1 Corintios 2:16

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Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿Quién le instruirá? Mas nosotros tenemos la mente de Cristo (1 Corintios 2:16).

Algunos suponen que la preocupación es resultado de pensar demasiado. Pero en realidad es el resultado de pensar muy poco en la dirección correcta. Cuando fuimos salvos, recibimos una nueva mente o manera de pensar. Ahora, nuestro modo de pensar debiera estar impregnado de pensamientos divinos y sobrenaturales.

«Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad.» (Filipenses 4:8).

El apóstol Pablo dijo: “Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz” (Romanos 8:5-6). Gracias al Espíritu de Dios en nuestra vida, pensamos a un nivel espiritual, no a un nivel carnal. Ahora bien, hay que cultivar esta nueva manera de pensar y proceder siendo diligentes en el estudio de la palabra de Dios, la Biblia.

Pablo también dijo: “Por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención” (1 Corintios 1:30). Como Dios nos da su sabiduría, podemos pensar los profundos pensamientos del Dios eterno.

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Hebreos 17:11

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Y éstos eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así (Hechos 17:11).

Es alarmante que nuestra cultura tiene más interés en la emoción y el pragmatismo que en pensar. Eso es evidente cuando las personas se preguntan muchas veces “¿Cómo me hará sentir eso?”, en vez de preguntarse “¿Es la verdad?”

Ese enfoque equivocado también es evidente en la teología actual, en la que predominan las preguntas “¿Dividirá?” y “¿Ofenderá?” en lugar de “¿Es correcto?” No hay muchas personas como las de Berea, a quienes la Biblia describe como “más nobles” porque estaban interesadas en buscar la verdad, no en las emociones ni en las circunstancias agradables.

«Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, cuando dijo: Este pueblo de labios me honra; Mas su corazón está lejos de mí. Pues en vano me honran, Enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres.» (Mateo 15:7-9).

Muchísimas personas van actualmente a la iglesia no a pensar ni a razonar acerca de la verdad, sino a experimentar ciertas emociones. Pero vivir de emociones en vez de pensar debidamente producirá inestabilidad. En su libro Your Mind Matters [Su mente tiene importancia], John Stott explica este punto: “El pecado tiene más efectos peligrosos en nuestra facultad de sentir que en nuestra facultad de pensar, ya que nuestras opiniones pueden comprobarse y regularse más fácilmente que nuestras experiencias con la verdad revelada”.

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1 Juan 4:9-10

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Sabemos que Dios nos ama. Esta verdad se repite en la iglesia y los creyentes a menudo recitamos versículos bíblicos sobre el tema. Sin embargo, ¿comprendemos realmente lo que significa ser cuidados de esta manera por el Creador del universo? Exploremos dos aspectos de su amor.

Primero, el amor de Dios no está influenciado por nada dentro o alrededor de nosotros porque es uno de Sus atributos inmutables. Sabemos que aun cuando vivíamos en pecado, Cristo murió por nosotros, «Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.» (Romanos 5:8). No hicimos nada para ganarnos su amor, y no podemos hacer nada para impedirlo.

Segundo, el amor divino es eterno. Los creyentes nunca serán separados del mismo. Efesios 1:4 nos dice que el Padre nos escogió desde antes de la fundación del mundo. Sabemos, por lo tanto, que su cuidado por nosotros siempre ha sido una realidad —y siempre lo será. «Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él,» (Efesios 1:4).

Podemos confiar en Aquel que nos ama por completo. El Señor Jesús demostró su amor al morir en nuestro lugar para rescatarnos del pecado y sus consecuencias. Él promete permanecer con nosotros siempre, y nos redirige cuando nos desviamos. Ya sea que sintamos o no su presencia, su amor nos rodea y protege para siempre.

«…He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.» (Mateo 28:20). 

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1 Pedro 2:1-2

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Desechando, pues, toda malicia, todo engaño, hipocresía, envidias, y todas las detracciones, desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación (1 Pedro 2:1-2)

Si alguien en realidad ha sido salvo, será evidente hambre por la Palabra de Dios. Eso es porque, como creyentes, hemos saboreado la bondad del Señor y, por tanto, anhelamos conocerlo con más profundidad. Mordisquear por costumbre las Sagradas Escrituras no hace mucho para estimular nuestro apetito. La Palabra de Dios es un gusto adquirido, y cuanto más la consumamos, mayor será nuestra hambre por ella.

Si usted ha perdido su deseo de la Palabra, pídale al Señor que le restaure el apetito por leerla todos los días. A medida que se familiarice más con la Biblia, notará que su entendimiento y deseo de ella aumentan. Y lo mejor de todo, es que su amor y su devoción por su Salvador crecerán también. 

«La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma; El testimonio de Jehová es fiel, que hace sabio al sencillo. Los mandamientos de Jehová son rectos, que alegran el corazón; El precepto de Jehová es puro, que alumbra los ojos.» (Salmos 19:7-8).

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Mateo 5:13

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Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres. Mateo 5:13.

Cuando el Señor Jesús se refirió a sus seguidores, los llamó “la sal de la Tierra.” En aquellos días, la sal era la única manera de preservar los alimentos. Como cristianos, nosotros también tenemos un efecto de preservación en la Tierra porque tenemos el único mensaje que puede hacer libres a las personas de la corrupción del pecado y darles vida eterna.

Esto significa que hemos de ser una influencia positiva en las personas que nos rodean. Así como la sal mejora el sabor de la comida, un carácter cristocéntrico y un estilo de vida que agrade a Dios pueden ser ejemplo que atraiga a otros al Salvador. Ellos notarán nuestro gozo y satisfacción, y tal vez deseen tener esas cualidades, que están disponibles solo mediante una relación con Jesucristo.

La sal también tiene propiedades curativas únicas, al igual que el evangelio. Si nos tomamos un momento para escuchar las penas de las personas, tendremos la oportunidad de ofrecer la verdad que trae sanidad espiritual a quienes están atrapadas en la oscuridad y la desesperación del pecado.

Pero recuerde que el Señor Jesús también nos advirtió que no perdamos nuestra salinidad. Si toleramos el pecado en nuestra vida, seremos como el mundo. Para ser una influencia positiva para Cristo, debemos cuidarnos de no ser víctimas de la tentación.

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Hebreos 1:10-12

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Y: Tú, oh Señor, en el principio fundaste la tierra, Y los cielos son obra de tus manos. Ellos perecerán, mas tú permaneces; Y todos ellos se envejecerán como una vestidura, Y como un vestido los envolverás, y serán mudados; Pero tú eres el mismo, Y tus años no acabarán. (Hebreos 1:10-12).

¿Qué hace cuando llegan las tormentas de la vida? ¿A quién se dirige? ¿Dónde busca consuelo y seguridad durante esos momentos tumultuosos?

A lo largo de la vida, estas tormentas van y vienen de manera inesperada, pero no tienen por qué desbalancearnos ni desalentarnos. La Biblia nos asegura que podemos mantenernos firmes sin importar las circunstancias. Entonces, ¿cómo podemos lograrlo? Hay una verdad asombrosa en la Biblia que nos mantendrá firmes durante los momentos más difíciles. Nuestra ancla para las tormentas de la vida es simplemente que Jesucristo nunca cambia. «Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos.» (Hebreos 13:8).

¿Por qué es esto tan vital, y qué entendemos por “ancla”? Tenga en cuenta que todo en su vida, carrera profesional, relaciones familiares, situación económica, salud, etc, se encuentran en un estado de cambio constante. Usted está envejeciendo y cambiando cada minuto de cada día, y no hay nada que pueda hacer para detener este proceso. De hecho, incluso el mundo que conocemos envejecerá y perecerá, y será cambiado como una vestidura. No obstante, en medio de todo esto, Cristo sigue siendo el mismo. 

Si tratamos de aferrarnos con firmeza a cualquiera de estas cosas terrenales durante nuestras dificultades, seremos arrojados en varias direcciones, ya que nos hemos aferrado a una base inestable que está en constante cambio. Pero si ponemos nuestra esperanza en Cristo, podemos estar seguros de que el ancla permanecerá porque Él no se mueve, cambia ni desaparece. En efecto, Jesucristo es la única base segura en un mundo de movimiento, pues estabilizará y dará paz a todos los que confían en Él. Medite sobre esto; «Los que confían en el Señor son como el monte de Sion, que no se mueve, sino que permanece para siempre.» (Salmo 125:1).

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Filipenses 4:5-6

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El Señor está cerca. Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias (Filipenses 4:5-6).

El Señor Jesucristo rodea a todos los creyentes con su presencia, «Cercano está de mí el que me salva…» (Isaías 50:8). Cuando usted tiene un pensamiento, el Señor está cerca para leerlo; cuando usted ora, el Señor está cerca para oír la oración; cuando necesita su fortaleza y su poder, Él está cerca para dar. En realidad, Él vive en usted y es la fuente de su vida espiritual. El estar consciente de su presencia evitará que caiga en la ansiedad o sea inestable.

El saber que el Señor está cerca nos ayuda a no estar “afanosos” por nada, ya que sabemos que Él puede resolver todo lo que se nos presente. La inquietud y la preocupación indican falta de confianza en Dios. O usted ha creado otro dios que no puede ayudarlo, o cree que Dios pudiera ayudarlo pero no quiere, lo cual significa que usted está poniendo en tela de juicio la integridad de Dios y su Palabra. Así que deléitese en el Señor y medite, «…En la ley de Jehová está su delicia, Y en su ley medita de día y de noche.» (Salmos 1:2). Sepa quién es Él y cómo obra. Entonces podrá decir: “El Señor está cerca, así que no me afanaré por nada”.»

«echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros

(1 Pedro 5:7).

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Salmo 31:1

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En ti, oh Jehová, he confiado; no sea yo confundido jamás; líbrame en tu justicia (Salmo 31:1).

Como indica el verso, David tuvo gran confianza en Dios en medio de la aflicción. También dijo: “Porque tú eres mi roca y mi castillo; por tu nombre me guiarás y me encaminarás. Sácame de la red que han escondido para mí, pues tú eres mi refugio” (Salmo 31:3-4).

Su confianza radicaba en el carácter santo de Dios. Un adecuado conocimiento de Dios es esencial para la estabilidad espiritual. Y la única forma de conocer a Dios es mediante lo que Él ha querido revelarnos de sí mismo en las Escrituras. 

«Te amo, oh Jehová, fortaleza mía. Jehová, roca mía y castillo mío, y mi libertador; Dios mío, fortaleza mía, en él confiaré; Mi escudo, y la fuerza de mi salvación, mi alto refugio.» (Salmos 18:1-2).

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Filipenses 4:5

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Vuestra gentileza sea conocida de todos los hombres… (Filipenses 4:5).

Es difícil hallar una palabra que capte el multiforme sentido de la palabra traducida como “gentileza”. Algunos dicen que se refiere al contentamiento, a la delicadeza, a la generosidad o a la buena voluntad hacia los demás. Otros creen que se refiere a la misericordia o a la indulgencia con las faltas o los fracasos de otros. Incluso otros aseguran que describe la paciencia, refiriéndose a alguien que se somete a la injusticia o al maltrato pero no se venga con odio o amargura. Creo que la mejor traducción de la palabra original es “gentileza”, pues comprende todos los sentidos.

La gentileza también incluye otro elemento importante: la humildad. El cristiano humilde no guarda rencor, sino que confía en Dios siempre que se maltrata, se juzga injustamente o se calumnia. Una persona así no exige sus derechos. Dios nos manifestó su gracia de la misma manera; la humanidad maltrató y calumnió a Jesucristo aunque no merecía nada de eso, pero Él sigue extendiendo sus brazos hacia nosotros con amor, «Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida.» (Romanos 5:10). La humildad y la gentileza lo ayudarán a ser estable a pesar de las circunstancias. 

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1 Timoteo 6:8

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Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto (1 Timoteo 6:8).

¿Necesidad o deseo?

Hay muchos pasajes en la Biblia donde enseñan que Dios satisface las necesidades de su pueblo, pero hemos de ser cuidadosos para interpretarlos de manera correcta. Es importante entender la diferencia entre necesidades y deseos. Una necesidad es algo esencial, según la voluntad del Padre para nuestra vida. Pero un deseo es algo que queremos para nosotros o para otros, y a menudo se basa en la expectativa del placer, el bienestar o la comodidad.

No tiene nada de malo desear, siempre y cuando dicho deseo esté dentro de la voluntad de Dios. Después de todo, nuestro Padre celestial “…nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos” (1 Timoteo 6.17). Pero Él nunca promete conceder todos nuestros deseos. Por tanto, no recibir lo que queremos no es un indicador de que el Señor no sea fiel. Pero sí promete satisfacer todas nuestras necesidades.

En definitiva, se requieren dos cosas para enfrentar los tiempos de necesidad: contentamiento en cada circunstancia y dependencia de Jesucristo para ser fortalecidos, «Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.» (Filipenses 4:12-13). Comience cada día pidiéndole al Señor que le provea lo que Él considere necesario; luego pida por sus deseos. Deje que el Señor determine lo que es mejor en ambas categorías, y alégrese por lo que Él decida.

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