A un hombre de gran nariz

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Erase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una alquitara medio viva,
érase un peje espada mal barbado;

era un reloj de sol mal encarado,
érase un elefante boca arriba,
érase una nariz sayón y escriba,
un Ovidio Nasón mal narigado.

Erase el espolón de una galera,
érase una pirámide de Egipto,
las doce tribus de narices era;

érase un naricísimo infinito,
frisón archinariz, caratulera,
sabañón garrafal, morado y frito.

Francisco de Quevedo y Villegas
(España, 1580-1645)

2 comentarios en “A un hombre de gran nariz

  1. Bianka Suriel

    Demos un saltito del Siglo de Oro a la poesía lírica dominicana:
    EL AVE Y EL NIDO

    ¿Por qué te asustas, ave sencilla?
    ¿Por qué tus ojos fijas en mí?
    Yo no pretendo, pobre avecilla,
    llevar tu nido lejos de aquí.

    Aquí, en el hueco de piedra dura,
    tranquila y sola te vi al pasar,
    y traigo flores de la llanura
    para que adornes tu libre hogar.

    Pero me miras y te estremeces,
    y el ala bates con inquietud,
    y te adelantas, resuelta, a veces,
    con amorosa solicitud.

    Porque no sabes hasta qué grado
    yo la inocencia sé respetar,
    que es, para el alma tierna, sagrado
    de tus amores el libre hogar.

    ¡Pobre avecilla! Vuelve a tu nido
    mientras del prado me alejo yo;
    en él mi mano lecho mullido
    de hojas y flores te preparó.

    Mas si tu tierna prole futura
    en duro lecho miro al pasar,
    con flores y hojas de la llanura
    deja que adorne tu libre hogar.

    Salomé Ureña
    (1850-1897)

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  2. Bianka Suriel

    Otro soneto de Quevedo, la cruda realidad barroca.

    Ayer naciste, y morirás mañana.
    Para tan breve ser, ¿quién te dio vida?
    ¿Para vivir tan poco estás lucida,
    y para no ser nada estás lozana?

    Si te engañó su hermosura vana,
    bien presto la verás desvanecida,
    porque en tu hermosura está escondida
    la ocasión de morir muerte temprana.

    Cuando te corte la robusta mano,
    ley de la agricultura permitida,
    grosero aliento acabará tu suerte.

    No salgas, que te aguarda algún tirano;
    dilata tu nacer para tu vida,
    que anticipas tu ser para tu muerte.

    Francisco de Quevedo

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