De mujeres y transformaciones

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La pretensión de comprender a la verdadera mujer partiendo de la mentalidad y el equipo total masculino es un absurdo. Una eterna pérdida de tiempo.

La mujer es sobrecogedoramente distinta al hombre. Y no me limito a lo orgánico -visible o invisible- ni a los rasgos conductuales enseñados y aprendidos por centurias y centurias. La mujer auténtica, la que no es una pretensión de hombre en otro envase, esa, es un ser totalmente diferente al varón, con distintos y lejanos mecanismos de razonamiento y radicales diversidades en su escala de valores.

Los rumbos tomados por nuestros procesos de civilización han matado la fuerza originaria de la mujer; ella se ha ido masculinizando en sus esencias internas y ha llegado a ser una especie sustituta.  A la mujer verdadera, la que hizo Dios, la hemos sustituido por una mujer de hechura humana. “Hemos creado una raza de reemplazo: no es la mujer, es nuestra imagen con faldas, somos nosotros mismos con caderas redondas, una boca bella, un vientre inquietante” -escribe Louis Pauwels.

Escaso de capacidad creativa habría estado Dios si, decidido a crear un sexo opuesto, complementario, no hubiera podido hacerlo cuando el elemento opuesto es el accionante en todo el universo conocido, y donde no hay función opuesta no hay vida, porque la vida se produce por una interacción de oposiciones.

Solo hay que mirar con atención la fisiología, la química, la física, el mundo subatómico.

Qué extraña la mujer, con tanta fuerza cubierta por tenues encajes, por lencería primorosa, por telas tan indefensivas… Qué extraña la mujer, con todos los adminículos que le interesan, con su entusiasmo por las cajitas, los envases, los objetos memoriosos, las fechas, los aniversarios, los detalles. La verdadera ropa femenina tan tierna e invitante.

Los nuevos ideales, o mejor dicho, los viejos ideales y nuevas vías de accesos femeninos, llevan a la mujer a un caos.

Imagino que tendrán insólitos conflictos, tormentosas incompatibilidades entre su conducta externa y sus esencias. Creo que es el conflicto del doble papel.

La mujer está hoy pisando terrenos nuevos y pedregosos con sus delicados zapatos de tacón alto, y aunque pueda dar puntapiés -y los dé- con su calzado, no puede estar cómoda en ese tránsito irregular, accidentado y riscoso.

Ella es el vivero de la especie, ella deja sembrar la semilla en su entraña para que se opere el misterio de la vida, el misterio que sigue asombrando a la ciencia a medida que descubre nuevos detalles que llegan repletos de nuevas incógnitas, para dar lugar a nuevos descubrimientos que traerán misterios nuevos, más hondos y complejos.

La mujer es el gran arcano.

Hay mucha maravilla en ella, mucha luz aromática y mucha penumbra mefítica. En ella está la honradez más depurada y sublime, así como la malignidad más venenosa y taimada. Es demasiado esencial la mujer que Dios creó, para que pueda extinguirse, aplastada, aniquilada por una pseudo-mujer. Dudosa hechura nuestra.

Jacinto Gimbernard Pellerano. Violinista y director de orquesta; escritor dominicano. Artículo publicado en el periódico HOY, 25 de junio de 2016, pág.9A

 

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