2 Corintios 11:24-25

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De los judíos cinco veces he recibido cuarenta azotes menos uno. Tres veces he sido azotado con varas; una vez apedreado; tres veces he padecido naufragio; una noche y un día he estado como náufrago en alta mar (2 Corintios 11:24-25).

Pablo pasó años al servicio de Cristo, pero experimentó un sufrimiento continuo. No parece justo, ¿verdad? ¿Por qué Dios le permitió sufrir? La pregunta que muchos nos hacemos hoy en día en cuanto a nosotros mismos. Pensamos que el Señor debería protegernos del sufrimiento y las aflicciones, pero no siempre lo hace.

Quizás se deba a que razonamos al revés. Creemos que los cristianos fieles no merecen sufrir, pero desde la perspectiva de Dios el sufrimiento es parte de seguirlo. Si todos tuviéramos vidas fáciles, sin dolor, nunca conoceríamos al Señor, porque nunca lo necesitaríamos. Nos guste o no, la adversidad nos enseña lo que leer la Biblia por sí sola nunca nos enseñará.

No estoy diciendo que no necesitemos conocer la Palabra de Dios, ella es nuestro fundamento para la fe. Pero si lo que creemos nunca se pone a prueba, sigue siendo conocimiento intelectual. ¿Cómo llegar a saber que se puede confiar en el Señor en medio de los problemas si nunca los hemos tenido? Dios nos da oportunidades para aplicar las verdades bíblicas a los problemas que enfrentamos y, al hacerlo, nos damos cuenta de que Él es fiel.

Las pruebas pueden ser un medio para edificar la fe o una vía para el desánimo y la autocompasión; eso dependerá de usted. Pero si aplica la Palabra de Dios a su situación, su confianza en el Señor y su fe se fortalecerán por medio de la adversidad.

Lee. Medita. Aplica.

Anónimo

Mateo 7:7-8

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Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá (Mateo 7:7-8).

Poseer la sabiduría de Dios es una de las mayores necesidades que tenemos. La sabiduría de Dios nos ayuda a tomar decisiones prudentes a lo largo de nuestra vida cristiana, a optar por el camino de Dios y rechazar el camino del mundo en toda situación.

La Biblia presenta muchos mandamientos y principios para la vida cristiana, pero no es un manual exhaustivo de métodos y reglas para toda situación concebible. Eso no sería muy práctico, e impediría que confiáramos solamente en Dios. Él quiere que leamos, meditemos y apliquemos su Palabra cada día de modo que podamos conocer sus principios para una vida recta y que podamos orar sabiamente pidiendo dirección cuando tenemos que tomar decisiones difíciles.

En las Escrituras el Señor presenta a los creyentes la verdad suficiente para vivir de manera responsable, y su­ficiente misterio para llevarlo a Él en la oración con­fiada: “Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada” (Santiago 1:5).

Lee. Medita. Aplica.

Anónimo

Dos dudas en qué escoger

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Dos dudas en qué escoger 

tengo, y no sé a cuál prefiera,

pues vos sentís que no quiera

y yo sintiera querer.

Con que si a cualquiera lado 

quiero inclinarme, es forzoso 

quedando el uno gustoso

que otro quede disgustado.

Si daros gusto me ordena la obligación,

es injusto que por daros a vos gusto

haya yo de tener pena.

Y no juzgo que habrá quien

apruebe sentencia tal,

como que me trate mal por trataros a vos bien.

Mas por otra parte siento

que es también mucho rigor

que lo que os debo en amor

pague en aborrecimiento.

Y aún irracional parece este rigor,

pues se infiere,

si aborrezco a quien me quiere

¿qué haré con quien aborrezco?

No sé cómo despacharos,

pues hallo al determinarme

que amaros es disgustarme

y no amaros disgustaros;

pero dar un medio justo

en estas dudas pretendo,

pues no queriendo, os ofendo,

y queriéndoos me disgusto.

Y sea esta la sentencia,

porque no os podéis quejar,

que entre aborrecer y amar

se parte la diferencia,

de modo que entre el rigor

y el llegar a querer bien,

ni vos encontréis desdén

ni yo pueda encontrar amor.

Esto el discurso aconseja,

pues con esta conveniencia

ni yo quedo con violencia

ni vos os partís con queja.

Y que estaremos infiero

gustosos con lo que ofrezco;

vos de saber que no aborrezco,

yo de saber que no quiero.

Solo este medio es bastante

a ajustarnos, si os contenta,

que vos me logréis atenta

sin que yo pase a lo amante,

y así quedo en mi entender

esta vez bien con los dos;

con agradecer, con vos;

conmigo, con no querer.

Que aunque a nadie llega a darse

en este gusto cumplido,

ver que es igual el partido 

servirá de resignarse.

Sor Juana Inés de la Cruz. México (1651-1695)

1 Juan 5:11-12

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Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida (1 Juan 5:11-12)

Muchos creen que irán al cielo porque trataron de vivir haciendo lo correcto, pero la única manera de pasar la eternidad con Dios es recibir el regalo de salvación de Jesucristo. Quien rechaza el regalo estará separado de Él por toda la eternidad. «El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.» (Juan 3:18).

Así que la pregunta obligada es ¿cómo alcanzar salvación?

Para que una persona sea salva, primero ha de reconocer que no es lo suficientemente buena como para merecer nada de Dios. Por mucho que lo intente, no puede evitar volver a pecar porque esa es su naturaleza. No obstante, si se vuelve a Cristo con fe, todos sus pecados son perdonados, es declarada inocente y recibe una naturaleza nueva.

«Abandone el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase al Señor, que tendrá de él compasión, al Dios nuestro, que será amplio en perdonar.» (Isaías 55:7).

Pero si alguien rechaza la verdad de que la salvación viene solo a través de la muerte expiatoria de Jesucristo, esa persona no tiene a quién recurrir. Sus buenas obras no son suficientes para entrar en el cielo, porque sus transgresiones siguen sin ser perdonadas.

La intención de estas palabras no es asustarle; son una advertencia sobre lo que depara el futuro si rechaza el ofrecimiento de salvación del Señor. Dios ha puesto ante usted una elección entre la vida eterna y la muerte. ¿Qué elegirá?

«El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida.» (1 Juan 5:12).

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Anónimo

2 Corintios 5:17-18

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De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación (2 Corintios 5:17-18).

Una de las verdades más difíciles de aceptar para muchos no creyentes, es que son enemigos de Dios. Quizás no lo sepan, de hecho siguen considerándose buenas personas. Piensan: no he hecho nada tan malo como para convertirme en su enemigo. Pero la verdad es que todo el mundo comienza la vida separado de Dios, porque toda la humanidad nace siendo pecadora, «He aquí, en maldad he sido formado, Y en pecado me concibió mi madre.» (Salmos 51:5). «por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios,» (Romanos 3:23). 

Para ser salva, una persona debe entender primero que la brecha entre el Dios perfecto y el hombre pecador es inmensa. A los seres humanos les gusta compararse con otros para ilustrar lo buenos que son, pero el estándar de la justicia no son las otras personas; es el Dios santo y perfecto. La única manera de llegar al Padre celestial es a través de la fe en su Hijo para ser perdonados y reconciliados con Él, «Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.» (Juan 14:6). Quien rechaza el ofrecimiento de salvación de Jesucristo, no puede pasar la eternidad con Dios.

Solo la cruz de Cristo traspasa el abismo entre la separación y la reconciliación. Jesucristo tomó nuestros pecados y sufrió el castigo que nosotros merecíamos. Ahora, cualquier persona que confíe en la muerte expiatoria del Salvador puede entrar en una nueva vida de comunión con Dios.»

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Anónimo

Dime vencedor rapaz

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Dime vencedor rapaz,

vencido de mi constancia,

¿qué ha sacado tu arrogancia

de alterar mi firme paz?

Que aunque de vencer capaz

es la punta de tu arpón,

¿Qué importa el tiro violento,

si a pesar del vencimiento

queda viva la razón?

Tienes grande señorío;

pero tu jurisdicción

domina la inclinación,

mas no pasa el albedrío.

Y así librarme confío

de tu loco atrevimiento,

pues aunque rendida siento

y presa la libertad,

se rinde la voluntad

pero no el consentimiento.

En dos partes dividida

tengo el alma en confusión:

una, esclava a la pasión,

y otra, a la razón medida.

Guerra civil, encendida,

aflige el pecho importuna:

quiere vencer cada una,

y entre fortunas tan varias,

morirán ambas contrarias

pero vencerá ninguna.

Cuando fuera, amor, te vía,

no merecí de ti palma;

y hoy, que estás dentro del alma,

es resistir valentía.

Córrase, pues, tu porfía,

de los triunfos que te gano:

pues cuando ocupas, tirano,

el alma, sin resistillo,

tienes vencido el castillo

e invencible el castellano.

Invicta razón alienta

armas contra tu vil saña,

y el pecho es corta campaña

a batalla tan sangrienta.

Y así, amor, en vano intenta

tu esfuerzo loco ofenderme:

pues podré decir, al verme

expirar sin entregarme,

que conseguiste matarme

mas no pudiste vencerme.

Sor Juana Inés de la Cruz. México (1651-1695)

Filipenses 4:8

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Todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad. Filipenses 4:8

El versículo presenta una amplia lista de las cosas en las que debemos pensar.

Lo que es verdadero: Usted hallará lo que es verdadero en la Palabra de Dios.

Lo honesto: pensar en todo lo que es correcto y coherente con los valores eternos; lo sagrado frente a lo profano.

Lo justo: El pensar debidamente, siempre es compatible con la absoluta santidad de Dios.

Lo puro: moralmente limpio y no corrupto.

Lo amable: “agradable” que refleja afecto, aprecio y amor hacia sus semejantes.

Lo que es de buen nombre: de gran estima o de buena reputación.

Lo virtuoso y digno de alabanza: lo que es siempre respetable, como la bondad, la cortesía y el respeto a los demás.

Si somos guiados por las Sagradas Escrituras, a través del Espíritu Santo de Dios, estos principios llenarán e invadirán nuestras mentes y nuestros corazones.

«La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros…» (Colosenses 3:16). 

Lee. Medita. Aplica.