Apuntes a Santiago. 4:11-12

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TEMA 9. FE GENUINA Y SUMISION. 4:11-12

Ahora entramos a tres tipos de conducta mundana. Nada fácil.
Calumnia, presunción hacia el futuro, amor a las riquezas.

4:16 Pero ahora os jactáis en vuestra arrogancia; toda jactancia semejante es mala.
El verso es la zapata de lo que encontramos, esta idea de arrogancia, arrogancia de calumniar a otro ser humano, arrogancia de creerse en control del futuro, arrogancia de almacenar riquezas como si fuera amo del universo y proveedor de todo cuanto pueda necesitar.
arrogante
Del ant. part. act. de arrogar; lat. arrŏgans, -antis.
Altanero, soberbio.
Exageración o disposición de exagerar las propias palabras o importancia, con altanería.
Exceso de estimación propia.

Arrogancia: actitud de superioridad manifestada en presuntuosos reclamos y presunciones. Se supone que hemos de caminar en humildad (v.10), miren ahora la imagen de lo que no es caminar en humildad (v.11).

11Hermanos, no habléis mal los unos de los otros. El que habla mal de un hermano o juzga a su hermano, habla mal de la ley y juzga a la ley; pero si tú juzgas a la ley, no eres cumplidor de la ley, sino juez de ella.
12Sólo hay un dador de la ley y juez, que es poderoso para salvar y para destruir; pero tú, ¿quién eres que juzgas a tu prójimo?

Los versos denotan un solo argumento sobre la pecaminosidad del discurso crítico. “Hablar mal” (katalalia; katalaleo “hablar en contra”) de otros es una manifestación de orgullo que Dios resiste (4:6), la cual hemos de evitar humillándonos delante del Señor (4:10).
calumnia
Del lat. calumnia.
1. Acusación falsa, hecha maliciosamente para causar daño.
2. Imputación de un delito hecha a sabiendas de su falsedad.

“Hablar mal” a menudo se añade a “celos” (2 Corintios 12:20; 1 Pedro 2:1); egoísmo (2 Corintios 12:20); contiendas y orgullo, esto es, una manifestación de poseer una doble mente. Calumniar es una de las experiencias más dolorosas que podamos sufrir porque es prácticamente imposible recuperarse de algo así. Cuando alguien ha hecho “tiritas” nuestro carácter, uno ni siquiera puede dar su versión de la historia, los demás podrán oírnos pero solo creerán cuando vean la verdad de nuestras palabras vivida en nuestra vida. O sea que debemos dar paso al tiempo y ser perseverantes en carácter.
(Levítico 19:16 “No andarás de calumniador entre tu pueblo; no harás nada contra la vida de tu prójimo; yo soy el SEÑOR”).

En realidad la calumnia engloba varias clases de discurso malsano:
(1) cuestionamiento de la autoridad legítima, como cuando el pueblo de Israel habló “contra Dios y contra Moisés” (Números 21:5);
(2) hablar falsedad en lo secreto (Salmo 101:5 Destruiré al que en secreto calumnia a su prójimo; no toleraré al de ojos altaneros y de corazón arrogante);
(3) levantar acusaciones equivocadas (1 Pedro 2:12; 3:16).

Sabemos reconocer la calumnia, no es que alguien empieza gritando algo por ahí en contra de uno, no; el inicio es sutil porque el/la persona que calumnia primero busca una audiencia dispuesta.
Entre niños es bastante fácil discernir entre verdad y ficción; con adultos no es así. Si encontramos una persona calumniadora o si nosotras mismas luchamos contra este pecado, tú misma concederás que hay un caminito para la calumnia:
(a) ¿audiencia disponible?; la persona calumniadora sabe esperar hasta encontrar alguien que sea incapaz o que no pueda corroborar la versión de la historia…
(b) te cuentan sobre la suegra -a quien nunca llegarás a conocer; o de Fulanita de Tal “bueno, tú sabes como es ella…” comentarios suaves sobre el carácter de Fulanita que poco a poco van profundizando hasta llegar a “injusta, abusiva, ha hecho esto y aquello, etc.”

Tenemos la tendencia a colorear -darle color- a nuestras interpretaciones de hechos porque buscamos aliados. Quien calumnia buscará audiencia dispuesta y procurará que solo se escuche una campana, la suya.
Amada, estudia tu propia conducta. Guarda tu corazón y guarda tu persona, evita colocarte en aquella posición vulnerable donde radica la tentación de calumniar a otra, porque es muy fácil.

Ahora bien, Santiago va más allá cuando da la razón de la prohibición: la crítica de un creyente implica enjuiciarlo al colocarnos por encima de la Ley (observen que luego de Levítico 19:16 aparece la ley real en v.18); contradice el mandamiento de amar al prójimo como a uno mismo. Por tanto, dejamos de cumplir la ley cuando calumniamos y enjuiciamos unos con otros; al incumplir la ley “juzgamos.”
No importa cuán elevada u ortodoxa sea nuestra visión de la Ley de Dios, la falla en cumplirla dice a los demás que en la práctica no nos importa mucho. Vemos cómo sale a luz otra vez el entender el Cristianismo como algo cuya realidad se prueba por la medida de obediencia.

Pero hay otra razón primordial: violación al derecho único de Dios mismo (v.12). Solo Dios puede salvar o destruir (Mateo 10:28). ¡Santiago está pensando en el destino final! Como creyentes no tenemos ningún derecho a determinar así. Noten el contraste entre el hombre como juez y Dios como Juez.
Un juez humano solo tendrá conocimiento parcial de los hechos de una situación X. Igual nosotros, si somos tentadas a pasar juicio de otra persona por su conducta, no conocemos todo y tendremos motivaciones impuras la mayoría de las veces. Juzgaremos mal. Queremos misericordia para nosotros pero pedimos justicia para los demás.

Nuestras palabras tienen poder, ¿recuerdan?

¿Está Santiago prohibiendo confrontar a otros?
No. Tampoco prohibe aquí el derecho de una comunidad a excluir de su seno a quienes se encuentren en flagrante desobediencia a los estándares de la fe, ni prohibe determinar lo recto de lo incorrecto entre sus miembros (1 Corintios 5 y 6). Ahora bien, recordemos que poder ver el pecado ajeno y confrontarlo requiere uso de misericordia, de compasión, porque “la misericordia triunfa sobre el juicio” y para poder discernir con sabiduría necesitamos ser “lentas para hablar, rápidas para oír, lentas para enojarnos.” Porque solemos pasar juicio sobre otros con palabras rápidas, oídos cerrados y una fuerte dosis de ira.

El punto de Santiago es amonestación del lenguaje censurador, celoso, mediante el cual condenamos a otros como errados delante de Dios.

La clase de Juicio que Pablo condena entre los Romanos, quienes aparentemente cuestionaban la realidad de la fe de unos y otros porque tenían visiones diferentes sobre la aplicabilidad de algunas leyes rituales (Romanos 14:1-3, 3-4, 10-13).

En Santiago, se había introducido un espíritu de amargura y egoísmo (3:13-18) que daba origen a pleitos y contiendas sobre ciertas cosas de la iglesia (4:1-2). Disputas conducidas -como suele suceder- con notable ausencia de freno en el uso de la lengua (3:1-12; 4:11-12). Tal conducta no es otra cosa que evidencia de un espíritu de mundanalidad (3:15; 4:1,4). Debe ser reemplazado por “sabiduría de lo alto” manifestada en mansedumbre, razonamiento, haciendo la paz (3:17).

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