2 Timoteo 1:6-8

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Por lo cual te aconsejo que avives el fuego del don de Dios que está en ti por la imposición de mis manos. Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio. Por tanto, no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor.

Sabemos cómo entendía Pablo la tremenda responsabilidad de que se le hubiera confiado el evangelio. Sabiendo que un día tendría que rendir cuentas al Señor de cómo llevó a cabo su llamado, el apóstol estuvo dispuesto a sufrir por causa de Cristo para cumplir la tarea. Como creyentes, nosotros también tenemos la obligación de compartir el evangelio con quienes Dios traiga a nuestra vida. Y sería prudente considerar cuál es nuestro nivel de compromiso.

Pablo se sentía obligado a hablar sobre el Salvador. De hecho, dijo: «Pues si anuncio el evangelio, no tengo por qué gloriarme; porque me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciare el evangelio!» (1 Corintios 9:16). Sin que le importara cómo era tratado, no se avergonzaba del mensaje de Cristo, por lo cual seguía advirtiendo a los incrédulos sobre las consecuencias eternas de ignorar el misericordioso ofrecimiento de salvación del Señor.

Es posible que no queramos advertir a las personas sobre el juicio de Dios, por temor a alejarlas de Él. Pero, en realidad, las personas que viven en la oscuridad espiritual ya están lejos del Señor y necesitan escuchar su ofrecimiento de perdón. Pablo estuvo incluso dispuesto a morir para difundir el mensaje. Si nos dejamos impulsar por su ejemplo, descubriremos una valentía repentina para compartir nuestra fe.

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Salmo 63:1

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Dios, Dios mío eres tú; De madrugada te buscaré; Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela…

El amor de David por el Señor nos inspira a desear esa misma clase de relación. Pero ¿de dónde viene esa pasión por Dios? No se fabrica ni se crea mediante el esfuerzo o la fuerza de voluntad, ni podemos esforzarnos por alcanzar un estado emocional genuino de anhelo. El amor a Dios viene solo de Él, como un regalo para quienes pertenecen a Cristo, «Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero.» (1 Juan 4:19).

Esto significa que los únicos que en verdad pueden tener hambre y sed de Dios son los creyentes. El resto de la gente anhela riqueza, seguridad, control o prominencia —cosas que creen erróneamente que les dará lo que su alma necesita. Muchos van por la vida tratando de establecer todo tipo de conexiones interpersonales, con la esperanza de satisfacer deseos que ni siquiera entienden. Con mucha frecuencia, el resultado son relaciones vacías, trabajo excesivo y conducta inmoral.

David sabía que Dios era la única solución al anhelo constante de su corazón. Como dijo Agustín de Hipona: “Nuestro corazón andará siempre inquieto mientras no descanse en [Él]”. ¿Se siente vacío por tratar de satisfacer su alma con algo que no sea el Señor? Venga a Él con todo su corazón, y descubra la llenura que Dios ofrece.

«…Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre.» (Eclesiastés 12:13).

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El nido

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Mira ese árbol que a los cielos

sus ramas eleva erguido;

en ellas columpia un nido

en que duermen tres polluelos.

Ese nido es un hogar;

no lo rompas, 

no lo hieras:

sé bueno y deja a las fieras,

el vil placer de matar.

Juan de Dios Peza. México (1852-1910)

Romanos 8:5-7

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Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz. Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden.

Aunque los cristianos están familiarizados con el evangelio, muchos son reacios a compartir su fe. Una razón es porque no se sienten capaces de explicarlo bien y temen las reacciones negativas o las preguntas que no podrán responder. Pero debemos recordar que Dios nos ha dado el mensaje más importante del mundo.

El apóstol Pablo recibía con agrado la oportunidad de hablar a la gente acerca de Cristo. Esto se debe a que experimentó el poder transformador del evangelio y se enfocó en ello en lugar de hacerlo en las reacciones negativas que pudiera encontrar. A menudo, la razón por la que nos avergonzamos de hablar de nuestra fe es una preocupación egoísta. Pero si comenzamos a mirar a los perdidos y le pedimos a Dios que nos abra una puerta para compartir nuestra fe, Él responderá esa oración.

Tendemos a distraernos con actividades temporales que al final se desvanecen. Pero las almas son para siempre, y la gente necesita conocer al Salvador. Por eso es importante que entendamos el evangelio lo suficientemente bien como para presentarlo con confianza y valentía. No podemos dejar que el miedo o la ignorancia nos impidan dar a un mundo perdido el único mensaje que puede cambiar el destino eterno de una persona.

«Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego.» (Romanos 1:16).

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Proverbios 12:22

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Los labios mentirosos son abominación a Jehová; Pero los que hacen verdad son su contentamiento.

¿Por qué es tan fácil mentir?  Decir algo falso es algo que todos hacíamos cuando éramos niños, pero mentir puede hacer tropezar aun a cristianos de toda la vida. El motivo subyacente para ceder al engaño suele ser el deseo de protegernos de alguna manera. Mentimos para salir de problemas, evitar una situación indeseable, obtener beneficio económico, ser aceptados, reforzar nuestra imagen, ocultar nuestras fallas, o por otras razones que a nuestro parecer nos benefician.

La obediencia a Dios vale mucho más que cualquier cosa que podamos ganar diciendo mentiras o adulterando la verdad en un esfuerzo por mantenernos a salvo.

¿Está dispuesto a comprometerse a decir la verdad aun cuando sea costoso? Falsear la información de la declaración de impuestos, aparentar lo que uno no es en las redes sociales, o restar importancia a un error de cálculo a su favor en un recibo y otras cosas más, no es justificable. Hablar verdad, obedecer, agradar al Señor y dejar las consecuencias en sus manos será siempre lo mejor que podemos hacer.»

El testigo falso no quedará sin castigo, Y el que habla mentiras no escapará. Proverbios 19:5.

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Santiago 1:16-17

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Amados hermanos míos, no erréis. Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación

Nuestro Padre celestial nos colma de muchos buenos regalos, pero el que los supera a todos es su Hijo, «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.» (Juan 3:16). El eterno Creador de todas las cosas se revistió de humanidad para venir al mundo como un bebé. Aunque Él parecía insignificante para el mundo, es el mejor y más necesario regalo que hemos recibido.

El pecado ha arruinado a la humanidad, dejándonos bajo la ira de Dios y en una condición desesperada. Necesitamos el perdón de los pecados, la liberación del juicio divino y la eliminación de nuestra culpa. El Señor Jesús vino a hacer todo esto por aquellos de nosotros que lo recibimos por medio de la fe (los ojos del alma).

Pero el regalo de Dios no termina ahí. Cuando confiamos en Cristo para salvación, nos convertimos en los hijos amados del Padre, que recibiremos una gloriosa herencia en el cielo. Y, mientras tanto, Él provee todo lo que necesitamos para la vida y la piedad.

«Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia,» (2 Pedro 1:3).

¿Ha recibido usted por fe el regalo del Hijo de Dios, o lo ha mantenido como un bebé en el pesebre, para ser recordado solo en Navidad? Si pone su fe en Él hoy, disfrutará de las extraordinarias bendiciones que solo se encuentran en Cristo. 

«Vida eterna a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad,» (Romanos 2:7).

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