El imaginario

Estándar

En los últimos días, ¿cuántas conversaciones sobre toma de decisiones has escuchado? Tal parece que ha medida que disminuye el discernimiento, aumenta de modo exponencial la necesidad de distinguir entre las cosas -buenas y/o malas, verdaderas y/o falsas, nutritivas y/o destructivas. No es mero accidente que estas tendencias ocurran a la par.

¿Y los adultos? ¿Seremos inmunes a influencias adversas? ¿Cuál es el estado de nuestro discernir? ¿No debiera interesarnos desarrollar aquellos rasgos personales del carácter que mejor nos preparen en toma de decisiones? ¿Cuántas horas debería dedicarle a mi juego favorito en la computadora, o “textear” por el teléfono o navegar en la internet o escuchar música? ¿Qué o cuál contenido me perjudica?

¿Cómo imitar a Jesús cuando la publicidad constantemente me dice lo que debo “tener de modo absoluto” para ser? ¿Qué debiera hacerse contra el terrorismo tecnológico o el calentamiento global?

Preguntas como estas tienen componentes morales y espirituales, sin embargo la forma de interpretar dichos componentes no es obvia.

Discernir importa. Según gastemos el día es como gastamos nuestra vida. En principio, quizás no nos percatamos de la importancia de distinguir moralmente; pero con el tiempo, las elecciones basadas en esas distinciones labran nuestras almas. Y si ignoramos la forma que vayamos adquiriendo, terminaremos como una deforme taza de café en lugar de aquella escultura que causaría el asombro de un Miguelangel, una que represente la hermosura de nuestro Padre en los cielos.

Olvidamos que, sin el uso, el discernimiento se atrofia.

Porque todo el que toma sólo leche, no está acostumbrado a la palabra de justicia, porque es niño. Pero el alimento sólido es para los adultos, los cuales por la práctica tienen los sentidos ejercitados para discernir el bien y el mal (Hebreos 5:13-14).

Distinguir entre lo bueno y lo malo es evidencia de madurez. No sucede en automático. Requiere entrenamiento y diligencia constante. Por ejemplo, cuando nos ofrecen la última cura milagrosa para tal o cual enfermedad, una pócima que “lo cura todo, hasta el cáncer.” Pero crecer en discernimiento es como ir subiendo peldaños: entre lo malo y lo bueno, luego entre lo bueno y lo mejor, luego entre lo mejor y lo excelente, como la luz de la aurora, que va en ascenso hasta que el día es perfecto.

El buen discernimiento no depende de la capacidad de colocar cada forma de realidad en nítidas cajitas apropiadas. C.S Lewis lo entendió muy bien: “no preguntemos si algo es real, puesto que todo es real, más bien la pregunta es ¿un real, qué?” Las películas son reales, las páginas de internet son reales. Hasta las fantasías son reales, son actos reales de la imaginación.

En lugar de examinar el grado de realidad natural en cada escena de cine, debiéramos examinarnos a nosotros mismos y ver si hemos abdicado la virtud del discernimiento.

El imaginario*: creer que ganamos experiencia sin consecuencia Este término no se refiere a las cualidades fundamentales de la imaginación, sino al concepto de que vivimos en una cultura saturada de imágenes, lo cual nos lleva a creer que -como espectadores- ganamos experiencia sin ser afectados por tal experiencia.

Para muchos, las horas de descanso equivalen a sentarse frente a una pantalla. Espectadores habilidosos, miramos y aprendemos o criticamos, pero a menudo solo miramos. “Adentramos” lo que vemos, sin pensar, pasivamente. Si reflexionamos, ver o mirar una montaña, por ejemplo, no requiere esfuerzo; otra cosa es caminar a la cima. No hay nada malo en ver, pero nuestro mirar puede convertirse en obsesión que nos aparta de la debida percepción. Luego vemos la vida como si fuera otra pantalla, como material a observar pero mantenido a distancia. Y decimos que hemos experimentado tal o cual cosa, cuando en realidad solo la miramos. “Viajamos por el mundo” cuando nunca hemos salido de la sala. Mirar pasivo estimula aceptación no crítica, desalienta el discernimiento.

Otros lidian con las imágenes adquiriendo “ojos duros.” Espectadores que se ufanan de poder ver cualquier cosa sin ser influenciados en forma adversa. Hombres y mujeres de piel dura, impertérritos frente a cualquier violencia gráfica o valores torcidos, etc. Piensan que están en control. ¿Podrá alguien absorber cada pensamiento, cada imagen, y permanecer inalterable? ¿No es acaso una de las razones primarias al estar frente a una imagen el de ser afectados por ella -para reír, o desaburrirse o consolarse? En última instancia, ¿no son consecuencias tales sentimientos? Y me pregunto ¿qué tiene de admirable alcanzar un estado de “tengo ojos duros, nada me afecta”?

Al endurecer el exterior a los mensajes que nos rodean, perdemos sensibilidad a las cosas que debieran movernos. Si nuestra meta es ser inconmovibles, no nos “alegraremos con quienes se alegran, ni lloraremos con quienes lloran” (Romanos 12:15).

¡Ay de los que llaman al mal bien y al bien mal, que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas, que tienen lo amargo por dulce y lo dulce por amargo! (Isaias 5:20).

El peso de no poder decir lo que es real nos hace olvidar el trabajo de discernir. Hacer decisiones triviales nos produce la falsa sensación de ser sabios y paraliza nuestro compromiso a discernir. Y el Imaginario, la seducción de una cultura saturada de imágenes, niebla y endurece el entendimiento para efectuar el análisis necesario para discernir. ¿Qué hacer? El enfermo busca médicos.

Israel abandonó su Dios.

Sin embargo el escritor de Jueces no se lanza a una invectiva profética contra el pueblo, nos escribe de manera fría pero acusatoria lo que sucedió. La Biblia es muy clara: amnesia produce apostasía. Insiste una y otra vez en que no olvidemos lo que Dios ha hecho por nosotros (Deuteronomio 4, 6). Los canaanitas tenían experiencia como agricultores y atribuían sus éxitos a la adoración de sus dioses.

La nueva generación de israelitas solo conocía el desierto, noten el diagnóstico de Jeremías:

Tampoco dijeron:¿Dónde está el SEÑOR que nos hizo subir de la tierra de Egipto, que nos condujo por el desierto, por una tierra de yermos y de barrancos, por una tierra seca y tenebrosa, una tierra por la que nadie pasó y donde ningún hombre habitó? (Jeremías 2:6).

¿Qué otra cosa podrían hacer sino imitar a los “sabios” canaanitas? El camino del sentido común, lo que dicta la necesidad. El triunfo de lo práctico sobre lo intelectual (pragmatismo vs. principios), la falla de confiar en Dios a pesar de Su constante provisión en el desierto. Cada vez que nos permitimos olvidar su quieto o su dramático rescate, cada vez que lo dejamos en la penumbra vamos en camino hacia Baal. No se trata de un antiguo problema israelita.

El apóstol nos advierte sobre los falsos maestros que “… encubiertamente introducirán herejías destructoras, negando incluso al Señor que los compró, trayendo sobre sí una destrucción repentina.” Razón más que suficiente para participar alegres y con acciones de gracias en la Cena del Señor. No sea que olvidemos.

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*Gregory Spencer. AWAKENING THE QUIETER VIRTUES [InterVarsity Press, 2010], pp. 27. Nota: este libro es un diamante pulido, no se lo pierdan!

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