Efesios 4:15

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Siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo,

El crecimiento espiritual es sencillamente cuestión de aplicar los principios Bíblicos, pero hay muchos que creen que solamente los gigantes espirituales experimentan un gran aumento de fe.

El crecimiento espiritual no es una proeza mística por un grupo selecto que está en un plano espiritual superior. Es, sencillamente, cuestión de glorificar a Dios con el estudio de su Palabra, confesando el pecado, confiando en Él, llevando fruto, alabándolo, obedeciendo y proclamando su Palabra, orando y guiando a otros a Cristo. Esas son las características que todo cristiano necesita a fin de crecer en la fe. Cuando se concentre en ellas, el Espíritu de Dios lo transformará a usted a la imagen de Cristo, de un nivel de gloria al siguiente. 

«Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.» (2 Corintios 3:18).

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La vergüenza de ser feliz

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Cuando hay en la tierra tantos hombres que sufren,

ser feliz da vergüenza.

Pero yo lo soy, casi sin querer.

¡Soy tan feliz! ¡Perdón!

Por mi amor, por… ¿qué se yo?

Porque la vista se ensancha y es siempre diferente

(¡Si usted viera ese Paul Klee!

¿Y ha probado unas almejas con Vouvray,

del seco, no del otro?)

Por eso y otros detalles vale la pena vivir.

¿Saben cuál es el secreto?

Todavía no me he muerto,

y es más -muchos se indignan-

ni siquiera estoy enfermo.

Mi secreto es: todavía.

Gabriel Celaya. España (1911-1991)

Salmo 105:4-5

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Buscad a Jehová y su poder; Buscad siempre su rostro. Acordaos de las maravillas que él ha hecho, De sus prodigios y de los juicios de su boca,

Agradecer a Dios lo glorifica y magnifica, pero ¿sabía usted que hacerlo también nos beneficia? El Señor no necesita nuestra gratitud, pero al darle gracias nos volvemos menos egoístas.

Expresar agradecimiento…

REENFOCA NUESTRA ATENCIÓN: La vida está llena de distracciones que pueden hacer que sea más difícil notar todo lo que Dios ha hecho por nosotros. En vez de vivir con el peso del mundo sobre nuestros hombros, es bueno tratar de reenfocarnos en el Señor dándole gracias por su fidelidad.

REDUCE NUESTRA ANSIEDAD: Muchas personas en nuestra sociedad viven con una preocupación constante. Pero cuando traemos nuestras ansiedades al Señor con acción de gracias, la carga se traslada a Él y su paz viene a nosotros. 

RENUEVA NUESTRA RELACIÓN: La gratitud nos impide pensar que la vida cristiana tiene solo que ver con nosotros y con nuestras necesidades. Nuestra comunión con Dios mejora cuando nos enfocamos en Él.

REFUERZA NUESTRA FE: Dar gracias nos ayuda a salir del pozo del desánimo y nos fortalece espiritualmente.

Cuando usted está abrumado, es probable que no piense en dar gracias a Dios. Pero he aprendido por experiencia que reconocer todo lo que el Señor ha hecho es una forma segura de cambiar de actitud y de revigorizarse.

«fortalecidos con todo poder, conforme a la potencia de su gloria, para toda paciencia y longanimidad; con gozo dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz; el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo,» (Colosenses 1:11-13).

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Colosenses 3:12-14

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Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto.

A menudo intentamos justificar un corazón resentido, pensando: Bueno, el Señor sabe lo que esa persona me hizo. Así que Él entiende por qué me siento así. Sin duda, el Señor Jesús, quien es Dios y hombre por completo, conoce nuestras emociones humanas. De hecho, Él mismo experimentó la traición y el abandono, así que entiende nuestro dolor. Sin embargo, no aprueba que nos neguemos a perdonar.

A través del Salvador, vemos cómo Dios ve el perdón, incluso cuando se trata de las ofensas más viles. Considere el hecho de que somos nosotros quienes lo traicionamos continuamente. ¿De qué manera? Le hemos negado el lugar que le corresponde en nuestra vida, hemos dudado de su Palabra e ignorado sus instrucciones. Hay momentos en que lo echamos de nuestras actividades y decisiones diarias para poder perseguir las cosas más a nuestro gusto. Además, hemos pecado contra Él y también contra otras personas.

¿Y cuál es la actitud del Señor hacia nosotros? “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11.28). Ahora bien, ¿de verdad cree que Él justificará nuestra falta de perdón? No. «Jehová, tardo para la ira y grande en misericordia, que perdona la iniquidad y la rebelión, aunque de ningún modo tendrá por inocente al culpable…» (Números 14:18)

Él quiere que miremos la cruz. Allí descubriremos el precio que pagó por nuestro perdón. Así como hemos sido perdonados, nosotros debemos perdonar a los que nos han herido, «Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.» (Efesios 4:32).

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Agranda la puerta, Padre

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Agranda la puerta, Padre,

porque no puedo pasar; 

la hiciste para los niños,

yo he crecido a mi pesar.

Si no me agrandas la puerta,

achícame, por piedad;

vuélveme a  la edad bendita

en que vivir es soñar.

Gracias Padre, que ya siento

que se va mi pubertad;

vuelvo a los días rosados

en que era hijo, no más.

Miguel de Unamuno. España (1865-1937)

Isaías 30:1,9

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¡Ay de los hijos rebeldes -declara el Señor- que ejecutan planes, pero no los míos, y hacen alianza, pero no según mi Espíritu, para añadir pecado sobre pecado! …Porque este es un pueblo rebelde, hijos falsos, hijos que no quieren escuchar la instrucción del Señor.

Todos queremos lo mejor del Padre celestial para nuestra vida, pero a veces nos interponemos en su camino. Ese fue ciertamente el caso de Israel. El pasaje de hoy de Isaías comienza diciendo: «¡Ay de los hijos rebeldes!’ —declara el Señor—‘que ejecutan planes, pero no los míos’” (Isaías 30.1).

En vez de confiar en las promesas y el poder de Dios, Israel se centró en la amenaza de un enemigo. Decidieron que lo más seguro era confiar en la ayuda de Egipto, aunque el Señor les había dicho que la solución era arrepentirse y confiar en Él. Al sustituir el plan de Dios por el de ellos, se perdieron lo mejor de Dios para la nación y sufrieron las consecuencias.

«El amparo de Faraón será vuestra vergüenza, y el abrigo a la sombra de Egipto, vuestra humillación.»(Isaías 30:3).

Cuando usted tiene que tomar una decisión, ¿se enfoca en el Señor y en su Palabra o en el problema que está enfrentando? ¿Se apresura a aceptar el consejo de otras personas antes de buscar dirección en las Sagradas Escrituras? Aunque su plan pueda parecer la opción más prometedora, si ha dejado a Dios fuera, es muy posible que se haya convertido en un obstáculo para lo que Él desea para usted.

Cuando se sienta tentado a tomar los asuntos en sus propias manos, recuerde la guía del Señor: «Porque así ha dicho el Señor Dios, el Santo de Israel: En arrepentimiento y en reposo seréis salvos; en quietud y confianza está vuestro poder…» (Isaías 30:15). Cuando lo siga, Él le guiará hacia el mejor camino para su vida.

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Hechos 6:3

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Buscad, pues, hermanos, de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes encarguemos de este trabajo.

Un testimonio es la expresión pública de fe en Cristo de una persona. Pero nuestra declaración de fe es mucho más que la historia que contamos. Un buen testigo para el Señor consiste en tres partes: carácter, conducta y conversación.

Como cristianos, ponemos un gran énfasis en la elaboración de un relato personal sólido de la obra del Señor en nuestra vida. También hablamos de las maneras en que podemos mostrar a Jesucristo a nuestros amigos, familiares y compañeros de trabajo a través de nuestras acciones. Pero el carácter es la parte del testimonio de cada creyente que subyace (que no se percibe a simple vista), tanto en la conducta cristiana como en la historia de una vida transparente.

No podemos engañar a Dios ni fingir ante el mundo por mucho tiempo. Tarde o temprano, el orgullo, el resentimiento y la hostilidad producirá acciones y palabras contrarias al mensaje de Cristo; no obstante, la santidad producirá verdadero fruto espiritual.

«Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos.» (Mateo 7:16-17).

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Efesios 4:31-32

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Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.

Una de las actitudes más destructivas que puede mostrar un creyente es el odio. Piénselo: ¿qué tan bien puede brillar la luz de Cristo a través de una vida que está envuelta en ira, amargura y malevolencia? Tal comportamiento no refleja una imagen positiva del Señor Jesucristo a los no cristianos. Pero el problema afecta a más que nuestro testimonio al mundo incrédulo. Incluso en las iglesias, no es difícil encontrar personas que rebosan de hostilidad. ¿De dónde viene esta actitud?

Una razón por la que algunos creyentes batallan con el odio es la incapacidad de perdonar una herida. ¿Es ese su caso? Piense en alguien que le haya hecho daño en el pasado. Hágase estas tres preguntas:

  1. ¿La escena se reproduce en su mente una y otra vez? Si odia a alguien, no puede deshacerse del recuerdo.
  2. ¿Quiere lo mejor para una persona que le ha lastimado? Si odia a alguien, no puede desearle lo mejor.
  3. ¿Desea que ella experimente el dolor que usted sufrió? Si odia a alguien, quiere que esa persona también sufra.

¿Han revelado estas preguntas alguna animosidad, enemistad o rencor oculto en su corazón? Si es así, no deje esta página sin meditar en Efesios 4.31, 32. Lea el pasaje en voz alta. Luego, personalícelo en una oración y deje que el Espíritu Santo le mueva a perdonar una vieja herida.

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