Salmo 145:5-6

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En la hermosura de la gloria de tu magnificencia, Y en tus hechos maravillosos meditaré. Del poder de tus hechos estupendos hablarán los hombres, Y yo publicaré tu grandeza.

El tiempo que pasamos con Dios en su Palabra y en oración influye en nuestra vida diaria. Cuando nos enfocamos en el Señor, en su Poder, gloria y favor, nuestra perspectiva se alinea cada vez más con la suya. Él se vuelve más grande, y nuestros problemas y preocupaciones se vuelven más pequeños.

El apóstol Pablo estaba, sin duda, consciente de esto. En su carta a los Efesios, oró por él y por los demás para recibir un mayor entendimiento de Dios y de todo lo que ha provisto para su pueblo a través de Jesucristo, «no ceso de dar gracias por vosotros, haciendo memoria de vosotros en mis oraciones, para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él,» (Efesios 1:16-17).

Cuando ponemos nuestra vista en el Señor, el mundo entero —incluyendo sus problemas y desafíos— se vuelve mucho más claro, al igual que nuestra comprensión de cómo lidiar con las dificultades. Como resultado, las presiones de la vida comienzan a disiparse. Aunque no podemos escapar de los problemas, podemos descansar en la paz que el Señor Jesús nos promete, «Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.» (Juan 16:33).

Nuestro tiempo en la meditación proporciona muchos beneficios personales, pero estos no deben ser nuestra única razón para pasar tiempo con el Señor. El objetivo es conocer a Dios, acercarse a Él en comunión y disfrutar de las bendiciones que acompañan a una relación íntima con Él.

«Dios, Dios mío eres tú; de madrugada te buscaré; mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela…» (Salmos 63:1).

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1 Corintios 10:31

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 Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios.

Cuando usted confesó a Jesucristo como Señor, lo hizo para la gloria de Dios. Ahora, cualquier otra cosa que usted haga, aun las funciones más comunes de la vida como comer y beber, han de enfocarse en la gloria de Dios. La actitud fundamental de su vida.

Jesús presentó ese enfoque de esta manera: “…Honro a mi Padre… no busco mi gloria…” (Juan 8:49, 50). Usted crecerá espiritualmente cuando siga el ejemplo de Cristo de someter su vida al Señorío de Cristo, se caracterizará por su humilde deseo de glorificar al Padre. 

«Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios.» (Colosenses 3:1-3)

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2 Corintios 5:10

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Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo.

La Palabra de Dios revela que Jesucristo juzgará un día a toda persona que haya vivido en este mundo, «…Él (Jesucristo) es el que Dios ha puesto por Juez de vivos y muertos.» (Hechos 10:42). «en el día en que Dios juzgará por Jesucristo los secretos de los hombres…» (Romanos 2:16). Ese día, los incrédulos serán exiliados, apartados de la presencia de Dios, y los creyentes se presentarán delante del Señor Jesús con la plena comprensión de su gracia desbordante.

«Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios, el cual pagará a cada uno conforme a sus obras: vida eterna a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad, pero ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia;» (Romanos 2:5-8).

Sin embargo, los verdaderos seguidores del Salvador no tienen nada que temer, ya que este juicio no tiene el propósito de determinar la salvación que ya fue resuelta en el momento en que pusieron su fe por primera vez en el Hijo de Dios. Y como nos asegura (Romanos 8.1) «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.» Por el contrario, el Señor juzgará a los suyos con el propósito de dar recompensas.

En otras palabras, aunque ninguno de nosotros pueda tener una vida intachable, no temeremos ese día ante nuestro Salvador. La comparecencia ante Cristo no es un castigo; es un recordatorio de que hemos sido perdonados.

Ese día, estaremos delante del Señor, vestidos con la justicia de Cristo y perdonados de todos los pecados. Y al fin comprenderemos por completo la profundidad y la amplitud de su gracia y de su amor por nosotros. Y todo esto será posible; «…Por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.» (Hebreos 13:21).

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1 Juan 1:5-6

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Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él. Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad;

El sacrificio de Cristo en la cruz pagó por todos nuestros pecados, pero seguimos siendo susceptibles a la tentación y la desobediencia. Por tanto, debemos entender qué hacer cuando cedamos a nuestros deseos pecaminosos. Dios conoce nuestra lucha, y nos ha dado por gracia una manera de ser limpios, para que podamos seguir creciendo en santidad. Para ello, hemos de:

VER EL PECADO COMO LO VE DIOS. Nuestro Padre celestial es puro y, para Él, cada pecado es una ofensa que viola su ley, entristece al Espíritu Santo y menosprecia el sacrificio de Cristo.

ASUMIR LA RESPONSABILIDAD POR UNO MISMO. Tratar de suavizar la naturaleza atroz del pecado llamándolo error, debilidad o defecto es inaceptable. Debemos reconocer nuestra culpa y desobediencia, en vez de poner excusas o culpar a otros.

CONFESARLO. Estar de acuerdo con Dios en cuanto a nuestro pecado es un privilegio bendito, por medio del cual Él nos limpia de la culpa. El Señor nos capacita para alejarnos del pecado en arrepentimiento, y así podamos andar de nuevo en santidad.

«Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.» (1 Juan 1:9)

Aunque Juan explicó cómo debemos lidiar con el pecado, su propósito principal era animarnos a dejar de pecar y vivir en obediencia a Dios. Cuanto más tiempo seamos cristianos, menos pecado debe caracterizar nuestra vida.»

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Colosenses 3:1-2

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Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra.

¿Dónde están sus prioridades? ¿Se está concentrando en las cosas de este mundo o en las cosas espirituales? ¿Si Cristo viniera mañana se estropearían los planes de usted? Lamentablemente, muchos cristianos esperan que Él no se aparezca por algún tiempo.

¡Qué comentario tan triste! Si prefiere estar en la tierra que estar en el glorioso hogar de Cristo en el cielo, entonces usted no ama Su venida. Dios se aflige cuando no vivimos esperando su gloriosa presencia y estamos más interesados en las cosas efímeras y pasajeras de este mundo. Jesucristo habló claro sobre esto, y es fácil de identificar, Él dijo; «Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.» (Mateo 6:21).

¿Dónde está su corazón? ¿Valoras las cosas triviales de esta vida más que las celestiales? ¿Le cuesta trabajo estár presente y ser puntual en las actividades de su Iglesia local? ¿Anhela encontrarse con sus hermanos en cada reunión que convoca la Iglesia? ¿Se ha vuelto experto en buscar excusas baratas para faltar a los cultos y reuniones de la Iglesia? Es tiempo de hacer un examen minucioso y profundo de sus prioridades. Cuando verdaderamente se está agradecido por la salvación que Dios le ha dado, se vive centrado y enfocado en Él, se le disfruta a Él, y con la esperanza de la plenitud de esa salvación aun por consumarse a plenitud, en la segunda venida del Señor Jesucristo. Haga suyo el deseo de Juan: “…Sí, ven, Señor Jesús” (Apocalipsis 22:20).

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1 Pedro 4:1

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Puesto que Cristo ha padecido por nosotros en la carne, vosotros también armaos del mismo pensamiento…

Una de las bendiciones de ser cristiano es nuestra identificación con Cristo y sus privilegios resultantes. Sin embargo, para que no demos por sentado esas bendiciones, suponiendo que resultarán en que seamos amados y respetados por el mundo, Dios también permite que suframos. En realidad, el apóstol Pedro en su primera epístola muestra con toda claridad que quienes son más bendecidos en la fe, sufren más.

La vida cristiana es un llamado a la gloria a través del sufrimiento. Eso es porque quienes están en Cristo están inevitablemente en pugna (oposición) con su cultura y su sociedad. Todos los sistemas estimulados por Satanás están en pugna con las cosas de Cristo. El apóstol Juan dijo que una persona no puede amar a Dios y al mundo al mismo tiempo, «No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo.» (1 Juan 2:15-16). Y Santiago dijo: «¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios.» (Santiago 4:4)

«Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.» (1 Juan 2:17)

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Mateo 18:21-22

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Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete.

Cuando alguien nos ofende con frecuencia, tratamos de poner un límite al número de veces que aceptaremos las disculpas. En otras situaciones, podemos intentar clasificar las ofensas que perdonaremos. Sin embargo, el perdón incondicional de Dios a nuestros pecados significa que nuestro perdón hacia los demás tampoco debe tener limitaciones, incluso cuando no se puede permitir que ciertos comportamientos continúen.

Otro problema es la tentación de aferrarnos al resentimiento, en vez de perdonar de inmediato. Si la voluntad del Padre celestial es que perdonemos, ¿por qué debemos esperar? El perdón es doloroso y costoso: Cristo sintió cada clavo, cada espina. Pero un espíritu que ha perdonado sabe que puede salir algo bueno de una situación desafortunada. Por ejemplo, “bueno” puede ser que Dios desarrolle nuestro carácter o tal vez exponga nuestra debilidad para que nos acerquemos a Él.

Darnos cuenta de que Dios es soberano nos hace más dispuestos a perdonar. Confiemos en el Señor Jesús para eliminar cualquier deseo de represalia, y para que nos dé la sabiduría y las fuerzas necesarias para actuar de la manera que le agrade. Y cuando se trata del perdón, acerquémonos a nuestro ofensor con la intención de reconciliarnos. Eso significa hacer todo lo que Dios nos indique para que nuestra relación sea correcta, tal como lo hizo el Señor Jesús por nosotros. 

«Soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros.» (Colosenses 3:13).

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Salmo 37:7

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Guarda silencio ante Jehová, y espera en él. No te alteres…

¿Alguna vez ha escuchado la frase “Dios dice: Ayúdate que yo te ayudaré?”. Suena responsable y admirable, y la mayoría de los cristianos creen que se encuentra en la Biblia, pero no es así. Con demasiada frecuencia, ya sea que expresemos esa creencia o no, actuamos como si el Todopoderoso necesitara nuestra ayuda.

En realidad, esta afirmación es contraria a lo que nos dice la Biblia: «Estad quietos, y conoced que yo soy Dios…» (Salmos 46:10). «Jehová de los ejércitos está con nosotros; nuestro refugio es el Dios de Jacob.» (Salmos 46:11) El Padre sabe que no podemos ayudarnos a nosotros mismos. Esa es la razón por la que envió a su Hijo a morir por nosotros, ya que estábamos indefensos del todo para mejorar nuestra condición pecaminosa, «Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.» (Romanos 5:8).

La voluntad del Señor para nosotros incluye su llamado fundamental a la quietud. Cuando nos quedamos quietos en su presencia, nos volvemos más fáciles de enseñar, pues así podemos discernir su Espíritu mejor.

¿Está demasiado ocupado para escuchar a Dios? Recuerde que Él puede lograr mucho más a través de un espíritu rendido, que nosotros en veinticuatro horas de actividad frenética, incluso cuando nuestros esfuerzos estén destinados a contribuir al bien del reino de Dios. Reconozca su dependencia del Señor, y descanse. Lo que descubrirá en la quietud es a un Salvador que promete ser el único al que necesitamos. 

«…Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.» (Juan 6:68)

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Isaías 26:3-4

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Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado. Confiad en Jehová perpetuamente, porque en Jehová el Señor está la fortaleza de los siglos.

Cualquiera que sean las cosas en las que confiemos o pongamos nuestra esperanza en este mundo efímero e incierto, será temporal o momentáneo. La verdadera paz, quietud, seguridad, y protección se encuentran sólo en Dios por medio de Jesús, aún en circunstancias adversas y difíciles, si somos fieles, perseveramos y confiamos de corazón, Él nos proveerá y proporcionará de su paz en todo tiempo, pero tengamos presente que paz no necesariamente es ausencia de problemas, sino más bien experimentar paz en medio de la tormenta. Las misericordias de Dios nos animan a seguir firmes y confiados hasta la meta final ya que Él ha prometido, que no nos dejará ni nos desamparará.

«Y Jehová va delante de ti; él estará contigo, no te dejará, ni te desamparará; no temas ni te intimides.»(Deuteronomio 31:8)

«Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.» (Filipenses 4:7).

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Hebreos 13:20-21

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Y el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas, por la sangre del pacto eterno, os haga aptos en toda obra buena para que hagáis su voluntad, haciendo él en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

La Biblia enseña que Dios escucha y responde nuestras oraciones cuando pedimos aquello que esté de acuerdo con su voluntad, «Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho.» (1 Juan 5:14-15). Aunque nuestro Padre celestial siempre es fiel para guiarnos en situaciones específicas, también quiere que conozcamos sus grandes propósitos para nosotros, que están descritos a lo largo de su Palabra. El pasaje de hoy de Hebreos 13 es uno de esos ejemplos.

Con respecto tanto al carácter como a las obras, el propósito de Dios para los creyentes puede resumirse en estas dos peticiones del versículo 21:

SU OBJETIVO ES [CAPACITARNOS] EN TODO LO BUENO PARA HACER SU VOLUNTAD. Quiere que dependamos por completo de Él para llevar a cabo las buenas obras que dispuso de antemano para nosotros, «Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.» (Efesios 2:10). Estas incluyen la vida justa en obediencia a su Palabra, así como el servicio fructífero en su nombre y a su pueblo.

DIOS ESTÁ [CUMPLIENDO] EN NOSOTROS LO QUE LE AGRADA. A medida que el Padre nos moldea a la imagen de su Hijo, transforma nuestro carácter para que tengamos un corazón inclinado a complacerlo. De lo contrario, todas nuestras buenas obras son inútiles. 

Al pedirle a Dios que realice estas dos cosas en su vida, puede tener la plena seguridad de que Él lo hará.

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