Lucas 14:33

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Cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo.

Pocos en la iglesia actual están consagrados a Jesucristo como lo estuvo el apóstol Pablo. Pablo ejemplifica lo que hablaba Cristo cuando dijo: “…Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” (Lucas 9:23).

Pablo vivía tan entregado a nuestro Señor que no le importaba si vivía o moría. Esa es una actitud que prácticamente no se oye en nuestra época materialista y ególatra. La mayoría de las personas hoy viven para todo menos para lo que Pablo vivía.

Pablo seguía sintiendo gozo siempre que su Señor fuera glorificado, aun cuando fuera él mismo amenazado de muerte. Lo único que le importaba era que se siguiera difundiendo el evangelio, que se predicara a Cristo y que se exaltara al Señor. La fuente de su gozo estaba totalmente relacionada con el reino de Dios. 

Hágase un auto análisis, ¿se puede decir lo mismo de usted?

«Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios.» (1 Corintios 10:31).

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Deuteronomio 4:29

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Pero desde allí buscarás al Señor tu Dios, y lo hallarás si lo buscas con todo tu corazón y con toda tu alma.

Encontraremos a Dios cuando lo busquemos con todo nuestro corazón. Esa es una promesa bíblica en la que podemos confiar. Pero ¿qué hay que hacer para buscarlo?

Primero, debemos mostrar ciertas actitudes. Las Sagradas Escrituras nos instan a buscarlo de todo corazón, con diligencia, de continuo, con confianza y humildad. Estas cualidades son esenciales para el aprendizaje y el crecimiento espiritual.

Luego nos adentramos en la Palabra de Dios, estudiándola y meditándola con un corazón receptivo. También adoptamos la disciplina de la oración, porque es la manera principal de comunicarnos con Él, y Él con nosotros.

El siguiente paso es detenerse a pensar cómo está Dios trabajando en nuestras circunstancias. Piense en sus muestras de fidelidad para con usted en el pasado, y verá señales de cómo obró, aun en momentos de adversidad en su vida. Incluso, usted puede reconocer la participación del Señor en la vida de otros creyentes, y esa conciencia también puede enriquecer su crecimiento.

Cuando buscamos a Dios, descubrimos la capacidad de amarlo y servirlo. Si usted se ha sentido apático (indiferente o dejado) hacia el Padre celestial, piense en la posibilidad de buscarlo en una de las maneras que acabamos de describir, y ore para que eso despierte su amor por Él. 

«Cercano está Jehová a todos los que le invocan, A todos los que le invocan de veras.» (Salmos 145:18).

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Jonás 1:3

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Y Jonás se levantó para huir de la presencia de Jehová a Tarsis, y descendió a Jope, y halló una nave que partía para Tarsis; y pagando su pasaje, entró en ella para irse con ellos a Tarsis, lejos de la presencia de Jehová.

¿Alguna vez se ha negado a obedecer a Dios porque sus instrucciones eran algo que usted no quería hacer?

Ese fue el caso de Jonás. Los habitantes de Nínive eran asirios, un pueblo conocido por su agresividad y crueldad. Como eran enemigos de Israel, Jonás pensó que tenía una buena razón para resistir la orden del Señor de predicarles.

Aunque el objetivo era atraer a los ninivitas al arrepentimiento a través de la predicación de Jonás, el Señor también estaba trabajando para cambiar el espíritu carente de amor del profeta —Jonás no quería que esos gentiles experimentaran la gracia divina y el perdón. Aunque al final obedeció y fue a Nínive, su corazón no cambió.

Lo mismo puede ocurrirnos a nosotros. Es posible cumplir con las formalidades de la obediencia mientras que todavía albergamos resentimiento, ira y un espíritu rebelde. Primera a los Corintios 13.1-3 nos advierte que aun nuestros más grandes actos de obediencia, hechos sin amor, no nos benefician en nada. «si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve.» (1 Corintios 13:3).

El Padre celestial quiere más que un cumplimiento de mala gana; quiere que hagamos su voluntad de corazón, «no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino como siervos de Cristo, de corazón haciendo la voluntad de Dios;» (Efesios 6:6).

La próxima vez que usted sea reacio (se resista) a obedecer al Señor, pídale que cambie su corazón. Él quiere que sus hijos no solo obedezcan, sino que también se deleiten en hacer su voluntad.

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Lucas 5:4-5

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Cuando terminó de hablar, (Jesús) dijo a Simón: boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar. Respondiendo Simón, le dijo: Maestro, toda la noche hemos estado trabajando, y nada hemos pescado; mas en tu palabra echaré la red.

¿Considera usted que algunos de los mandamientos de Dios son más importantes que otros? Por ejemplo, la mayoría de las personas nunca cometerían un asesinato, pero muchos piensan que está bien albergar ira contra alguien. Sin embargo, Cristo dijo que ambas acciones son erróneas porque fluyen de la misma actitud pecaminosa, «Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio. Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego.» (Mateo 5:21-22). Nada de lo que el Señor nos dice que hagamos es insignificante, aunque no siempre reconozcamos la importancia de la obediencia en lo que consideramos asuntos de menor importancia.

Reflexionemos en cuanto al pasaje de hoy, el Señor le pide a Pedro que le permita utilizar su barca como plataforma para hablar. «Y entrando en una de aquellas barcas, la cual era de Simón, le rogó que la apartase de tierra un poco; y sentándose, enseñaba desde la barca a la multitud.» (Lucas 5:3). Después de una larga noche de pesca improductiva, el futuro apóstol podría haber considerado la petición como algo que no merecía la pena. Pero obedeció en este pequeño asunto, sin darse cuenta del impacto que ese simple acto de obediencia tendría en su vida: fue el primer paso para convertirse en un discípulo de Jesucristo.

Como hijos de Dios, hemos de buscar su dirección en cada situación cotidiana. Por eso es tan importante que llenemos nuestra mente con su Palabra para discernir con más facilidad lo que desea de nosotros. Si les prestamos atención a la Palabra de Dios y a los impulsos del Espíritu Santo, seremos capaces de obedecerlo fielmente cada día.

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1 Samuel 15:22

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¿Se complace el Señor tanto en holocaustos y sacrificios como en la obediencia a la voz del Señor? He aquí, el obedecer es mejor que un sacrificio, y el prestar atención, que la grosura de los carneros.

Algunos cristianos ven la obediencia a Dios solo como un modo de evitar las  consecuencias de la desobediencia. Por tanto, la obediencia se les convierte en una pesada carga en lugar de una aventura emocionante motivada por el amor a Jesucristo y el deseo de complacerlo.

La razón por la que algunas personas ven el seguir a Dios como una carga, es porque tienden a pensar en su voluntad en términos de decisiones grandes y costosas. Pero hacer la voluntad del Padre celestial no se trata solo de asuntos grandes; también es la obediencia diaria en los asuntos pequeños de la vida. Filipenses nos dice que no nos afanemos por nada, sino que oremos por todo, «Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias.» (Filipenses 4:6). Al traer al Señor incluso preocupaciones comunes y corrientes, estamos aprendiendo a confiar y obedecerlo en asuntos más críticos.

La vida cristiana es un caminar de fe, un paso de obediencia tras otro. Aunque pensemos que las situaciones que enfrentamos no están relacionadas, el Señor nos mueve a través de una variedad de circunstancias hacia el final de su plan para nosotros. Si, por seguridad, dejamos de obedecerlo, perderemos la oportunidad de experimentar su poder extraordinario en y a través de nosotros. Las pequeñas decisiones pueden parecer insignificantes, pero conducen a un gozoso viaje eterno con Dios.

«me deleito en hacer tu voluntad, Dios mío; tu ley está dentro de mi corazón.» (Salmo 40:8).

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1 Corintios 6:19-20

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¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios.

En una época que enfatiza los derechos de las personas, parece sorprender el darse cuenta de que, como creyentes en Cristo, le pertenecemos —cuerpo, mente y espíritu—a Él, no a nosotros mismos. Esto significa que no somos libres de hacer lo que nos plazca, sino que estamos llamados a vivir en obediencia a Aquel que nos redimió con su sangre preciosa, «sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación,»  (1 Pedro 1:18-19). El Nuevo Testamento usa muchas palabras que hablan de Cristo como nuestro dueño. De hecho, Pablo se llamó a sí mismo un “siervo de Cristo”, lo que literalmente significa esclavo del Señor. «Pablo, siervo de Dios y apóstol de Jesucristo, conforme a la fe de los escogidos de Dios y el conocimiento de la verdad que es según la piedad,»  (Tito 1:1).

Es posible que nos apresuremos a creer esto intelectualmente, porque pertenecer a Cristo es una idea reconfortante. Pero ¿cómo se aplica en la práctica? Nuestros cuerpos son regalos maravillosos de Dios que nos permiten interactuar con nuestro mundo, y unos con otros, pero también son templos de su Espíritu Santo. Esto significa que nuestra mente, voluntad, deseos, afectos, relaciones y posesiones son medios por los cuales honramos o deshonramos a nuestro Salvador.

Para agradar al Señor, necesitamos cambiar nuestra manera de pensar. Nuestra tendencia natural es hacer lo que queremos en cualquier situación dada. Pero lo mejor que podemos hacer es considerar cómo glorificar a Dios.

“Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios. (1 Corintios 10:31).

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Hechos 6:3

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Buscad, pues, hermanos, de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes encarguemos de este trabajo.

Un testimonio es la expresión pública de fe en Cristo de una persona. Pero nuestra declaración de fe es mucho más que la historia que contamos. Un buen testigo para el Señor consiste en tres partes: carácter, conducta y conversación.

Como cristianos, ponemos un gran énfasis en la elaboración de un relato personal sólido de la obra del Señor en nuestra vida. También hablamos de las maneras en que podemos mostrar a Jesucristo a nuestros amigos, familiares y compañeros de trabajo a través de nuestras acciones. Pero el carácter es la parte del testimonio de cada creyente que subyace (que no se percibe a simple vista), tanto en la conducta cristiana como en la historia de una vida transparente.

No podemos engañar a Dios ni fingir ante el mundo por mucho tiempo. Tarde o temprano, el orgullo, el resentimiento y la hostilidad producirán acciones y palabras contrarias al mensaje de Cristo; por el contrario, la santidad producirá verdadero fruto espiritual. 

«Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.» (Gálatas 5:22-23). 

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Mateo 14:29-31

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Y él dijo: Ven. Y descendiendo Pedro de la barca, andaba sobre las aguas para ir a Jesús. Pero al ver el fuerte viento, tuvo miedo; y comenzando a hundirse, dio voces, diciendo: ¡Señor, sálvame! Al momento Jesús, extendiendo la mano, asió de él, y le dijo: ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?

El temor intentará dominar y gobernar nuestro corazón para guiarnos a pensamientos incorrectos, pero hemos de permanecer enfocados en Jesús para lograr lo que nunca antes hemos alcanzado: caminar sobre los problemas.

No te distraigas ni pongas tu mirada en situaciones y lugares equivocados, porque perderás la orientación y terminarás cayendo. Cuando quitas la mirada de Jesús y comienzas a mirar a otras cosas y aún a confiar en personas, tiendes a compararte con ellas y a dejar de buscar el propósito de Dios para ti. Socialmente  estamos rodeados de modelos equivocados que se miden por lo que tienen y no por lo que son. Modelos vacíos, huecos, sin valores ni principios. 

Cuando dejamos de mirar a Jesús, fijamos nuestros ojos en las cosas que nos rodean y somos deslumbrados por atracciones mentirosas que Satanás mismo nos ofrece. Buscará seducirnos, incentivará nuestras sensaciones y emociones para que quitemos nuestra mirada del Señor. Debemos alejarnos de todo lo que pretenda hacernos apartar nuestros ojos de Jesús.

Por último, la otra gran trampa está dentro de nosotros mismos: al mirarnos, luego nos concentramos en fracasos, y nos sentiremos atrapados en un pozo de depresión. Concentrarse en frustraciones nos llevará al camino de la desilusión.

La vida cristiana es una invitación a caminar en medio de las tormentas, pero podremos hacerlo cuando tenemos nuestra vista sobre la Persona correcta: «Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe…» (Hebreos 12:2).

Mientras así lo hagamos, nuestros pasos serán firmes. 

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Anónimo

Romanos 6:4

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...Así también nosotros andemos en vida nueva

El propósito del sacrificio expiatorio de Cristo fue que “…nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia…” (1 Pedro 2:24). Pedro no dice que Cristo murió para que pudiéramos ir al cielo, tener paz o experimentar el amor (aunque es parte de los beneficios que recibimos). Él murió para efectuar una transformación: hacer santos de pecadores. La obra expiatoria de Cristo permite que una persona se aparte del pecado y que entre en una nueva forma de vida: una vida de justicia.

El apóstol Pablo dijo: “…Nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado” (Romanos 6:6). Hemos muerto al pecado, de modo que ya no tiene poder sobre nosotros. Nuestra identificación con Cristo en su muerte es un abandono del pecado y una nueva dirección en la vida.

«De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.» (2 Corintios 5:17).

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Anónimo

Juan 14:21

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El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama...

Si pudiera simplificar la vida cristiana a una sola cosa, sería la obediencia. No quiero decir simplemente obediencia externa, sino un espíritu de obediencia. No es como la niñita que siguió de pie después que su padre le había dicho muchas veces que se sentara. Por último su padre le dijo: “Siéntate, o voy a darte una disciplina”. Ella se sentó pero miró hacia arriba y dijo: “Estoy sentada, ¡pero en mi corazón estoy de pie!” Obediencia externa pero desobediencia en el corazón. Un cristiano ha de estar dispuesto a obedecer externamente, pero mayormente de corazón. 

«Dice, pues, el Señor: Porque este pueblo se acerca a mí con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí, y su temor de mí no es más que un mandamiento de hombres que les ha sido enseñado;» (Isaías 29:13). 

Una evidencia de madurez espiritual es amar a Dios tanto como para obedecerlo aun cuando es difícil. Dios es glorificado cuando de buena gana lo obedecemos cueste lo que cueste. Cada vez que obedecemos, crecemos espiritualmente, y cada vez que desobedecemos, retardamos nuestro crecimiento. 

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Anónimo