Salmo 15:1-2

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Jehová, ¿quién habitará en tu tabernáculo?¿Quién morará en tu monte santo? El que anda en integridad y hace justicia, y habla verdad en su corazón (Salmos 15:1-2).

¿Cómo definir la integridad?

En el diccionario, se define como «apegarse a los principios morales y éticos». En la vida cotidiana, la integridad se define como ser honesto y confiable. Si basamos la integridad en estas dos definiciones, terminamos viviendo vidas basadas en una verdad moral de nuestra elección y esperando que otros nos vean como confiables y correctos. Ambas definiciones son correctas y, al mismo tiempo, incompletas. La integridad es mucho más.

Integridad es esto: vivir, actuar y hablar en coherencia con lo que decimos ser, basados en lo que Dios dice que es correcto. Significa basar nuestras palabras y nuestras acciones en Sus principios y verdad. ¿Por qué basarnos en los principios de Dios? Porque Él es el autor de todo lo que es justo, correcto y verdadero.

Dios nos creó para recibir de Él nuestros principios éticos y morales. Cualquier otro origen en que basemos valores o verdades son opiniones de hombres, no es integridad real. La verdad de Dios es la única que nos guiará a una vida de integridad. Así que vivir con integridad significa decir «sí» a lo que Dios dice que es recto y bueno; decir «no»  a lo que Dios señala como no bueno ni recto.

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Anónimo

Romanos 12:14

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Bendecid a los que os persiguen; bendecid, y no maldigáis (Romanos 12:14).

La Biblia nos ordena no solo a que no aborrecer ni buscar venganza contra quienes puedan perjudicarnos, de hecho enseña que debemos ir más allá y bendecirlos. Eso es lo que les dijo Jesús a quienes oyeron su Sermón del Monte: “Pero a vosotros los que oís, os digo: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen; bendecid a los que os maldicen, y orad por los que os calumnian” (Lucas 6:27-28).

Para amar verdaderamente a sus enemigos, entonces tratarlos como si fueran sus amigos. 

«Si el que te aborrece tuviere hambre, dale de comer pan, Y si tuviere sed, dale de beber agua; Porque ascuas amontonarás sobre su cabeza,Y Jehová te lo pagará.» (Proverbios 25:21-22).

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Anónimo

Romanos 12:13

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Compartiendo para las necesidades de los santos… (Romanos 12:13).

Según la sociedad cada uno de nosotros tiene determinadas posesiones. Según Dios, no tenemos nada, no somos dueños de nada. Somos sencillamente administradores de aquello con lo que Dios nos ha bendecido. Y parte de esa responsabilidad administrativa es también compartir los recursos personales con los hermanos necesitados.

El espíritu de compartir se vio de inmediato en la iglesia primitiva cuando los creyentes después de Pentecostés, “perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones… [y] todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas” (Hechos 2:42, 44). También medite en lo siguiente; «Hay quienes reparten, y les es añadido más; Y hay quienes retienen más de lo que es justo, pero vienen a pobreza. El alma generosa será prosperada; Y el que saciare, él también será saciado.» (Proverbios 11:24-25). Pídale al Señor que le ayude y enseñe a demostrar un espíritu de compartir.

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Anónimo

Romanos 12:16

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Unánimes entre vosotros; no altivos, sino asociándoos con los humildes. No seáis sabios en vuestra propia opinión (Romanos 12:16).

Un cristiano presumido y egoísta es una seria contradicción. Definirnos como seguidores de Cristo implica someternos a la voluntad de Dios como se presenta en su Palabra. Cualquier confianza que uno tenga en sí mismo, en su propia sabiduría o en sus talentos naturales debiera subordinarse a los mandatos del Señor.

De ninguna manera presumir, ni en ningún sentido considerarse mejor que los demás creyentes. Más bien Dios quiere que uno acepte y abrace a cada miembro del cuerpo de Cristo: «Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros.» (Filipenses 2:3-4). 

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Anónimo

Romanos 3:20

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Ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él (de Dios); porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado. (Romanos 3:20)

Mucha gente piensa que tener una vida recta les garantiza un boleto al cielo. “Soy una buena persona; no robo, no miento, no he matado a nadie, no engaño y no cometo adulterio, como otros hacen. Nunca he estado en prisión,  siempre trabajo duro y contribuyo a la sociedad. Entonces, ¿por qué no debería merecer ir al cielo?”

Observe que el enfoque está en “yo hago, yo no hago.”

En verdad, esta es una de las mejores mentiras del Enemigo para engañar a la gente. Porque Dios no acepta a nadie basándose en obras (lo que hace o deja de hacer), y la razón es sencilla: la salvación no depende de ninguna obra humana. Nada de lo que hagamos puede ganarla. “Porque la redención (salvación) de su vida es de gran precio, Y no se logrará jamás” (Salmos 49:8) 

Somos salvos únicamente gracias a lo que Cristo logró cuando murió en nuestro lugar para hacernos libres del poder del pecado y de la muerte. Si creemos esta gran verdad; haremos buenas obras como fruto de haber sido salvados. “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.” (Efesios 2:10)  De eso se trata la salvación.

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Anónimo