Mateo 7:22-23

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Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad.

Una buena manera de evitar el engaño espiritual de sí mismo es sencillamente conocer y esquivar las trampas religiosas en las que se puede caer. En primer lugar, excesiva preocupación con las simples actividades religiosas. El enfoque externo sobre la asistencia a los cultos y a los estudios bíblicos, el escuchar sermones, el cantar himnos y otras buenas actividades como esas pueden en realidad apartarlo del conocimiento del Dios a quien piensa que está sirviendo.

En segundo lugar, dependencia superficial de las actividades religiosas y las ceremonias pasadas. El hecho de que usted fuera bautizado cuando era niño, de que asistiera a la escuela dominical o a la escuela bíblica de vacaciones, o que se uniera a una iglesia no significa necesariamente que ahora esté justificado ante Dios.

En tercer lugar, conocimiento religioso de por sí. Usted puede comprometerse con una determinada denominación y sus tradiciones, o tener un gran interés académico en la teología. Pero todo eso es inútil si no está interesado también en ser más semejante a Cristo y más obediente a su Palabra. 

» …¿Se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros.» (1 Samuel 15:22).

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Salmo 51:9-10

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Esconde tu rostro de mis pecados,Y borra todas mis maldades. Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio,Y renueva un espíritu recto dentro de mí.

Uno de los consejos más engañosos que podemos recibir es la recomendación de seguir los dictados de nuestro corazón. Dios dice: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso…” (Jeremías 17.9). Todos llegamos a este mundo con una inclinación hacia el pecado y la egolatría, y no hay manera de que podamos cambiarlo. En vez de confiar en un corazón pecador, lo que en realidad necesitamos es un corazón nuevo y limpio, y solo el Señor puede dárnoslo.

Nuestro Padre celestial envió a su Hijo a este mundo para morir en la cruz y pagar el castigo por nuestros pecados. Solo de esa manera podemos ser perdonados y recibir un corazón limpio del que fluyan deseos puros. A través del Señor Jesucristo, somos apartados para Dios, acogidos en su familia como hijos adoptivos, y llenos de su Espíritu Santo.

Como resultado de recibir un corazón nuevo y la presencia transformadora del Espíritu Santo, podemos tener una vida de obediencia al Señor. En vez de vivir con un corazón engañoso, ahora podemos acercarnos a Dios en comunión y comprender la verdad de su Palabra. Con gratitud por nuestro nuevo corazón, confiemos en el poder del Espíritu para ayudarnos a discernir el error, y tomar decisiones sabias. 

«Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.» (1 Juan 1:9).

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Romanos 12:15-16

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Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran. Unánimes entre vosotros; no altivos, sino asociándoos con los humildes…

Dios quiere que seamos sensibles ante las tristezas o dificultades de los demás. Eso es compasión, que por definición va más allá del deber de solidarizarse o simpatizar con alguien. Quiere decir entrar en el sufrimiento ajeno.

Dios es un Dios compasivo, «porque Dios misericordioso es Jehová tu Dios; no te dejará, ni te destruirá, ni se olvidará del pacto que les juró a tus padres.» (Deuteronomio 4:31), “…nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana, grande es tu fidelidad.” (Lamentaciones 3:22-23). El Hijo de Dios era genuinamente compasivo, mostrando la compasión del Padre cuando lloró con María y Marta ante el sepulcro de su hermano Lázaro, «Jesús lloró.» (Juan 11:35).

Si usted es hijo de Dios, ¿cómo puede menos que demostrar el carácter compasivo de su Señor? “Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia”  (Colosenses 3:12).

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Hebreos 12:1

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Despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante.

Cada vez que nos excusamos por nuestro pecado, culpamos a Dios. Adán lo hizo cuando Dios le preguntó acerca del comer el fruto prohibido. Él respondió: “La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí” (Génesis 3:12). Adán no aceptó la responsabilidad de su pecado, sino que culpó a Dios, de que le había dado a Eva.

El pecado nunca es culpa de Dios, ni es la culpa de una persona o circunstancia que Dios trajo a nuestra vida. Excusar el pecado pone en tela de juicio a Dios por algo que solo es nuestra culpa. Si decide castigarnos es porque lo merecemos.

«cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte. Amados hermanos míos, no erréis.» (Santiago 1:14-16).

Por eso la confesión de pecado es indispensable para el crecimiento espiritual. Cuando acepte la realidad de su pecado y lo confiese, tiene menos peso muerto que lo arrastre hacia abajo en el proceso de crecimiento. Como lo indica el versículo de hoy, aumentará su crecimiento cuando se despoje del peso del pecado mediante la confesión.

«El que encubre sus pecados no prosperará; Mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia.»(Proverbios 28:13).

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Juan 15:5

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Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer.

¿A quién no le encanta un hermoso ramo de flores? Son una delicia para los ojos y llenan la habitación de fragancia. Pero la verdad es que están muertas porque han sido desconectadas de la planta. Aunque puedan parecer vivas por un tiempo, terminarán marchitándose.

Esto es lo que estaba aseverando (afirmando) el Señor cuando utilizó una vid y sus ramas como ilustración de la vida de un creyente en Cristo. Una vez que somos salvos, nos convertimos en ramas de Cristo; el fruto se produce a medida que su vida fluye a través de nosotros, en cumplimiento de lo que el Señor oró por nosotros, «para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste.» (Juan 17:21.)

Nuestro Padre celestial nos ha dado esta relación permanente, pero a veces actuamos como si fuéramos la vid y Cristo existiera para cumplir nuestras órdenes. Fuimos diseñados para ser las ramas, y la única manera en que seremos fructíferos es permaneciendo en unión y sumisión a la fuente de nuestra vida, Jesucristo mismo.

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