho destilaba.

Baste ya de rigores, mi bien, baste;

no te atormenten más celos tiranos,

ni el vil recelo tu quietud contraste

con sombras necias, con indicios vanos,

pues ya en líquido humor viste y tocaste

mi corazón deshecho entre tus manos.

 

Sor Juana Inés de la Cruz. México (1648-1695)

Prólogo

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Estos versos, lector mío, que a tu deleite consagro, y solo tienen de buenos conocer yo que son malos, ni disputártelos quiero ni quiero recomendarlos, porque eso fuera querer hacer de ellos mucho caso.

No agradecido te busco: pues no debes, bien mirado, estimar lo que yo nunca juzgué que fuera a tus manos. En tu libertad te pongo, si quisieres censurarlos; pues de que, al cabo, te estás en ella, estoy muy al cabo.

No hay cosa más libre que el entendimiento humano; ¿pues lo que Dios no violenta, por qué yo he de violentarlo? Di cuanto quisieres de ellos, que, cuando más inhumano me los mordieres, entonces me quedas más obligado, pues le debes a mi Musa el más sazonado plato (que es el murmurar), según un adagio cortesano. Y siempre te sirvo, pues o te agrado, o no te agrado: si te agrado, te diviertes; murmuras, si no te cuadro.

Bien pudiera yo decirte por disculpa, que no ha dado lugar para corregirlos la prisa de los traslados; que van de diversas letras, y que algunas, de muchachos, matan de suerte el sentido que es cadáver el vocablo; y que,  cuando los he hecho, ha sido en el corto espacio que ferian al ocio las precisiones de mi estado; que tengo poca salud y continuos embarazos, tales, que aun diciendo, llevo la pluma trotando.

Pero todo eso no sirve, pues pensarás que me jacto de que quizás fueran buenos a haberlos hecho despacio; y no quiero que tal creas, sino solo que es el darlos a la luz, tan solo por obedecer un mandato. Esto es, si gustas creerlo, que sobre eso no me mato, pues al cabo harás lo que se te pusiere en los cascos.

Y a Dios, que esto no es más que darte la muestra del paño: si no te agrada la pieza, no desenvuelvas el fardo.

Sor Juana Inés de la Cruz. México (1648-1695)

No me mueve, mi Dios, para quererte

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No me mueve, mi Dios, para quererte,

el cielo que me tienes prometido;

ni me mueve el infierno tan temido

para dejar por eso de ofenderte.

 

Tú me mueves, Señor; muéveme el verte

clavado en una cruz y escarnecido;

muéveme el ver tu cuerpo tan herido;

muévenme tus afrentas y tu muerte.

 

Muéveme, en fin, tu amor, en tal manera

que aunque no hubiera cielo, yo te amara,

y aunque no hubiera infierno, te temiera.

 

No me tienes que dar porque te quiera;

porque aunque lo que espero no esperara

lo mismo que te quiero te quisiera.

 

Fray Miguel de Guevara, 

España (1585-1646)