Juan 14:23-24

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Respondió Jesús y le dijo: El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él. El que no me ama, no guarda mis palabras…

Como cristianos, sabemos que debemos obedecer al Señor, porque la Biblia así nos lo dice. Pero no todas las obediencias son iguales, como cada padre puede testificarlo. Por amor, algunos hijos hacen voluntariamente lo que se les dice, mientras que otros obedecen aunque llenos de ira y resentimiento.

Jesucristo señaló cuál debería ser nuestra motivación cuando dijo: “…El que me ama, mi palabra guardará…” (Juan 14.23). Es nuestro amor por Cristo lo que debe alimentar nuestra obediencia. De hecho, la única razón por la que podemos amarlo, es porque Dios nos amó primero, «Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero.» (1 Juan 4:19). Y aquí está lo mucho que el Padre se preocupó por nosotros, incluso antes de que tuviéramos interés en complacerlo, envió a su Hijo a cargar con nuestros pecados y morir en nuestro lugar para que pudiéramos ser perdonados. Y cuando recibimos a Cristo por fe, Dios derrama su amor en nuestro corazón a través de su Espíritu Santo, 

«…Porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.» (Romanos 5:5).

El amor de Dios por nosotros y nuestro resultante amor por Cristo, nos motivan a obedecerlo en todo.

En vez de esforzarnos más por cumplir, deberíamos pedir a Dios que nos dé más amor por Cristo, porque cuanto más lo amemos, mejor podremos dejarnos guiar por su voz y obedecer de buena voluntad.

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Salmo 145:5-7

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En la hermosura de la gloria de tu magnificencia, y en tus hechos maravillosos meditaré. Del poder de tus hechos estupendos hablarán los hombres, y yo publicaré tu grandeza. Proclamarán la memoria de tu inmensa bondad, y cantarán tu justicia.

Cuando surgen los problemas, ¿cuál es su enfoque principal: el problema, la manera en que le afecta a usted o el efecto en los demás? En los momentos difíciles, David meditaba en la suficiencia del Señor y en su buena, agradable y perfecta voluntad. Ese enfoque es evidente no solo en este salmo, sino también en otros: a lo largo de su vida, David entregaba sus problemas a Dios y ponía su atención en Él. El resultado eran nuevas fuerzas y esperanza para su alma.

Dado que David tenía una relación de confianza con Dios, enfrentaba las pruebas esperando la ayuda divina. Por ejemplo, su inminente lucha con Goliat le hizo recordar el poder liberador de Dios en el pasado y el presente, «Añadió David: Jehová, que me ha librado de las garras del león y de las garras del oso, él también me librará de la mano de este filisteo…» (1 Samuel 17:37). Al enfrentar las amenazas y los avances homicidas del rey Saúl, David confiaba en la protección del Señor como su refugio y fortaleza, «Jehová, roca mía y castillo mío, y mi libertador; Dios mío, fortaleza mía, en él confiaré; Mi escudo, y la fuerza de mi salvación, mi alto refugio.» (Salmos 18:2). Y cuando se afligía por la pérdida de sus seres queridos, dejaba que la presencia y la consolación del Padre celestial llenaran su corazón y su mente, 

» …mas David se fortaleció en Jehová su Dios.» (1 Samuel 30:6).

Como en el caso de David, nuestras circunstancias también pueden servir como estímulo para meditar en la Palabra. Dios nos ha dado su Palabra, un recurso maravilloso donde su carácter, obras y propósitos se muestran con claridad. Cuando llegue algún problema, utilícelo como recordatorio para meditar en algún atributo del Señor y obtener fuerzas y esperanza.

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Lucas 15:7

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…Habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento.

Al principio de la parábola de la oveja perdida, Jesús pregunta: “¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla?” (Lucas 15:4). Lo que Jesús quiso decir es que cualquier pastor buscaría una oveja perdida, ya que no se trata solamente del deber, sino también de afecto.

Después de encontrar a la oveja, el pastor en esa parábola fue a su casa e invitó a sus amigos y vecinos para celebrar con ellos. El gozo del pastor era tan grande que tenía que expresarlo.

El versículo de hoy es la conclusión de esa parábola y una esperanza para los cristianos de hoy. Así como el pastor se regocija por la oveja perdida, nuestro Buen Pastor (Jesucristo) se regocija por el pecador arrepentido, por haber encontrado a su oveja perdida.

«Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio,» (Hechos 3:19).

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Salmo 25:16-17

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Mírame, y ten misericordia de mí, porque estoy solo y afligido. Las angustias de mi corazón se han aumentado; sácame de mis congojas.

¿Qué pensar cuando hemos orado, pero el Señor no responde? Como seres limitados por el tiempo, podemos encontrar la espera muy frustrante. Sin embargo, Dios no percibe el tiempo como nosotros. Conoce el final de un asunto antes de que este haya empezado. Su conocimiento se extiende desde la eternidad pasada hasta la eternidad futura, y nada se esconde de su vista.

Además, su compasión y su bondad rodean a quienes le pertenecen. Él permite que las circunstancias difíciles no nos destruyan, sino que fortalezcan nuestra fe y nos lleven a la madurez espiritual. A veces, Él retiene las respuestas porque no son espiritualmente beneficiosas para nosotros.

«Encaminará a los humildes por el juicio,Y enseñará a los mansos su carrera. Todas las sendas de Jehová son misericordia y verdad, Para los que guardan su pacto y sus testimonios.» (Salmos 25:9-10) 

El Salmo enseña que esperar en el Señor requiere al menos tres cosas:

1. Humillarnos para que Él nos muestre sus caminos, en vez de esperar que Dios actúe según nuestras preferencias.

2. Confiar en la dirección del Señor, y recordar que todos sus caminos están determinados por su amor y su bondad.

3. Ser obedientes, lo que requiere esperar y confiar en Él.

Si Dios parece lento en responder su oración, tenga en cuenta que Él no le ha abandonado, sino que le está redirigiendo a su camino. 

«Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; Pruébame y conoce mis pensamientos; Y ve si hay en mí camino de perversidad, Y guíame en el camino eterno.» (Salmos 139:23-24).

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Salmo 145:5-6

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En la hermosura de la gloria de tu magnificencia, y en tus hechos maravillosos meditaré. Del poder de tus hechos estupendos hablarán los hombres, y yo publicaré tu grandeza.

El tiempo que pasamos con Dios en su Palabra y en oración influye en nuestra vida diaria. Cuando nos enfocamos en el Señor, en su poder, gloria y favor, nuestra perspectiva se alinea cada vez más con la suya. Él se vuelve más grande, y nuestros problemas y preocupaciones se vuelven más pequeños.

El apóstol Pablo estaba, sin duda, consciente de esto. En su carta a los Efesios, oró por él y por los demás para recibir un mayor entendimiento de Dios y de todo lo que ha provisto para su pueblo a través de Jesucristo, «no ceso de dar gracias por vosotros, haciendo memoria de vosotros en mis oraciones, para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él,» (Efesios 1:16-17).

Cuando ponemos nuestra vista en el Señor, el mundo entero —incluyendo sus problemas y desafíos— se vuelve mucho más claro, al igual que nuestra comprensión de cómo lidiar con las dificultades. Como resultado, las presiones de la vida comienzan a disiparse. Aunque no podemos escapar de los problemas, podemos descansar en la paz que el Señor Jesús nos promete, «Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.» (Juan 16:33).

Nuestro tiempo en la meditación proporciona muchos beneficios personales, pero estos no deben ser nuestra única razón para pasar tiempo con el Señor. El objetivo es conocer a Dios, acercarse a Él en comunión y disfrutar de las bendiciones que acompañan a una relación íntima con Él.

«Dios, Dios mío eres tú; De madrugada te buscaré; Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela…» (Salmos 63:1).

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Romanos 1:16

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Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree…

Las personas quieren cambiar. Toda publicidad se basa en la presuposición de que las personas quieren que las cosas sean diferentes de la manera en la que son. Quieren verse mejor, sentirse mejor y vivir mejor. Quieren cambiar su vida pero, salvo desde un punto de vista externo, no pueden hacerlo.

Solo el evangelio de Jesucristo tiene el poder de transformar a las personas y librarlas del pecado, de Satanás, del juicio, de la muerte y del infierno. Hechos 4:12 dice: “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”. Y ese nombre es Jesucristo.

Así que la Palabra de Dios, que es toda acerca de Jesucristo, puede hacer por nosotros lo que no podemos hacer por nosotros mismos. Somos pecadores y no podemos remediar nuestra condición, pero de Dios viene el poder extraordinario e ilimitado que puede transformar nuestras vidas.

«Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio,» (Hechos 3:19).

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Colosenses 3:1-2

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Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra.

¿Dónde están sus prioridades? ¿Se está concentrando en las cosas de este mundo o en las cosas espirituales? ¿Si Cristo viniera mañana se estropearían los planes de usted? Tristemente, muchos cristianos esperan que Él no se aparezca por algún tiempo.

¡Qué comentario! Si prefiere estar en la tierra que estar en el glorioso hogar de Cristo en el cielo, entonces usted no ama Su venida. Dios se aflige cuando no vivimos esperando su gloriosa presencia y estamos más interesados en las cosas efímeras y pasajeras de este mundo. Jesucristo habló claro sobre esto, y es fácil de identificar, Él dijo; «Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.» (Mateo 6:21).

¿Dónde está su corazón? ¿Valoras las cosas triviales de esta vida más que las celestiales? ¿Le cuesta trabajo estár presente y ser puntual en las actividades de su Iglesia local? ¿Anhela encontrarse con sus hermanos en cada reunión que convoca la Iglesia? ¿Se ha vuelto experto en buscar excusas baratas para faltar a los cultos y reuniones de la Iglesia? Es tiempo de hacer un examen minucioso y profundo de sus prioridades. Cuando verdaderamente se está agradecido por la salvación que Dios le ha dado, se vive centrado y enfocado en Él, se le disfruta a Él, y con la esperanza de la plenitud de esa salvación aun por consumarse a plenitud, en la segunda venida del Señor Jesucristo. Haga suyo el deseo de Juan: “…Sí, ven, Señor Jesús” (Apocalipsis 22:20).» 

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1 Pedro 1:24-25

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Porque: Toda carne es como hierba, y toda la gloria del hombre como flor de la hierba. La hierba se seca, y la flor se cae; mas la palabra del Señor permanece para siempre. Y esta es la palabra que por el evangelio os ha sido anunciada.

Como una de las muchas advertencias de la Biblia, Proverbios 28.13 insta al pueblo de Dios a arrepentirse, ya que “el que encubre sus pecados no prosperará”. Pero muchos dudan en hacerlo ya que no es fácil mirar nuestro pecado, renunciar a él y llenarnos de valor para dejarlo.

La buena noticia es que el proverbio termina prometiendo que, “el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia”. Dios no espera que hagamos el trabajo sin Él, su presencia y compasión siempre están a nuestro alcance, «No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia.» (Isaías 41:10).

En otras palabras, al sentir por primera vez un indicio de culpa, pidamos al Señor la gracia para arrepentirnos. O, cada vez que sintamos miedo de enfrentarnos al pecado, pidamos la valentía para mirar nuestro interior. Y si no estamos listos para dejar algún pecado, podemos orar para que Él nos prepare para abandonarlo. 

Dios está presente en todos los aspectos del arrepentimiento y quiere que acudamos a Él en cada paso.

PIENSE EN ESTO:

¿Existe algo de lo que necesite arrepentirse? ¿Cómo puede invitar a Dios a que le ayude a dar ese paso?»

«Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.» (1 Juan 1:9)

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2 Corintios 5:10

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Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo.

La Palabra de Dios revela que Jesucristo juzgará un día a toda persona que haya vivido en este mundo, «…Él (Jesucristo) es el que Dios ha puesto por Juez de vivos y muertos.» (Hechos 10:42). «en el día en que Dios juzgará por Jesucristo los secretos de los hombres…» (Romanos 2:16). Ese día, los incrédulos serán exiliados, apartados de la presencia de Dios, y los creyentes se presentarán delante del Señor Jesús con la plena comprensión de su gracia desbordante.

«Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios, el cual pagará a cada uno conforme a sus obras: vida eterna a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad, pero ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia;»(Romanos 2:5-8).

Los verdaderos seguidores del Salvador no tienen nada que temer, ya que este juicio no tiene el propósito de determinar la salvación, que ya fue resuelta en el momento en que pusieron su fe por primera vez en el Hijo de Dios. Y como nos asegura (Romanos 8.1) «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.» Por el contrario, el Señor juzgará a los suyos con el propósito de dar recompensas.

En otras palabras, aunque ninguno de nosotros pueda tener una vida intachable, no temeremos ese día ante nuestro Salvador. La comparecencia ante Cristo no es un castigo; es un recordatorio de que hemos sido perdonados.

Ese día, estaremos delante del Señor, vestidos con la justicia de Cristo y perdonados de todos los pecados. Y al fin comprenderemos por completo la profundidad y la amplitud de su gracia y de su amor por nosotros. Y todo esto será posible; «…Por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.» (Hebreos 13:21).

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Santiago 1:5-8

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Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada. Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra. No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor. El hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos.

¿Lucha usted con la ansiedad, la frustración y el miedo? A veces, estos sentimientos surgen cuando dudamos de la capacidad de Dios para solucionar un problema o para protegernos a nosotros o a un ser querido. En otras ocasiones, nos angustiamos porque cuestionamos Su voluntad. Tales incertidumbres pueden surgir por falta de conocimiento de la naturaleza de Dios, de la confusión respecto a sus promesas o de no entender sus planes. Por eso es importante llenar nuestra mente de las verdades de la Biblia. Centrarnos en la suficiencia del Señor, en vez de en nuestras circunstancias, nos da esperanza y fuerza.

Hay muchas situaciones que pueden hacer vacilar nuestra fe. Puede ser que nuestro propio pecado nos lleve a cuestionar la verdad de las Sagradas Escrituras. O los fracasos pueden llevarnos a tener una visión pesimista de las situaciones actuales y futuras. Además, tenemos un enemigo que nos recuerda nuestros pecados y los momentos en los que nuestras oraciones parecían no tener respuesta. La antigua técnica de Satanás de cuestionar la fiabilidad de Dios puede hacer que nos preguntemos si el Señor es digno de confianza.

Cuando surjan dudas, confiéselas al Padre celestial. Después recuerde los muchos momentos en que Dios ha sido fiel en el pasado y medite en sus promesas. Deje que el Espíritu Santo le guíe hacia la verdad, para que pueda mantenerse firme. 

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