La muralla

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Para hacer esta muralla,
tráiganme todas las manos:
los negros, sus manos negras,
los blancos, sus blancas manos.
Ay,
una muralla que vaya
desde la playa
hasta el monte,
desde el monte hasta la playa, bien,
allá sobre el horizonte.

-¡Tun tun!
– ¿Quién es?
– Una rosa y un clavel…
-¡Abre la muralla!

-¡Tun tun!
– ¿Quién es?
– El sable del coronel…
-¡Cierra la muralla!

-¡Tun tun!
– ¿Quién es?
– La paloma y el laurel…
-¡Abre la muralla!

Al corazón del amigo,
abre la muralla;
al veneno y al puñal,
cierra la muralla;
al mirto y la yerbabuena,
abre la muralla;
al diente de la serpiente,
cierra la muralla;
al ruiseñor en la flor,
abre la muralla…

Alcemos una muralla
juntando todas las manos:
los negros, sus manos negras,
los blancos, sus blancas manos.

Una muralla que vaya
desde la playa hasta el monte
desde el monte hasta la playa, bien,
allá sobre el horizonte…

Nicolás Guillén
(Cuba, 1902-1989)

2 comentarios en “La muralla

  1. Bianka Suriel

    Este es uno de mis poemas favoritos:

    A MARGARITA DEBAYLE

    Margarita, está linda la mar,
    y el viento
    lleva esencia sutil de azahar;
    yo siento
    en el alma una alondra cantar:
    tu acento.
    Margarita, te voy a contar
    un cuento.

    Éste era un rey que tenía
    un palacio de diamantes,
    una tienda hecha del día
    y un rebaño de elefantes,

    un kiosko de malaquita,
    un gran manto de tisú,
    y una gentil princesita,
    tan bonita,
    Margarita,
    tan bonita como tú.

    Una tarde la princesa
    vió una estrella aparecer;
    la princesa era traviesa
    y la quiso ir a coger.

    La quería para hacerla
    decorar un prendedor,
    con un verso y una perla,
    y una pluma y una flor.

    Las princesas primorosas
    se parecen mucho a ti:
    cortan lirios, cortan rosas,
    cortan astros. Son así.

    Pues se fué la niña bella,
    bajo el cielo y sobre el mar,
    a cortar la blanca estrella
    que la hacía suspirar.

    Y siguió camino arriba,
    por la luna y más allá;
    mas lo malo es que ella iba
    sin permiso del papá.

    Cuando estuvo ya de vuelta
    de los parques del Señor,
    se miraba toda envuelta
    en un dulce resplandor.

    Y el rey dijo: “¿Qué te has hecho?
    Te he buscado y no te hallé;
    y ¿qué tienes en el pecho,
    que encendido se te ve?”

    La princesa no mentía.
    Y así, dijo la verdad:
    “Fuí a cortar la estrella mía
    a la azul inmensidad.”

    Y el rey clama: “¿No te he dicho
    que el azul no hay que tocar?
    ¡Qué locura! ¡Qué capricho!
    El Señor se va a enojar.”

    Y dice ella: “No hubo intento;
    yo me fuí no sé por qué;
    por las olas y en el viento
    fuí a la estrella y la corté.”

    Y el papá dice enojado:
    “Un castigo has de tener:
    vuelve al cielo, y lo robado
    vas ahora a devolver.”

    La princesa se entristece
    por su dulce flor de luz,
    cuando entonces aparece
    sonriendo el Buen Jesús.

    Y así dice: “En mis campiñas
    esa rosa le ofrecí:
    son mis flores de las niñas
    que al soñar piensan en mí.”

    Viste el rey ropas brillantes,
    y luego hace desfilar
    cuatrocientos elefantes
    a la orilla de la mar.

    La princesita está bella,
    pues ya tiene el prendedor
    en que lucen, con la estrella,
    verso, perla, pluma y flor.

    Margarita, está linda la mar,
    y el viento
    lleva esencia sutil de azahar:
    tu aliento.

    Ya que lejos de mí vas a estar,
    guarda, niña, un gentil pensamiento
    al que un día te quiso contar
    un cuento.
    Rubén Darío
    (1867-1916)

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