Telegrafía
sin hilos…
¿Qué va a ser de los pájaros
que anotan la música de los caminos?
Enrique González Martínez
(México, 1871-1952)
Telegrafía
sin hilos…
¿Qué va a ser de los pájaros
que anotan la música de los caminos?
Enrique González Martínez
(México, 1871-1952)
Tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje
que da su nota blanca al azul de la fuente;
él pasea su gracia no más, y nada siente
del alma de las cosas y la voz del paisaje.
Huye de toda forma y de todo lenguaje
que no vayan acordes con el ritmo latente
de la vida profunda…y adora intensamente
la vida, y que la vida comprenda tu homenaje.
Mira al sapiente búho cómo tiende las alas
desde el Olimpo, deja el regazo de Palas
y posa en aquel árbol el vuelo taciturno…
El no tiene la gracia del cisne, mas su inquieta
pupila, que se clava en la sombra, interpreta
el misterioso libro del silencio nocturno.
Enrique González Martínez
(México, 1871-1952)
Era un cautivo beso enamorado
de una mano de nieve que tenía
la apariencia de un lirio desmayado
y el palpitar de un ave en agonía.
Y sucedió que un día,
aquella mano suave
de palidez de cirio,
de languidez de lirio,
de palpitar de ave,
se acercó tanto a la prisión del beso,
que ya no pudo más el pobre preso
y se escapó; mas, con voluble giro,
huyó la mano hasta el confín lejano,
y el beso, que volaba tras la mano,
rompiendo el aire se volvió suspiro.
Luis G. Urbina
(México, 1864-1934)
Bajo el celeste pavor
delira por la única estrella
el cántico del ruiseñor.
José Juan Tablada
(México, 1871-1945)
Hay un lugar al que mi alma anhela tanto por llegar;
una ciudad donde hay descanso y gozo por la eternidad.
Sé que pronto allá estaré;
con mis ojos yo veré
a Aquel que vino a rescatarme
para llevarme allí con El.
He aquí que la presencia del Señor mora en medio de los hombres que El salvó,
ellos son Su pueblo y El su eterno Dios.
La ciudad de Dios es lo que anhelo yo.
Hay un lugar resplandeciente donde no hay más oscuridad;
no existe más un enemigo, se vive en plena libertad.
Santa y dulce comunión, sin vergüenza ni temor,
Su justicia cubre por siempre mi pecado y corrupción.
He aquí que la presencia del Señor mora en medio de los hombres que El salvó,
ellos son Su pueblo y El su eterno Dios.
La ciudad de Dios es lo que anhelo yo.
Hay un lugar donde Su gloria satisface el corazón,
recibiré la recompensa, me abrazará mi Salvador.
Ya no hay llanto ni dolor, no hay prueba ni aflicción.
La muerte es solo una memoria,
recuerdo de la redención.
He aquí que la presencia del Señor mora en medio de los hombres que El salvó,
ellos son Su pueblo y El su eterno Dios.
La ciudad de Dios es lo que anhelo yo.
Jonathan Jerez,
(Rep. Dominicana, 2014) Letra y música.
Doña Primavera
viste que es primor,
viste en limonero
y en naranjo en flor.
Lleva por sandalias
unas anchas hojas,
y por caravanas
unas fucsias rojas.
Salid a encontrarla
por esos caminos.
¡Va loca de soles
y loca de trinos!
Doña Primavera
de aliento fecundo,
se ríe de todas
las penas del mundo…
No cree al que le hable
de las vidas ruines.
¿Cómo va a toparlas
entre los jazmines?
¿Cómo va a encontrarlas
junto de las fuentes
de espejos dorados
y cantos ardientes?
De la tierra enferma
en las pardas grietas,
enciende rosales
de rojas piruetas.
Pone sus encajes,
prende sus verduras,
en la piedra triste
de las sepulturas…
Doña Primavera
de manos gloriosas,
haz que por la vida
derramemos rosas:
rosas de alegría,
rosas de perdón,
rosas de cariño,
y de exultación.
Gabriela Mistral
(Chile, 1889-1957)
¡Qué hermosos están los cielos!
¡ Qué bonita la mañana!
¡Cuánta frescura en el campo!
¡Cuánta alegría en el agua!
Corre, corre, mi caballo,
por la veredita blanca,
que bien sabes el camino
donde te guían mis ansias.
No te pares junto al bosque
ni en las frescas enramadas,
hijas del apoyo claro
que de la colina baja.
Sigue, sigue por la senda
que a los dos lados derrama
campos verdes con adornos
de amapolas coloradas.
Ya pasas los olivares,
ya la vereda se acaba…
Y entre las hojas tejidas
de lejos se ve la casa.
¡Qué hermosos están los cielos!
¡ Qué bonita la mañana!
¡Cuánta frescura en el campo!
¡Cuánta alegría en el agua!
Manuel Machado
(España, 1874-1947)
¡Vendo nubes de colores:
las redondas, coloradas,
para endulzar los calores!
¡Vendo los cirros morados
y rosas, las alboradas,
los crepúsculos dorados!
¡El amarillo lucero,
cogido a la verde rama
del celeste duraznero!
¡Vendo la nieve, la llama
y el canto del pregonero!
Rafael Alberti
(España, 1902-1999)
LA MAR
La mar es una reina
con traje de espuma.
La noche es su lecho
su collar la bruma.
Enrique Elliot
(México)
Señor Jesús,
gran Sumo Sacerdote,
Tú has abierto un camino nuevo y vivo
mediante el cual una criatura caída puede
acercarse a ti en busca de aceptación.
Ayúdame a contemplar la dignidad de tu persona,
la perfección de tu sacrificio,
la eficacia de tu intercesión.
¡Oh, qué bendición acompaña a la devoción, cuando,
sometido a todas las dificultades que me desgastan,
las inquietudes que me corroen,
los temores que me angustian,
las debilidades que me oprimen,
puedo acudir a Ti en mi necesidad
y sentir una paz que escapa a todo entendimiento!
Tu gracia restauradora es necesaria para protegerme,
guiarme, guardarme, proveerme y ayudarme.
Y aquí tus santos alimentan mi esperanza;
antes eran pobres y ahora son ricos,
cautivos y ahora libres,
derrotados y ahora victoriosos.
Cada nuevo deber exige más gracia de la que poseo,
pero no más de la que se halla en Ti,
el tenor divino en el que habita toda plenitud.
A Ti acudo pidiendo gracia tras gracia,
hasta que cada hueco que deje el pecado sea rellenado
y tu plenitud me colme.
Que mis deseos se engrandezcan y mis esperanzas se confirmen
para que pueda notarte por medio de dependencia absoluta
y la grandeza de mis expectativas.
Manténte a mi lado y prepárame para todas
las sonrisas de la prosperidad,
el ceño fruncido de la adversidad,
las pérdidas materiales,
la muerte de los amigos,
los días de tinieblas,
los cambios de la vida,
y el último gran cambio de todos.
Que Tu gracia me parezca suficiente para todas mis necesidades.
Arthur Bennett. El Valle de la Visión.
Antología de Oraciones y Devociones Puritanas, pp.132
El Estandarte de la Verdad, 2014