Sonetos

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(2)

Detente, sombra de mi bien esquivo,

imagen del hechizo que más quiero,

bella ilusión por quien alegre muero,

dulce ficción por quien penosa vivo.

 

Si al imán de tus gracias, atractivo,

sirve mi pecho de obediente acero,

¿para qué me enamoras lisonjero

si has de burlarme luego fugitivo?

 

Mas blasonar no puedes, satisfecho,

de que triunfa de mí tu tiranía:

que aunque dejas burlado el lazo estrecho

 

que tu forma fantástica ceñía,

poco importa burlar brazos y pecho

si te labra prisión mi fantasía.

 

Sor Juana Inés de la Cruz. México (1648-1695)

Sonetos

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(1)

En perseguirme, mundo, ¿qué interesas?

¿En qué te ofendo, cuando solo intento

poner bellezas en mi entendimiento

y no mi entendimiento en las bellezas?

 

Yo no estimo tesoros ni riquezas;

y así, siempre me causa más contento

poner riquezas en mi pensamiento

que no mi pensamiento en las riquezas.

 

Y no estimo hermosura que, vencida,

es despojo civil de las edades,

ni riqueza me agrada fementida,

 

teniendo por mejor, en mis verdades,

consumir vanidades de la vida

que consumir la vida en vanidades.

 

Sor Juana Inés de la Cruz. México (1648-1695)

Las paredes oyen

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(fragmento)

En el hombre no has de ver

la hermosura o gentileza:

su hermosura es la nobleza;

su gentileza, el saber.

 

Lo visible es el tesoro

de mozas faltas de seso,

y, las más veces, por eso

topan con un asno de oro.

 

Por esto no tiene el moro

ventanas; y es cosa clara

que, aunque al principio repara

la vista, con la costumbre

pierde el gusto o pesadumbre

de la buena o mala cara.

 

Juan Ruiz de Alarcón. México (1581-1639)

Las paredes oyen

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(fragmento)

Tus sentimientos encareces

sin escuchar mis disculpas.

Cuanto sin razón me culpas,

tanto con razón padeces.

Si miras lo que mereces,

verás como la pasión

te obliga a que, sin razón,

agravies, en tu locura,

con las dudas, la hermosura;

con los celos, la elección.

 

Juan Ruiz de Alarcón. México (1581-1639)

Horas alegres

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Horas alegres que pasáis volando

porque a vueltas del bien mayor mal sienta;

sabrosa noche que en tan dulce afrenta

el triste despedir me vas mostrando.

 

Importuno reloj que, apresurando

tu curso, mi dolor me representa;

estrellas con quien nunca tuve cuenta,

que mi partida vais acelerando.

 

Gallo que a mi pesar has denunciado,

lucero que mi luz va oscureciendo,

y tú, mal sosegada y moza aurora,

 

si en vos cabe dolor de mi cuidado,

id poco a poco el paso deteniendo,

si no puede ser más, siquiera un hora.

 

Gutierre de Cetina. España (1520-1557)

Madrigal

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Ojos claros, serenos,

si de un dulce mirar sois alabados,

¿por qué, si me miráis, miráis airados?

 

Si cuando más piadosos,

más bellos parecéis a aquel que os mira,

no me miréis con ira,

porque no parezcáis menos hermosos.

 

¡Ay, tormentos rabiosos!

 

Ojos claros, serenos,

ya que así me miráis, miradme al menos.

 

Gutierre de Cetina. España (1520-1557)

Nanas de la cebolla

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La cebolla es escarcha cerrada y pobre.

Escarcha de tus días y de mis noches.

Hambre y cebolla,

hielo negro y escarcha grande y redonda.

 

En la cuna del hambre mi niño estaba.

Con sangre de cebolla se amamantaba.

Pero tu sangre,

escarchada de azúcar, cebolla y hambre.

 

Una mujer morena resuelta en luna

se derrama hilo a hilo sobre la cuna.

Ríete, niño,

que te traigo la luna

cuando es preciso.

 

Alondra de mi casa, ríete mucho.
Es tu risa en tus ojos la luz del mundo.

Ríete tanto

que mi alma al oírte

bata el espacio.

 

Tu risa me hace libre, me pone alas:

soledades me quita,

cárcel me arranca.

Boca que vuela,

corazón que en tus labios relampaguea.

 

Es tu risa la espada más victoriosa,

vencedor de las flores y las alondras,

rival del sol,

porvenir de mis huesos y de mi amor.

 

La carne aleteante, súbito el párpado,

el vivir como nunca coloreado.

¡Cuánto jilguero

se remonta, aletea, desde tu cuerpo!

 

Desperté de ser niño: nunca despiertes.

Triste llevo la boca: ríete siempre.

Siempre en la cuna,

defendiendo la risa pluma por pluma.

 

Ser de vuelo tan alto, tan extendido,

que tu carne es el cielo recién nacido.

¡Si yo pudiera 

remontarme al origen de tu carrera!

 

Al octavo mes ríes con cinco azahares.

Con cinco diminutas ferocidades.

Con cinco dientes

como jazmines adolescentes.

 

Frontera de los besos serán mañana,

cuando en la dentadura sientas un arma.

Sientas un fuego

correr dientes abajo buscando el centro.

 

Vuela niño en la doble luna del pecho:

él, triste de cebolla,

tú, satisfecho.

No te derrumbes.

No sepas lo que pasa ni lo que ocurre.

 

Miguel Hernández. España (1910-1942)