La oca loca

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Doña Oca toca la ocarina,
y prefiere el lago a la piscina.

Este es su marido, el “oco”,
(que no está cuerdo tampoco).

Doña Oca Plumaloca,
en el hueco de una roca,
la ocarina toca y toca.

-Esto no hay quien lo soporte
(dijo el “oco”, su consorte).
¡Al agua patos! (¡Qué corte!)

Esta oca es la oca
(y nado porque me toca)
-dijo el “oco.”
(Nadando se quedó yerto
por no escuchar el concierto).

Y la oca enloquecida
puso huevos sin medida.

-¡Veinte patos! ¡Qué patada!
Y yo sola, abandonada
(dijo la oca).

La familia numerosa
era insoportable cosa.

Le piaban veinte patos
y pasaba malos ratos.

¡Tanto pico, tanta boca!
La oca se volvió loca.

Gloria Fuertes
(España, 1908-1998)

A Gloria

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No intentes convencerme de
torpeza
con los delirios de tu mente loca:
mi razón es al par luz y firmeza.
¡Firmeza y luz como el cristal de roca!

Semejante al nocturno peregrino
mi esperanza inmortal no mira el
suelo;
no viendo más que sombra en el
camino,
sólo contempla el esplendor del
cielo.
A través de este vórtice que crispa,
y ávido de brillar, vuelo o me
arrastro,
oruga enamorada de una chispa
o águila seducida por un astro.

Fiado en el instinto que me
empuja,
desprecio los peligros que señalas.
“El ave canta aunque la rama
cruja
como que sabe lo que son sus
alas.”

Erguido bajo el golpe, en la
porfía
me siento superior a la victoria.
Tengo fe en mí: la adversidad
podría
quitarme el triunfo, pero no la
gloria.
¡Deja que me persigan los
abyectos!
¡Quiero atrapar la envidia aunque
me abrume!
La flor en que se posan los
insectos
es rica de matiz y de perfume.

¡Alumbrar es arder! ¡Estro
encendido
será el fuego voraz que me
consuma!
La perla brota del molusco herido
y Venus nace de la amarga
espuma.

Los claros timbres de que estoy
ufano
han de salir de la calumnia ilesos.
Hay plumajes que cruzan el
pantano
y no se manchan… ¡Mi plumaje es
de ésos!

¡Fuerza es que sufra mi pasión! La
palma
crece en la orilla que el oleaje
azota.
El mérito es el náufrago del alma:
vivo, se hunde; pero muerto, flota.
¡Depón el ceño y que tu voz me
arrulle!
¡Consuela el corazón del que te
ama!
Dios dijo al agua del torrente:
¡bulle!
y al lirio de la margen:
¡embalsama!

¡Confórmate, mujer! Hemos
venido
a este valle de lágrimas que abate,
tú, como la paloma, para el nido,
¡y yo, como el león, para el
combate!

Salvador Díaz Mirón, (México, 1853-1928)
El Galano Arte de Leer. Antología Didáctica. 14a Ed. Ed. Trillas, 2012.

El fantasma Pepillo

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El fantasma se llama Pepillo
(no tenía nombre de fantasma pero lo era).
El fantasma Pepillo
no tenía sábana,
no tenía castillo.
Vivía en una casa vieja,
tan vieja,
que no tenía una teja.

Pepillo, el fantasma,
no tenía sábana;
se embadurnaba de harina
y dormía en la cocina.
Cuando llovía
se mojaba,
cuando había tormenta
se alegraba.
Como no tenía sábana,
cuando se iba a aparecer
tocaba una campana.

Cansado de no asustar,
el fantasma Pepillo
se compró un traje de pana,
se puso flequillo,
y se fue al parque
a jugar con los chiquillos.

Gloria Fuerte
(España, 1908-1998)

No estoy chiflada

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Me gusta el mar,
el monte, el río,
la cascada;
me gusta el libro,
la música, la amistad,
la playa.
Me chifla todo,
estoy chiflada.

Me gusta la lluvia,
la nevada;
me gusta el bosque,
el duende, el hada.
Me chifla todo,
estoy chiflada.

Me gustan los gamusinos azules,
las verdes ranas,
las gárgolas de piedra,
las campanas.
Me chifla todo,
estoy chiflada.

Me gustan los niños:
blancos, negritos,
esquimales, gitanitos,
indios, chinitos…
Me chiflan todos.
¡No estoy chiflada!

Gloria Fuerte
(España, 1908-1998)

El niño y el buey

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El niño:
¿En qué piensas todo el día
tendido sobre la yerba?
Parécesme un gran doctor
embelesado en su ciencia.

El buey:
-La ciencia, niño querido,
no es lo que a mí me
alimenta;
eso es fruto del estudio,
con que Dios al hombre
obsequia.

Fuera el pensar para mí
pobre animal,
ardua empresa;
prefiero hacer treinta surcos
antes que aprender
dos letras.
Mascar bien, me importa
más que una lección
en la escuela.
Con las muelas masco
yo, tú, niño,
con la cabeza.

Pero si anhelas ser sabio
ojalá viéndome aprendas
a rumiar,
y rumiar mucho,
cada bocado de ciencia.
El digerir, no el comer,
es lo que al cuerpo aprovecha,
y el alma, cuerpo invisible,
tiene que seguir tal regla.

Sin rumiarlo bien,
no engullas ni una línea ni
una letra;
el que aprende como un loro,
loro ignorante
se queda.

Rafael Pombo (Colombia, 1833-1912)

La Higuera

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Porque es áspera y fea, porque todas sus ramas son grises
yo le tengo piedad a la higuera.

En mi quinta hay cien árboles bellos:
ciruelos redondos, limoneros rectos
y naranjos de brotes lustrosos.

En las primaveras todos ellos se cubren de flores
en torno a la higuera.

Y la pobre parece tan triste con sus gajos torcidos,
que nunca de apretados capullos se viste…

Por eso,
cada vez que yo paso a su lado digo,
procurando hacer dulce y alegre mi acento:
es la higuera el más bello
de los árboles todos del huerto”.

Si ella escucha,
si comprende el idioma en que hablo,
¡qué dulzura tan honda hará nido
en su alma sensible de árbol!

Y tal vez, a la noche,
cuando el viento abanique su copa,
embriagada de gozo le cuente:
-¡Hoy a mí me dijeron hermosa!

Juana de Ibarbourou (Uruguay, 1895-1979)

No remiendes tu traje

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Rico, no remiendes tu traje, ni
recojas la espiga que se cae de tu
carro; son bienes del pobre. Es el
viento el que abre tu mano y es la
zarza la que te desnuda.

Del árbol deja la fruta caída.
Alguien la desprendió por la
noche para otra boca que no es la
tuya.

Deja la caza que escapa de tu
campo; para otro puchero distinto
del de tu mesa está destinada.

No lamentes hasta oscurecer
tu vida y marcar con arrugas la
serenidad de tu frente, la moneda
que huyó a escondidas de tu
bolsillo, que de seguir aligeró el
peso de tu andar.

Duélete, sí, si cayó en cepo de
codicia, mas sólo porque dañará a
tu hermano.

Josefina Zendejas
(México).

El perro

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No temas, mi señor: estoy alerta
mientras tú de la tierra te desligas
y con el sueño tu dolor mitigas,
dejando el alma a la esperanza abierta.

Vendrá la aurora y te diré: Despierta,
huyeron ya las sombras enemigas.
Soy compañero fiel de tus fatigas
y celoso guardián junto a tu puerta.

Te avisaré del rondador nocturno,
del amigo traidor, del lobo fiero
que siempre anhelan encontrarte inerme.

Y. si llega con paso taciturno
la muerte, con mi aullido lastimero
también te avisaré…¡Descansa y duerme!

Manuel José Othón
(México, 1858 – 1906).

Los cuatro coroneles de la reina

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La reina tenía
cuatro coroneles;
un coronel blanco,
y un coronel rojo,
y un coronel negro,
y un coronel verde.

El coronel blanco, nunca fue a la
guerra,
montaba la guardia cuando los
banquetes,
cuando los bautizos,
y cuando las
bodas;
usaba uniforme de blancos
satenes;
cruzaban su pecho brandeburgos
de oro,
y bajo su frente,
que la gran peluca nívea
ennoblecía,
sus límpidos ojos de un azul
celeste
brillaban mostrando los blancos
candores
de un adolescente.

El coronel rojo siempre fue a la
guerra
con sus mil jinetes,
o, llevando antorchas en las
cacerías,
con ellas pasaba cual visión de
fiebre.
Un yelmo de oro con rojo penacho
cubría sus sienes;
una capa flotante de púrpura
al cuello ceñía con vivos joyeles
y su estoque ostentaba en el puño
enorme carbúnculo ardiente.

El coronel negro para las tristezas,
los duelos y las
capillas ardientes;
para erguirse cerca de los
catafalcos
y a las hondas criptas descender
solemne,
presidiendo mudas filas de
alabardas,
tras los ataúdes de infantes y
reyes.

Mas cuando la reina dejaba el
alcázar,
a furto de todos, recelosa y leve;
cuando por las tardes, en su libro
de horas
miniado por dedos de monje
paciente,
murmuraba rezos tras de los
vitrales;
cuando en el reposo de los
escabeles,
bordaba rubíes sobre los
damascos,
mientras la tediosa cauda de los
meses
pasaba arrastrando sus mayos
floridos,
sus julios quemantes, sus grises
diciembres;
cuando en el sueño sumergía su
alma,
silencioso, esquivo, la aguardaba
siempre
con la mano puesta sobre el fino
estoque,
el coronel verde…

El coronel verde llevaba en su
pecho
vivo coselete color de cantárida;
fijaba en su reina
ojos de batracio, destilando
fiebre;
trémula esmeralda lucía en su
dedo,
menos que crueles
miradas de ópalo, henchidas de
arcanos
y sabiduría, como de serpiente…

Y desde que el orto sus destellos
lanza
hasta que en el ocaso toda luz se
pierde,
quizá como un símbolo, como una
esperanza,
¡iba tras la reina su coronel verde!

Amado Nervo (México, 1870 – 1919). El Galano Arte de Leer. Antología Didáctica, pp121-122. Ed. Trillas.

Gracia sobreabundante

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Un pecador inmerecido.

Cristo me salvó.

La ley me ensuciaba (culpaba),

el segundo Adán me limpió (justificó).

Mi condenación era muerte,

Su muerte me redimió.

¡Aleluya!

Gracia sobreabundante.

Basado en Romanos 5. IE.