Dime vencedor rapaz

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Dime vencedor rapaz,

vencido de mi constancia,

¿qué ha sacado tu arrogancia

de alterar mi firme paz?

Que aunque de vencer capaz

es la punta de tu arpón,

¿Qué importa el tiro violento,

si a pesar del vencimiento

queda viva la razón?

Tienes grande señorío;

pero tu jurisdicción

domina la inclinación,

mas no pasa el albedrío.

Y así librarme confío

de tu loco atrevimiento,

pues aunque rendida siento

y presa la libertad,

se rinde la voluntad

pero no el consentimiento.

En dos partes dividida

tengo el alma en confusión:

una, esclava a la pasión,

y otra, a la razón medida.

Guerra civil, encendida,

aflige el pecho importuna:

quiere vencer cada una,

y entre fortunas tan varias,

morirán ambas contrarias

pero vencerá ninguna.

Cuando fuera, amor, te vía,

no merecí de ti palma;

y hoy, que estás dentro del alma,

es resistir valentía.

Córrase, pues, tu porfía,

de los triunfos que te gano:

pues cuando ocupas, tirano,

el alma, sin resistillo,

tienes vencido el castillo

e invencible el castellano.

Invicta razón alienta

armas contra tu vil saña,

y el pecho es corta campaña

a batalla tan sangrienta.

Y así, amor, en vano intenta

tu esfuerzo loco ofenderme:

pues podré decir, al verme

expirar sin entregarme,

que conseguiste matarme

mas no pudiste vencerme.

Sor Juana Inés de la Cruz. México (1651-1695)

Filipenses 4:8

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Todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad. Filipenses 4:8

El versículo presenta una amplia lista de las cosas en las que debemos pensar.

Lo que es verdadero: Usted hallará lo que es verdadero en la Palabra de Dios.

Lo honesto: pensar en todo lo que es correcto y coherente con los valores eternos; lo sagrado frente a lo profano.

Lo justo: El pensar debidamente, siempre es compatible con la absoluta santidad de Dios.

Lo puro: moralmente limpio y no corrupto.

Lo amable: “agradable” que refleja afecto, aprecio y amor hacia sus semejantes.

Lo que es de buen nombre: de gran estima o de buena reputación.

Lo virtuoso y digno de alabanza: lo que es siempre respetable, como la bondad, la cortesía y el respeto a los demás.

Si somos guiados por las Sagradas Escrituras, a través del Espíritu Santo de Dios, estos principios llenarán e invadirán nuestras mentes y nuestros corazones.

«La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros…» (Colosenses 3:16). 

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Juan 13:17

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Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis. Juan 13:17

Que nuestra meta y esfuerzo sea siempre: «para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios;» Colosenses 1:10. En otras palabras, las únicas buenas obras que Dios acepta son las que se derivan de la buena obra de Cristo a nuestro favor. Sin embargo, para hacer esto, necesitamos que Dios nos capacite. Aun después de ser regenerados, dependemos totalmente de Dios. 

A pesar de la vida, la luz y la libertad que nos ha dado, no tenemos fuerza propia, para hacer lo que Dios nos pide. Cada uno debe reconocer: «Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí.» Romanos 7:21 pero gracias a Dios por Jesucristo quien, por el poder del Espíritu Santo, nos fortalece en todas nuestras debilidades y nos ha hecho más que vencedores, en todas estas cosas.

«Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo«. 1 Corintios 15:57

 De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. 2 Corintios 5:17.

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Contracanto a Walt Whitman

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Yo,

un hijo del Caribe,

precisamente antillano.

Producto primitivo de una ingenua

criatura borinqueña

y un obrero cubano,

nacido justamente, 

y pobremente,

en suelo quisqueyano.

Recorrido de voces,

lleno de pupilas

que a través de las islas se dilatan,

vengo a hablarle a Walt Whitman,

un cosmos,

un hijo de Manhattan

Preguntarán

¿quién eres tú?

Comprendo.

Que nadie me pregunte

quién es Walt Whitman.

Iría a sollozar sobre su barba blanca.

Sin embargo,

voy a decir de nuevo quien es Walt Whitman,

un cosmos,

un hijo de Manhattan.

Pedro Mir. República Dominicana (1913-2000)

Romanos 16:26

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…por las Escrituras de los profetas, según el mandamiento del Dios eterno, se ha dado a conocer a todas las gentes para que obedezcan a la fe, Romanos 16:26.

¿Sabía usted que no es fe más obediencia lo equivalente a salvación, sino fe obediente la que es igual a salvación? Se comprueba la verdadera fe en su obediencia a Dios.

Como Jesucristo es el Señor, Él exige obediencia. No hay fe sin obediencia. Pablo dijo a los cristianos de Roma: “Doy gracias a mi Dios mediante Jesucristo con respecto a todos vosotros, de que vuestra fe se divulga por todo el mundo” (Romanos 1:8). ¿Y por qué se divulgaba su fe en todo el mundo? (Romanos 16:19) explica: “Vuestra obediencia ha venido a ser notoria a todos…” Al principio, es su fe la que se divulga, pero al final es su obediencia.

La fe que excluye la obediencia no salvará a nadie. Tal engaño hace que muchos entren por el camino espacioso que lleva a la destrucción, «…Porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella;» (Mateo 7:13). Eso es como edificar una superestructura religiosa sobre la arena, «Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena; y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina.» (Mateo 7:26-27).

Fundamente su vida de fe en la obediencia a Cristo. Entonces sabrá que pertenece a Él.» 

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Romanos 1:4

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Declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de ­santidad, por la resurrección de entre los muertos. Romanos 1:4.

Jesucristo tenía que ser más que hombre; tenía que ser también Dios. Si Jesucristo fuera solo hombre, aun el mejor de los hombres, no podía haber salvado a los creyentes de su pecado. Si fuera incluso el hombre justo de la simiente de David, pero no Dios, no podía haber soportado el castigo de Dios el Padre en la cruz y haber resucitado de los muertos. No podía haber vencido a Satanás y al mundo, sino que habría sido vencido como son vencidos todos los hombres.

Si hubo alguna duda de que Jesucristo era el Hijo de Dios, su resurrección de los muertos debiera eliminarla. Tenía que ser hombre para llegar a nosotros, pero tenía que ser Dios para resucitarnos.  Cuando Dios resucitó a Cristo de los muertos, confirmó que era verdad lo que él dijo.

Tan claro como el horizonte separa la tierra del cielo, así la resurrección separa a Jesucristo del resto de la humanidad. Jesucristo es Dios encarnado. Gloria a nuestro Salvador! 

«En estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas,» (Hebreos 1:2-3).

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Si alguien quiere saber cuál es mi patria

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Si alguien quiere saber cuál es mi patria

no la busque,

no pregunte por ella.

Siga el rastro goteante por el mapa

y su efigie de patas imperfectas.

No pregunte si viene del rocío

o si tiene espirales en las piedras

o si tiene sabor ultramarino

o si el clima le huele en primavera.

No la busque ni alargue las pupilas.

No pregunte por ella.

(¡Tanto arrojo en la lucha irremediable 

y aún no hay quien lo sepa!

¡Tanto cero y fulgor de resistir

y aún no hay quien lo vea!)

No, no la busque.

Si alguien quiere saber cuál es mi patria,

no pregunte por ella.

No quiera saber si hay bosques, trinos,

penínsulas muchísimas y ajenas,

o si hay cuatro cadenas de montañas,

todas derechas,

o si hay varios destinos de bahías

y todas extranjeras.

Siga el rastro goteando por la brisa

y allí donde la sombra se presenta,

donde el tiempo castiga y desmorona,

ya no la busque,

no pregunte por ella.

Su propia sangre, su órbita querida,

su instantáneo chispazo de presencia,

su funeral de risa y de sonrisa,

su potrero de espaldas indirectas,

su puño de silencio en cada boca,

su borbotón de ira en cada mueca,

sus manos enguatadas en la fábrica y

sus pies descalzos en la carretera,

las largas cicatrices que le bajan

como antiguos riachuelos, 

su siniestra figura de mujer obligada a parir

con cada coz que busca su cadera

para echar una fila de habitantes

listos para la rueda,

todo dirá de pronto dónde existe

una patria moderna.

Dónde habrá qué buscar y qué pregunta

se solicita. Porque apenas

surge la realidad y se apresura

una pregunta, ya está la respuesta.

No, no la busque.

Tendría que pelear por ella…

Pedro Mir. República Dominicana (1913-2000)

Mateo 7:20-21

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Así que, por sus frutos los conoceréis. No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Mateo 7:20-21

Lo peor que puede sucederle a una persona es pensar que ha sido salva de la condenación, para descubrir después de la muerte que no es así. A todos nos gustaría creer que son ciertas las aseveraciones o afirmaciones de quienes aseguran ser cristianos, pero Jesús hace una dura advertencia porque sabe que muchos serán engañados. Se sentarán en la iglesia semana tras semana, asegurando que Jesús es el Hijo de Dios, pero sin nunca involucrarse en una relación personal con Él.

Fe intelectual no es lo mismo que fe salvadora. No es suficiente creer que Jesús murió y resucitó. Hasta los demonios creen eso «…También los demonios creen, y tiemblan.» (Santiago 2:19).

La salvación implica más que conocimiento: requiere confiar en que Jesús pagó el castigo por nuestros pecados, recibir su perdón, dejar el pecado y establecer una relación con Él. Lo que identifica a un cristiano no es lo que dice ser, sino más bien los frutos que lo identifican con el Señor. 

«Así, todo buen árbol da buenos frutos…» (Mateo 7:17)

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