Romanos 8:1

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 Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu (Romanos 8:1).

Nuestro Padre celestial desea que caminemos cerca con Él. Para ayudarnos, el Espíritu Santo nos guía en el camino correcto y nos redirige cuando vamos en la dirección equivocada. En otras palabras, nos convence cuando estamos en peligro de extraviarnos.

La convicción es la mano amorosa de Dios que nos trae de regreso al camino que lleva a la vida. Para comprender mejor el concepto, imagínese a un padre cuyo hijo pequeño comienza a perseguir una pelota en una calle muy transitada. El joven solo tiene un deseo en ese momento: recuperar el juguete. Sin embargo, el padre, sería negligente si no detiene al niño.

Nosotros, como el niño pequeño en este ejemplo, vemos nuestra vida desde una perspectiva limitada. Si nuestro Padre celestial nos impide alcanzar un deseo, debemos recordar que lo hace por el amor que nos tiene.

La convicción comienza incluso antes de la salvación. El Espíritu Santo revela nuestros errores para ayudarnos a reconocer que necesitamos el perdón. Cuando aceptamos el sacrificio que hizo Jesucristo por nosotros y decidimos seguirlo, nacemos de nuevo. Solo entonces somos libres del castigo del pecado. Al mismo tiempo, seguimos siendo humanos y tomaremos decisiones equivocadas. Por tanto, aun después de que somos sus hijos, Dios continúa redirigiéndonos. 

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Anónimo

Filipenses 1:13

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...Mis prisiones se han hecho patentes en Cristo en todo el pretorio, y a todos los demás (Filipenses 1:13).

El apóstol Pablo siempre se consideró un preso por la causa de Cristo; nunca por un delito. Estaba encadenado porque creía en Cristo, lo predicaba y lo representaba.

Desde el punto de vista de Roma, Pablo era un preso encadenado a un guarda romano. Pero desde la perspectiva de Pablo, los guardas romanos eran esclavos cautivos encadenados a él. El resultado de tal confinamiento fue que la causa de Cristo se había llegado a conocer “en todo el pretorio”. Lejos de ser una condición opresiva, a Pablo se le había dado la oportunidad de dar testimonio de Cristo a cada guardia asignado a él, cada seis horas.

¿Qué veían los soldados? Veían el carácter santo de Pablo, su misericordia, su paciencia, su amor, su sabiduría y su convicción. Al convertirse algunos miembros de la guardia del palacio, se difundía la salvación más allá de ellos hasta “…los de la casa de César” (Filisenses 4:22).

Por muy difícil que pueda parecer a primera vista, nadie es demasiado difícil de evangelizar. Sólo se necesita compromiso, valentía, dedicación y sobre todo la guía del Espíritu Santo. 

«que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina.«

(2 Timoteo 4:2).

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Anónimo

The undead

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Even as children they were late sleepers,

preferring their dreams, even when quick with monsters,

to the world with all its breakable toys,

its compacts with the dying.

*

From the stretched arms of whitered trees

they turned, fearing contagion of the mortal,

and even under the plums of summer

drifted like winter moons.

*

Secret, unfriendly, pale, possessed

of the one wish, the thirst for mere survival,

they came, as all extremists do

in time, to a sort of grandeur:

now, to they Balkans battlements

above the vulgar town of their first lives,

they rise at the moon’s rising. Strange

that their utter self-concern

should, in the end, have left them selfless:

mirrors fail to perceive them as they float

trough the great hall and up the staircase;

nor are the cobwebs broken.

*

Into the pallid night emerging,

wrapped in their flapping capes, routinely maddened

by a wolf’s cry, they stand for a moment

stoking the mind’s eye.

*

With lewd thoughts of the pressed flowers

and bric-a-brac of rooms with something to lose,

of love-dismembered dolls, and children

buried in quiet sleep.

*

Then they are off in a negative frenzy,

their black shapes cropped into sudden bats

that swarm, burst, and are gone. Thinking

of a thrush cold in the leaves.

*

Who has sung his few summers truly,

or an old scholar resting his eyes at last,

we cannot be much impressed with vampires,

colorful though they are;

nevertheless, their pain is real,

and requires our pity. Think how sad it must be

to thirst always for a scorned elixir,

the salt quotidian blood

which, if mistrusted, has no savor;

to prey on life forever and not possess it,

as rock-hollows, tide after tide,

glassily strand the sea.

Richard Wilbur. USA (1921-2017)

Romanos 6:22

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Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna (Romanos 6:22).

¿En qué piensa cuando escucha la palabra libertad? Por lo general, pensamos en el derecho a vivir como nos plazca e ir en pos de ambiciones y sueños. Sin embargo, vivir para uno mismo nunca es libertad. Cuando el apóstol Pablo dijo: «¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia?» (Romanos 6:16), estaba señalando que podemos elegir entre el pecado o la justicia. Si no vivimos para Cristo, nos encontraremos esclavizados a los deseos y hábitos pecaminosos.

Dios quiere liberarnos de toda forma de esclavitud que nos impida llegar a ser quienes El quiso que fuéramos cuando nos creó. Este tipo de libertad no se logra mediante la guerra, ni de hacer lo que querramos, sino por medio del conocimiento de la verdad y la sumisión a Cristo.

Si tiene dificultad para vencer un pecado en particular, a pesar de haberlo confesado y haberse arrepentido, busque la raíz subyacente (lo que está por debajo de algo o permanece oculto) que alimenta ese pecado como la ira, orgullo, envidia, amargura, rencor, la lujuria o la preocupación y salga de eso.

En vez de permitir que esas emociones nos controlen, hemos de permitir que las verdades de Dios llenen nuestra mente e influyan en nuestro comportamiento. Cuando fuimos salvos, Cristo nos liberó del dominio del pecado y nos dio el Espíritu Santo para que podamos vivir en obediencia. Además, Dios nos ha dado una nueva naturaleza creada a la semejanza de Cristo, Pablo lo explica; «Vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad.» (Efesios 4:24).

Él nos ha dado todo lo que necesitamos para vivir en obediencia, de manera que los creyentes nunca somos víctimas indefensas del pecado. 

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Anónimo

Romanos 7:21

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Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí (Romanos 7:21).

Porque nacimos pecadores. El salmista escribe que «...en pecado lo concibió su madre» (Salmo 51:5). El pecado de Adán y sus consecuencias cayeron sobre nosotros. La segunda razón es porque, aunque recibimos el regalo de la salvación, el pecado sigue en nosotros, por eso para vivir en victoria sobre él hemos de reconocerlo, crucificarlo y trabajar con Dios para encontrar la raíz y extirparla. Por último, hacemos lo que hacemos por las conductas aprendidas en casa; no es que heredemos los particulares pecados de nuestros papás, más bien los imitamos. 

Los pensamientos conscientes son aquellos que decidimos tener, no siempre buenos, pero somos responsables de ellos. Sin embargo, el problema está en los inconscientes; no sabemos que están allí y controlan nuestro comportamiento; son el fruto de malas experiencias, traumas, abusos físicos, verbales o sexuales. Eso trae fortalezas de resentimiento, temor, inseguridad, complejos, malicias y desconfianza.

Construimos fortalezas mentales también cuando creemos las mentiras que el diablo nos pone acerca de Dios, de nosotros mismos o de los demás, en ese punto es difícil renovar nuestra mente. Para destruir tales fortalezas y no creer esas mentiras, hemos de revestirnos con el cinturón de la verdad que Dios nos da. En Efesios 6:11 en adelante, Pablo habla de la guerra espiritual que tenemos contra el enemigo y nos anima a usar la armadura de Dios: el yelmo de la salvación, la coraza de justicia, el escudo de la fe, la espada del Espíritu y el cinturón de la verdad. Creer esa verdad significa vivir en ella y no en suposiciones, perspectivas, temores, rumores, amarguras o sentimientos. La Biblia habla de conocer la verdad porque ella nos hace libres. «y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.» (Juan 8:32.)» 

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Anónimo