Y el Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo.
La esperanza suele definirse como desear algo acompañado de la expectativa de recibirlo. Si nuestra expectativa no se cumple, es fácil desanimarse. Tenemos un enemigo que quiere robar nuestra esperanza. Como padre de la mentira, Satanás trata de mantenernos enfocados en nuestras circunstancias para que dudemos del amor y el cuidado de Dios por nosotros.
Por tanto, a veces podemos sentirnos desesperados y abandonados, pero los sentimientos no son confiables. Como hijos del Padre celestial, nunca estamos en circunstancias irremediables porque Él promete obrar todo para nuestro bien, «Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.” (Romanos 8:28). Pero su concepto de “bien” no siempre coincide con el nuestro. Con frecuencia ponemos nuestras esperanzas en las cosas de este mundo, mientras que Dios da prioridad a nuestro bienestar espiritual. «Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra.” (Colosenses 3:2)
La decepción y el desánimo son el resultado de poner nuestras esperanzas en la aspiración equivocada. Esto no significa que no podamos tener sueños y expectativas; sin embargo, no debemos aferrarnos a ellos, pues debemos tener una actitud de sumisión a Dios y confiar en que sigue obrando para nuestro bien cuando tales esperanzas no se concretan. Nuestras expectativas para esta vida son temporales, pero tenemos una esperanza viva en Cristo que es infalible y eterna.
«no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas.” (2 Corintios 4:18).
Lee, Medita y Aplica!