Si Tú me dices “¡Ven!”

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Si Tú me dices “¡Ven!”, lo dejo todo.

No volveré siquiera la mirada

para mirar a la mujer amada…

Pero dímelo fuerte, de tal modo,

 

que tu voz, como toque de llamada,

vibre hasta en el más íntimo recodo

del ser, levante el alma de su lodo

y hiera el corazón como una espada.

 

Si Tú me dices “¡Ven!”, todo lo dejo.

Llegaré a tu santuario casi viejo,

y al fulgor de la luz crepuscular;

 

mas de he compensarte mi retardo,

difundiéndome, ¡oh Cristo! como un nardo

de perfume sutil, ante tu altar.

 

Amado Nervo. México (1870-1919)

Vieja llave

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Esta llave cincelada

que en un tiempo fue, colgada

(del estrado a la cancela,

de la despensa al granero),

del llavero

de la abuela,

y continuo repicar

inundaba de rumores

los vetustos corredores;

esta llave cincelada,

si no cierra ni abre nada,

¿para qué la he de guardar?

 

Ya no existe el gran ropero,

la gran arca se vendió:

solo en un baúl de cuero,

desprendida del llavero,

esta llave se quedó.

 

Herrumbrosa, orinecida,

como el metal de mi vida,

como el hierro de mi fe,

como mi querer de acero,

esta llave sin llavero

nada es ya de lo que fue.

 

Me parece un amuleto

sin virtud y sin respeto;

nada abre, no resuena…

¡me parece un alma en pena!

Pobre llave sin fortuna…

y sin dientes, como una

vieja boca: si en mi hogar

ya no cierras ni abres nada,

pobre llave desdentada,

¿para qué te he de guardar?

 

Sin embargo, tú sabías

de las glorias de otros días:

del mantón de seda fina

que nos trajo de la China

la gallarda, la ligera

española nao fiera.

 

Tú sabías de atiborres

donde pájaros y flores

confundían sus colores;

tú, de lacas, de marfiles

y de perfumes sutiles

de otros tiempos; tu cautela

conservaba la canela,

el cacao, la vainilla,

la suave mantequilla,

los grandes quesos frescales

y la miel de los panales,

tentación del paladar;

mas si hoy, abandonada,

ya no cierras ni abres nada,

pobre llave desdentada,

¿para qué te he de guardar?

 

Tu torcida arquitectura

es la misma del portal

de mi antigua casa oscura

(que en un día de premura

fue preciso vender mal).

Es la misma de la ufana

y luminosa ventana

donde Inés, mi prima, y yo

nos dijimos tantas cosas

en las tardes misteriosas

del buen tiempo que pasó…

Me recuerdas mi morada,

me retratas mi solar;

mas si hoy, abandonada,

ya no cierras ni abres nada,

pobre llave desdentada,

¿para qué te he de guardar?

 

Amado Nervo. México (1870-1919)

 

Paisaje de verano

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Polvo y moscas. Atmósfera plomiza

donde retumba el tabletear del trueno

y, como cisnes entre inmundo cieno,

nubes blancas en cielo de ceniza.

 

El mar sus ondas glaucas paraliza,

y el relámpago, encima de su seno,

del horizonte en el confín sereno

traza su rauda exhalación rojiza.

 

El árbol soñoliento cabecea,

honda calma se cierne largo instante,

hienden el aire rápidas gaviotas,

 

el rayo en el espacio centellea,

y sobre el dorso de la tierra humeante

baja la lluvia en crepitantes gotas.

 

Julián del Casal. Cuba (1863-1893)

Versos sencillos. XVII.

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Es rubia: el cabello suelto

da más luz al ojo moro.

Voy, desde entonces, envuelto

en un torbellino de oro.

 

La abeja estival que zuma

más ágil por la flor nueva,

no dice, como antes, “tumba,”

“Eva” dice: todo es “Eva.”

 

Bajo, en lo oscuro, al temido

raudal de la catarata

¡y brilla el iris, tendido

sobre las hojas de plata!

 

Miro, ceñudo, la agreste

pompa del monte irritado

¡y en el alma azul celeste

brota un jacinto rosado!

 

Voy, por el bosque, a paseo

a la laguna vecina

y entre las ramas la veo,

y por el agua camina.

 

La serpiente del jardín

silba, escupe y se resbala

por su agujero: el clarín

me tiende, trinando, el ala.

 

¡Arpa soy, salterio soy

donde vibra el universo:

vengo del sol y al sol voy!

¡Soy el amor, soy el verso!

 

José Martí. Cuba (1853-1895)

Mi reyecillo

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Los persas tienen un rey sombrío;

los hunos foscos

un rey altivo;

un rey ameno

tienen los íberos;

rey tiene el hombre, rey amarillo:

¡mal van los hombres

con su dominio!

 

Mas yo vasallo de otro rey vivo,

un rey desnudo,

blanco y rollizo:

su cetro -¡un beso!

mi premio -¡un mimo!

 

¡Oh! Cual los áureos reyes divinos

de tierras muertas,

de pueblos idos

-¡Cuando te vayas, llévame, hijo!

Toca en mi frente

tu cetro omnímodo;

úngeme siervo, siervo sumiso:

¡No he de cansarme de verme ungido!

¡Lealtad te juro, mi reyecillo!

Sea mi espalda

pavés de mi hijo:

pasa en mis hombros

el mar sombrío,

muera al ponerte

en tierra vivo:

mas si amar piensas

el amarillo

rey de los hombres,

¡muere conmigo!

¿Vivir impuro?

¡No vivas, hijo!

 

José Martí. Cuba (1853-1895)

Espiral

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Como el clavel sobre su vara, 

como el clavel, es el cohete:

es un clavel que se dispara.

 

Como el cohete el torbellino:

sube hasta el cielo y se desgrana,

canto de pájaro en un pino.

 

Como el clavel y como el viento

el caracol es un cohete:

petrificado movimiento.

 

Y la espiral en cada cosa

su vibración difunde en giros:

el movimiento no reposa.

 

Octavio Paz. México (1914-1998)

Retórica

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Cantan los pájaros, cantan

sin saber lo que cantan:

todo su entendimiento es su garganta.

 

La forma que se ajusta al movimiento

no es prisión sino piel del pensamiento.

 

La claridad del cristal transparente

no es claridad para mí suficiente:

el agua clara es el agua corriente.

 

Octavio Paz. México (1914-1998)

Niña

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Nombras el árbol, niña.

Y el árbol crece, lento,

alto deslumbramiento,

hasta volvernos verde la mirada.

 

Nombras el cielo, niña.

Y las nubes pelean con el viento

y el espacio se vuelve

un transparente campo de batalla.

 

Nombras el agua, niña.

Y el agua brota, no sé dónde,

brilla en las hojas, habla entre las piedras

y en húmedos vapores nos convierte.

 

No dices nada, niña.

Y la ola amarilla,

la marea de sol,

en su cresta nos alza,

en los cuatro horizontes nos dispersa

y nos devuelve, intactos,

en el centro del día, a ser nosotros.

 

Octavio Paz. México (1914-1998)

Una hoja de hierba

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fragmento

Creo que una hoja de hierba, no es menos

que el día de trabajo de las estrellas,

y que una hormiga es perfecta,

y un grano de arena,

y el huevo del régulo,

son igualmente perfectos,

y que la rana es una obra maestra,

digna de los señalados,

y que la zarzamora podría adornar

los salones del paraíso,

y que la articulación más pequeña de mi mano

avergüenza a las máquinas,

y que la vaca que pasta, con su cabeza gacha,

supera todas las estatuas,

y que un ratón es milagro suficiente

como para hacer dudar

a seis trillones de infieles.

Walt Whitman. USA (1819-1849). Traducción de León Felipe

Oh Capitán, mi Capitán…

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Oh Capitán, mi Capitán:

nuestro azaroso viaje ha terminado.

Al fin venció la nave y el premio fue ganado.

Ya el puerto se halla próximo,

ya se oye la campana

y ver se puede el pueblo que entre vítores,

con la mirada sigue la nao soberana.

 

Mas ¿no ves, corazón, oh corazón,

como los hilos rojos van rodando

sobre el puente en el cual mi Capitán

permanece extendido, helado y muerto?

 

Oh Capitán, mi Capitán:

levántate aguerrido y escucha cual te llaman

tropeles de campanas.

Por ti se izan banderas y los clarines claman.

Son para ti los ramos, las coronas, las cintas.

Por ti la multitud se arremolina,

por ti llora, por ti su alma llamea

y la mirada ansiosa, con verte, se recrea.

 

Oh Capitán, ¡mi Padre amado!

Voy mi brazo a poner sobre tu cuello.

Es solo una ilusión que en este puente

te encuentres extendido, helado y muerto.

 

Mi padre no responde.

Sus labios no se mueven.

Está pálido, pálido. Casi sin pulso, inerte.

No puede ya animarle mi ansioso brazo fuerte.

Anclada está la nave: su ruta ha concluido.

Feliz entra en el puerto de vuelta de su viaje.

La nave ya ha vencido la furia del oleaje.

Oh playas, alegraos; sonad, claras campanas

en tanto que camino con paso triste, incierto,

por el puente do está mi Capitán

para siempre extendido, helado y muerto.

 

Walt Whitman. USA (1819-1849). Traducción de León Felipe