¿DE QUE COLOR SON?

Estándar

-¿Sabéis de qué color son
las estrellas?
dice la niña con su
voz rosa, fragante, trémula.

Giran las constelaciones
en la oscura noche inmensa.
-Hija mía, es tu pregunta
flor de luz en la tiniebla.
Me mira la madre. Yo
devuelvo el mirar en ellas.
Sonreímos sin decirnos
nada. La niña recela
mariposa de misterio
que en nuestro silencio vuela.

Con tozudez de oleaje,
con terquedad de marea,
multiplicada de espumas
en la cita de la arena,
la niña viene y se va
y vuelve por su respuesta
y como un columpio loco
nos acosa y nos desvela:
-¡Que me digáis el color,
el color de las estrellas!
-Hija: no tienen ninguno.
-Tienen el color que quieras,
amarillo, verde, blanco,
carmín, naranja, violeta…
Hoy, el color de tus sueños;
mañana, el de tus tristezas.

Alfredo Marquerie
(España, 1907-1974)

Las moscas

Estándar

Vosotras, las familiares,
inevitables, golosas,
vosotras, moscas vulgares,
me evocáis todas las cosas.

¡Oh, viejas moscas voraces
como abejas en abril,
viejas moscas pertinaces
sobre mi calva infantil!

¡Moscas del primer hastío
en el salón familiar,
las claras tardes de estío
en que yo empecé a soñar!

Y en la aborrecida escuela,
raudas moscas divertidas,
perseguidas,
por amor de lo que vuela,
-que todo es volar-, sonoras,
rebotando en los cristales
en los días otoñales…

Moscas de todas las horas,
de infancia y de adolescencia,
de mi juventud dorada;
de esta segunda inocencia
que da en no creer en nada,
de siempre…
Moscas vulgares,
que de puro familiares
no tendréis digno cantor:
yo sé que os habéis posado
sobre el juguete encantado,
sobre el librote cerrado,
sobre la carta de amor,
sobre los párpados yertos
de los muertos.

Inevitables, golosas,
que ni labráis como abejas,
ni brilláis cual mariposas;
pequeñitas, revoltosas,
vosotras, amigas viejas,
me evocáis todas las cosas.

Antonio Machado
(España, 1875-1939)

Deseos

Estándar

Trópico, para qué me diste
las manos llenas de color.
Todo lo que yo toque
se llenará de sol.
En las tardes sutiles de otras tierras
pasaré con mis ruidos de vidrio tornasol.
Déjame un solo instante
dejar de ser grito y color.

Déjame un solo instante
cambiar de clima el corazón,
beber la penumbra de una cosa desierta,
inclinarme en silencio sobre un remoto balcón,
ahondarme en el manto de pliegues finos,
dispersarme en la orilla de una suave devoción,
acariciar dulcemente las cabelleras lacias
y escribir con un lápiz muy fino mi meditación.
¡Oh, dejar de ser un solo instante
el Ayudante de Campo del sol!
¡Trópico, para qué me diste
las manos llenas de color!

Carlos Pellicer
(México, 1897-1977)

Anoche cuando dormía

Estándar

Anoche, cuando dormía,
soñé, ¡bendita ilusión!
que una fontana fluía
dentro de mi corazón.

Di, ¿por qué acequia escondida,
agua, vienes hasta mí,
manantial de nueva vida
en donde nunca bebí?

Anoche, cuando dormía,
soñé, ¡bendita ilusión!
que una colmena tenía
dentro de mi corazón;
y las doradas abejas
iban fabricando en él,
con las amarguras viejas
blanda cera y dulce miel.

Anoche, cuando dormía,
soñé, ¡bendita ilusión!
que un ardiente sol lucía
dentro de mi corazón.
Era ardiente porque daba
calores de rojo hogar,
y era sol porque alumbraba
y porque hacía llorar.

Anoche, cuando dormía,
soñé, ¡bendita ilusión!
que era Dios lo que tenía
dentro de mi corazón.

Antonio Machado
(España, 1875-1939)

Yo voy soñando caminos

Estándar

¡Yo voy soñando caminos
de la tarde! ¡Las colinas
doradas, los verdes pinos,
las polvorientas encinas…!
¿Adónde el camino irá?

Yo voy cantando, viajero,
a lo largo del sendero…
¡la tarde cayendo está!

En el corazón tenía
la espina de una pasión;
logré arrancársela un día:
ya no siento el corazón.

Y todo el campo un monumento
se queda, mudo y sombrío,
meditando. Suena el viento
en los álamos del río.

La tarde más se oscurece.
Y el camino que serpea
y débilmente blanquea,
se enturbia y desaparece.
Mi cantar vuelve a plañir:
Aguda espina dorada,
¡quién te pudiera sentir
en el corazón clavada!

Antonio Machado
(España, 1875-1939)

La vaca

Estándar

Brillante con el brillo de la vida,
de asta pequeña y de pezuña breve,
de piel con la blancura de la nieve
y ubres como una fuente dividida,
va a una cadena de metal prendida
la res lustrosa donde el sol luz llueve
y arrastra al hombre, cuyo paso mueve,
retozando, de todo sorprendida.

Muge, brinca, sacude la cabeza;
la espléndida salud, que es su belleza,
muestra en el ancho lomo y cuello altivo.

Y cuando cesa de jugar, cansada,
mansa, enorme, paciente y reposada,
parece, andando, un monumento vivo.

Salvador Rueda
(España, 1861-1933)

La sandía

Estándar

Cual si de pronto se entreabriera el día,
despidiendo una intensa llamarada,
por el acero fúlgido rasgada
mostró su carne roja la sandía.

Carmín incandescente parecía
la larga y deslumbrante cuchillada,
como boca encendida y desatada
en frescos borbotones de alegría.

Tajada tras tajada, señalando,
las fue el hábil cuchillo separando,
vivas a la ilusión como ningunas.

Las separó la mano de repente,
y de improviso decoró la fuente
un círculo de rojas medias lunas.

Salvador Rueda
(España, 1861-1933)

El sapito Glo Glo Glo

Estándar

Nadie sabe dónde vive.
Nadie en la casa lo vio.
Pero todos escuchamos
al sapito: glo… glo… glo…

¿Vivirá en la chimenea?
¿Dónde rayos se escondió?
¿Dónde canta cuando llueve
el sapito Glo Glo Glo?

¿Vive acaso en la azotea?
¿Se ha metido en un rincón?
¿Está abajo de la cama?
¿Vive oculto en una flor?

Nadie sabe dónde vive.
Nadie en la casa lo vio.
Pero todos escuchamos
al sapito: glo… glo… glo…

José Sebastián Tallón
(Argentina, 1904-1954)

Este era un rey…

Estándar

Ven mi Juan, y toma asiento
en la mejor de tus sillas:
siéntate aquí, en mis rodillas,
y presta atención a un cuento.
Así estás bien, eso es,
muy cómodo, muy ufano,
pero ten quieta esa mano,
vamos, sosiega esos pies.

Este era un rey…” me maltrata
el bigote ese cariño.
Este era un rey…” vamos niño,
que me rompes la corbata.
Si vieras con qué placer
ese rey… ¡Jesús! ¡Qué has hecho!
¿Lo ves? en medio del pecho
¡me has clavado un alfiler!
¿Y mi dolor te da risa?
Escucha y tenme respeto:
Este era un rey…” deja quieto
el cuello de mi camisa.

Oír atento es la ley
que a cumplir aquí te obligo.
Deja mi reloj, prosigo.
Atención: “Este era un rey…

Me da tormentos crueles
tu movilidad chicuelo,
¿ves? has regado en el suelo
mi dinero y mis papeles.

Responde: ¿me has de escuchar? “Este era un rey…” ¡Qué locura!
Me tiene en grande tortura
que te muevas sin parar.
Mas ¿ya estás quieto? Sí, sí,
al fin cesa mi tormento.
Este era un rey…” oye el cuento
inventado para ti.

Y agrega el niño, que es ducho en tramar cuentos a fe:
Este era un rey…” Ya lo sé
porque lo repites mucho.
Y me gusta el cuentecito.
Y mira ya lo aprendí:
Este era un rey…” ¿no es así?
¡Qué bonito! ¡Qué bonito!

Y de besos me da un ciento
y pienso al ver sus cariños:
los cuentos, para los niños,
no requieren argumento.

Basta con entender
su espíritu de tal modo
que nos puedan hacer todo
lo que nos quieran hacer.
Con lenguaje grato o rudo
un niño, sin hacer caso,
va dejando paso a paso
a su narrador desnudo.

Infeliz del que se escama
con esas dulces locuras:
¡si estriba en sus travesuras
el argumento del drama!

¡Oh Juan! me alegra y me agrada
tu movilidad tan terca.
Te cuento por verte cerca
y no por contarte nada.
Y bendigo mi fortuna,
y oye el cuento, y lo sabrás:
Este era un rey a quien jamás
le sucedió cosa alguna.

Juan de Dios Peza
(México, 1852-1910)