El placer de servir

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Toda la naturaleza es un anhelo de servicio. Sirve la nube, sirve el aire, sirve el surco.

Donde haya árbol que plantar, plántalo tú; donde haya un error que enmendar, enmiéndalo tú; donde haya un esfuerzo que todos esquiven, acéptalo tú.

Sé el que apartó la estorbosa piedra del camino; sé el que apartó el odio de entre los corazones y las dificultades del problema.

Existe la alegría de ser sano y la de ser justo; pero hay, sobre todo, la hermosa, la inmensa alegría de servir.

¡Qué triste sería el mundo si todo en él estuviera hecho, si no hubiera un rosal que plantar, una empresa que acometer! Que no te llamen solamente los trabajos fáciles. ¡Es tan bello hacer lo que otros esquivan!

Pero no caigas en el error de que sólo se hace mérito con los grandes trabajos; hay pequeños servicios que son buenos servicios: adornar una mesa, ordenar unos libros, peinar una niña.

Aquél es el que critica, éste es el que destruye, sé tú el que sirve.

El servir nos es faena de seres inferiores. Dios, que da el fruto y la luz, sirve. Pudiera llamársele así: El Que Sirve.

Y tiene Sus ojos fijos en nuestras manos y nos pregunta cada día: ¿Serviste hoy? ¿A quién? ¿Al árbol, a tu amigo, a tu madre?

Gabriela Mistral (Chile, 1889-1957)

Romanos 3 ¿Cómo nos salvamos?

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3.1 NUESTRAS BUENAS ACCIONES NO PUEDEN GANARNOS EL CIELO

Texto: Romanos 3:19-20

Idea central: Conocer qué es lo que agrada a Dios es bueno; cumplir la voluntad de Dios es mejor… Sin embargo, ni una cosa ni la otra pueden pagar por nuestro pecado.

Lecciones particulares:

— Dios nos enseña su voluntad para que sepamos qué es bueno y qué es malo (vv.19b, 20b).

— Como tenemos conocimiento de lo que es pecado, todos somos responsables de nuestras acciones ante Dios (v.19).

— Hacer cosas buenas no puede salvarnos: ¡eso no resuelve el problema de que ya somos culpables y necesitamos ser justificados! (v.20).

Preguntas de introspección: ¿Estás bien con Dios? ¿Cómo sabes que estás bien con Dios? ¿Basas tu confianza en que haces buenas obras? ¿Estás consciente de que –ni siquiera en parámetros humanos– una buena acción no excusa una mala? ¿Has asimilado que no puedes ganarte el cielo haciendo lo bueno?

Historia sugerida: “Historia de Julián”, que hizo buenas obras, pero fue rechazado (Mateo 7:21-23).

Romanos 2:8

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NO SOMOS MEJORES QUE LOS DEMAS

Texto: Romanos 3:9-18

Idea central: No nos engañemos, ¡nosotros somos pecadores y culpables, del mismo modo que las demás personas! No somos mejores; merecemos castigo.

Lecciones particulares: 

— Hay que gente que peca porque no conoce la Biblia; otros conocen la Biblia y buscan excusas para pecar. Nosotros no somos mejor que ninguno de ellos (v.9).

— Todos somos pecadores: ¡nadie busca a Dios por naturaleza!, ¡nadie hace lo bueno! (vv.10- 12).

— Evidencia de que somos culpables es que:
** engañamos y mentimos con manipulación (v.13),
** hablamos mal de la gente y las cosas (v.14),
** sacamos amargura por nuestra boca (v.14),
** somos rápidos para herir a otros y pagar mal por mal (v.15),
** en nuestras vidas no es raro que traigamos destrucción y dolor (v.16),

** tener y vivir en paz verdadera no nos interesa (v.17), y
** lo que guía nuestras vidas no es la voluntad y opinión de Dios (v.18).

Preguntas de introspección: ¿En qué te enfocas, en acusar a otros o en analizarte a ti mismo? ¿Eres rápido para darte cuenta cómo otros necesitan de Dios? ¿Cuándo fue la última vez que te diste cuenta de que necesitas la misericordia de la gracia de Dios?

Historia sugerida: David y Natán, luego de que David pecara con Betsabé (2 Samuel 12:1-12; cf. 2 Samuel 11).

Tarea sugerida: 

— Confiésale a Dios de manera específica los pecados que hayas encontrado en ti, pídele perdón y, a través de su gracia, asume tu responsabilidad para luchar contra ellos.

cf= referencia cruzada

¿Imposición o amorosa anticipación?

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¿Es imposición lo que los padres tratan de enseñar a sus hijos? ¿Atenta contra la personalidad de los retoños? ¿Será una rémora en su desarrollo?

Estas, y otras preguntas semejantes, se las formulan muchas familias al socaire de las modernas tendencias de la pedagogía. Respondiendo a esta mentalidad, formulada por un profesor en un periódico de Barcelona, alguien que firmaba simplemente «Una Madre» escribió al mismo periódico lo siguiente:

CARTA DE UNA MADRE

«Paso a mencionarle algunas de las más flagrantes violencias e imposiciones que han sufrido mis vástagos:

– Cuando han nacido mis hijos, no les he dejado decidir su sexo, ni tampoco el tamaño ni el color de los ojos y el pelo.

– Cuando los he alimentado, no les he preguntado que marca de leche ni que clase de papilla querían.

– Cuando han tenido la edad, no han podido decidir si quedarse en casa conmigo o ir al jardín de infancia.

– Cuando han enfermado, no han podido elegir médico ni tratamiento acorde con sus preferencias.

– Cuando han debido ir a la escuela primaria, no les he mostrado todas las posibles para su elección.»

«Hay también otras facetas en las que no han elegido: les he dado mi sangre y mi vida sin consultarles. Les he dado mi corazón sin consultarles. Les he dado noches sin dormir y días de dolor sin consultarles. Les he dado mis privaciones, mis esfuerzos y mis ilusiones sin consultarles.»

«Y continuaré sirviéndoles en lo que pueda sin consultarles. Creo que en cuestiones de amor no se funciona por consultas populares ni decisión de la mayoría. Y mal podrán ser útiles a la sociedad los que no saben amar.» (De un recorte de La Vanguardia, periódico español, 25/12/77)

El paso de los años no ha hecho perder actualidad a esta carta. La madre tiene razón: el amor toma la iniciativa siempre. Se anticipa de modo constante a las necesidades del ser amado.

Este ha sido siempre el método de Dios: «con amor eterno te he amado» dice Dios a Su pueblo. La bondad del Creador convertido en Salvador responde a un plan amoroso de buena voluntad hacia los pecadores, un plan sobre el cual no fuimos consultados, sino solamente beneficiados, bendecidos, salvados y transformados.

Porque el amor se anticipa, obsequia y se goza en el amado.

«De su plenitud -de la plenitud de Cristo- tomamos todos, y gracia sobre gracia

Jose Grau (España, 1997)

La Tiranía de la Mayoría

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En sus giras electorales, Abraham Lincoln solía hacer la siguiente pregunta a su audiencia:

-«Si le llamo pierna a la cola del perro, ¿Cuántas patas tendría el perro?»

-«¡Cinco!» -era la invariable respuesta.

A lo cual Lincoln respondía con toda educación:

-«No. La respuesta correcta es cuatro. Llamar pata a la cola del perro no la convierte en pierna.»

🙂

No tires la cerca…

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…hasta que mínimo sepas por qué está ahí.

«En eso de reformar cosas, tan distinto a deformarlas, hay un principio sencillo y simple; un principio que hasta pudiera verse como paradoja.

Digamos que alguien ha construido una cerca que atraviesa un camino. El tipo humano moderno, reformador, ve la cerca y dice «no veo cuál sea la utilidad de esta cerca, venga, quitémosla de ahí.» Pero el tipo reformador más inteligente responderá «espera, si no ves la utilidad no quites la cerca, ve y piensa; luego, cuando regreses, me dirás si es útil o no, entonces te permitiré destruirla

La paradoja reside en el más elemental sentido común. La cerca no creció sola. Tampoco la puso algún sonámbulo; de hecho es altamente improbable que haya sido colocada ahí por algún lunático. Alguien tuvo alguna razón para pensar que sería bueno ponerla ahí. Y hasta que no sepamos la razón, no podemos juzgar si la razón es razonable o es irracional. Lo más seguro es que hayamos pasado por alto algún aspecto del asunto, si algo erigido por seres humanos como nosotros parece ser misterioso y sin sentido.»

«Hay reformadores que intentan solucionar estos enigmas proponiendo que todos sus padres fueron necios; pero si eso fuera verdad, lo único que podríamos decir sería que la necedad es hereditaria.»

«La verdad es que nadie tiene por qué destruir una institución social hasta que la haya visto realmente como una institución histórica. Si tal persona supiera cómo surgió, a qué propósito se supone está destinada, pudiera ser capaz de decir que el propósito es malo, o que se ha convertido en un mal propósito, o que ya no sirve a los propósitos que se concibieron.

Pero si lo único que hace es mirar la cosa como si fuera una monstruosidad sin sentido que de alguna manera surgió en el camino, tal reformador es quien sufre alucinaciones, no la persona tradicional.»

G.K. Chesterton (citado en stand to reason blog).

Romanos 2.6

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NO TODO LO QUE BRILLA ES ORO

Texto: Romanos 2:17-29

Idea central: La alabanza de Dios no se consigue haciendo “esto o aquello”, sino siendo cristiano y cumpliendo la ley desde el corazón. No todo lo que brilla es oro.

Lecciones particulares:

— Es posible saber de Dios y parecer cristiano, y vivir de una manera impía (vv.17-22).
— Cuando decimos que somos de Dios, pero no vivimos de acuerdo a eso, le damos excusas a otras personas para que piensen y hablen mal de Dios (vv.23,24).

— No es mejor el que sabe mucho de Dios, que va a la iglesia y hace todo lo que “se supone que debe hacer”; sino el que hace la voluntad de Dios (vv.26,27).

— Todas las “actividades cristianas” valen la pena, si uno cumple la ley (v.25)
— Cumplir la ley no tiene que ver, primordialmente, con hacer cosas afuera, sino con realmente ser cristiano de corazón (vv.28,29).

Preguntas de introspección: ¿Es tu corazón verdadero delante de Dios? ¿Se evidencia esto en tu vida diaria? Además de todo lo que quieras agregar, ¿te aseguras de cumplir la ley real de Dios?

Historia sugerida: Faraón, frente a Moisés (Éxodo 5-11); parábola del fariseo y el publicano (Lucas 18:9-14).

Romanos 2.5

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DECIR “NO SABÍA” ES MENTIRA… Y DIOS LO SABE

Texto: Romanos 2:12-16

Idea central: Todos, incluyendo aquellos que no conocen la Biblia, necesitan alguien que pague por los pecados de los que ellos son responsables (o sea de todos los pecados).

Lecciones particulares:

— Nuestra salvación no depende de si hemos oído o no la palabra de Dios: el pecado es pecado, se tenga la ley o no (vv.12,13).

— Cuando elegimos lo bueno por instinto, es porque bien adentro realmente conocemos qué es bueno y qué es malo: ¡tenemos la ley de Dios en nuestros corazones! (vv.14,15a).

— Por tanto, cuando Dios juzgue, nadie puede decir que no fue responsable de sus propias acciones, pues Dios conoce nuestros secretos –incluyendo qué nos dice nuestra conciencia (v.16): todos necesitamos un Salvador.

Preguntas de introspección: ¿Eres consciente de que no puedes alegar ignorancia delante de Dios? ¿Sabes que no puedes engañar a Dios diciéndole que no sabías? ¿Tienes un Salvador?

Problema de análisis:  “si para ir al cielo hay que conocer a Jesús, ¿cómo Dios puede condenar a los que nunca han oído hablar de Jesús?”, acoplado con Génesis 1:26,27; 3:5,22.

Los Novios

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El era de Bachajón, venía de una familia de alfareros; sus manos desde niñas habían aprendido a redondear la forma, a manejar el barro con tal delicadeza, que cuando modelaba, más parecía que hiciera caricias. Era hijo único. A veces se posaba en sus labios una tonadilla tristona que él tarareaba quedo, tal si saboreara egoístamente un manjar acre, pero gravísimo.

«Ese pájaro quiere tuna», comentó su padre cierto día, cuando sorprendió el canturreo.

El muchachos, lleno de vergüenza, no volvió a cantar; pero el padre -Juan Lucas, indio tzeltal de Bachajón- se había adueñado del secreto de su hijo.

Ella también era de Bachajón; pequeña, redondita y suave. Día con día, cuando iba por el agua al riachuelo, pasaba frente al portalillo de Juan Lucas… Ahí un joven sentado frente a una vasija de barro crudo, un cántaro redondo y botijo, al que nunca daban fin aquellas manos diestras e incansables…

Sabe Dios cómo, una mañanita chocaron dos miradas. No hubo ni chispa, ni llama, ni incendio después de aquel tope, que apenas si pudo hacer palpitar las alas del petirrojo anidado entre las ramas del granjeno que crecía en el solar. Sin embargo, desde entonces, ella acortaba sus pasos frente a la casa del alfarero, y de ganchete arriesgaba una mirada de surgidas timideces.

El, po su parte, suspendía un momento su labor, alzaba los ojos y abrazaba con ello la silueta que se iba en pos del sendero, hasta perderse en el follaje que bordea al río.

Fue una parte refulgente, cuando el padre hizo a un lado el torno en que moldeaba una pieza. Siguió con la suya la mirada de su muchacho, hasta llegar al sitio en que éste la había clavado. Ella, al sentir sobre sí los ojos penetrantes del viejo, quedó petrificada en medio de la vereda.

La cabeza cayó sobre el pecho, ocultando el rubor que ardía en sus mejillas.

-¿Esa es? -preguntó en seco el anciano a su hijo. -Sí- respondió el muchacho, y escondió su desconcierto en la reanudación de la tarea.

El «Prencipal», un indio viejo, venerable de años e importante de prestigios, escuchó solícito la demanda de Juan Lucas:

-El hombre joven, como el viejo, necesitan la compañera, que para el uno es flor perfumada y, para otro, bordón… Mi hijo ya ha puesto sus ojos en una.

-Cumplamos la ley de Dios y démosle goce al muchacho como tú y yo, Juan Lucas, lo tuvimos un día. ¡Tú dirás lo que se hace!

-Quiero que pidas a la niña para mi hijo.

-Ese es mi deber como «Prencipal.» Vamos, ya te sigo, Juan Lucas.

Frente a la casa de la elegida, Juan Lucas, cargado con una libra de chocolate, varios manojos de cigarrillo de hoja, un tercio de leña y otro de «ocote», aguarda, en compañía del «Prencipal» de Bachajón, que los moradores del jacal contesten la llamada que han hecho sobre su puerta.

A poco, la etiqueta indígena todo lo satura.

-Ave María Purísima del Refugio -dice una voz que sale por entre las rendijas del jacal. -Sin pecado original concebida- responde el «Prencipal.»

La puertecilla se abre. Gruñe un perro. Una nube de humo atosigante recibe a los recién llegados que pasan al interior; llevan sus sombreros en la mano y caravanean a diestro y siniestro. Al fondo de la choza, la niña, motivo del ceremonial acontecimiento, echa tortillas, su cara, enrojecida por el calor del fuego, disimula su turbación a medias, porque está inquieta como tórtola recién enjaulada; pero acaba por tranquilizarse frente al destino que de tan buena voluntad le están aparejando los viejos.

Cerca de la puerta el padre de ella, Mateo Bautista, mira impenetrable a los recién llegados. Bibiana Petra, su mujer, gorda y saludable, no esconde el gozo y señala a los visitantes dos piedras para que se sienten.

-¿Sabes a lo que venimos? -Pregunta por fórmula el «Prencipal.»

-No -contesta mintiendo descaradamente Mateo Bautista. -Pero de todos maneras mi pobre casa se mira alegre con la visita de ustedes.

-Pues bien, Mateo Bautista, aquí nuestro vecino y prójimo Juan Lucas pide a tu niña para que sea compañera de su hijo.

-No es mala la respuesta, pero yo quiero que mi buen prójimo Juan Lucas no se arrepienta algún día. Mi muchachita es haragana, es terca y es tonta de su cabeza. Prietilla y chata, pues no le debe nada a la hermosura. No sé, la verdad, qué le han visto.

-Yo tampoco -tercia Juan Lucas- he tenido inteligencia para hacer a mi hijo digno de suerte buena. Es necio al querer cortar para él una florecita tan fresca y olorosa. Pero la verdad es que al pobre se le ha calentado la mollera y mi deber de padre es, pues…

En un rincón de la casucha Bibiana Petra sonríe ante el buen cariz que toman las cosas: habrá boda, así lo indica con toda claridad la vehemencia de los padres para desprestigiar a sus mutuos retoños.

-Es que la decencia no deja a ustedes ver nada bueno en sus hijos. La juventud es noble cuando se le ha guiado con prudencia -dice el «Prencipal», recitando algo que ha repetido muchas veces en actos semejantes.

La niña, echada sobre el metate, escucha; ella es la ficha gorda que se juega en aquel torneo de palabras y, sin embargo, no tiene derecho ni siquiera de mirar frente a frente a ninguno de los que en él intervienen.

-Mira, vecino y buen prójimo -agrega Juan Lucas-, acepta estos presentes que en prueba de buena fe yo te oferto.

Y Mateo Bautista, con gran dignidad, remuele las frases de rigor en casos tan particulares.

-No es de buena crianza, prójimo, recibir regalos en casa cuando por primera vez nos son ofrecidos, tú lo sabes. Vayan con Dios.

Los visitantes se ponen en pie. El dueño de la casa ha besado la mano del «Prencipal» y abrazado tiernamente a su vecino Juan Lucas. Los dos últimos salen cargados con los presentes que la exigente etiqueta tzeltal impidió aceptar al buen Mateo Bautista. La vieja Bibiana Petra está rebosante de gusto: el primer acto ha salido a maravillas. La muchacha levanta con el dorso de su mano el mechón de pelo que ha caído sobre su frente y se da prisa para acabar de tortear el almud de masa que se amontona a un lado del comal.

Mateo Bautista, silencioso, se ha sentado en cuclilas a la puerta de su choza. -Bibiana -ordena, tráeme un trago de guaro.

La rojiza mujer obedece y pone en manos de su marido un jarro de aguardiente. El empieza a beber despacio, saboreando los sorbos.

A la semana siguiente la entrevista se repite. En aquella ocasión, visitantes y visitado deben beber mucho guaro y así lo hacen. Mas la petición reiterada no se acepta y vuélvense a rechazar los presentes, enriquecidos ahora con jabones de olor, maquetas de panela y un saco de sal. Los hombres hablan poco esta vez.

La niña ha dejado de ir por agua al río. Así lo establece el ritual.

Durante la tercera visita, Mateo Bautista ha de sucumbir con elegancia. Y así sucede. Entonces acepta los regalos con un gesto displicente, a pesar de que ellos han aumentado con «enredo» de lana, un «huipil» bordado con flores y mariposas de seda, aretes, gargantilla de alambre y una argolla nupcial, presentes todos del novio a la novia. Se habla de fechas y de parinos. Todo lo arreglan los viejos con el mejor acto.

La niña sigue martajando maíz en el metate; escucha en silencio los planes, sin darse por ello descanso: muele y tortea, tortea y muele de la mañana a la noche.

El día está cercano. Bibiana Petra y su hija han pasado la noche en vela. A la «molienda de boda» han ocurrido las vecinas, que rodean a la prometida, obligada por su condición de moler y torear la media arroba de maíz y los cientos de tortillas que se consumirán en el comelitón nupcial. En grandes cazuelas hierve el «mole negro.» Mateo Bautista ha llegado con dos garrafones de guaro, y la casa, barrida y regada, espera el arribo de la comitiva del novio.

Ya están aquí. El y ella se miran por primera vez a corta distancia. La muchacha sonríe modosa; él se pone grave y baja la cabeza, mientras rasca el piso con su huarache chirriante de puro nuevo.

El «Prencipal» se ha plantado en medio del jacal. Bibiana Petra riega pétalos de rosa sobre el piso. La chirimía* atruena, mientras los invitados invaden el recinto.

Ahora la pareja se ha arrodillado humildemente a los pies del «Prencipal.» La concurrencia los rodea. El «Prencipal» habla de derechos para el hombre y de sumisiones para la mujer. De órdenes de él y de acatamientos por parte de ella. Hace que los novios se tomen de las manos y reza con ellos el Padrenuestro. La desposada se pone de pie, va hacia su suegro y besa sus plantas. El la alza con comedimiento y dignidad y la entrega a su hijo.

Y, por fin, entra en acción Bibiana Petra. Su papel es corto, pero interesante.

-Es tu mujer -dice con solemnidad al yerno-. Cuando quieras, puedes llevarla a tu casa para que te haga compañía.

Entonces el joven responde con la frase consagrada:

-Bueno madre, tú lo quieres… La pareja sale lenta y humilde. Ella va tras él como una corderilla.

-Va contenta la muchacha. Muy contenta va mi hija, porque es el día más feliz de su vida. Nuestros hombres nunca sabrán lo sabroso que nos sabe a las mujeres cambiar de metate.

Al torcer el vallado espinudo, él toma entre sus dedos el regordete meñique de ella, mientras escuchan, bobos, el trinar de un jilguero.

Francisco Rojas González (Mexico, 1903 – 1951). El Galano Arte de Leer. Antología Didáctica. pp.32-35. Ed. Trillas.