Educar

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Educar es lo mismo
que poner motor a una barca…
hay que medir, pesar, equilibrar…
…y poner todo en marcha.

Pero para eso,
uno tiene que llevar en el alma
un poco de marino…
un poco de pirata…
un poco de poeta…
y un kilo y medio de paciencia
concentrada.

Pero es consolador soñar
mientras uno trabaja
que ese barco, ese niño
irá muy lejos por el agua.

Soñar que ese navío
llevará nuestra carga de palabras,
hacia puertos distantes,
hacia islas lejanas.

Soñar que cuando un día
esté durmiendo nuestra propia barca,
en barcos nuevos,
seguirá nuestra bandera
enarbolada.

Gabriel Celaya

Cortesía de Bianka, 🙂

A Diego

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«Tengo una duda, en teoría un Haiku no tiene título, no tiene rima, y su estructura silábica es de 5-7-5. ¿El hecho de llamarle Haikú a estas composiciones es para diferenciarlas de los Haikus japoneses?»

R: Posiblemente la esencia del haikú sea la magia que existe entre la “pregunta” y la “respuesta.” Jane Reichold dice que para su total sorpresa “la forma literaria más pequeña -haikú- tiene la mayor cantidad de reglas.”

Por ello, la preferencia es dividir en dos porciones, el fragmento o la porción corta; y la frase o resto del poema la porción más larga. En este sentido, sí, lo publicado son haikú (¿haikúes?).
Y ¡gracias por preguntar!

Grupo Editorial del Blog

La duquesa Job

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(Fragmento)

En dulce charla de sobremesa,
mientras devoro fresa tras fresa
y abajo ronca tu perro Bob,
te haré el retrato de la duquesa
que adora a veces el Duque Job.

No es la condesa que Villasana
caricatura, ni la poblana
de enagua roga, que Prieto amó;
no es la criadita de pies nudosos,
ni la que sueña con los gomosos
y con los gallos de Micoló.

Mi duquesita, la que me adora,
no tiene humos de gran señora:
es la griseta de Paul de Kock.
No baila Boston, y desconoce
de las carreras el alto goce,
y los placeres del five o’clock.

Desde las puertas de La Sorpresa
hasta la esquina del Jockey Club,
no hay española, yanqui o francesa,
ni más bonita, ni más traviesa
que la duquesa del Duque Job.

Manuel Gutiérrez Nájera
(México, 1859-1895)

Las hormigas

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Tengo en el patio un verde limonero
que prodiga su sombra a un hormiguero.

En una gran cima de piedras pequeñas
hay un agujero en donde, risueñas,
entran y salen cargando migajas,
pedazos de hierba y briznas de paja.

Todo lo guardan
con tal gracia y arte
que no hay almacén mejor
en otra parte.

Separan cada cosa, después la ordenan
en su majestuosa y surtida alacena.

Así una a una muestra con orgullo
aquello que trajo
como un gran modelo
de amor al trabajo.

Enrique Elliot
(México)

La balada de la vuelta del juglar

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-Dolor, ¡qué callado vienes!
¿Serás el mismo que un día
se fue y me dejó en rehenes
un joyel de poesía?
¿Por qué la queja retienes?
¿Por qué tu melancolía
no trae ornadas las sienes
de rosas de Alejandría?
¿Qué te pasa? ¿Ya no tienes
romances de juglería,
trovas de amor y desdenes,
cuentos de milagrería?
Dolor: tan callado vienes
que ya no te conocía…

Y él nada dijo. Callado,
con el jubón empolvado,
y con gesto fosco y duro,
vino a sentarse a mi lado
en el rincón más oscuro,
frente al fogón apagado.

Y tras lento meditar,
como en éxtasis de olvido
en aquel mudo penar
nos pusimos a llorar
con un llanto sin ruido…

Afuera sonaba el mar…

Luis G. Urbina
(México, 1864-1934)

Para entonces

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Quiero morir cuando decline el día,
en alta mar y con la cara al cielo;
donde parezca sueño la agonía,
y el alma, un ave que remonta el vuelo.

No escuchar en los últimos instantes,
ya con el cielo y con el mar a solas,
más voces ni plegarias sollozantes
que el majestuoso tumbo de las olas.

Morir cuando la luz, triste, retira
sus áureas redes de la onda verde,
y ser como ese sol que lento expira:
algo muy luminoso que se pierde.

Morir, y joven: antes que destruya
el tiempo aleve la gentil corona;
cuando la vida dice aún: soy tuya,
aunque sepamos bien que nos traiciona.

Manuel Gutiérrez Nájera
(México, 1859-1895)