Romanos 12:9

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El amor sea sin fingimiento. Aborreced lo malo, seguid lo bueno.

El mal es la antítesis (lo opuesto) de la santidad, y por tanto, la antítesis de la piedad. Así que el hijo de Dios aborrece lo malo porque Dios aborrece el mal, «El temor de Jehová es aborrecer el mal; La soberbia y la arrogancia, el mal camino, Y la boca perversa, aborrezco.» (Proverbios 8:13).

Si verdaderamente usted ama a Dios aborrecerá toda forma de maldad. Como amaba tanto a Dios, David resolvió que, “corazón perverso se apartará de mí; no conoceré al malvado” (Salmo 101:4). El cristiano fiel no se compromete con lo malo.

«Porque en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz (porque el fruto del Espíritu es en toda bondad, justicia y verdad), comprobando lo que es agradable al Señor. Y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas;» (Efesios 5:8-11).

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Salmo 13:1

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¿Hasta cuándo, oh Señor? ¿Me olvidarás para siempre? ¿Hasta cuándo esconderás de mí tu rostro?

¿Responde Dios sus oraciones, o parece que no le está escuchando? No escuchar una respuesta puede ser muy desalentador, sobre todo cuando necesitamos la ayuda de Dios. Aunque a veces es imposible saber por qué Dios guarda silencio, Santiago ofrece algunas posibles razones:

EL PECADO: (Santiago 4.1, 2) “¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros? Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar…» El pecado no enfrentado dificulta la comunicación con Dios. Este puede haber sido el caso de los destinatarios de la carta de Santiago, que se peleaban unos con otros y sentían animosidad o enemistad entre ellos. 

LOS MOTIVOS EQUIVOCADOS: (Santiago 4.3) «Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites.» A veces, nuestras peticiones son egocéntricas. Santiago dice con toda claridad que Dios no responderá a este tipo de oración, que equivale a pedir que se haga nuestra voluntad, y no la del Padre celestial.

LOS DESEOS MUNDANOS: (Santiago 4.4) «¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios.» El mundo presenta filosofías engañosas que nos alejan de la devoción pura a Cristo. Cuando encontramos más placer en lo que el mundo ofrece, que en Jesucristo, nos volvemos vulnerables y nos desenfocamos con facilidad de lo que tiene valor eterno. Ya sea que nos demos cuenta o no, esto hace que nos opongamos a Dios.

Si usted reconoce alguno de estos obstáculos en su vida, la solución es clara: confiese su falta, y arrepiéntase de sus actitudes, acciones y deseos pecaminosos, «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.» (1 Juan 1:9). Luego, dé gracias a Dios y regocíjese de la pureza que Él ofrece.

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Hechos 3:19

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Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio,

Nadie puede ir a Jesucristo a menos que se arrepienta. Jesús comenzó su ministerio proclamando la necesidad del arrepentimiento «Desde entonces comenzó Jesús a predicar, y a decir: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado.» (Mateo 4:17) y Pedro y Pablo siguieron proclamando. El arrepentimiento es una decisión consciente de apartarse del mundo, del pecado y del mal. ¡Es algo decisivo!

«Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.» (Romanos 6:23).

Si usted acudió a Jesucristo pensando que lo único que tenía que hacer era creer, pero que no tenía que confesar su pecado ni estar dispuesto a apartarse de la maldad de este mundo, no ha entendido el mensaje de salvación. La vida de muchas personas no ha cambiado nada desde que supuestamente creyeron en Cristo. Por ejemplo, algunas eran inmorales y siguen siendo inmorales. Algunas cometían adulterio y siguen cometiendo adulterio.  Algunos cometían fornicación y siguen cometiendo fornicación. Pero según las Sagradas Escrituras los fornicarios y los adúlteros no heredarán el reino de Dios.

Si verdaderamente usted es salvo, se esforzará por apartarse de los placeres, y del sistema anti-valores y anti-Dios, que impera en este mundo caído.

«El que encubre sus pecados no prosperará; Mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia.»(Proverbios 28:13).

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Isaías 55:1-3

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A todos los sedientos: Venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed.

Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche. ¿Por qué gastáis el dinero en lo que no es pan, y vuestro trabajo en lo que no sacia? Oídme atentamente, y comed del bien, y se deleitará vuestra alma con grosura.

Inclinad vuestro oído, y venid a mí; oíd, y vivirá vuestra alma; y haré con vosotros pacto eterno…

¿Alguna vez se ha parado frente al refrigerador, sin buscar nada específico, pero con ganas de satisfacer su apetito? Otras veces, nuestro anhelo tiene que ver con algo distinto a la comida, tales como una carrera, pertenencias o relaciones. Nuestras almas tratan de encontrar satisfacción, pero nada en este mundo llena el vacío por completo.

Puesto que fuimos creados para relacionarnos con Dios, Él puso en lo más profundo de nuestro ser un anhelo por Él. Aunque no lo reconozcamos como tal, todos conocemos este sentimiento de insatisfacción y cada vez que intentamos encontrar satisfacción con sustitutos mundanos, la frustración y la desilusión son inevitables.

Podemos elegir llenar nuestras almas vacías con uno de los dos menús. El de Satanás es amplio y está lleno de opciones que prometen satisfacción y placer, tal vez por medio de riquezas, fama o aceptación. Sus opciones parecen traer satisfacción, pero son puro engaño. El menú de Dios, por otro lado, es «bastante pequeño»: ofrece solo una opción, el Señor Jesucristo. Él es el único que en realidad puede llenar el vacío.

¿Ha encontrado la satisfacción que busca, o siempre hay una vaga sensación de descontento en su alma? Al pasar tiempo concentrado y sin prisas con el Señor, Él le llenará como nada ni nadie puede hacerlo.

«Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo. Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.» (Hechos 4:11-12).

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Salmo 42:5-6

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¿Por qué te abates, oh alma mía, Y te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, Salvación mía y Dios mío. Dios mío, mi alma está abatida en mí; me acordaré, por tanto, de ti…

¿A dónde acude usted en medio de problemas? Para los creyentes, la primera respuesta debe ser clamar al Señor por ayuda. Eso es justo lo que vemos en el pasaje de hoy. Cuando el salmista estaba desesperado, su alma anhelaba a Dios. Sabía que, incluso en medio de la fuerte adversidad, podía contar con el amor inagotable del Señor, que se derramaba sobre él, «Pero de día mandará Jehová su misericordia, Y de noche su cántico estará conmigo, Y mi oración al Dios de mi vida.» (Salmos 42:8). Era una verdad que le daba esperanza y la capacidad de alabar al Señor, incluso en medio de sus problemas.

Este es un tema recurrente en los salmos, muchos de los cuales comienzan con imágenes de desesperación y desesperanza, pero terminan con afirmaciones del amor infalible de Dios. A menudo, a Él se le describe como una roca, un baluarte o un refugio en tiempos de dificultades.

Cuando usted se sienta abrumado por las dificultades y la desesperación, acuda a los salmos en busca de aliento y esperanza. En los buenos tiempos, podemos fácilmente alejarnos de Dios, pero la adversidad nos lleva a acercarnos a Él con anhelo, no solo de liberación, sino también de comunión con nuestro Padre misericordioso. Entonces, al leer acerca de su amor y su fidelidad, encontramos esperanza y un fundamento seguro sobre el cual descansar.

«Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad.» (Lamentaciones 3:22-23).

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Efesios 4:30-32

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Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención. Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.

¿Alguna vez ha considerado cómo ciertas de sus actitudes y acciones entristecen al Espíritu Santo? En el momento de la salvación, Él vino a morar en usted y le selló como posesión de Dios. Esto significa que usted ya no es su propio dueño, pues ahora pertenece al Señor y debe vivir de una manera que refleje a Cristo.

Es obvio para nosotros que mentir, adulterar y robar es malo, pero con frecuencia toleramos el sentir ira, amargura y resentimiento. Todas las áreas de nuestra vida se ven afectadas cuando nos negamos a extender a los demás el perdón que Cristo nos concedió con tanta generosidad.

Aunque el dolor y la injusticia de una ofensa pueden romper nuestro corazón, el negarnos a perdonar le niega a Dios la oportunidad de redimir la herida. Nosotros queremos que Él cambie al ofensor y haga que se arrepienta de lo que ha hecho, pero el Señor quiere transformarnos a nosotros. Un espíritu perdonador fluye de nuestra nueva naturaleza semejante a la de Cristo y nos permite ver a los demás con ojos de gracia y misericordia.

Y algo más que puede aumentar nuestra disposición a perdonar es un conocido principio del Sermón del monte del Señor Jesucristo: tratar a los demás de la misma manera que queremos que nos traten a nosotros, «Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas.» (Mateo 7:12).

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Romanos 12:21

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 No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal. 

Alguien dijo de manera muy acertada; lo siguiente:

“Devolver mal por bien, es actuar como Satanás,

Devolver mal por mal, es actuar como las bestias,

Devolver bien por bien, es actuar como los hombres,

Devolver bien por mal, es actuar como un hijo de Dios”

Devolver bien por mal es una de las obligaciones más difíciles de un cristiano. Pero desde la época del Antiguo Testamento, esa ha sido la orden de Dios para el creyente: “Si el que te aborrece tuviere hambre, dale de comer pan, y si tuviere sed, dale de beber agua; porque ascuas amontonarás sobre su cabeza, y Jehová te lo pagará” (Proverbios 25:21-22).

La expresión “ascuas amontonarás sobre su cabeza” se refería a una antigua costumbre egipcia. Una persona que quería mostrar arrepentimiento público llevaba sobre la cabeza una sartén de carbones encendidos para simbolizar el ardiente dolor de su vergüenza y de su culpa. Cuando usted ama a un enemigo tanto como para esforzarse por satisfacer sus necesidades, espera avergonzarlo por el odio que le tiene a usted.

A fin de evitar ser vencido por el mal que se le ha hecho, en primer lugar no debe dejar que lo agobie. En segundo lugar, no debe permitir que lo opriman sus propias reacciones indebidas. En ambos casos, el mal mismo debe ser vencido por el bien.

«Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles? Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.» (Mateo 5:46-48).

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Si mañana no despertara

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Si mañana no despertara

solo cree que me he dormido.

Piensa en la paz de mi sueño,

te sueño y no me he ido.

También escucha mi música,

lee mis libros, 

usa mi ropa,

toma mi copa,

bebe mi vino.

*

No me recuerdes ausente.

No me busques en el olvido.

Búscame dentro tuyo,

ahí estaré contigo.

Mario Benedetti. Uruguay (1920-2009)

Colosenses 3:12-13

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Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros.

Un regalo es algo que se da por voluntad propia y sin esperar un pago. Todo lo que tenemos es un regalo de Dios, en especial nuestra salvación. No hemos ganado nada, excepto la condenación por nuestro pecado, pero el Señor nos perdona por gracia a través de la fe en su Hijo.

Así como Dios nos concede el perdón que no merecemos ni podemos ganar, nosotros debemos dar de buena gana este mismo regalo inestimable a los demás. Perdonar significa “renunciar a toda pretensión de castigar o exigir una pena por un agravio”. No se pueden imponer ataduras o condiciones, o de lo contrario deja de ser un perdón.

Negarnos a perdonar es una esclavitud emocional que consume nuestra mente con los recuerdos de las ofensas pasadas, y llena nuestro corazón de una agitada inquietud y un deseo de venganza. Sus tentáculos llegan a lo más profundo del alma, afectando la salud espiritual y física. Pero el que se reviste de un corazón de amor, compasión y perdón recibirá la paz de Cristo. Cuando la Palabra de Dios habita en nosotros, la ira y el deseo de venganza se transformarán en alabanza y gratitud al Señor.

Muchas personas consideran que perdonar a quienes les han hecho daño es demasiado difícil. Pero el perdón no es algo que tengamos que fabricar en nosotros. El Salvador nos lo da de manera gratuita, y nuestra tarea es transmitirlo a los demás.

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Hechos 13:21-22

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Luego pidieron rey, y Dios les dio a Saúl hijo de Cis, varón de la tribu de Benjamín, por cuarenta años. Quitado éste, les levantó por rey a David, de quien dio también testimonio diciendo: He hallado a David hijo de Isaí, varón conforme a mi corazón, quien hará todo lo que yo quiero.

El Señor describió a David como un “varón conforme a mi corazón, quien hará todo lo que yo quiero”. ¿No le gustaría que dijera lo mismo de usted? Es obvio que David no era perfecto. De hecho, cometió adulterio y un homicidio, pero confesó su pecado y se apartó del mal, «Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad.Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; Y tú perdonaste la maldad de mi pecado.» (Salmos 32:5). Fue evidente que amaba al Señor y deseaba obedecerlo. Lo que lo distinguía era la prioridad que daba a su relación con el Padre celestial.

David se deleitaba en conocer al Señor y lo buscaba con ahínco. Declaró que el amor de Dios era mejor que la vida y se comprometió a alabarlo todos sus días, «Porque mejor es tu misericordia que la vida; Mis labios te alabarán. Así te bendeciré en mi vida; En tu nombre alzaré mis manos.» (Salmos 63:3-4). Meditaba en su Palabra y en su naturaleza, y a menudo clamaba a Él con oraciones de desesperación, dependencia y confianza. Cualesquiera que fueran sus circunstancias, procuraba verlas desde una perspectiva centrada en el Padre celestial.

La única manera de ser una persona conforme al corazón de Dios es recibir un nuevo corazón. Y eso es justo lo que ocurre en la salvación, «Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra.» (Ezequiel 36:26-27). Si usted es cristiano, tiene todo lo que necesita para cultivar un corazón que busque al Señor y le obedezca. Meditar en la naturaleza y la Palabra de Dios alimentará su deleite en Él. Y orar como lo hizo David aumentará su confianza para que dependa del Señor por completo.

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