La noria

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He tocado los límites del tiempo.
Y vuelvo del dolor como de un viaje

alrededor del mundo…

Pero siento

que no salí jamás, mientras viajaba,

de un pobre aduar perdido en el desierto.

 

Caminé largamente, ansiosamente,

en torno de mi sombra.

Y los meses giraban y los años

como giran las ruedas de una noria

bajo el cielo de hierro del desierto.

¿Fue inútil ese viaje imaginario?

Lo pienso, a veces, aunque no lo creo.

Porque la gota de piedad que moja

mi corazón sediento

y la paz que me une a los que sufren

son el premio del tiempo en el desierto.

 

Pasaron caravanas al lado de la noria

y junto a la noria durmieron los camellos.

Cargaban los camellos las alforjas de diamantes.

Diamantes con el alba, rodaban por el suelo…

 

Pero en ninguna alforja

vi nunca lo que tengo:

una lágrima honrada, un perdón justo,

una piedad real frente al esfuerzo

de todos los que viven como yo

en el sol, en la noche, bajo el cielo de hierro

caminando sin tregua en torno de la noria

para beber, un día,

el agua lenta y dura del desierto.

Jaime Torres Bodet. México (1902-1974)

S,H,C espirituales

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Jehová es mi pastor; nada me faltará.

En lugares de delicados pastos me hará descansar, junto a aguas de reposo me pastoreará. Confortará mi alma; me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre.

Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo. Tu vara y tu cayado me infundirán aliento.

Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores, unges mi cabeza con aceite, mi copa está rebosando. Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, y en la casa de Jehová moraré por largos días.

La primavera de la aldea

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La primavera de la aldea

bajó esta tarde a la ciudad,

con su cara de niña fea

y su vestido de percal.

 

Traía nidos en las manos

y le temblaba el corazón

como en los últimos manzanos

el trino del primer gorrión.

 

A la ciudad la primavera

trajo del campo un suave olor

en las tinas de la lechera

y las jarras del agüador…

 

Jaime Torres Bodet. México (1902-1974)

El lagarto está llorando

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El lagarto está llorando.

La lagarta está llorando.

El lagarto y la lagarta

con delantalitos blancos.

Han perdido sin querer

su anillo de desposados.

¡Ay, su anillito de plomo,

ay, su anillito plomado!

Un cielo grande y sin gente

monta en su globo a los pájaros.

El sol, capitán redondo,

lleva un chaleco de raso.

¡Miradlos qué viejos son!

¡Qué viejos son los lagartos!

¡Ay, cómo lloran y lloran,

¡ay!, ¡ay! cómo están llorando!

Federico García Lorca. España (1898-1936)

Momentos felices

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Cuando llueve y reviso mis papeles, y acabo

tirando todo al fuego: poemas incompletos,

pagarés no pagados, cartas de amigos muertos,

fotografías, besos guardados en un libro,

renuncio al peso muerto de mi terco pasado,

soy fúlgido, engrandezco justo en cuanto me niego,

y así atizo las llamas, y salto la fogata,

y apenas si comprendo lo que al hacerlo siento,

¿no es la felicidad lo que me exalta?

 

Cuando salgo a la calle silbando alegremente

el pitillo en los labios, el alma disponible

y les hablo a los niños o me voy con las nubes,

mayo apunta y la brisa lo va todo ensanchando,

las muchachas estrenan sus escotes, sus brazos

desnudos y morenos, sus ojos asombrados,

y ríen ni ellas saben por qué sobreabundando,

salpican la alegría que así tiembla reciente,

¿no es la felicidad lo que se siente?

 

Cuando llega un amigo, la casa está vacía,

pero mi amada saca jamón, anchoas, queso,

aceitunas, percebes, dos botellas de blanco,

y yo asisto al milagro sé que todo es fiado

y no quiero pensar si podremos pagarlo;

y cuando sin medida bebemos y charlamos,

y el amigo es dichoso, cree que somos dichosos,

y lo somos quizá burlando así la muerte,

¿no la felicidad lo que trasciende?

 

Cuando me he despertado, permanezco tendido

con el balcón abierto. Y amanece: las aves

trinan su algarabía pagana lindamente:

y debo levantarme pero no me levanto.

Y veo, boca arriba, reflejada en el techo

la ondulación del mar y el iris de su nácar,

y sigo allí tendido, y nada importa nada,

¿no aniquilo así el tiempo? ¿No me salvo del miedo?

¿No es la felicidad lo que amanece?

 

Cuando voy al mercado, miro los abridores

y, apretando los dientes, las redondas cerezas,

los higos rezumantes, las ciruelas caídas

del árbol de la vida, con pecado sin duda

pues que tanto me tientan. Y pregunto su precio,

regateo, consigo por fin una rebaja

mas terminado el juego, pago el doble y es poco,

y abre la vendedora sus ojos asombrados,

¿no es la felicidad lo que allí brota?

 

Cuando puedo decir: el día ha terminado.

Y con el día digo su trajín, su comercio,

la busca del dinero, la lucha de los muertos.

Y cuando así cansado, manchado, llego a casa,

me siento en la penumbra y enchufo el tocadiscos,

y acuden Kachaturian, o Mozart, o Vivaldi,

y la música reina, vuelvo a sentirme limpio,

sencillamente limpio y pese a todo, indemne,

¿no es la felicidad lo que me envuelve?

 

Cuando tras dar mil vueltas a mis preocupaciones,

me acuerdo de un amigo, voy a verle, me dice:

“estaba justamente pensando en ir a verte.”

Y hablamos largamente, no de mis sinsabores,

pues él, aunque quisiera, no podría ayudarme,

sino de cómo van las cosas en Jordania,

de un libro de Neruda, de su sastre, del viento,

y al marcharme me siento consolado y tranquilo,

¿no es la felicidad lo que me vence?

 

Abrir nuestras ventanas;

sentir el aire nuevo;

pasar por un camino que huele a madreselvas;

beber con un amigo;

charlar o bien callarse;

sentir que el sentimiento de los otros es nuestro;

mirarme en unos ojos que nos miran sin mancha,

¿no es esto ser feliz pese a la muerte?

Vencido y traicionado, ver casi con cinismo

que no pueden quitarme nada más y que aún vivo,

¿no es la felicidad que no se vende?

 

Gabriel Celaya. España (1911-1991)

 

Poema al Maestro

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Educar es lo mismo

que poner un motor a una barca:

hay que medir, pesar, equilibrar…

…y poner todo en marcha.

 

Pero para eso,

uno tiene que llevar en el alma

un poco de marino, un poco de pirata,

un poco de poeta,

y un kilo y medio de paciencia concentrada.

 

Pero es consolador soñar mientras uno trabaja,

que esa barca, ese niño,

irá muy lejos por el agua.

 

Soñar que ese navío

llevará nuestra carga de palabras

hacia pueblos distantes, hacia islas lejanas.

Soñar que cuando un día

esté durmiendo nuestra propia barca,

en barcos nuevos seguirá nuestra bandera enarbolada.

 

Gabriel Celaya. España (1911-1991)